domingo, 26 de febrero de 2017

SANTA CATALINA



Fotografía histórica de la Ermita de Santa Catalina de la Villa de La Orotava, que remitió entonces el amigo desde la infancia; LUIS PERERA.
Lo curioso de la fotografía del final del siglo XIX y principio del XX (aproximadamente año 1900), es la conservación de su primitiva fachada, y la plaza totalmente cubierta de tierra. Incluso no es tan pendiente como la vemos en la actualidad.
El amigo de la infancia de la Villa de La Orotava; ANTONIO LUQUE HERNÁNDEZ, escribe en su libro “La OROTAVA CORAZÓN DE TENERIFE”, en la página 291: “…Ermita de Santa Catalina, mártir, en el Farrobo (Villa de La OrotaVA). Situada en el eje del camino viejo a Aguamansa, levantada en 1574 por el capitán y regidor Antonio de Franchi Luzardo y su esposa, Inés López Doya.
Este patronato fue adquirido, en los primeros años del siglo XIX, junto al predio contiguo, por José Cúllen y Ferraz (1784 – 1856).
Santa Catalina, martirizada en una rueda, es la celestial protectora de los trapiches y los caminos, cuya imagen se conserva, con su correspondiente corona y espada con puño, todo de plata, además de las figuras de Santo Domingo y San Lázaro.
Su portada presenta un notable arco de piedra con columnas laterales, de reminiscencias platerescas…”

