miércoles, 12 de abril de 2017

EL SEÑOR DE LA HUMILDAD Y PACIENCIA DEL EX CONVENTO AGUSTINO DE NUESTRA SEÑORA DE GRACIA DE LA VILLA DE LA OROTAVA



El Amigo de la Villa de La Orotava, profesor titular de historia de América de la Universidad de La Laguna; MANUEL HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, remitió entonces (2014) estas notas:“…Tres eran las procesiones de la Semana Santa que se celebraban en el convento: la de la Virgen en el viernes de Dolores, la del Cristo de Humildad y Paciencia y la del Señor de la Cañita. Las dos primeras lo siguen haciendo desde él y la tercera desde la parroquia de San Juan, a donde fue trasladada después de la desamortización. El Cristo de Humildad y Paciencia era un culto peculiar de las Islas de origen flamenco y extendido desde ellas hacia el Caribe relacionado con la melancolía saturniana. Aguarda el momento de la muerte que aguarda con resignación, por cuanto ésta significa regeneración. Su gesto hace recapacitar a los creyentes acerca de la transitoriedad de la vida en la tierra, que debe ser soportada con la misma melancolía con que Jesús esperó su pasión corporal. La colocación de unos niños o angelitos sonrientes en actitud ajena al dramatismo de Cristo cuando sostienen las cuerdas que lo atan responde a ese carácter regenerador, que anuncia la renovación vital que trasmite la infancia. El sentimiento religioso se expresa en la función consoladora  y curativa de los enfermos y desdichados que dimana de ese culto que aúna la pasión divina y la humana. De ahí el alcance que tuvo en las islas y su estrecha vinculación con las órdenes mendicantes, en particular con los agustinos, sus máximos impulsores…”
Uno de los más singulares y característicos rasgos de la religiosidad barroca tinerfeña lo constituyen los Señores de la Humildad y Paciencia. Culto de origen flamenco, de escaso arraigo en la Península, se difundió por las islas a partir del Señor de la Piedra Fría palmero. Esta imagen se remonta a los primeros años del siglo XVI. Estuvo en el retablo central del hospital de Santa Cruz de la Palma hasta que en 1839 fue trasladada al convento de San Francisco de esa ciudad.
Este Cristo alcanzó gran devoción en Tenerife en el siglo XVII, donde se conservan imágenes por toda su geografía, desde La Laguna, al Puerto de la Cruz, Icod  Garachico, Los Silos, Vilaflor, Granadilla y Adeje. Los emigrantes lo extendieron más tarde al mundo caribeño.  Culto relacionado con la melancolía saturniana, obedece a un tratamiento estético religioso que se enmarca dentro de las preocupaciones espirituales isleñas. Es un Cristo humilde y paciente ante el momento de la muerte que aguarda con resignación, por cuanto ésta significa regeneración. Su gesto hace recapacitar a los creyentes acerca de la transitoriedad de la vida en la tierra, que debe ser soportada con la misma melancolía con que Jesús esperó su pasión corporal. La colocación de unos niños o angelitos sonrientes en actitud ajena al dramatismo de Cristo cuando sostienen las cuerdas que lo atan responde a ese carácter regenerador, que anuncia la renovación vital que trasmite la infancia. El sentimiento religioso se expresa en la función consoladora  y curativa de los enfermos y desdichados que dimana de ese culto que aúna la pasión divina y la humana. De ahí el alcance que tuvo en las islas y su estrecha vinculación con las órdenes mendicantes, en particular con los agustinos, sus máximos impulsores.
Evolución iconográfica del Cristo de Humildad y Paciencia es el Gran Poder de Dios en la segunda mitad del siglo XVIII. Con ella presenta un aspecto más efectista y de menor dramatismo, más de acuerdo con el rococó. No varía la actitud pensativa, pero ya no está herido ni desnudo, sino vestido de telas de terciopelo rojo o morado bordado en oro. De ella se conservan tallas en la Concepción de Santa Cruz, en Icod, que fue donada por un emigrante a Venezuela, y es  americana. Hubo una en la incendiada iglesia de la Concepción realejera. Pero sin duda la de mayor arraigo devocional es la sevillana de la parroquia de la Peña de Francia portuense.
