martes, 7 de febrero de 2017

“CASA AMARILLA”



Fotografía del principio de la década de los años sesenta del siglo XX, correspondiente al primer centro de estudios de primates del mundo, ubicado entonces en el Puerto de la Cruz.

Entonces la prensa se hizo eco de la noticia de que la Facultad de Psicología de la Universidad de La Laguna exigía la expropiación y la restauración de la edificación conocida como la Casa Amarilla del Puerto de la Cruz.
El inmueble se encuentra en la finca La Costa, en la Costa Yeoward, muy cerca de la urbanización La Paz. Esta zona estuvo ocupada hasta no hace muchos años por cultivos de plataneras que han ido desapareciendo para ser destinados a construir urbanizaciones de lujo.
La importancia de la casa de la que hablamos radica no en su valor -es una típica casa canaria de dos plantas construida a principios del siglo XX por Melchor Luz, alcalde de la ciudad en aquellos tiempos-, sino porque en ella se desarrollaron experimentos de comportamiento animal que dieron origen a la escuela de la GESTALT, una de las más importantes de la moderna Psicología.
Los dos accesos a la propiedad exhiben sendos letreros de prohibición de paso y la casa se halla permanentemente vigilada por dos fieros perros
La Historia comienza en 1912, cuando se funda en el Puerto de la Cruz, bajo los auspicios de la Academia Prusiana de Ciencias de Berlín, la Estación de Antropoides de Tenerife. Tenía como objetivo la investigación de los aspectos psicológicos y fisiológicos del cerebro de los primates, con el fin de aplicar los resultados al conocimiento de la evolución de la función cerebral y del psiquismo humano.
El primer director de la estación fue EUGEN TEUBER, que en 1913 alquiló la casa y el huerto aledaño para instalar allí a un grupo de siete chimpancés con el que comenzó los experimentos. No obstante, en diciembre del mismo año retornó a Alemania, siendo sustituido en la dirección del centro por WOLFGANG KÖHLER, que realizó una serie de experiencias en las que se planteaba a los animales problemas que debían resolver. Los más conocidos son los relacionados con la obtención de comida mediante el apilamiento de cajas o el ensamblaje de cañas. Tras la publicación del libro La mentalidad de los monos, los experimentos de la Casa Amarilla alcanzaron renombre mundial.
No obstante, las circunstancias históricas de la época –el estallido de la Primera Guerra Mundial y la posterior derrota de Alemania- hicieron que el centro primatológico fuera primero trasladado y luego cerrado. Köhler se marchó a su país, de donde partiría en 1935, huyendo del nazismo, a los Estados Unidos para impartir clases en distintas universidades. En 1956 fue elegido presidente de la Asociación Americana de Psicología.
En fotografías de los años sesenta y setenta podemos apreciar cómo fue la casa cuando aún no estaba arruinada y conservaba la cubierta. Aparecía todavía rodeada de plataneras, pero a partir de los noventa se abandonó la agricultura, pues en toda la zona de La Paz comenzó un proceso de urbanización que no ha parado hasta nuestros días. El abandono hizo que la casa entrara en declive.
En los años 90, LA FUNDACIÓN WOLFGANG KÖHLER inició una intensa campaña para tratar de conseguir que el edificio fuera declarado Bien de Interés Cultural, lo que se logró en 1999 otorgándosele la categoría de Monumento. En el decreto de declaración se describen los estragos que el tiempo había ocasionado en la Casa Amarilla: "Se ha producido el derribo de la cubierta y primer forjado, realizándose trabajos de demolición en el interior del inmueble, el cual se ha convertido en una mezcla de enseres abandonados".
Sin embargo, esta declaración sufrió un duro revés, ya que los propietarios de la finca, la entidad mercantil CANARY PROPERTY PROMOTIONS, presentaron un recurso, que ganaron, basándose en que la categoría de Monumento no era la procedente, estimándose como más apropiada la de Sitio Histórico. La declaración se retrasó hasta que, por fin, en 2005 se volvió a adjudicar considerándola de esta última forma.
