domingo, 15 de enero de 2017

DON EVARISTO, EL SALESIANO QUE DEJÓ HUELLA (II)



MI amigo desde la infancia en la calle El Calvario de la Villa de La Orotava; JUAN DEL CASTILLO Y LEÓN, remitió entonces estas notas que tituló; “DON EVARISTO, EL SALESIANO QUE DEJÓ HUELLA”.
Publicado en el matutino tinerfeño EL DÍA, 29 de marzo de 2015: Como nos recordó el superior de los Salesianos, aquella noche, en el orotavense templo de san Agustín, nuestro desaparecido era tan popular y querido que, en el Valle, se yuxtaponían las dos palabras, se le llamaba  donevaristo; al igual que mis paisanos dicen donego o la Crusanta. Por cierto, intervino en la misa un diácono de allí que con su coleta me recordaba a Pablo Iglesias; sólo, físicamente, claro. En suma, que he sentido esta muerte más que la un familiar. A los amigos los escoge uno, a la familia no. Quizá fuera, junto al desaparecido don Antonio Márquez, poeta y humanista, el salesiano con el que he tenido más cercanía. Evaristo fue mi profesor y asistente, en 1º de bachillerato, corría 1952, el año de su primera estadía en Canarias; director espiritual de mi madre, en su última enfermedad, en 1990; y siempre un amigo de verdad, sin desencuentros entre nosotros ni mácula de ninguna especie.
Evaristo Rodríguez Ferreiro nació en Rairiz de Veiga (Orense), el 24 de marzo de 1934, en plena 2ª República. Típico pueblito galaico, cercano a Cortegada de Baños, adonde acudo casi todos los agostos acogido a la hospitalidad  de mi amigo el profesor José Luis Moralejo, en el pazo familiar. Era una comarca de la que salieron muchos Hijos de don Bosco. Pronto noté que no ejercía de gallego… Mis compañeros le recuerdan con 18 años, sin barba, lo que acentúaba más su juventud; con una esforzada seriedad, como para imponer respeto. La gente decía que tenía bastante parecido con un alumno, un tal Colacho, de la Cruz Santa también. Y volvió a la Villa, ya sacerdote, en 1960, en 1974 y en los primeros años de este siglo. También pasó por el Colegio de La Cuesta de Aguijón. Su madrina de Ordenación (Córdoba, 24 de junio de 1960) fue la orotavense doña María Flores, una beata alta y bigotuda, con ramalazo de hombruna. Volviendo al galleguiño, fue ecónomo de la Provincia Salesiana de Córdoba. Y pregonero de las fiestas del Corpus, en 1998. En fin, el amigo desaparecido gozaba de una mala salud de hierro. Estando en Córdoba, hace años, se puso malísimo. Le curó el doctor Heliodoro Mogena – junto a nuestro paisano Carlos Marina Fiol – la eminencia española en Digestivo, de entonces; trabajaba, con don Carlos Jiménez Díaz, en la madrileña Clínica de la Concepción.
Vamos a poner algo de pimienta en estos renglones tan cargados de lugares y fechas. Dije que el padre Evaristo – como lo llamaba su Ilustrísima -  no ejercía de gallego. Por eso, fue grande mi sorpresa cuando, en la sentido homilía del padre Granja, aseveró que cuando él, como superior, le preguntaba algo se volvía gallego y contestaba con otra pregunta… En cualquier caso, no era un gallego recalcitrante, a lo Pío Cabanillas. También contó el ameno orador sagrado lo que le pasó al llegar a la Isla y don Evaristo le llevó, en su coche desde Los Rodeos hasta el Colegio. Conducía fatal, de manera casi temeraria y en cada adelantamiento te jugabas la vida. En otras palabras, que al igual que yo, no era ni un Fangio ni un Fittipaldi.
Tengo la inmensa satisfacción de haberlo visitado en la sevillana Residencia don Ricardone el último verano. A pesar de que lo encontré relajado, tuve el presentimiento de que se acercaba el día del último viaje y estaba al partir la nave que nunca ha de tornar, para decirlo con Antonio Machado. Pues falleció, de un derrame cerebral,  en la capital de Andalucía el domingo pasado, 22 de marzo, faltando dos días para cumplir 81 años. El funeral se celebró al día siguiente en la Basílica de María Auxiliadora. Sus restos fueron trasladados a la Galicia natal por un hermano y sobrinos allí presentes.
Lejos, a miles de kilómetros, a los dos días, La Orotava le despedía también y dignamente. El templo de san Agustín, de planta basilical, como lo calificara Viera, estaba lleno hasta la bandera. Celebró la misa el señor Obispo, don Bernardo Álvarez, flanqueado por los virtuosos párrocos de La Concepción y san Juan, don Óscar Guerra y don Pedro Jorge, respectivamente; y con otros ocho curas del clero secular y regular. También pronunció una sentida plática el Prelado de san Cristóbal de La Laguna. El Ayuntamiento, por su parte, estuvo representado por el celoso alcabalero Dóniz Dóniz y el brillante orador Narciso Pérez. Amenizó la función el coro de la Iglesia Matriz, dirigido por el flamante licenciado en Historia del Arte, Joshua Rodríguez, “el pibe de la sotana negra”, como lo llama, paternalmente, don Antonio Hernández, recordado párroco, también presente. La coral puso broche de oro con el salesianísimo “Rendidos a tus plantas…”  Fueron momentos de gran emoción y nostalgia para los innumerables antiguos alumnos, la mayoría de pie, que estábamos esparcidos por aquellas amplias naves.
Entonces, en mi fantasía, me pareció ver a don Evaristo, el salesiano que más huella ha dejado en el Valle de la Orotava, que desde el Cielo  - adonde había llegado desde la mágica Sevilla; por cierto, en Ave para no tener que conducir y quedarse  por el largo camino - sonreía socarronamente, casi con maledicencia cardenalicia. ¡Esta vez sí que oficiaba de gallego en plenitud!...”  

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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