jueves, 16 de febrero de 2017

DON FELIPE CASANOVA Y MACHADO 1897-1973. JURISTA, MÚSICO Y COMPOSITOR



Nace en la villa de la Orotava en el año 1897. Licenciado en Derecho, Gestor Administrativo, jurista, literato que convertía la fantasía en auténtica prosa, en teatro y en poesía. Es decir era un emblemático personaje  perteneciente a la música, a la ilustración y a las leyes.
Llenó una  larga etapa artística de la vida orotavense, llegando a actuar como artista aficionado en el teatro, e incluso desempeñó funciones de director. 
Dirigió el periódico “Gente Nueva” y colaboró en diversas revistas nacionales y locales. Excelente pianista y muy destacado compositor.
Aparte del sainete  lírico “Cosas del Pueblo”, escribió también  “Viva la Paz”,  a las que el maestro Calamita le puso música. 
Otras composiciones con músicas y letra suyas, son: “El que no corre no vuela”, cuplé.   El Vals;  “Uvas  u Vienes”,  “El Silbido del amor, fox”,   “¡Cantares! ¡Cantares!”.   Serenata,  “El Fútbol”  y  “Morena”.   De carácter regional y entre otras, citamos  “Malagueña Canaria”,  “Folias Canarias”  y  “Si esto no es una isa”.  
Para las fiestas patronales de san Isidro Labrador hizo unas coplas, que son externas y  permanentes, que alegran los corazones villeros:
Cuando canta una canaria,  /  con la isa se apasiona,  /  y llora con la folia  /  y ríe con la saltona.  /  tiene este valle de ensueño  /  cuatro florones de luz:   /   la Orotava, los Realejos  /   y mi Puerto de la Cruz.
Falleció en la Orotava el 29 de noviembre de 1973.
Colaboró de forma constante primero con el grupo coral “Capilla Santa Cecilia” y después con Los Pirandones.
DON JOSÉ LUÍS SÁNCHEZ PARODI, remitió entonces estas notas: “…De nacer en la Grecia clásica, estoy seguro que habría sido uno de los discípulos más, amados de Epicuro. Pero había nacido en La Orotava, en los primeros años de este siglo, hijo de un procurador de los Tribunales, serio y honrado, que aspiraba a que sus dos hijos varones fuesen abogados. Y a trancas y barrancas -yo creo que más a las primeras, que a las segundas- terminó don Felipe la carrera de Derecho, en la Universidad de La Laguna, no sin haber cursado algunas asignaturas en la de Murcia, por aquellos tiempos coladero nacional para estu­diantes descarriados. Don Felipe era cojo. Como Tirteo, aquel griego, burlón y sarcástico. Como Byron, el lord y poeta, que iría a morir en un lugar oscuro, luchando por la independencia de Grecia. Y si todo el mundo lo conocía como don Felipe, a sus espaldas le llamaban "el cojo Casanova", porque un rasgo que caracteriza al pueblo canario es el de resaltar, cariñosamente, este defecto. Nadie, nadie dice aquí "el tuerto González", "el manco Fernández, o "el ciego Díaz"; pero todo el mundo ante­pone al apellido de un cojo el proclamar que lo es. Y todavía recuerdo que por los años en que viví en la Villa había dos cojos célebres. Uno era, naturalmente, don Felipe; el otro, un ser pequeño y esmirriado, de voz pro­funda y grave, cascada por el vinazo de las ventas, que cantaba, solitario, en las noches de alcohol y luna llena, contorsionado su cuerpo por las camballadas que daba, apoyado en una larga muleta de madera, mientras hacía un alto, en las esquinas, en las cuestas, de La Orotava. Y el eco de su voz atronaba como un fantasmagórico sereno que anunciaba la hora que era, simpático e inofensivo curda callejero: era el cojo Regalado, al que, afectuosamente, se conocía por "Taquito" . Pero don Felipe, además de cojo, como Tirteo y Byron, era también poeta. Poeta en tono menor, pero poeta. Yo tengo perdidos entre las páginas de mis libros, hermosos poemas de don Felipe, de gran contenido lírico, en los que canta el amor con bellas imágenes y delicadas palabras. Más, antes de llegar al final, sus últimos versos se transformaban en puro exabrupto, en soez frase o en vocablos escatológicos, que rompían la armonía y hermo­sura del soneto o el romance. Intencionadamente, como si don Felipe tuviese el temor de que lo creyesen un hom­bre sensiblero, blando y melancólico. Escribió, como todo el mundo isleño sabe, una obra lla­mada "Las cosas del pueblo", con música del maestro Cala­mita, y compuso muchos versos, repartidos en hojassue1;... tas, que nunca pretendió recopilar, por el poco valor que daba a lo que hacía. Logró, sin embargo, la vieja aspira­ción de Manuel Machado que era tan buen poeta como su hermano Antonio, quien ya dijera que las coplas no lo son hasta que el pueblo las canta, y entonces ya nadie sabe quién es su autor. Que es lo que. Sucede con el estribillo de la isa, que comienza con el "Yo me visto de mago en la romería “,  y que, salvo los villeros, nadie sabe que él lo compuso. ­Cuando yo le conocí, allá por los primeros años 50, tenía una gestoría y asesoraba a unos sobrinos suyos, gemelos, que comandaban una escuela automovilística. Era un hombre grueso, corpulento, de mirada baja y huidiza, tímido, al menos en mi presencia, acaso porque me viera bajo la imagen de juez de Instrucción, y la auto­ridad le originara miedo o prevención; quizá por los años pasados en prisión durante los terribles días de la Guerra Civil. Ya entonces había remitido algo su intenso fervor dio­nisíaco, y sin dejar por completo el culto a sus dioses paganos favoritos, llevaba una vida más sosegada, en plá­cidas jornadas, jugando a la baraja, echándose unas perras de vino, de vez en cuando, marchándose de tenderete, "damas" y comilona a la capital, o de festivo y suave parrandeo a cualquier sitio que sirvieran buen mosto, por los altos de la Villa. Amaba el teatro, los toros, el canto, las zarzuelas, el fút­bol.  