martes, 10 de enero de 2017

DON ANTONIO MONTERO MARROQUÍ (I)



Fotografía referente a don Antonio Montero, de pie el tercero por la derecha, retratado con uno de los equipos de fútbol (Los Rechazos), que él formaba para jugar el campeonato de su Oratorio Festivo, en el campo de fútbol de medidas no reglamentarias del colegio de San Isidro de La Villa de La Orotava.
Fotografía que remitió entonces el amigo de la infancia de la Villa de La Orotava; Tomás Luis Expósito “El Cojo”.

Me han recordado a mis amigos primeros, los que conmigo jugaban cuando era niño. Luego, con la vida, van cambiando, pero me siguen recordándolos siempre, aunque se olviden  sus nombres. Todas las generaciones tendrán sus amigos y me imagino que muchos de ellos los habrán conocido en el Colegio, en el Instituto, como me sucedió a mí, como le ha ocurrido a casi todos los seres humanos. Instituto, Escuela, Colegio... son palabras como espadas: brillan al sol de la victoria o hieren de tristeza. Antonio Machado, profesor de lenguas vivas, vio las aulas (entre sombras de recuerdo) cargadas de mansa y recogida nostalgia: Una tarde parda y fría /  de invierno. Los colegiales /  estudian. Monotonía / de lluvia tras los cristales...../  En la clase, en un cartel / se representa a Caín / fugitivo, y muerto Abel/ junto a una mancha carmín....../  Con timbre sonoro y hueco / truena el maestro, un anciano / mal vestido, enjuto y seco,/ que lleva un libro en la mano. .../ Y todo un coro infantil / va cantando la lección: / “Mil veces ciento, cien mil; / mil veces mil, un millón”......................./
Yo ignoro cómo será  - aunque sé cómo me gustaría que fuese -  tu Colegio. De mí pueblo decirte que aprendí las primeras cosas con los salesianos de dulce mirar y sotanas muy grandes y muy negras (siempre pensé que llevaban un abrigo con etiquetas) y que después me fui a la Universidad.... Pero, dejemos que nos cuente Miguel de Unamuno, intelectual vasco como era su colegio: “...El colegio a que me llevaron no bien había dejado las sayas, era uno de los más famosos de la villa. Era colegio y no escuela - no vale confundirlos -, porque las escuelas Caoba que olían a barniz, salíamos a la capilla. Entonces nos arrodillábamos, rezábamos unas oraciones y cada uno se dirigía a su casa villera. Al día siguiente y de madrugón volvía a sonear el esquilón; entrábamos por el campo de fútbol para desfilar de nuevo a las aulas.
Don Antonio Montero, era un salesiano medio espinazo, un hombre bueno, dulce y suave. Era un hombre que seguía de cerca los pasos del italiano de Turín Don Bosco, organizar en esta casa el “Oratorio Festivo”. Dice el refrán: “Bendita sea la rama que al tronco sale”. Si, bendita aquella Familia Salesiana, que era como un árbol de muchas ramas que brotaban de un tronco común: Don Bosco. Y esas ramas salen al tronco, se parecen al tronco, uno de los parecidos se refiere a la gran obra de Don Bosco de acoger a los jóvenes expoliado por la revolución industrial del final del siglo XIX en Italia, para educarle profesionalmente, en su casa, casa que le bautizó con el nombre de “Salesiana”, tanto fue la devoción de este institutor por la Santísima Virgen “María Auxiliadora”, que le edificó en Turín una gran basílica. Recuerdo con nostalgia aquellas tardes domingueras, uno o varios camiones se dirigían a diversos puntos turísticos y atrayentes de la isla cargado con grupos de muchachos que con sus victoreas y aclamaciones al Oratorio llamaban la atención por donde pasaban. Las actividades del colegio estaban orientadas a la enseñanza primaria y media. Los niños llamados oratorianos pertenecían a centros educativos independientes del colegio como eran las Escuelas Nacionales. Los oratorianos acudían al Colegio Salesiano venían todos los domingos a oír misa y recibir orientaciones y enseñanzas educativas de orden religioso - moral, ofreciéndole además, distracciones y diversiones sanas y atrayentes. Porque la finalidad del Oratorio Salesiano era piramidalmente educativa. Don Antonio Montero contaba para estas tareas con algunos alumnos del Colegio - muy pocos por cierto -  e incluso muchachos mayores del Oratorio le ayudaban a las Catequesis. Todo una gama de religiosidad porque aparte de la misa por la tarde se empleaba media hora para la enseñanza del catecismo, seguida de breve plática en común y concluir la jornada con la bendición con S.D.M.
