domingo, 5 de febrero de 2017

DON LUIS RODRÍGUEZ FIGUEROA



Nació en Puerto de la Cruz y falleció en 1936 víctima de la represión franquista (desaparecido). Estudió Derecho en la Universidad de Granada y ejerció la abogacía en su isla natal. De ideas republicanas, evolucionó hacia posiciones izquierdistas, algunos autores hablan incluso de un acercamiento al socialismo, y fue elegido diputado por Izquierda Republicana (integrada en el Frente Popular) en las elecciones de febrero de1936. Fundó la revista Castalia y colaboró con HespéridesGente Nueva, La Tarde y La Prensa. Su obra poética consta de siete libros. Fue autor de numerosos artículos de prensa y de la novela El Cacique, firmados con el seudónimo Guillén Barrús.
En la figura de Rodríguez Figueroa se funden el valor cívico, la fortaleza de sus convicciones y la calidad literaria de su prosa política. En sus años juveniles, Rodríguez Figueroa se sumó (incluso poéticamente) al regionalismo que florecía en Canarias en los últimos años del siglo XIX y los primeros del siglo XX, pero a finales de los años veinte ingresó en el PSOE y decidió volcarse en la actividad política: campañas periodísticas, labores del partido, versos de combate y denuncia social. Con su asesinato Canarias perdió uno de sus principales valores literarios.
El político y escritor portuense cultivó una poesía que se desenvolvió desde el regionalismo romántico hasta la denuncia política y social.
Durante siglos la vida económica y política de Tenerife giró alrededor del norte de la isla que vivió una intensa actividad cultural. El norte tinerfeño, y en particular el Puerto de la Cruz, fue puerta de entrada marítima de movimientos culturales que, como la Ilustración, supusieron un fecundo impacto en la isla y en el resto del Archipiélago.
La colección Voces del Valle rescata las obras de narradores, poetas y ensayistas del norte isleño que, a lo largo de la historia, han contribuido relevantemente a modelar la sensibilidad cultural de las islas y a conectarla con la dinámica de la creación literaria de Europa y América. 
Hhistoria de la democracia y del movimiento obrero está llena de personajes voluntaria e ideológicamente desclasados – aristócratas y burgueses –, que dejaron a un lado sus privilegios de casta y empeñaron su vida en la lucha por construir un mundo mejor para toda la humanidad, pero especialmente para aquella parte de la humanidad más desprotegida y marginada, los parias de la tierra, los pobres del mundo.
Luís Rodríguez Figueroa, fue uno de ellos. Su compromiso político y social le llevó a figurar desde finales del siglo XIX entre el grupo escogido y reducido de políticos canarios que hicieron del progreso, la libertad y la lucha contra las desigualdades sociales el empeño de toda su vida. Muchos y Don Luís Rodríguez Figueroa fue uno de ellos afrontaron no sólo la marginación y la hostilidad de su clase social, especialmente retrógrada en la Canarias de entonces, sino que incluso sufrieron la  muerte más cruel e ignominiosa por ser consecuentes con sus ideas.
Luís Rodríguez de la Sierra y Figueroa nació el 19 de noviembre de 1875, en el seno de una familia de clase media alta del Puerto de la Cruz. Su padre, republicano, había sido concejal del ayuntamiento portuense. Su próspera situación económica le permitió enviar a su hijo a estudiar leyes a Granada, de donde regresó en 1896, a los 21 años, ya convertido en abogado.
Rodríguez Figueroa se casó con Loreto Melo, perteneciente a una familia de la alta burguesía y de origen portugués, con la que tuvo cinco hijos, algunos de los cuales sufrirían también persecución por sus ideales y por ser hijos de su padre. Entre ellos, el de destino más desgraciado fue Guetón, asesinado unos días después que Don Luís.
La práctica de su profesión en un entorno en que la justicia, como un instrumento caciquil más, se ensañaba con los más débiles, sirvió de cauce a su inicial y progresivo compromiso social, complementado posteriormente con la práctica política, que le llevó a ser  concejal del Puerto de la Cruz, presidente de la Juventud Republicana tinerfeña, concejal de Santa Cruz de Tenerife, consejero del Cabildo Insular, y finalmente, en1936, a ser elegido diputado a Cortes por el partido Izquierda Republicana, integrado en el Frente Popular.
