jueves, 24 de marzo de 2016

LA COLUMNA



El Jueves Santo por la noche, se celebra la solemne procesión del Cristo de la Columna y la Virgen de la Gloria, acompañadas por las imágenes de San Juan y la Magdalena, que sale desde la parroquia de San Juan Bautista del Farrobo. Esta procesión es organizada por la Hermandad de Esclavos del Santísimo Cristo de la Columna. Fue fundada esta Hermandad en 1.759, previa licencia concedida por el Obispo de Canaria Fraile Valentín de Morán de la Orden de la Merced. La imagen del Señor de la Columna fue regalada a la parroquia de San Juan Bautista del Farrobo por el canónigo de la Catedral de Las Palmas e hijo de la Villa, don Francisco Leonardo Guerra, en 22 de enero de 1639. Esta escultura, una de las mejores de Canarias, se atribuye al sevillano Pedro Roldán o a su hija Luisa. Este paso tiene un bello trono de plata repujada primorosamente labrada. En 1799 se añadió a este paso el de la Virgen de la Gloria, obra de José Luján Pérez. Dolorosa de categoría artística, de talla completa de estilo barroco. Después de la definitiva exclaustración de los frailes, se añadieron a esta procesión dos pasos, el de San Juan el Evangelista y el de la Magdalena, procedentes del convento de San Francisco. Ambas imágenes son de vestir; la de San Juan es de Luján y la de María Magdalena de Estévez. La Cabeza del apóstol es una copia de la del evangelista de la iglesia de la Concepción del mismo autor.
En la Villa de La Orotava se conoce por “El Diamante”, al Cristo atado a la columna que se venera en la parroquia de San Juan Bautista del Farrobo. Escultura encargada al sevillano Pedro Roldán y Onieva en el año 1689, por Don Francisco Leonardo de la Guerra canónigo de Las Palmas e hijo de la Villa. La imagen  - de reconocida iconografía granadina y poco usual en Sevilla -  adopta la tradicional postura de sus figuras de pie, con una curvatura en las cervicales y cuello que le hacen inclinar la cabeza ligeramente hacia adelante. El rostro varonil y dulce, es parecido al del Cristo del Silencio de la popular cofradía sevillana de “La Amargura”, hecho entre 1696-1697. Aquí en la Villa hemos hablado, escrito y estudiado la impresionante escultura del Cristo de la parroquia de San Juan del siglo XVII, puesto que este siglo fue para Sevilla un brillante periodo artístico; jamás reunió la ciudad del Guadalquivir tan preclaro grupo de literatos, pintores, escultores y artesanos menores que dieron brillo a la escuela de su arte en feliz transito desde las fórmulas bajo renacentista a las del barroco de jugosas expresiones. Pero en nuestra Villa poco sabemos del autor de la Prodigiosísima imagen villera, indudablemente se sabe que salió del taller de Pedro Roldán y Onieva, incluso se habla que su hija Luisa    - “La Roldana” como se le llamaba -   lo había acabado. Pedro Roldán y Onieva vivió el espectacular ambiente sevillano del periodo comprendido entre los años 1647-1699. Se mueve y trabaja en la ciudad hispalense, identificándose con el maravilloso conjunto - síntesis de la Sevilla del XVII que es la iglesia de La Caridad, los templos del Sagrario, San Pablo, los pasos procesionales de las cofradías sevillanas etc..., dejando magnificas creaciones expresivas de la mejor imaginería. Sus padres fueron Marcos Roldán, carpintero, e Isabel de Fresneda u Onieva, vecinos de Antequera y casados en 1609. En la ciudad malagueña nació el primer hijo del matrimonio, Marcos  - futuro escultor antequerano -;  después se trasladaron a Sevilla en donde nació el autor de “El Diamante” villero Pedro Roldán y Onieva en el año 1624, año de penurias por la temible riada y por la costosa visita de la corte de Felipe IV. El matrimonio Roldán - Onieva se ausentó de Sevilla hacía Orce, Granada, donde se establecieron y murió el cabeza de familia. En la ciudad de Los Carmenes Pedro Roldán y Onieva se apunta como aprendiz en el taller de escultura del que iba a ser su gran maestro Alonso de Mena, y de acuerdo a las costumbres de la época, Pedro Roldán vivió en casa del maestro, ascendiendo a oficial en dicho taller, en el que permaneció hasta la muerte de Alonso de Mena, ocurrida en 1646. Pero sin embargo parece que creciera en un lógico ambiente de carencias económicas, con algún trabajo de carpintería en el hogar paterno y la imprescindible instrucción de acuerdo al nivel de un futuro artesano. El estilo de Pedro Roldán y Onieva, es como el de Murillo en pintura, y además tiene amplias resonancias en las creaciones dieciochescas de la escuela sevillana. Pedro Roldán casó con Teresa de Jesús Ortega y Villavicencio natural y vecina de Granada, en la típica collación de San Nicolás, en el Albacín el día 16 de febrero de 1643. El día 14 de agosto de 1646, nace su hija primogénita María. En ese mismo año al morir su querido maestro granadino Alonso de Mena, decide regresar a su Sevilla eterna, encontrándose con la fama de los escultores Juan Martínez Montañés, Felipe de Ribas y José de Arce, todos ellos eran muy solicitados. Sin embargo Roldán  retornó con solo 23 años, con un espíritu emprendedor, porque la providencia le reservaba un papel importante en la trayectoria del arte sevillano, además monta su propio taller en la plazoleta de Valderrama, por el barrio de San Marcos, no adscrito a ningún otro taller. En el año 1651, traslada su taller y vivienda a unas casas de la colación de Santa Marina; allí nació su segunda hija, Francisca, y, en 