sábado, 4 de marzo de 2017

ANTONIO JOSÉ RUIZ DE PADRÓN (SAN SEBASTIÁN DE LA GOMERA 1757 - ORENSE 1823) Y LOS DOSCIENTOS AÑOS DE LA PRIMERA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA (LA PEPA)



Destacado representante del clero liberal español, fue un gran defensor de la Constitución gaditana y del papel educativo y no político de la Iglesia, así como declarado enemigo de la Inquisición y de la intolerancia religiosa.
Su trayectoria política es un claro testimonio de las dificultades por las que tuvo que pasar el país en los inicios del tránsito al Nuevo Régimen. Como diputado de las Cortes de Cádiz y en las del Trienio Liberal su labor fue intensa y su compromiso con los valores ilustrados le llevó a ser encarcelado.
Autor de famosas obras de carácter político, la Biblioteca Municipal Central de Santa Cruz de Tenerife se enorgullece de tener en su fondo patrimonial la casi totalidad de sus obras.
El amigo de la Villa de La Orotava, profesor titular de Historia de América de la universidad de la Laguna; MANUEL HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, remitió entonces estas notas que tituló “ANTONIO JOSÉ RUIZ DE PADRÓN”: “…Nació en 1757, en una vivienda que aún se encuentra en la Calle Real de San Sebastián de La Gomera. Su familia era de clase acomodada y religiosa, y nuestro protagonista se manifestó desde muy pequeño como un niño muy curioso y con ganas de aprender, adquiriendo su formación básica en el monasterio franciscano que existía en San Sebastián. En aquella época vivían en la capital unos 3.000 habitantes y en toda la isla unos 7.000. Se vivía bajo un régimen señorial, que controlaban no sólo la vida económica sino la social de la isla, con lo que las oportunidades de desarrollo eran muy escasas, y prácticamente la única salida era la emigración. Su madre murió cuando él contaba con 16 años, lo cual le alentó a salir de la isla hacia Tenerife para continuar con sus estudios, ya que no había otra posibilidad para continuarlos en la isla. Una vez en la isla de Tenerife ingresa en el convento franciscano de San Miguel de las Victorias, en San Cristóbal de La Laguna. Sobre esto él mismo afirmo que ingresó “muy niño y contra el dictamen de su padre”. Cuando acabó su preparación fue ordenado sacerdote en 1781. Desde ese año se hizo miembro de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, demostrando así que no sólo le interesa el mundo religioso sino también la ilustración, algo que le preocuparía toda la vida. En 1785 toma la decisión “repentina” de irse a La Habana, se cree que motivado por que empieza a tener problemas por sus inquietudes sociales, aparte de que allí tenía un tío, también franciscano. Parte del puerto de Santa Cruz de Tenerife rumbo a Cuba, algo normal en esos tiempos de fuerte emigración, pero la fortuna le tenía preparado otro destino distinto: una tempestad desvió el rumbo del barco hacia el sur de los nacientes Estado Unidos, en concreto a Pensilvania. Se dirige a Filadelfia, lugar en el que se había fraguado la independencia norteamericana, con una notable actividad cultural y con una buena colonia de católicos. En su aventura americana hizo amistad con personajes como Benjamín Franklin o George Washington, los cuales invitaron a nuestro protagonista a las tertulias que se celebraban en casa de Franklin. Los participantes eran todos protestantes, de ideas liberales y relacionadas con la masonería, y se sorprendían de ver a un sacerdote católico, sometido a los dictámenes retrógrados de Roma, pero que hablaba de libertad, igualdad, justicias sociales, etc., algunos de los postulados de la ilustración. Le criticaron la existencia de la inquisición, un estamento retrógrado teniendo en cuenta las ideas de Padrón, estimulado estas críticas al clérigo a que en su sermón dominical hablara en contra de ella. Dicho sermón se escribió en inglés, distribuyéndose por el país, haciéndose muy famoso su contenido, colaborando a cambiar la visión retrograda que en el mundo anglosajón se tenía de los católicos. Un año después llegó a Cuba, y empezó a criticar la esclavitud, una de las fuentes económicas fundamentales de la isla caribeña, estas críticas le granjearon no pocos enemigos, haciendo que al año siguiente se fuese a Madrid. De nuevo en España abandona los hábitos franciscanos, pero sigue siendo sacerdote. Luego viaja por varios países de Europa en busca de saber y contactos con los principales focos de ilustración.
En 1802 le llega su primer destino como párroco, en el pequeño pueblo de  Quintanilla de la Somosa, en la provincia de León. Allí se dedicó a restaurar la fachada de la iglesia y a mejorar la situación de los agricultores del  pueblo. Se valía del diezmo que ellos mismos pagaban para ayudarles a mejorar infraestructuras agrícolas, regenerando la actividad rural. Luego llegó la invasión napoleónica, y se hizo organizador y colaborador de las fuerzas de oposición, aunque nunca luchó. Fue director de un hospital militar, acogiendo en él no sólo a los heridos españoles sino también a los franceses. Uno de los hechos más destacados de la vida de Ruiz de Padrón es su participación en las Cortes de Cádiz de 1812, siendo diputado por Canarias, participando en la creación de la constitución liberal, y siendo famosa su alocución para abolir la inquisición del territorio nacional, la creación de una universidad en Canarias así como eliminar ciertos tributos abusivos aplicados a los ciudadanos de Galicia. Por esos años comenzaron sus primeros achaques de salud, regresando a Madrid y guardando cama en pos de su recuperación. Cuando Napoleón abandona España, regresa la monarquía, y con ella el absolutismo, suprimiéndose lo logrado en las Cortes de Cádiz, restableciéndose la inquisición. La iglesia a la que el pertenecía y servía no le iba a perdonar sus escarceos con las ideas libertarias y el obispo Manuel Vicente Martínez inicia un proceso contra él, acusándolo, entre otras cosas de liberal y de socorrer a los franceses. Así todo se defiende, es encarcelado y moralmente se desmorona al ver el país de nuevo envuelto en ideas y estamentos caducos y retrógrados. Es condenado a reclusión perpetua en un convento, él recurre y es absuelto de todo cargo, pues consigue desmentir punto por punto las acusaciones. En 1820 se convocan de nuevo las Cortes, esta vez en Madrid, y a él se elige como representante de Canarias y Galicia. Su actividad será muy escasa, pidiendo de nuevo la eliminación de los impuestos abusivos.
Muere en 1823 sosteniendo en sus espaldas este gomero universal todo un bagaje de lucha por los derechos humanos y el progreso en una época oscura. Nunca regresó a La Gomera, pero siempre se sintió preocupado por el devenir de la isla, sabemos por la correspondencia que tenía con su hermana que le consultaba si los cambios nacionales influían en el devenir de La Gomera, además de añorar un regreso que nunca se produjo, y según sus palabras “volver a comer gofio y pescado fresco…”

BRUNOJUAN ÁLVAEZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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