El convento agustino orotavense de Nuestra Señora de Gracia, tras las frustradas experiencias de su instalación en la por aquel entonces ermita de San Juan Bautista y en el Llano de San Sebastián, se establece de forma definitiva en 1671 en su actual ubicación del de San Roque, la actual Plaza de la Constitución. Si en San Juan no encontró patronazgo alguno por el carácter popular de sus habitadores y en San Sebastián, aunque se comenzó la fábrica de su capilla mayor, bajo el de Benito Viña de Vergara, no se culminó, en San Roque, en un estratégico emplazamiento visible todavía hoy desde muchas partes del Valle, que llevó incluso para destacar a su iglesia a desplazar a la histórica ermita de San Roque, agrupó a la mayor parte de la élite social que se convertía en su vicepatrona. Erigido, pues,  como plasmación de los ideales nobiliarios de la oligarquía villera que decidió asumir su patronazgo revestida como cuerpo de nobleza, la expansión de sus cultos fue muy temprana, incluso antes de finalizar las obras de su templo.
Un testimonio fehaciente de esa asunción de sus cultos por parte de los individuos más preeminentes de la sociedad es la devoción que abordamos en estas páginas. Uno de los más significados miembros de la clase dirigente insular, nada menos que el Alférez Mayor de la isla y Regidor perpetuo de su Cabildo Nicolás Ventura de Válcarcel y Lugo, que falleció el 22 de diciembre de 1676, detalla en su testamento de 18 de marzo de ese año que él y su mujer María Prieto del Hoyo mandaron hacer las imágenes de “Jesucristo puesto a la Humildad y Paciencia y de María Santísima Nuestra Señora y del glorioso San Juan Evangelista”, colocando desde el principio la primera en la iglesia agustina. Se había hecho cargo de los gastos de su función y procesión el Miércoles Santo por la tarde en su calidad de Hermano mayor de la Confraternidad de San Agustín, a la que había quedado encomendado su culto. Las tres imágenes por él adquiridas desfilaban en ese paso, hecho por otra parte característico en los de esta advocación. Afirma asimismo que “tengo hechos los tres ángeles para que vayan a los pies del Santo Cristo y ruega a sus hijos que sigan con esta devoción”. Estos ángeles no han llegado hasta nosotros, per sí se conservan las cuerdas. Es este un elemento a destacar, que figura en otros, como en el del convento dominico lagunero. Esta contraposición entre la melancolía del Cristo y los juegos de los niños jugando y sonrientes tiene que ver con el carácter de renovación vital después de la muerte, porque al fin y al cabo ese Dios que sufre es el que triunfará sobre la muerte con la Resurrección. El San Juan Evangelista, que constituía parte obligada de los pasos del Señor de Humildad y Paciencia tampoco ha llegado hasta nosotros.
Con estos datos se puede fechar su origen entre 1671 y 1676. Se puede de esa forma precisar más certeramente su autor, e incluso el de la Dolorosa de ese convento si se trata de la misma imagen que hoy se conserva. Debemos de tener en cuenta que ésta última ha sido objeto de varias restauraciones que pudieron alterar su fisonomía primitiva. Miguel Tarquis con sólo apoyaturas estilísticas lo había atribuido al escultor garachiquense fallecido en la villa en 1680 Blas García Ravelo. Residente en ella desde fines de la década de los 40, en 1665 se le había encargado por Juan de Franchi Gallego de Alfaro el dorado del retablo de la capilla mayor del convento de San Nicolás, que no cumplió por lo que fue encarcelado. En 1667 ejecuta el Cristo Predicador de la Concepción orotavense. Sin una total certeza lo parece incluir en su círculo Clementina Calero. Las fechas apuntadas lo refuerzan, ya en 1673 está documentado que encarnó y restauró el San Juan Evangelista y el Cristo de la Misericordia de la Concepción por encargo de la Hermandad de la Veracruz.
