miércoles, 30 de marzo de 2016

PERFILES HUMANOS DE LOS PRIMEROS ASENTAMIENTOS REALEJEROS TRAS LA CONQUISTA



Foto correspondiente a la presentación del libro del amigo de la infancia de la Villa de La Orotava; Antonio Luque Hernández en la primavera del año 2011 por su sobrina; Cristina Tavío Ascanio, en el patio de la Real Sociedad Económica Amigos del país de la Laguna.

Libro del amigo de la infancia de la Villa de La Orotava ANTONIO LUQUE HERNÁNDEZ, donde se producen las anotaciones históricas, presentación y comentarios al caso de cinco legajos pertenecientes a las escribanías de los Realejos. Desde la toma y colonización de Tenerife, pasando por la fundación, síntesis, primer poblamiento, y finalizar con el catalogo de los primeros vecinos de los Realejos: “… La conquista de la isla fue larga y cruel. Los guanches de los nueve menceyatos o distritos autónomos en que se repartía Tenerife se disgregaron en dos grupos: el bando «de paz», aliado de los castellanos, constituido por los dominios de Anaga, Güímar, Abona y Adeje, cuyos naturales debían permanecer libres; y el «de guerra», formado por los de Taoro, Daute, Icod, Tacoronte y Tegueste. Esos últimos, liderados por el Mencey de Taoro, afrontaron la defensa de la isla frente al invasor. Los naturales eran muy superiores en número, pero combatían a un ejército mejor equipado y de soldados profesionales. La resistencia aborigen se hundió en los feroces combates de La Laguna, que seguramente se libraron el 14 de noviembre 1495. En esa famosa jornada lucharon a muerte españoles y canarios al mando de Alonso de Lugo contra los nativos, al frente del valiente Benitomo de Taoro, llamado el gran rey, que pereció en la lucha. La batalla - dice Rumeu de Armas, reafirmando al cronista Espinosa, que la conoció por tradición oral - fue cruenta y difícil, duró muchas horas con incierta fortuna, porque ambos contendientes peleaban con valentía y furor; a los españoles les iba en ello la honra y la riqueza, y a los guanches, la libertad", El propio Lugo “aseguraba que jamás vio a sus tropas pelear con más valor, ni a los guanches batirse con mayor resistencia”. La victoria fue trascendental, aunque el ejército castellano quedó muy malparado. Tras ese triunfo, el 20 de diciembre se reanudó la ofensiva militar contra los guanches aún insumisos. En aquel tiempo, los habitantes de los menceyatos de Tegueste y Tacoronte sucumbían a las enfermedades y al terror, y apenas ofrecían resistencia, así que el gobernador decidió -dice Espinosa- avanzar hacia el reino de Taoro. Entonces, alarmados los menceyes de Taoro, Tegueste, Icod y Daute, se aprestaron con lo que restaba de sus fuerzas al definitivo encuentro, que tuvo lugar en Acentejo el 25 de diciembre de 1495; la lucha fue porfiada y sangrienta, y el éxito favoreció otra vez a los conquistadores'…”
Rendición definitiva y fundación del lugar de los realejos: “…EL bautismo de los menceyes de Anaga, Tegueste y Tacoronte tuvo lugar en el campamento del Realejo Viejo de Arriba el 25 de julio de 1496 -día en que se junta la festividad del Apóstol con la conmemoración litúrgica de San Cristóbal-, en presencia de Alonso de Lugo, a quien acompañaba su estado mayor y el grueso del ejército castellano. Esa memorable jornada puede considerarse como la fundacional del lugar. Dos meses se aplazó el bautismo de los menceyes -asevera Antonio de Viana-, el tiempo preciso para ser instruidos en la doctrina y misterios del cristianismo. Núñez de la Peña ratifica esa fecha y sitúa el recinto en el solar luego ocupado por el templo parroquial de Santiago. Días después compareció el monarca de Güímar para bautizarse y hacer reconocimiento formal de la autoridad de los Reyes Católicos, y el 29 del inmediato mes de septiembre se cristianaron los menceyes de Icod, Daute, Adeje y Abona…”
Síntesis histórica de la villa de los realejos: “…El municipio está situado en la vertiente norte de Tenerife, al poniente del famoso Valle de La Orotava, y abarca una superficie de 57,5 Kilómetros cuadrados, en un territorio formado por una accidentada rampa que desde las faldas de las Cañadas del Teide desciende hasta el nivel del mar. Posee cinco espacios naturales protegidos y una costa en la que abundan tranquilas playas de arenas negras. Limita al norte con el Océano Atlántico; al sur, con La Orotava y Puerto de La Cruz; al este, con La Orotava y Puerto de la Cruz; y, al oeste, con San Juan de la Rambla.
