lunes, 30 de enero de 2017

AMARCA. (LEYENDA GUANCHE YCODENSE)



Fotos referentes a grabados antiguos  de Ycod, el Drago Milenario  y las “barandas.” de la caleta de San Marcos

El amigo de la ciudad del Drago Milenario Icod de los Vinos; ÁLVARO FAJARDO HERNÁNDEZ, remitió entonces este interesante trabajo sobre la Leyenda Guanche Ycodense que se llamó AMARCA.
Publicado en el periódico EL Día, Santa Cruz de Tenerife, domingo, 4 de noviembre de 1990 (pág. 4) en la  “sección  “La Prensa “: “…danzaron los ancianos, y los niños jugaban enredando sus rabias cabelleras entre las olas. El horizonte estaba más lejos que  nunca, lo había dibujado una ola caprichosa  que no quiso someterse a las leyes del mar. Bandadas de pardelas volaban por un cielo infinitamente azul, el sol y la luna  reflejaban sus luces en la fina arena negra, donde una doncella guanche dormía eternamente.
Se había tirado desde lo alto al mar, y el Mencey  Pelicar mandó apalear las aguas que se habían vuelto dulce como la caña. AMARCA Fue requerida de amores por un humilde pastor de cabras, que fue repudiado. El pastor enloqueció de amor puso fin a su vida desriscándose por un profundo barranco, y sólo lo sabía un viejo agorero, que había presentido la tragedia. Las aguas apacibles del Atlántico se habían teñido de un rojo intenso.  Parecía que el sol de la tarde sesteaba sobre ella. A los cinco días un cortejo de olas la depositó mansamente en la playa, la palidez de su rostro se confundía con su rubia cabellera, y sorprendía el que su cuerpo estuviese más herboso que nunca después de varios días navegando entre jureles y algas. El tamarco que la cubría estaba intacto y sus blancas manos, cruzadas sobre su pecho, le hacían el cadáver más hermoso jamás visto.
El mar y el Teide se juntaron para disputarse su última morada El Volcán estuvo derramando lava hasta llegar a la orilla del mar a ver si la encontraba, pero el agua celosa se la llevó, mar adentro, por  unos días hasta que el volcán dejo de vomitar. Entre salmuera, líquenes y emplastos de algas  la conservó en todo su esplendor para devolverla  más lozana y radiante. El mar la poseyó como nadie lo había hecho antes. AMARCA Tenía su morada en la agreste montaña sagrada, en una cueva de frio invierno  y ardiente volcán en verano, inaccesible a las miradas de los pretendientes que llegaban de todas las comarcas. Medio virgen  medio volcán, nadie obtuvo sus favores, también fracasó el ardiente pastor que la asediaba locamente, que habiendo fracasado en su oráculo, pidió consejo a la estrella más lejana del universo que divisaba, por las  noches, junto a su rebaño de cabras.
La estrella le había presagio un fatal destino, pero los destellos de la rubia cabellera de la doncella eran más poderosos que todos los malos augurios. El encantamiento del pastor le perdió irremisiblemente. Su corazón palpitaba desordenado cuando merodeaba la cueva de la doncella, que nunca se dejó ver sola. Los requerimientos iban en aumento al igual que los desprecios. El pastor había de morir por el amor, no  correspondido, como le había pronosticado la estrella lejana a la que no quiso obedecer.
Ya el viejo agorero lo decía: “Han pasado hasta príncipes por su cueva, atravesando  las cañadas  y ninguno ha obtenido su favor, menos  aún un humilde pastor, que con su rebaño mal alimentado, no puede saciar los deseos de la doncella más hermosa de la Comarca de Ycodem” Amarca fría como la nieve y altiva como el propio “,Guayota”, desdeñaba  a todos los que a su morada se acercaban. Fue un día de enero, frío y tenebroso, cuando partió  con su rebaño de cabras y machos cabríos hacia la cumbre de Ycod, atravesando profundos barrancos para no regresar jamás. Pasaron los días y sólo su fiel perro “bardino” se encontraba junto a su cueva, ensangrentado, presagiando el fatal destino .El cuerpo exánime del pastor yacía en una profunda cañada junto a sus cabras que lamían la sangre, aun caliente,  de su amo y señor. Ninguna se apartó de él, hasta que fue encontrado por pastores avezados, que habían ido en su busca guiados por el perro lastimero. Amarca, altiva y esquiva estaba asomado al andén, no entendía nada  de lo que en el fondo del barranco ocurría. El cuerpo ensangrentado del pastor fue portado en angarillas, que al pasar por la cueva de la esquiva doncella, se tornó sereno como el paisaje nevado del Teide.
Los viejos pastores asediaban con su mirada inquisidora la figura deslumbrante de la doncella, que permanencia impávida en el andén. La triste noticia corrió de boca en boca, y todas las miradas se dirigían hacia la cumbre. El hechizó de la doncella había matadlo al pastor. Velando su cuerpo estaba el viejo agorero que advirtió el desenlace de la tragedia, tan alarmante que el propio Pelicar se interesó por la suerte que pudiera correr la doncella, la más bella de su señorío, a decir de todos. Amarca entristeció y nadie la vio salir más de la cueva. ¿Purgaba su culpa? De su corazón era dueño el volcán y su cuerpo pertenecía al mar que desde lo alto divisaba. No podía ser de nadie, estaba comprometida  con la lava y el mar, y nadie, sino ellos, podían poseerla. Pasó el tiempo y nadie se acordaba  ya de la doncella, sólo el viejo agorero presentía el triste desenlace. La vio  bajar  un día del mes de septiembre, sola por la cubre del “Cerro-gordo” hasta el valle de Ycod, donde libó sabia del Drago centenario, testigo mudo y perenne de los avatares de la Comarca,. Amarca con paso seguro y ensimismada bajo hasta lo más alto de “Las  barandas”, plegó sus brazos al pecho, y mirando al horizonte lejano se desplomó al vacio, hacia un mar sosegada que le recibió amorosamente. Una escolta de olas prístinas, flanqueadas por un cortejo de fulas, viejas y pejes verdes, la alejaron de la orilla hundiéndola en la bonanza. El agua se volvió dulce y mitigó la sed de toda la comarca, que había sufrido la seca más grande conocida hasta entonces. El rey Pelicar ordenó que se velara su cuerpo toda la noche con cánticos, danzas y rezos, iluminando por última vez el rostro de la doncella con “hachos” de tea  ardiendo.
Se derramaron cien “foles” de vino dorado malvasía del” Sanguiñal  y el Miradero”, que se llenaron con el agua dulce de la mar. Aún hoy en las noches de septiembre, en el horizonte lejano que dibujo una ola caprichosamente, se ven los destellos dorados de esta doncella ycodense, y el viajero solitario que atraviesa las Cañadas del Teide, oye los lamentos desesperados del pastor enamorado. ¡¡Amarca, Amar….ca, Amar…..caaa!!...”

BRUNO JUAN  ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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