Estamos, pues, ante otro ejemplo de enfrentamiento entre el interés general y la propiedad privada que las autoridades no son capaces de resolver. El incumplimiento manifiesto de la Ley 4/1999, de 15 de marzo de Patrimonio Histórico de Canarias es evidente, pues no se respetan ni el artículo 52 que establece el deber de conservación, restauración y custodia por parte de los propietarios, ni el acceso público a los bienes de interés cultural que señala el artículo 28. En el primer caso, esto se pone de manifiesto en el deterioro del inmueble y, en el segundo, los dos accesos a la propiedad exhiben sendos letreros de prohibición de paso y la casa se halla permanentemente vigilada por dos fieros perros.
Ha habido un movimiento de la comunidad científica internacional en pro de la restauración de la casa y su conversión en un museo que choca con el casi absoluto desconocimiento que tenemos en la isla sobre la importancia de este sitio: cuando ardió en el verano de 2008 la Casa de San Fernando o El Robado, algún medio local publicó la noticia atribuyéndole erróneamente la presencia de Köhler y sus trabajos con los simios.
Al escribir este artículo somos conscientes de que no hemos descubierto nada nuevo a muchas personas interesadas en los temas que se refieren a nuestro patrimonio histórico, artístico y cultural, pero queremos unir nuestra voz a las de muchas personas e instituciones que llevan años desarrollando una larga lucha para lograr que los ciudadanos de la isla y de fuera puedan conocer la importancia de este edificio y lo que representa en la historia mundial de la ciencia.
El amigo del Puerto de la Cruz, ex alcalde de la ciudad, SALVADOR GARCÍA LLANOS, remitió entonces estas notas que tituló “CASA AMARILLA”: “…es una de las personas que más esfuerzos ha volcado en la recuperación de la casa amarilla, que albergó, allá en el límite del término municipal con la Orotava, y en las primeras décadas del siglo XX, el primer centro de investigación primatológica.
Melchor Hernández Castilla, el psicólogo portuense, no ceja en su empeño. Y por eso gratifica verle conferenciar, reciclando material y aportando cualquier testimonio novedoso, como hizo días pasados en el instituto de estudios hispánicos de canarias. Allí acudieron compañeros,  profesores, investigadores y personas interesadas en el asunto. Es curiosa la presencia de tantos extranjeros, muchos más que nativos. Sin duda, tiene mucho que ver la figura de Wolfgang Khöler, que da nombre a una fundación que, poco a poco, va extendiendo su radio de acción en círculos científicos y universitarios. Khöler y cuanto le rodeó, que no es poco, incluso alguna novela que imprime más interés a sus importantes investigaciones en el comportamiento de los primates. Pero es el entusiasmo de Melchor lo que se quiere ponderar. Con toda justicia. Esta es una causa que se abraza porque personas y profesionales como él dedican afanes incesantes, pese a los imponderables y las penurias convertidas en auténticas tribulaciones cuando de aguardar respuestas de la administración se trata. Se le nota en su exposición, tan metódica como fresca, a veces espontánea, intercalando vivencias o comentarios de gráficas que ha ido obteniendo durante tantos años de estudio. Melchor amasa prudentemente su sueño de ver reconstruida la casa amarilla que, ahora mismo, tiene el mismo aspecto ruinoso y destartalado que conocemos desde hace meses. una prudencia que no quiebra cuando tiene que hablar del doctor mas, de su colegio profesional, de Jane Goodall, de Manuel ‘el de los machangos’ o de cualesquiera otras autoridades científicas con las que ha ido relacionándose para acentuar su entusiasmo y sus ganas. El empeño es que el Puerto de la Cruz renueve la sede del que fuera primer laboratorio de investigación de los chimpancés. El abandono y eternos pleitos judiciales han ido condicionando la materialización de un proyecto ambicioso que merece respuestas que, al menos, signifiquen que algo marcha. Por eso, siempre se agradecerán testimonios como el de Melchor Hernández Castilla ahora que se cumplen cien años del comienzo de las investigaciones de Khöler, ahí mismo, en la paz, donde su huella ha quedado para siempre. Aunque los portuenses aún no sean plenamente conscientes de ello…”

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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