Los Realejos entraron por la puerta grande en nuestra historia aquel 25 de julio de 1496, como el lugar testigo de la solemne rendición de los guanches y, con ello, de la definitiva incorporación de Tenerife y de las Islas Canarias a la Corona de Castilla, e iniciaron en esa famosa jornada una brillante vida pública. Alonso Fernández de Lugo pasa largas temporadas en el lugar, incluso en las casas de su hacienda llega a reunir en Cabildo a los regidores de la isla. E18 de octubre de 1530, en tiempos del segundo Adelantado, Pedro Fernández de Lugo, el jurado Juan de Berrera presenta una petición ante el Cabildo" en la que se afirma: «La Orotava y El Realejo se han poblado y en la primera se había puesto un escribano para dar fe civil y criminal, por haber alcalde y alguacil de causa». En esa última fecha con un censo de 200 vecinos dispersos por su territorio, la población dispone de alcalde, alguacil y beneficio parroquial. Dista más de una legua de La Orotava, donde reside el fedatario, por lo que los vecinos consideran conveniente y solicitan de la autoridad se nombre un escribano que pueda atender las necesidades de los moradores del lugar. En 1512, por lo quebrado del terreno, la feligresía de la parroquia matriz de Santiago Apóstol fue dividida con la creación de la nueva parroquia de Nuestra Señora de la Concepción. Dos jurisdicciones eclesiásticas condujeron a la formación de dos vecindades y, con la instauración del Régimen Constitucional, a la creación de dos municipios independientes llamados: Realejo Alto y Realejo Bajo, que también podrían haberse llamado Realejo del Este y Realejo del Oeste, ya que las lindes de ambos iban de mar a cumbre. Los dos ayuntamientos coexistieron por separado más de cien años, así hasta el 18 de marzo de 1952, día en que ambas corporaciones acordaron iniciar un expediente de fusión y elevaron la correspondiente propuesta al Consejo de Ministros, que fue resuelta afirmativamente. El 6 de enero de 1955 vio la luz, en el Boletín Oficial del Estado, el decreto por el que los ayuntamientos de los Realejos -Alto y Bajo- se fundían en uno solo…”
Poblamiento: “…Ciento un años después de verificada la lista (1528) para repartir armas, su vecindario se había cuadruplicado. De las primeras ciento diecisiete se había pasado a cuatrocientas familias, pese a la sangría que representó la emigración a América. En las “Constituciones Sinodales del obispado de la Gran Canaria", que realizó, en 1629, el obispo Cristóbal de la Cámara, se dice que ambos Realejos son «lugares de doscientos vecinos», tienen muchas y buenas viñas, con buenas iglesias, curas beneficiados, alcaldes y escribanos de número. El Realejo de Arriba tenía un convento franciscano; y en el de Abajo, «como a dos tiros de piedra», hay alguna gente rica y un convento de la orden agustina. Las Constituciones y Nuevas Adiciones" del obispo Pedro Manuel Dávila y Cárdenas de 1737 recogen que el Realejo Bajo tiene dos beneficios, provisión de Su Majestad, muy buena iglesia, cinco ermitas, que son la de Nuestra Señora del Buen Viaje, San Vicente, San Pedro, San Antonio, y otra de San Antonio en El Cuchillo, un convento agustino, con unos 20 religiosos, y otro de agustinas recoletas. Tiene 397 vecinos, y de estos 117 en Icod el Alto, 48 en Tigaiga, en La Azadilla 7, 8 en La Hoya, 19 en La Rambla, y el resto (194) en el pueblo. El Realejo de Arriba, más poblado, tenía igualmente dos beneficios, provisión de Su Majestad, muy buena iglesia y cinco ermitas, que son San Benito, Santa Cruz (Cruz Santa), San Agueda en La Gorborana, San José, y Nuestra Señora de la Caridad; un convento franciscano, con unos 20 religiosos y unos 500 vecinos, de ellos 63 en el barrio de San Agustín, 80 en Cruz Santa, 11 en Las Rosas, 13 en El Mocán, 75 en las casas de las diversas haciendas y el resto en el pueblo…”
Prólogo de José Luis Sampedro Escolar. Numerario de la real academia matritense de heráldica y genealogía. “… Quien estas líneas firma tiene el raro honor de contar con la amistad de un personaje como Antonio Luque Hernández al que, al margen de sus cualidades humanas, adorna el don de la inquietud investigadora, que suele centrar en el campo de la Historia y, concretamente, en el de la Genealogía. Su nombre, como genealogista, puede sumarse a los de Alejandro Cioranescu, José Peraza de Ayala, Guillermo Camacho y Juan Régulo.