Los deseos de Nicolás Ventura de Valcárcel de que el costo de la procesión recayera de forma permanente en su linaje sólo pudieron hacerse realidad treinta años más tarde. El 24 de Marzo de 1703 Micaela Cayetana del Hoyo, viuda de su hijo, el Sargento Mayor Melchor de Valcárcel, hace suyos los deseos de su marido, que había sufragado en vida su fiesta y procesión con sermón. Contrae en Garachico, donde residía,  la obligación de gravar perpetuamente sus casas de la calle villera  de Rodapalla con un tributo anual de 164 reales de vellón para tal finalidad. Su cuñado y primo Francisco de Valcárcel hace efectiva tal decisión en su nombre en La Orotava el 28 de marzo de 1703. El acuerdo contraído con la confraternidad de San Agustín deparaba el hacerse cargo de tal gravamen y ceder todas las insignias y adornos de la función y paso al cuidado de sus hermanos mayores y demás miembros con la condición de que los descendientes de su hermano portasen en ella el báculo, como lo había ejecutado durante su vida su hermano Melchor. En el convenio firman como representantes de la Hermandad su rector el agustino Fray Sebastián de San Jerónimo, el hermano mayor el presbítero Francisco Agustín de Acosta y los cofrades el Doctor en Medicina Francisco de Aguiar y Barrios y el presbítero Juan Correa Amador de Sanabria. 
EL SERMÓN DE FRAY LUIS DE SAN JOSÉ DELGADO SOBRE EL CRISTO DE HUMILDAD Y PACIENCIA OROTAVENSE DE 1806. En el Archivo de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, concretamente en el fondo recopilado por José Rodríguez Moure se conserva manuscrito un sermón que le tributó al Cristo de Humildad y Paciencia orotavense el Padre Presentado agustino Fray Luis de San José Delgado en 1806. Delgado, natural de La Laguna, que había sido desde 1780 Lector de Artes de las Cátedras de Teología y Filosofía del convento villero, era un consumado partidario de las ideas ilustradas, por lo que fue procesado por la Inquisición. Formaba parte del más renovador sector del clero regula, partidario de la integración del racionalismo y la fe católica, posición que había sido defendida en la villa por Fray José González de Soto y Fray Antonio Raymond entre otros. Había sido educador del ilustrado lagunero Juan Primo de la Guerra y maestro de la escuela de la Real Sociedad Económica tinerfeña.
El Sermón que sobre el Señor de Humildad y Paciencia del convento agustino orotavense predicó Delgado es un meridiano testimonio del culto que alcanzó esa imagen por esas fechas y de las preocupaciones socio-religiosas y culturales de aquellos tiempos, en vísperas de la invasión francesa y 17 años después de ese varapalo en la conciencia colectiva y en los planteamientos ilustrado que fue el estallido de la Revolución Francesa.
Entre las reflexiones religiosas que ante esta imagen aporta, Delgado hace especial hincapié en resaltar la humillación y paciencia con que Jesús soportó la muerte en la cruz para centrarse en el sacramento de la penitencia, el cual precisamente se vicia con la soberbia y la delicadeza. La primera “obscurece y profana la confesión de las culpas”. La segunda “impide las satisfacciones y las media”. Por ello se sirve de un simil de esa imagen para referir que “nuestra penitencia debe ser humilde y Jesucristo nos enseña con su ejemplo la Humildad. Nuestra penitencia debe ser paciente y suficiente y nos enseña con su ejemplo la Paciencia”.
