domingo, 26 de febrero de 2017

EN COLCHÓN DE BLANCA ESPUMA PARECE QUE EL PUERTO DUERME



El amigo del Puerto de la Cruz; AGUSTÍN ARMAS HERNÁNDEZ. Remitió entonces el día 24 de Febrero del año 2017, estas notas que tituló; “EN COLCHÓN DE BLANCA ESPUMA PARECE QUE EL PUERTO DUERME”: FRAGUÁBASE lo que sería el alzamiento nacional español, concretamente el 5 de abril de 1936 nacía, en cuna de humildes pescador y pescadera ranilleros, en el Puerto de la Cruz un niño varón. Él hacia el octavo que veía la luz en aquella desvencijada casita que, por la cercanía al mar y los bártulos de pesca que en ella se albergaban, la había penetrado el característico olor a pescado, algas y salitre marinos. Un hermanito de este niño, que nacería después, completaría el total de nueve hijos que tuvo aquel matrimonio de pescadores portuenses. El niño que naciera por último más sus primeros cinco hermanos, por abatates del destino y circunstancias que ustedes pueden imaginarse derivadas de una familia de humildes pescadores en tiempos hostiles, fallecieron a temprana edad. Sólo quedaron para la posteridad tres hijos de aquel enlace matrimonial de pescadores. Una hembra y dos varones que vieron prolongada sus vidas. Fue la fémina la que siguió la tradición de  sus progenitores. Pescadera como su madre, ocupación que se prolongaría hasta su jubilación, hace ahora muchos años y, después de larga enfermedad finalmente fallecida. El varón, que era el mayor de los tres, sería mecánico de automóviles en su juventud y vendedor de estos después. Este como su hermana, la pescadera, también muerto hace algunos años. Muchas necesidades pasaría aquel niño que naciera en los prolegómenos de nuestra guerra civil, y como él también los que vieron la luz en aquel mismo año e inmediatos sucesivos (sobre todo los más pobres). Hasta bien entrados los años cincuenta del siglo pasado no supo lo que era degustar la carne, los huevos y la leche, importantes alimentos para el normal desarrollo de un niño. Aunque las cosas no venían bien antes de nuestro enfrentamiento, fue después de la guerra civil cuando las arcas familiares llegaron a cero. No había dinero, y los que lo tenían, oseáse, los ricos consumían con su poder adquisitivo los escasos productos que se encontraban en el mercado. Los más pobres campesinos se alimentaban de puro gofio cuando lo había, que no era siempre, alternando con verduras o papas. Las papas no siempre las podían consumir puesto que la casi totalidad de la producción la vendían o cambiaban por otros alimentos. A pesar de la escasez de comestibles y de dinero para comprarlos, el campesino no lo pasó tan mal. Disponían, aparte de la producción agrícola, de variedad de animales que ellos mismos cuidaban, tales como: gallinas, conejos, cerdos, cabras, etc. Pero esto último sólo lo disfrutaban los que tenían fincas en propiedad, propiedades que cuidaban los medianeros. Los pobres cultivaban los terrenos y cuidaban de los animales, mas poco o nada percibían por su labor. Sólo vivían regularmente los que eran labradores de sus propios terrenos y tenían y cuidaban de su ganado. Los que lo pasaron muy mal fueron los pescadores del norte de Tenerife. El mar de entonces dos días a la semana estaba bueno, se podía pescar, y cinco malos, no se podía pescar. Los pescadores lo pasaron mucho peor que los campesinos por obvias razones: los campesinos se alimentaban en parte, como quedó dicho, de lo que cosechaban y de los animales que criaban. Mientras que los pescadores sólo de los productos del mar. Ahora bien, si se comían el pescado que cogían no tenían acceso a otros productos tales como: el carbón, gofio, papas, coles para el potaje, etc. ¿Qué hacer para comprar estos alimentos de primera necesidad? Pues, vender o cambiar el pescado por estos productos tan deseables para poder vivir. Viejas, cabrillas, salemas, pulpos, morenas, lapas, cangrejos, etc., se ponían a la venta en aquella destartalada, pero atractiva, pescadería portuense, ahora desaparecida. Hoy han cambiado los tiempos, el mar no se