martes, 28 de marzo de 2017

LOS HORNOS DE CAL DEL PUERTO DE LA CRUZ



Las caleras fueron para canarias una de las actividades industriales de las más arraigadas, desde la colonización ya que casi todas las islas y en las costas era muy raro que no hubiese un horno dedicado a la elaboración de cal y yeso, que se utilizaba en la construcción, la cal mezclada con la arena y agua para hacer el mortero, también se utilizaba para blanquear o enjalbegar las paredes y muros y en la higiene y la medicina servía como desinfectante en enfermedades contagiosas para prevenir la putrefacción de aguas estancadas y para la prevención de infecciones en los enterramientos. Esta industria se mantuvo en constante crecimiento hasta los años sesenta que empezaron a abandonarse por la aparición de las industrias sementeras.
Hornos de Cal de Las Cabezas. Este conjunto arquitectónico restaurado y convertido en parque público en la actualidad, data de finales del siglo XIX. Consiste en tres edificaciones abovedadas de uso industrial que en su época sirvieron para la obtención de yeso y cal, materiales que eran básicos para la construcción. Los hornos están conformados por piedra y ladrillo macizo. El conjunto se completa con las tanquillas que portaban el agua, el cuarto de la caldera donde se llevaba la cal una vez cocinada, el cuarto del carbón y la casa del yeso. Las piedras de cal se traían en barco hasta el muelle del Puerto de la Cruz desde la isla de Fuerteventura.
Hornos de Cal recientemente restaurados, se encuentran en la Calle de Las Cabezas junto al Instituto de Formación Profesional. Se trata de unos hornos donde se fabricaba cal para la construcción que datan de principios de siglo. Funcionaron como tales hasta 1940.
La restauración ha incluido la recuperación del paisaje que los rodea, formando un bello conjunto ajardinado, según nos detalla el amigo del Puerto de la Cruz;  Bernardo Cabo Ramón; “… Los hornos eran construcciones muy sencillas, tienen forma de cono truncado pero con el áima más estrecha abajo, el emparrillado sobre el que se depositaba la piedra de cal descansaba sobre un puente de hierro por delante, y por detrás las vigas estaban empotradas en la pared del horno. La parrilla se podía mover un poco por delante, el tiempo se necesita para quemar un gran horno es aproximadamente de cinco a seis días, tiempo que las temperaturas alcanzaban entre 800 y 1000 grados momento en que la cal bajaba a través de las parrillas móviles hasta la hornilla por la acción manual. Una vez cocida la piedra, se sacaba y se dejaba enfriar con agua.
Los hornos ubicados en la zona alta del casco urbano de Puerto de la Cruz, en el lugar conocido como Las cabezas. Consta de cuatro hornos construidos a finales del siglo XIX por el maestro albañil Gregorio Barreto, los dos más grandes, situados en el extremo del conjunto disponen de una base cúbica y sobre ella troncos de cono fabricados con piedra molinera extraída de una cantera que estaba en la entrada de la carretera del Taoro, así como con ladrillos de adobe, que delimitan las bocas de los hornos, respondiendo a la tipología característica de estas infraestructuras existentes en el pasado en otros puntos del norte de la isla, al lado de uno de ellos se encuentra el cuarto del carbón que es el combustible que se utilizaba y que era traído por los veleros ingleses, mucho antes el combustible que se utilizaba era la leña de brezo que se obtenía de los montes de La Orotava.
El horno central dispone de cúpula de ladrillo refractario, recubierto (igual que los anteriores) por una capa de arcilla e inspirado en modelos existentes en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, A él se le adosa una construcción más pequeña, otro horno destinado a la producción de yeso, junto al que se halla el cuarto en el que se almacenaba, de planta cuadrada y cubierta de teja a un agua. El conjunto se completa con taquillas de agua, el cuarto de la calera, donde se almacenaba la cal para su venta y despacho, situado junto al antiguo camino de Las Cabezas.
Luis González López compro estos hornos a su hijastro Tomás Castro Morales y luego los legó al menor de sus siete hijos, Luis González Morales que posteriormente los dejaría en herencia a su primogénito Luis González González, entre las catorce personas que trabajaban en esta industria había algunos majoreros…”

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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