El compromiso republicano de Luís Rodríguez Figueroa tiene su base filosófica en las ideas de la Ilustración. Montesquieu, Voltaire, Rousseau y la amplia nómina de enciclopedistas que sembraron ideológicamente el camino por el que luego transitaría la  gran revolución burguesa, que tuvo en Francia su expresión más plena y también más frustrante desde el punto de vista de las masas populares irredentas, serían los faros de su actuación política. El Contrato Social y el Espíritu de las Leyes, a menudo citados en sus discursos, conformarían su pensamiento y serían, junto a aportaciones posteriores de carácter socialista, el cauce teórico de su acción política. Habiendo bebido en estas fuentes del pensamiento, no es extraño que la actividad del joven abogado portuense se inclinara de manera progresiva hacia los círculos republicanos, asentados con relativa solidez en Santa Cruz de Tenerife a principios del siglo XX, cuando todavía el movimiento obrero y socialista se hallaba en sus inicios y carecía de arraigo social y político.
Entre 1912 y 1915 Luís Rodríguez Figueroa fue concejal republicano del Puerto de la Cruz, donde desarrolló una notable labor municipal, plasmada en proyectos como el alumbrado público, la construcción de escuelas, y una gran preocupación por la higiene pública que tuvo su principal caballo de batalla en el saneamiento de la red de distribución de aguas a la población.
Avalado por estos logros y sus actuaciones como abogado, articulista y orador de verbo fácil y acerado, Luís Rodríguez Figueroa se convierte en un personaje de referencia dentro del republicanismo tinerfeño. En julio de 1918, trasladada su residencia a Santa Cruz, es elegido miembro del comité directivo del Partido Republicano y un mes después presidente de la Juventud Republicana. En 1920 fue elegido concejal de la capital tinerfeña, formando parte de la mayoría de gobierno republicana del Ayuntamiento.
Entre las preocupaciones políticas de Luís Rodríguez Figueroa, la institucionalidad de Canarias como región diferenciada dentro del ámbito del Estado español se plasma ya desde 1919 en un proyecto de bases generales propuesto por los consejeros republicanos del Cabildo de Tenerife, donde se expone la conveniencia de un régimen autonómico descentralizado, que equipare al Archipiélago con territorios peninsulares como Cataluña o Euskadi, mucho más desarrollados en este aspecto, aunque sus respectivos estatutos autonómicos no llegarían sino varios lustros más tarde, ya en plena República.
Se trataba en esta propuesta de bases de dotar a los cabildos insulares de un estatuto que armonizara el insularismo con el regionalismo, de manera que la acción administrativa de cada cabildo se complementara con una acción mancomunada a través de una ‘Dieta Regional’. Las instituciones autonómicas deberían estar dotadas de recursos económicos que les permitieran desarrollar sus funciones. En la base de este desarrollo autonómico estaban sus convicciones republicanas dentro de la tradición federalista de Pi y Margall.
La instauración de la II República en abril de 1931 fue el objetivo tantas veces anhelado por Luís Rodríguez Figueroa, que saluda con emocionadas palabras al nuevo régimen: “...La República ha llegado por sí misma –dice trayendo en la mano derecha la ley histórica y en la izquierda el dinamismo de la conciencia democrática del pueblo español...”. Llega con la primavera,“...Cuando la vida se muestra con la exaltación espléndida de sus fuerzas más fundamentales, sagradas e irreprimibles...”. Viene a transformar “el viejo orden pernicioso, privilegiado, injusto, corruptor, palaciego, intrigante, depredador… nefasto en fin”. “Que nuestro saludo –concluye entusiasmado Doña Luisa sea el coeficiente verbal, infalsificable, el deseo unánime de hacernos dignos de ella por nuestra actuación removedora, de resurgimiento y de austero ejercicio de la ciudadanía, para restablecer totalmente el tejido celular de la nación, oxigenar sus oxidadas vías respiratorias y fortalecer sus energías morales”.
Las esperanzas de Don Luís Rodríguez y de tantos y tantos republicanos y republicanas, así como de la parte más sana y progresista del pueblo español, se truncaron el fatídico verano de 1936. Antes, Rodríguez Figueroa, en plena madurez política y creativa, había intensificado su actividad republicana y ya conscientemente socialista, al menos a nivel subjetivo, pues no fue un doctrinario al uso ni un revolucionario radical.