comporta como antaño siendo su actitud más benévola con los que toman los productos de sus entrañas. Aunque en la actualidad tenemos cinco días para pescar hay menos pescado en el mar ¿Las causas? El cambio climático y la contaminación de las costas. Digo esto porque así lo aseguran los entendidos. De los pueblos colindantes venían a la que hoy es primera ciudad turística de Canarias (antes pueblito pintoresco y recoleto, admirado por aquellos nuestros primeros turistas venidos de Europa) a comprar el pescado  marisco allí expuestos. Parte de los productos del mar pasaban a los hoteles y restaurantes de la localidad para ser degustados por turistas y lugareños. El pescado era de calidad pero el mar, como he dicho, muchos días al año furioso, más los medios rudimentarios para cogerlo, hacía que no se pescara abundantemente. Lo que sí se pescaba en cantidad eran caballas y sardinas y, a veces, chicharros- Ocasión que aprovechaban las pescaderas pues los precios eran baratos, para cesta a la cabeza, llevarlo a vender a los pueblos del Valle de La Orotava. E incluso a otros lugares más alejados. Algunas veces el pescado se pagaba con dinero pero no todos los campesinos tenían acceso al vil metal. Así que, más bien lo cambiaban por productos del campo tan necesarios para la nutrición de las familias pescadoras. Recuerdo de mi niñez cuando mi madre, pescadera portuense, llevaba la cesta en la cabeza con pescado para venderlo por los campos del Valle de La Orotava y en vez de traer dinero, traía en esa misma cesta papas, en el fondo, y coles y uvas, encima. Papas y coles que cambiaba por el pescado y uvas que le regalaban aquellas generosas campesinas sabedoras de las necesidades que se pasaban a orillas del mar, sobre todo cuando éste estaba de "mal humor" y no permitía la extracción de peces. El niño que naciera en aquel abril del 36 crecía, aunque enclenque en años y estatura. Cinco añitos fueron suficientes para, más tarde, recordar que su abuela María, de madrugada, a su vera, casi encima de él en la cama pronunciando estas palabras: "La Virgen del Carmen me acompañe". La abuela solía cuidarlo porque su madre iba todos los días muy temprano, cuatro o cinco de la mañana, a adquirir en la pescadería el fresco pescado que más tarde vendería en la Cruz Santa y barrios de su entorno. La abuela murió. ¿Quién cuidaría al niño? Lo sabremos en otra ocasión. De momento un poema titulado: "El Temporal", en memoria a aquella pescadera, mi madre, y a todas las que cesta a la cabeza vendían o cambiaban el pescado de la costa portuense por los pueblos del Valle de La Orotava y aledaños. Helo a continuación:
El mar revienta en los riscos,
 Las olas cubren el muelle,
 Y en colchón de blanca espuma
 Parece que el Puerto duerme.
Las luces frente a la costa
 Desde la brava a Martiánez
 Delatan la marecía
 Que del mar bravío sale.
 Las piedras en los bajíos,
 Por el mar alborotado,
Ocasionan fuerte ruido,
Por todo el pueblo escuchado.
Por el barrio la Ranilla,
 Corre un muchacho asustado,
 Avisando a los marinos
 Que el mar ha roto los cabos.
 Las barcas a la deriva,
En el muelle aún flotando
 Las balancean las olas
 Y algunas han zozobrado.
Mas el gran susto lo lleva,
 La mujer del pescador
 Que aquel día ya muy tarde
 Con su hijo fue a pescar.
Del Peñón a la Peñita,
Calle el Lomo y Mequinez,
 Pasando por la Placeta,
 Todos corren a la vez.
Se dirigen hacia el muelle
Donde el problema es mayor,
 Encontrándose las calles
 Llenas de agua del mar.
 Las barquillas que varadas,
No estaban en su lugar,
 Las habían desplazado
 Las fuerzas del temporal.
En aquel mismo momento todo
Todo el pueblo preguntaba:
 Dónde estaba el pescador
 Con su hijo y con su barca.
Cuando la cara volvió,
 Uno que muy cerca estaba.
¡Vean allí a su mujer!
 Reza y reza porque vuelvan,
 Reza y reza por sus almas.
Las mujeres pescadoras
 Junto a ella se acercaban,
A la capilla del Carmen
 Donde con dolor lloraban…”

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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