BRUNO JUAN  ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL


EN COLCHÓN DE BLANCA ESPUMA PARECE QUE EL PUERTO DUERME



El amigo del Puerto de la Cruz; AGUSTÍN ARMAS HERNÁNDEZ. Remitió entonces el día 24 de Febrero del año 2017, estas notas que tituló; “EN COLCHÓN DE BLANCA ESPUMA PARECE QUE EL PUERTO DUERME”: FRAGUÁBASE lo que sería el alzamiento nacional español, concretamente el 5 de abril de 1936 nacía, en cuna de humildes pescador y pescadera ranilleros, en el Puerto de la Cruz un niño varón. Él hacia el octavo que veía la luz en aquella desvencijada casita que, por la cercanía al mar y los bártulos de pesca que en ella se albergaban, la había penetrado el característico olor a pescado, algas y salitre marinos. Un hermanito de este niño, que nacería después, completaría el total de nueve hijos que tuvo aquel matrimonio de pescadores portuenses. El niño que naciera por último más sus primeros cinco hermanos, por abatates del destino y circunstancias que ustedes pueden imaginarse derivadas de una familia de humildes pescadores en tiempos hostiles, fallecieron a temprana edad. Sólo quedaron para la posteridad tres hijos de aquel enlace matrimonial de pescadores. Una hembra y dos varones que vieron prolongada sus vidas. Fue la fémina la que siguió la tradición de  sus progenitores. Pescadera como su madre, ocupación que se prolongaría hasta su jubilación, hace ahora muchos años y, después de larga enfermedad finalmente fallecida. El varón, que era el mayor de los tres, sería mecánico de automóviles en su juventud y vendedor de estos después. Este como su hermana, la pescadera, también muerto hace algunos años. Muchas necesidades pasaría aquel niño que naciera en los prolegómenos de nuestra guerra civil, y como él también los que vieron la luz en aquel mismo año e inmediatos sucesivos (sobre todo los más pobres). Hasta bien entrados los años cincuenta del siglo pasado no supo lo que era degustar la carne, los huevos y la leche, importantes alimentos para el normal desarrollo de un niño. Aunque las cosas no venían bien antes de nuestro enfrentamiento, fue después de la guerra civil cuando las arcas familiares llegaron a cero. No había dinero, y los que lo tenían, oseáse, los ricos consumían con su poder adquisitivo los escasos productos que se encontraban en el mercado. Los más pobres campesinos se alimentaban de puro gofio cuando lo había, que no era siempre, alternando con verduras o papas. Las papas no siempre las podían consumir puesto que la casi totalidad de la producción la vendían o cambiaban por otros alimentos. A pesar de la escasez de comestibles y de dinero para comprarlos, el campesino no lo pasó tan mal. Disponían, aparte de la producción agrícola, de variedad de animales que ellos mismos cuidaban, tales como: gallinas, conejos, cerdos, cabras, etc. Pero esto último sólo lo disfrutaban los que tenían fincas en propiedad, propiedades que cuidaban los medianeros. Los pobres cultivaban los terrenos y cuidaban de los animales, mas poco o nada percibían por su labor. Sólo vivían regularmente los que eran labradores de sus propios terrenos y tenían y cuidaban de su ganado. Los que lo pasaron muy mal fueron los pescadores del norte de Tenerife. El mar de entonces dos días a la semana estaba bueno, se podía pescar, y cinco malos, no se podía pescar. Los pescadores lo pasaron mucho peor que los campesinos por obvias razones: los campesinos se alimentaban en parte, como quedó dicho, de lo que cosechaban y de los animales que criaban. Mientras que los pescadores sólo de los productos del mar. Ahora bien, si se comían el pescado que cogían no tenían acceso a otros productos tales como: el carbón, gofio, papas, coles para el potaje, etc. ¿Qué hacer para comprar estos alimentos de primera necesidad? Pues, vender o cambiar el pescado por estos productos tan deseables para poder vivir. Viejas, cabrillas, salemas, pulpos, morenas, lapas, cangrejos, etc., se ponían a la venta en aquella destartalada, pero atractiva, pescadería portuense, ahora desaparecida. Hoy han cambiado los tiempos, el mar no se comporta como antaño siendo su actitud más benévola con los que toman los productos de sus entrañas. Aunque en la actualidad tenemos cinco días para pescar hay menos pescado en el mar ¿Las causas? El cambio climático y la contaminación de las costas. Digo esto porque así lo aseguran los entendidos. De los pueblos colindantes venían a la que hoy es primera ciudad turística de Canarias (antes pueblito pintoresco y recoleto, admirado por aquellos nuestros primeros turistas venidos de Europa) a comprar el pescado  marisco allí expuestos. Parte de los productos del mar pasaban a los hoteles y restaurantes de la localidad para ser degustados por turistas y lugareños. El pescado era de calidad pero el mar, como he dicho, muchos días al año furioso, más los medios rudimentarios para cogerlo, hacía que no se pescara abundantemente. Lo que sí se pescaba en cantidad eran caballas y sardinas y, a veces, chicharros- Ocasión que aprovechaban las pescaderas pues los precios eran baratos, para cesta a la cabeza, llevarlo a vender a los pueblos del Valle de La Orotava. E incluso a otros lugares más alejados. Algunas veces el pescado se pagaba con dinero pero no todos los campesinos tenían acceso al vil metal. Así que, más bien lo cambiaban por productos del campo tan necesarios para la nutrición de las familias pescadoras. Recuerdo de mi niñez cuando mi madre, pescadera portuense, llevaba la cesta en la cabeza con pescado para venderlo por los campos del Valle de La Orotava y en vez de traer dinero, traía en esa misma cesta papas, en el fondo, y coles y uvas, encima. Papas y coles que cambiaba por el pescado y uvas que le regalaban aquellas generosas campesinas sabedoras de las necesidades que se pasaban a orillas del mar, sobre todo cuando éste estaba de "mal humor" y no permitía la extracción de peces. El niño que naciera en aquel abril del 36 crecía, aunque enclenque en años y estatura. Cinco añitos fueron suficientes para, más tarde, recordar que su abuela María, de madrugada, a su vera, casi encima de él en la cama pronunciando estas palabras: "La Virgen del Carmen me acompañe". La abuela solía cuidarlo porque su madre iba todos los días muy temprano, cuatro o cinco de la mañana, a adquirir en la pescadería el fresco pescado que más tarde vendería en la Cruz Santa y barrios de su entorno. La abuela murió. ¿Quién cuidaría al niño? Lo sabremos en otra ocasión. De momento un poema titulado: "El Temporal", en memoria a aquella pescadera, mi madre, y a todas las que cesta a la cabeza vendían o cambiaban el pescado de la costa portuense por los pueblos del Valle de La Orotava y aledaños. Helo a continuación:
El mar revienta en los riscos,
 Las olas cubren el muelle,
 Y en colchón de blanca espuma
 Parece que el Puerto duerme.
Las luces frente a la costa
 Desde la brava a Martiánez
 Delatan la marecía
 Que del mar bravío sale.
 Las piedras en los bajíos,
 Por el mar alborotado,
Ocasionan fuerte ruido,
Por todo el pueblo escuchado.
Por el barrio la Ranilla,
 Corre un muchacho asustado,
 Avisando a los marinos
 Que el mar ha roto los cabos.
 Las barcas a la deriva,
En el muelle aún flotando
 Las balancean las olas
 Y algunas han zozobrado.
Mas el gran susto lo lleva,
 La mujer del pescador
 Que aquel día ya muy tarde
 Con su hijo fue a pescar.
Del Peñón a la Peñita,
Calle el Lomo y Mequinez,
 Pasando por la Placeta,
 Todos corren a la vez.
Se dirigen hacia el muelle
Donde el problema es mayor,
 Encontrándose las calles
 Llenas de agua del mar.
 Las barquillas que varadas,
No estaban en su lugar,
 Las habían desplazado
 Las fuerzas del temporal.
En aquel mismo momento todo
Todo el pueblo preguntaba:
 Dónde estaba el pescador
 Con su hijo y con su barca.
Cuando la cara volvió,
 Uno que muy cerca estaba.
¡Vean allí a su mujer!
 Reza y reza porque vuelvan,
 Reza y reza por sus almas.
Las mujeres pescadoras
 Junto a ella se acercaban,
A la capilla del Carmen
 Donde con dolor lloraban…”