Sus intervenciones como abogado de los trabajadores y obreros tuvieron su hito en el proceso a los amotinados de Hermigua, en La Gomera, expresión radical de la lucha de clases en un momento de gran crisis económica.
La Federación Obrera gomera, ante el gran aumento del paro en la comarca, propuso la construcción de una carretera, que beneficiaría a todos los sectores sociales y que daría trabajo a más de cien personas; pero los caciques, intentando doblegar la resistencia de los trabajadores, sólo acogieron a unos 20 de ellos, discriminando entre los no afiliados y los miembros del sindicato. El 21 de marzo se inició una huelga general en el valle, que fue reprimida por la Guardia Civil, con la consiguiente respuesta obrera. En el enfrentamiento que se generó murieron dos agentes y un trabajador.
Treinta y dos obreros y obreras fueron sometidos a un Consejo de Guerra, que tuvo lugar en el Cuartel de San Carlos, de Santa Cruz de Tenerife, iniciándose el 30 de junio de 1934 y prolongándose durante varias semanas. Luís Rodríguez Figueroa formó parte del equipo de abogados de los encausados. Al decir de algunos investigadores, su decidida actitud de defensa le granjeó la enemiga jurada del estamento militar, decidido a dar un escarmiento ejemplar a la parte más combativa del movimiento obrero de las islas.
Así, el 18 de julio de 1936 Luís Rodríguez Figueroa era uno de los políticos más odiados por los detentadores del poder en Tenerife. Su capacidad de análisis, su postura política y su alineación con las clases más desposeídas de la sociedad insular, así como sus conocimientos jurídicos que le permitieron desbaratar muchas componendas caciquiles, y su mordacidad y agudeza periodística lo hacían acreedor a la mayor de las inquinas.
En las elecciones del 16 de febrero, Luís Rodríguez Figueroa fue elegido diputado a Cortes  como representante de Izquierda Republicana, partido integrado en el Frente Popular. Después de tomar posesión de su cargo y asistir a varias sesiones parlamentarias donde se planteó y trató el llamado “problema canario”, el diputado regresó a Tenerife. Aquí tuvo lugar su última actuación como abogado, defendiendo esta vez a su hijo Manlio, soldado de reemplazo al que los militares acusaron de ser el autor de unos anónimos insultantes contra altos cargos del ejército, entre ellos el general Franco, comandante militar de Canarias. Manlio Rodríguez fue condenado y su padre publicó con tal motivo su último artículo periodístico, donde vertía ajustadas críticas a la justicia militar.  
El jueves 16 de julio de 1936, Don Luís embarcó en el “Villa de Madrid” con  destino a Cádiz, desde donde pensaba seguir viaje a la capital de España para reincorporarse a sus tareas parlamentarias. El 21 llegó el barco al puerto andaluz, el capitán puso en conocimiento de Rodríguez Figueroa los acontecimientos que se estaban produciendo en el país y le aconsejó que no desembarcara, pero éste no sólo lo hizo sino que acudió a informarse al Gobierno Civil, que ya estaba en poder de fuerzas de la Legión. Fue apresado, devuelto a Tenerife en los primeros días de agosto y asesinado —según todas las versiones arrojado al mar— el 21 de agosto de 1936.  Algunos han contado que al oponer resistencia a sus asesinos, le fue atravesada una mano de un bayonetazo antes de tirarlo por la borda. Días después también sería asesinado su hijo Guetón. Su casa de La Laguna había sido asaltada y saqueada, sus libros quemados, sus bienes expoliados y sus restantes hijos, unos detenidos y otros fuera de las islas. Un caso de destrucción familiar no insólito en la época, donde numerosas familias obreras sufrieron igual destino, pero sí peculiar por la posición social de sus víctimas, integrantes cualificados de la burguesía isleña.
Como José Martí, otro revolucionario burgués consecuente, Luís Rodríguez Figueroa había vivido en el monstruo y conocía sus entrañas. Acabaron devorándolo, pero los que a escondidas lo asesinaron no intuían que la historia es un laberinto con muchas vueltas y los que ayer fueron vilipendiados hoy son honrados y considerados un ejemplo para las generaciones futuras.

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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