Entrar en el despacho de su casa familiar bicentenario en la calle de Tomás Zerolo, de La Orotova, es acceder a una especie de templo donde se efectúa cotidianamente una singular liturgia de culto a los antepasados, cuyos retratos mantienen vivo el recuerdo de seres como el benemérito médico don Emilio Luque Moreno, padre del autor que hoy nos ocupa, pero no nos engañemos pensando que Antonio Luque practica la hagiografía genealógica falsificadora de la realidad histórica. Nos consta su rigor metodológico y su honestidad investigadora, acreditados por los estudios cursados entre 1986 y 1989 en el Instituto Luis de Salazar y Castro, de Madrid, donde alcanzó la diplomatura en Genealogía, Heráldica y Derecho Nobiliario, lo que garantiza la fiabilidad del resultado de sus datos, por lo menos hasta el punto que resulten fiables las fuentes usadas.
No es esta obra primeriza, puesto que ya Antonio Luque ha dado a la imprenta previamente numerosos trabajos, sean libros o artículos, en los que ha ido dejándonos memoria de personajes y hechos pasados, memoria que completa no sólo el conocimiento de asuntos estrictamente canarios, sino de otras facetas. Sus diferentes trabajos en este campo conforman ya un corpus variado, interesante y ameno, pues van desde su estudio acerca de la figura de Viera y Clavijo a las familias Chaves y Montañés de Tenerife, admirable estudio genealógico, impreso en 1989, hasta el que dedicara, en 2002, al Casino de La Orotava, De casino a biblioteca, Anales de la vida social orotavense, pasando por «El Niño Jesús de Praga y su donante Polixena de Lobkowicz- (publicado en la revista Hidalguía, en 2008), a su La Orotava, corazón de Tenerife, sin olvidar una obra colectiva, Luque de una y otra orilla, de la que fue coordinador y en la que me cupo la satisfacción de colaborar, en 2006. Añade ahora esta obra que llega a las manos del lector, referente a los orígenes de los Realejos de Tenerife.
La filiación de los conquistadores y pobladores dé las islas ha sido permanente preocupación de los historiadores de Canarias y este trabajo se inscribe de lleno en esa línea de estudio. Tras describir de forma inteligible y breve los acontecimientos decisivos de la conquista de Tenerife, el autor se detiene en reseñar los orígenes de la Villa de Los Realejos. Enumera e identifica a los fundadores del lugar, indicando los documentos de que se ha servido para ello, en un alto porcentaje escrituras notariales, que dotan de un interés añadido al libro por la gran cantidad de fuentes inéditas manejadas.
Luque, además, añade las semblanzas de los autores de los manuscritos originales y desarrolla las genealogías de sus respectivas familias, biografiando así a un sin número de personas, lo que constituye un valioso conjunto de datos, fechas y acontecimientos históricos. Luego reproduce y esclarece, con exactitud, los índices de los documentos de carácter genealógico existentes en escribanías de Los Realejos, desde su fundación hasta el siglo XVIII. Responde de ese modo a las posibles exigencias de los investigadores de esa disciplina científica -en la que Luque es sobresaliente especialista- para que los estudiosos del pasado puedan disponer puntual y fácilmente del contenido de estos importantes catálogos.
Otros hacen cumplido elogio del estilo ameno de la producción de Luque, por lo que sólo lo mencionaré para reiterar tal juicio. Comenzaba estas palabras haciendo pública profesión de amistad con Antonio Luque, pero creo necesario aclarar que no es este noble sentimiento el que motiva los elogios que subscribo a su labor investigadora en esta obra y en las otras antes citadas. Quiero, finalmente, agradecerle el honor que me hace al permitirme estampar mi firma junta a la suya en este libro, al que auguro el éxito que merece como futura obra de consulta para los historiadores interesados en el conocimiento social de la localidad tinerfeña de Los Realejos….”

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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