martes, 14 de marzo de 2017

DOMINGO ATANASIO CALZADILLA Y OSORIO



Nos cuenta el amigo; JUAN ALEJANDRO LORENZO LIMA Doctor en Historia de Arte por la Universidad de Granada y licenciado por la de La Laguna, en su trabajo biografico “EL CALVARIO. SIGLOS DE HISTORIA, ARTE Y RELIGIOSIDAD EN LA OROTAVA”, en las paginas; 76, 77, 78, 79, y 80. En las que habla de un mayordomo abnegado de La Villa de La Orotava; Domingo Atanasio Calzadilla y Osorio y sus importantes donaciones para la Villa: “…Domingo Calzadilla fue uno de los clérigos más piado­sos y adinerados de cuantos vivieron en La Orotava de su tiempo, aunque no supo ni quiso progresar en los estre­chos márgenes que posibilitaba la carrera eclesiástica a fi­nales del siglo XVIII.
Cuando falleció en enero de 1816 era un personaje respetado, ya que, entre otras ocupaciones, hasta pocos meses antes sirvió como cape­llán, colector y servidor interino en la iglesia matriz de la Concepción. En fecha previa había sido vicario parroquial e incluso desempeñó las ocupaciones de visitador y bene­ficiado", por lo que no debe soslayarse su actitud a la hora de atender todo tipo de ministerios eclesiásticos du­rante la década de 1790. De hecho, en un informe remiti­do entonces al obispo Tavira, el párroco de la Villa de Abajo informaba que era el séptimo capellán de su templo, además de «confesor de hombres y mujeres que estudió con formalidad Latinidad, Filosofía y Teología». Se revelaba también como «buen predicador y [un presbíte­ro] de costumbres eclesiásticas, capaz de desempeñar cualquier beneficio curado a que se le destine», aunque no estaba «acomodado» por eludir los últimos concursos y oposiciones a parroquias cercanas". Lo último no deja de ser cierto, pero en esos momentos, al concluir el Anti­guo Régimen, gozaba de una estabilidad económica envi­diable. Dicha coyuntura era resultado de su trayectoria vital y de una dedicación a la Iglesia que pudo comenzar desde la infancia, cuando debió integrarse por estrategia e interés familiar en el servicio de capellanías impuestas o atendidas por sus parientes, antecesores y otros clérigos.
Nacido en marzo de 1751, Domingo Calzadilla fue uno de los hijos que José de Calzadilla y Magdalena Osario tuvieron en La Orotava después de haber contraído matri­monio en febrero de 1749. Ya en la niñez ganó la protec­ción de su tío abuelo Tadeo Manuel Osario, quien antes de morir en marzo de 1760, cuando él no superaba los nueve años de edad, le nombró como heredero de bienes y cantidades de dinero que otros familiares administraron en su nombre". Ello le permitió ordenarse sin demasiados problemas y vincular en su persona e intereses el patri­monio acumulado, cuyos beneficios no dejarían de incre­mentar él y otros allegados con el paso del tiempo". Tal fue así que acrecentó la rentabilidad de tierras dejadas por su padre al fallecer en marzo de 1779 y por su madre años después, ya que, como era usual en la época, Magdalena alentó un reparto «amigable y convencional» de la herencia antes de morir en marzo de 1800.
Sacó también gran rentabilidad a las capellanías e im­posiciones pías que otros parientes fundaron para la ma­nutención de sacerdotes y herederos de la familia. En este sentido, al mediar el siglo XVII' Domingo García Calzadilla se había significado como un generoso mayordo­mo de la Virgen de los Remedios existente en la parroquia de San Juan" y, por otra parte, Juan García Calzadilla fundó en 1701 la ermita de San Bartolomé de La Corujera, la que no dejaron de vincularse clérigos de los Calzadilla con posterioridad". Entre esos descendientes se encuen­tra Domingo Atanasio, porque, a raíz de lo que declara en su testamento de 1814, sabemos que durante el último cuarto del Setecientos mejoró la vivienda y la viña de su ración existente en Santa Úrsula, de modo que con el nuevo siglo -y siempre antes de 1810- sus misas en la ermita de La Corujera ya se habían reducido y no eran revidas con regularidad". Además, fue titular del patronato y de la rica capellanía de Inés López la Hermosa, al que perteneció, entre otros, el inmueble de alto y bajo existente entre las calles de La Carrera y Rodapalla donde vivía y que reconstruyó antes de 1788, de modo que el obispo Martínez de la Plaza redujo el número de misas que debía atender hasta el mismo momento de su muerte.
Lo importante ahora es valorar que este servicio regu­lar al culto y a la explotación de terrenos le granjeó un im­portante volumen de beneficios. Así, en su declaración tes­tamentaria enumera los bienes que había reunido a través de compras o legados familiares, destacando en ese senti­do algunas adquisiciones que realizó a partir de la década de 1780 y la herencia recibida por parte de su madre, no dividida hasta mayo de 1783. A ella pertenecieron tierras en Tacoronte e Higa, al igual que una huerta de hortalizas situada «al pie de la Hacienda de la Azadilla» en el Realejo Bajo. Sobre la última impuso la celebración de una misa rezada a la Virgen de los Afligidos que recibía culto en el convento franciscano de esa localidad, haciéndola coinci­dir con el día de su fiesta u octava durante el mes de agosto".