Don Felipe había estudiado música, y tocaba con salero el piano. Y había que verlo, excelente mimo, cari­cato de sí mismo, acariciando las teclas, e interpretando pasodobles, mazurkas, poIkas, cuplets o canciones de la tie­rra, en un repertorio inimaginable, ejemplo de gracia y de memoria. Tunante, travieso y endiablado don Felipe, adorador - empedernido de Venus, cultivador de Baca, con cuánto placer hubiera compartido amables cenas con Lúculo y Helio­ gábalo! Deslumbrante relámpago de vida, torbellino siem­pre en pie de guerra, ingenioso y dispuesto a cada instante para la broma, la juerga y la francachela. Inagotable, fantástico cojo Casanova, entrañable amigo de izas,  rabizas  y colipoterras que dijera don Camilo José. Durante la República fue político y ocupó accidental­mente' la Alcaldía de la villa. Se afilió, como hombre libe­ral de izquierda, al partido de don Manuel Azaña máximo burgués de las España, aunque entonces nadie lo creyera - y colaboró con su cuñado don Manuel González, el último alcalde republicano de allí. Pero su vocación era la sátira, la burla, y así escribió en un periódico que entonces existía, y que se llamaba Rompe y rasga;  periódico ácido y violento, de notoria agresividad contra las personas de derecha, muchos de cuyos artículos se los imputaban, sin razón plena, al tur­bulento don Felipe. Y esto le pudo costar la vida. Porque en la tarde del 18 de julio de 1936 fue detenido, como peligroso elemento, y le ingresaron, no en el teatro "Power" de La Orotava, sino que fue conducido directa­mente a la prisión provincial, en la capital. Me supongo el pánico que pasó don Felipe en los tres años que allí estuvo ingresado, en espera, sobre todo en aquel verano trágico, del "paseo", en la noche amarga en que leían de una lista a los presos que se habían de "sacar" inmediatamente, para ir a un destino que todos adivinaban. Pero don Felipe tuvo suerte, y en la lotería, en la azarosa ruleta de la muerte -¡hagan juego, seño­res!-, no le tocó el premio máximo -¡no hay quién de más, señores!-. Acaso sus antiguos diosecillos, juguetones, le pidieron a las Parcas que dilataran su llamada, y así, pudo salir en libertad finalizada la guerra. Se refugió, asustado, durante algunos años, en La Vic­toria, y yo me imagino cuánto tuvo que sufrir, lejos de sus calles en flor, del susurro del viento por los altos bal­cones de la Villa, del posmear de las nubes, cubriendo, poco a poco, de agua los blancos cristales de las ventanas, mientras sus sobrinos pequeños -los hijos que no tuvo ­contemplaban, ensimismados, aquella lluvia suave y deli­cada que, lentamente, caía. En sus últimos años, tenía frecuentes ataques, en los que perdía el conocimiento, y cuando todo el mundo creía que de ésta no salía, allí aparecía, de repente, recobrado, como si retornase del viaje al otro mundo. Y volvía con nuevas fuerzas, pletórico de chanzas y optimismo, burlándose, ahora, hasta de su propia sombra resucitada. Y en una de éstas, aquel solterón contumaz, decidido y audaz en el mundo de la juerga pero tímido en la. Vida cotidiana, se casó, "in artículo monis", con la mujer siempre conviviera. Pero él siguió a su aire. Nunca me lo representé como tranquilo señor de hogar, butacón cómodo, bata  de casa y en zapatillas, dormitando, aburrido, en torno a la televisión, ni paseando, matrimonialmente, en esas tardes lar­gas e inacabables de los domingos eternos. Un día, le dio uno de estos "patatuses" -como él los llamaba- y trajeron al sacerdote, que comenzó a darle la extremaunción, en cuyo instante salió del soponcio. Y tran­quilo, sin moverse ni asustarse abrió un ojo, y en un latín macarrónico, quizá aprendido en una lejana ceremonia de un carnavalesco entierro de la sardina, lanzó una "laudetur Jesucristo", que dejó asombrados a todos, ante la serenidad de ánimo de aquel hombre, retrechero y guasón, que ahu­yentaba, riendo, a su propia muerte. No mucho después moría don Felipe, y asistí a su entierro, en un día triste del Valle. Entre el celaje, creí adivinar que le esperaban, con impaciencia, las almas del Arcipreste de Hita, de don Francisco de Rebeláis, de aquel don Luís Vélez de Guevara que escribiera, precisamente, sobre un diablo cojuelo, o de don Francisco Delicado, el cura que narra las aventuras de una lozana andaluza, putana distinguida, en la Roma del Renacimiento. Pasarán los años, y la figura de don Felipe se desva­necerá poco a poco. Más siempre habrá un día de prima­vera, o puede que del verano, en que el calor brille y jóve­nes romeros de la isla vengan a la Villa a acompañar a la pequeña imagen de San Isidro. Y voces nuevas entonarán, una vez más, canciones como plegarias. Y allí estará el recuerdo de don Felipe, que tanto amó la juventud, la vida, el goce y la alegría. Y sobre todo, su tierra eterna de La Orotava…”

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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