1654, Luisa Ignacia, llamada con el tiempo a ser famosa escultora, como “La Roldana”. En la colación de la Magdalena, donde vivió unos diez años, sus hijos Isabel (1657), Teresa (1660), los gemelos Ana Manuela y Marcelino José (1662) y Pedro de Santa María (1665), nacieron y se bautizaron en dicha parroquia. En el año que el canónigo orotavense le encargó la efigie del Cristo a la Columna, Pedro Roldán se incorporaba al trabajo un tanto despreocupado por estar varios meses en obligado reposo. En ese año de 1689 a Pedro Roldán le precisaba reactivar los encargos, pues tenía que atender los crecidos gastos de su familia y jornales del taller, tanto es así que tuvo que desempeñar el oficio de arquitecto, además de aceptar trabajos de cantería, hechura de retablos y lo específicamente suyos de escultura de madera. Este periodo resulta fecundo en su producción, aunque de cierta desigualdad en la calidad de las obras por las intervenciones de colaboradores (sus hijos y familiares). El último de los hijos fue Pedro, más conocido como “Pedro Roldán el Mozo”; era muy heredero del padre en la virtud y habilidad; fue escultor y de los preferidos del viejo maestro, y parece ser que trabajó en diferentes obras colaborando con su padre, gozó de un reconocido prestigio, superior al de su hermano y cuñados. Lo cierto es que en este periodo ultimo de su vida, el maestro residió habitualmente en Sevilla; tenía suficiente colaboradores en su familia como para sacar adelante el taller, y prefirió descansar de modo eventual y por algún motivo de salud en una finca suya en el campo. Estos datos quizá sean los motivos por lo que en muchas ocasiones se ha develado que el Cristo de la Villa de Arriba orotavense fue acabado por una de sus hijas. Los años agotaron las facultades de Roldán y es posible que en sus desplazamientos emplease un pequeño carruaje tirado por un caballo castaño. Pedro Roldán murió cristianamente en los primeros días de agosto de 1699 a los sesenta y cinco años de edad y en la misma plaza donde residió al llegar a Sevilla, cincuenta y dos años atrás. Fue enterrado el día 4 de dicho mes de agosto en una cripta de la parroquia de San Marcos, debajo del retablo de nuestra señora del Rosario. Según el catedrático sevillano Jorge Bernales Ballestero en su libro sobre Pedro Roldán, dice; que un valioso testimonio para conocer la fisonomía de Roldán es el retrato hecho a lápiz rojo, de 23 por 17 centímetros. Aparece como hombre de no muy alta estatura, de contextura delgada, quizá de temperamento nervioso. Rostro barbado, grandes ojos vivos, nariz recta, frente amplia, cabello escaso y con franca expresión de bondad. Parece ser que es un dibujo de Roldán cercano a los sesenta años; y puede advertirse un natural cansancio, preocupaciones, acentuados por un pronunciado ceño y frente surcada de arrugas. Luisa la tercera de las hijas que falleció joven en Madrid donde había montado un taller, evidencia que su padre no se oponía a su espíritu emprendedor, aspirante y de religiosidad manifiesta, caracteres trasuntos en la mayoría de su obra. A pesar de este testimonio es cierto que Pedro Roldán fue cristiano devoto, movido por la espiritualidad del barroco trentino, y el ultimo de los grandes maestros de la escuela hispalense. Sus problemas familiares, los apuros económicos, las inquietudes, que modelan su personalidad y definen sus caracteres hasta la culminación de  su obra. Este es el Roldán que la Villa de La Orotava a pesar de su gran trayectoria en Sevilla, merece el reconocimiento del pueblo, reconocimiento que puede llegar tarde pero preciso, para complacer que aquí se le haga justicia, rindiéndole un merecido homenaje. El Roldán que hizo el milagro artístico con el Cristo a la Columna   - la mejor imagen plateresca de Canaria, según nos indica el catedrático Complutense Don Manuel Hernández Perera -,  que los villeros devotos gozan, quieren y admiran en su parroquia de San Juan, arriba en el intermedio de la Villa, en Farrobo, a pesar que la iniciativa y la donación fue del villero Don Francisco Leonardo Guerra por su vinculación a la ciudad hispalense desde su infancia en donde “estudió” y se hizo bachiller en el Colegio de Santa María de Tenes... y recibió en su Universidad el grado en la facultad de cánones. El Roldán que dejó impresionado al escultor de Guía de Gran Canaria Luján Pérez que después de dar vuelta y vuelta..... Alrededor del “Diamante”,  gritó; ¡perfecto...! ¡perfecto....!, y a su discípulo el orotavense Estévez, que fue mayordomo de la Venerable Esclavitud, tomando atribución para esculpir su mejor obra artística “La Piedad”, que se venera en la capilla del Calvario de la Villa de abajo. El Roldán que, dormido en las iglesias andaluzas, esperaba la hora de su mejor conocimiento y valoración. El Roldán que fue considerado con un estilo artístico representativo de un pueblo religioso, sencillo, amante de lo patético mesurado y de la belleza sin estridencias, sus obras no es nada complejo, aunque como hombre de su tiempo, acudió en muchas ocasiones al simbolismo de una iconografía sagrada conocida. Pues sus creaciones son de arte religioso; se hicieron para ser imágenes de culto, despertar el pietismo de los fieles y producir goces estéticos con el efectismo, algunas veces teatral, que caracteriza al barroco.

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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