Aunque en 1814 nombraba como herederos a su hermano Mateo Calzadilla y al sobrino José de Calzadilla y Monte, dividió entre el último y Fulgencio Melo Calzadilla - hijo de Fulgencio Melo y de su hermana Catalina Calza­dilla -  gran parte de los terrenos y otras propiedades que pudo acumular. No en vano, con ellas debían costearse la celebración a perpetuidad de varias misas en la ermita del Calvario, así como otras rezadas a la Virgen de la Candelaria en la parroquia de la Concepción y al Cristo de la Cañita o Ecce Homo en el convento agustino. Asimismo, dichos repartos beneficiaron a su sobrina San José Calza­dilla, quien acabaría profesando como monja de velo negro en el monasterio de San José. Las atenciones al convento de religiosas dominicas tampoco fueron meno­res, sobre todo antes del incendio que lo arruinó en 1815. De ahí que entregase a sus moradoras la «imagen de un Santo Cristo venida de Lisboa» con su nicho forrado de terciopelo negro, un ropero de pinsapo «hechura de la tierra», una taza grande de cristal «para que pongan en ella las cédulas en las elecciones de la prelada», y un cuadro de San Lorenzo con guarnición tallada y dorada que valoraba en 50 pesos".
Fue también un fervoroso devoto de San Juan Nepo­muceno, por lo que no es de extrañar que entre los cua­dros de su domicilio se encontrara una lamina suya". Junto a los eclesiásticos de la iglesia de la Concepción cui­daba de una efigie de dicho santo que se había colocado en ella a raíz de su consagración en 1788, es decir, la misma que pudo adquirirse en Sevilla poco antes junto a otras de similares características". De ahí que custodiase en su casa las alhajas y demás atributos de plata, en cuya hechura había gastado sumas considerables de dinero. Ordena que después de su muerte fueran depositadas en la parroquia, aunque en primer lugar debía recibirlas el sacerdote y albacea Ignacio de Llarena".
En agosto y en diciembre de 1813, mientras cantaba misa en el altar mayor de la parroquia, Domingo Calzadilla sufrió ataques de perlesía que le impidieron celebrar con regularidad en público. De ahí que a finales de ese año pi­diera oficiar de modo privado en un oratorio que fue habi­litado para la reserva del Santísimo en Semana Santa des­pués de 1788, existente en la sacristía alta o camarín del templo. La idea no convenció al mayordomo Domingo Val­cárcel y Llarena, quien pronto se negaría a ello y a otras peticiones que formulaba el «ya anciano vicario con el apoyo de sus familiares y amigos»:". No contento con ese parecer, Calzadilla escribió sin demora al obispo Manuel Verdugo y, ante una primera licencia dada en Las Palmas el 20 de enero de 1814, tomó la justicia por su mano y se personaría en dicha sala a la fuerza. El escándalo desata­do entonces entre los clérigos de la localidad fue mayús­culo, ya que en sus muchas argumentaciones el propio vi­cario -y, sobre todo, tras un aval interesado del médico Ignacio Vergara- advirtió que no podía cantar misa en el presbiterio ni en otros altares del templo debido a las ha­bituales corrientes de aire. Contestado siempre por el ma­yordomo ante los problemas que tal licencia ocasionaría en el futuro de cara al funcionamiento de la sala y a la conservación de las alhajas de plata, el asunto se dirimió semanas después con una restricción del prelado respec­to a su primera idea". En todo caso, lo importante es que para defender su opinión respecto a la buena salud del vi cario, en febrero de 1814 el mismo Valcárcel argumentó que Calzadilla no sentía malestar «para ir con bastante frecuencia de su casa a la ermita del Calvario y cuarto que allí ha fabricado, sin embargo de quedar el Calvario en un paraje en que termina el pueblo y sin que esté abrigado con edificio alguno de casas». De hecho, en él «la brisa, que llaman parda, se hace tanto sentir» y no era favorable a sus circunstancias vitales".
Hombre caritativo y de conducta reprochable en algu­nos aspectos, Domingo Calzadilla no olvidó a quienes le habían ayudado durante los últimos años de vida, justo cuando se acometieron complejas tareas de rehabilita­ción en la ermita de San Isidro o de La Piedad que fre­cuentaba a diario. Esa coyuntura explica que en su tes­tamento de diciembre de 1814 refiera ciertos legados a las criadas, amigos y familiares, destacando entre ellos los sobrinos mayores y su hermano Mateo, a quien, además, dejaría en herencia una mesa de madera de til de La Gomera y dos imágenes de la Magdalena y la Virgen de Belén”.
No obstante, en un codicilo posterior - que fue firma­do ante el escribano José Domingo Perdomo el 11 de enero de 1815, un año antes de morir -   modificó sus últi­mas voluntades e instituyó como herederos legítimos a Mateo, Francisco y Catalina Calzadilla y Osorio, los tres hermanos que le sobrevivieron": Todos actuaban en be­neficio del interés familiar y al modo de un auténtico clan que copó puestos de responsabilidad en la Iglesia, por lo que no es de extrañar que su sucesor en el culto parroquial fuera en un primer momento el citado Mateo Calza­dilla, quien pertenecía ya a la Esclavitud del Señor de la Columna" y optó a las órdenes mayores en fecha tar­día. Al quedar desprotegido por la muerte de su herma­no en enero de 1816, la conducta que tuvo a la hora de confesar, administrar los sacramentos y asistir periódica­mente a la iglesia no fue la mejor e incitó comentarios de todo tipo entre los capellanes y eclesiásticos del coro. De ahí que un mes después el presbítero Ignacio de Llarena concluyese que no estaba capacitado para la labor sacer­dotal y requiriera una amonestación «para que se esfuer­ce a estudiar y sea más apto»:"…”

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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