Su sermón insiste en el hecho de que la confesión no es un acto externo, sino interno, hacía uno mismo, porque no debe escondernos a nosotros mismos nuestros desórdenes. El mismo Jesucristo se humilló ante la Divina Justicia delante de sí mismo, en presencia de su Eterno Padre y a la vista de todo el mundo”. Por ello una verdadera penitencia de nuestras culpas sólo debe partir de la humillación “delante de nosotros mismos, con un examen exacto y riguroso de nuestros pecados. Una confesión que sólo tiene verdadera validez con “el buen ejemplo, con la enmienda de la vida y mudanza de costumbres”. Por ello se debe destruir entre nosotros la soberbia con el ejemplo de la humildad de Cristo que le llevó a colocarse en “el rancho de los malhechores, condenado por la justicia”. Por ello humillarnos delante de los hombres “es lo que no puede sufrir nuestra soberbia”. Su testimonio no deja de ser un diagnóstico contundente de la hipocresía social: “Este es el escollo donde choca la penitencia de nuestros tiempos y donde naufraga la mayor parte de los cristianos, porque hay muchos que se tienen por pecadores y se examinan como tales, muchos confiesan que lo son delante de Dios y sus ministros y sacerdotes, porque al fin todo esto pasa en el Tribunal Sagrado en secreto. ¿Pero cuántos hay que tengan la humildad necesaria para mostrarse penitentes en público, reparando con su buen ejemplo las ruinas del próximo que ocasionaron con sus escándalos? ¿Cuántos hay que vayan a buscar a aquellas mismas personas delante de quien infamaron el honor de una familia para desdecirle y restituirles la honrada que le han quitado con enredos y falsos testimonios? (...) Cuando se llega a esto que es tan necesario para destruir nuestra soberbia y conseguir la Gracia entera se alega el pudor, se pondera la nota, se declama la vergüenza que padecería en unas acciones tan santas y tan justas”.
Proclama que esta es la corrupción del mundo que convierte a la Penitencia en más vergonzosa que la misma culpa y en el remedio más afrentoso. Se convierte por ello en “penitencias acomodadas, mas propias para apagar sobre lo falso los remordimientos de conciencia que para domar las pasiones que los arrastran, más a propósito para alucinar el juicio que para arreglar el corazón”. Esas “medias penitencias” que “por esa parte combaten un vicio y por otro sueltan las riendas a otro, que se oponen a una pasión vergonzosa, dejando vivas algunas que tienen visos de honestas, porque no hay desorden ni menos reparado ni más común ni más perjudicial”. Explicita con contundencia como aquellos que no estiman como culpas el alabarse “de sus gastos de sus banquetes, de su rico homenaje” pero que “no entran no los hospitales ni los pobres. O aquellos que se duelen mucho de haberse dado a la gula o a la embriaguez, pero no se acuerdan de que todavía mantienen con renta señalada la Amiga y el Juego”. Es “una penitencia inútil porque es limitada y los vicios de que no se hace caso vuelen a resucitar aquellos que se han llorado”. De ahí que esas medias tintas “viene a hacerse poco a un hombre enteramente libre, impío, prostituido y disoluto”.
Culmina su meditación con un símil de “la Imagen de la Humildad y Paciencia de Jesucristo” para arrojar por tierra ese ídolo de soberbia y delicadeza, para que de esa forma la penitencia estuviera “llena de Humildad”, aunque ésta no basta si no está “llena de Paciencia”. 
Es, pues, la imagen del Cristo de Humildad y Paciencia y su paso, que ha conservado inalterable su día de salida en el Miércoles Santo por la tarde desde los años iniciales de su procesión, un excepcional testimonio de las devociones que se expandieron por la isla en el siglo XVII y que dieron su sello y peculiaridad a la Semana Santa canaria.  Unas expresiones que nos ilustran de las notables diferencias de la sensibilidad religiosa insular frente a la andaluza o a la castellana y que hacen de la ausencia de disciplinantes y de la reflexión serena de la melancolía de un Señor de la Humildad y Paciencia o la victoria sobre la muerte de un Varón de Dolores algunos de sus rasgos definitorios. Una forma de plasmar las vivencias sobre  la Pasión de Cristo que tiene en La Orotava sin duda una de sus manifestaciones más señeras en una villa que ha sabido conservar buena parte de esas raíces que muestran en definitiva el espíritu y la concepción religiosa de los isleños…”
El culto al señor de la Humildad y Paciencia, que se venera en el templo de San Agustín del ex convento agustino de Nuestra Señora de Gracia de la Orotava. Sale en procesión el miércoles Santo desde dicho templo. Tiene hermandad propia, le acompaña la Virgen de Dolores de autor anónimo.

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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