Él numero de oratorianos oscilaba entre 150 y 200, sin límite de edad, desde los 8 años, puesto que recuerdo que se contaba con un grupo numeroso de mayores de 16 años. Las excursiones eran frecuentes sobre todo los domingos, unas veces recuerdo que iba al cine parroquial de la Perdoma por gentileza del entonces párroco Don José Ponte. Otras veces a los cines de la Villa, y en otras ocasiones al campo de deportes a ver jugar y animar a la UD. Orotava. Todo sin cargo porque la personalidad de Don Antonio Montero era buscar solidaridad entre las entidades villeras, entre ellos los empresarios cinematográficos y la Junta directiva de “Los Copos de Nieve”. Económicamente contaban con muy pocos medios; ventas de caramelos, rifas y algunos donativos. Don Antonio era el alma mate de esta organización aunque su fundación había sido del también recordado salesiano P. Teodoro Nieto.
Lo importante era el desenvolvimiento cultural y deportivo que ofrecía el oratorio a sus oratorianos; campeonato Juvenil e Infantil de fútbol - formados por equipos de los diversos barrio de la Villa. ! Que cantera...... ¡-, el cine, las excursiones con sus apetitosas meriendas, etc... Excursiones de las llamadas gratuitas debido a la generosidad de la Sra., Marquesa - que desde los inicios del Oratorio ostentó con eficiencia él titulo de madrina del mismo -, del entonces Sr. Presidente del Sindicato Agrícola (FAST), Don Rafael Machado, Don Gregorio Pacheco, Don Pedro Cruz, Don Manuel Martín Méndez, Doña María Ascanio, Doña Mecía Ascanio, Doña Jovita González, y Casiano Gracia Feo e Hijos SL. Todos esos recuerdos corresponden a la presencia de una juventud alegre y sana, que Don Antonio Montero guiaba con espiritualidad, pero sobre todo con solidaridad y entusiasmo en favor de jóvenes orotavenses carentes de medios donde desarrollar su personalidad en una época mezquina e indigente.
El Padre Montero, cuando me veía en el Colegio de San Isidro, me animaba a participar en el Oratorio, a veces me miraba insólito, y yo sabía lo que me decía, pero siempre le veía en su despacho de “Perfecto” trabajando, sonriendo, mirando con unos ojos oscuros y melancólicos. Siempre lo  contemplaba de lejos, con cierta secreta veneración, cuando transcurría por el clásico edificio donado a la Villa por su hijo ilustre Don Nicandro González Borges, callado, con caminar deprisa, con la cabeza un poco inclinada, mirando su Oratorio, sus oratorianos. Pero el Padre Montero duró poco en La Orotava. Cuando se fue, se quedó solo el Oratorio - asociación con puertas abiertas, abría sus puertas todos los domingos, a los que acudían niños y jóvenes de los barrios orotavenses -, el Colegio quedó rígido, simétrico, y hierático, que él había divertido y sosegado. Tal vez su espíritu nostálgico se expresaba en la reconstrucción de esas lejanas edades y veía en estos tristes hombres oratorianos, unos remotos hermanos en ironía y en esperanzas.
Todo esto son recuerdos colegiales de antaño. Caramba - vuelvo yo a exclamar -; Ha pasado otra media hora observada en el “Cauny Suizo” que me regalaron mis padres por Reyes, y aun no me sé la lección. Ahora sí que abro decidido otro libro y me voy enterando de que “el género silicato es el segundo de los que componen la familia de los silicios”. Algo rara me parece a mí esta familia de los silícicos: pero sin embargo, repito mentalmente estas frases punto por punto. Lo malo es que el fervor no me dura mucho tiempo: Enseguida me siento cansado y ladeo un poco la cabeza, apoyada en la palma de la mano, y miro la silenciosa aula de estudio salesiana, su sencillez, su hábito y su disciplina, organización de unos sacerdotes eminentes salesianos, que me tramiten recuerdos de mi niñez y adolescencia. Por todo ello, creo que la Orotava no puede permitirse el lujo de prescindir de una congregación  que le ha abierto las puertas de la solidaridad y de la pedagogía y que le ha dado confianza para avanzar, día a día en el camino del progreso. Don Antonio Montero era el hombre que llevó la alegría a muchos jóvenes y no muy jóvenes de la Villa.

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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