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

HISTORIA DEL TURISMO PORTUENSE



Fotografía ilustrada del año 1900, referente al Hotel Marquesa del Puerto de la Cruz en la calle Quintana.

El amigo de la Villa de La Orotava; JAVIER LIMA ESTÉVEZ. Graduado en Historia por la Universidad de La Laguna remitió entonces este artículo analizando algunas cuestiones en torno a un nuevo aporte a la historia del turismo en Canarias. Que tituló “HISTORIA DEL TURISMO PORTUENSE”.
Publicado el día 25 de febrero de 2017 en LA OPINIÓN DE TENERIFE: “…Durante la tarde/noche del 16 de febrero (2017), el histórico hotel Marquesa, situado en el corazón de la ciudad turística del Puerto de la Cruz, agrupó a un notable número de personas para disfrutar de la presentación de una nueva obra del destacado historiador, Nicolás González Lemus, bajo el título El hotel Marquesa, La Paz y los Cólogan en el turismo. Miembros de la Corporación Municipal, representantes de la familia Cólogan (entre ellos Melchor de Zárate y Cólogan), personas relevantes de la política canaria (como Alfonso Soriano y Benítez de Lugo) y de diversas ramas del conocimiento y la cultura, así como numerosos seguidores de la trayectoria del autor de la obra se dieron cita en tal espacio durante algo más de una hora. El acto, comenzó a las 20:00 mediante una presentación de quien redacta esta crónica, desglosando algunos datos biográficos de los presentadores del libro, Melecio Hernández Pérez y Carlos Cólogan Soriano, así como apuntando diversos aspectos en torno a la extensa producción bibliográfica de Nicolás González Lemus y su ámbito de investigación en torno a la presencia británica en Canarias a lo largo del siglo XIX y la historia del turismo en nuestro territorio. Acto seguido, tomaría la palabra el Alcalde de la Ciudad, Lope Afonso. Su intervención, resumió el significado que el turismo representa en la ciudad portuense y la presencia de investigadores que, como Nicolás González, han permitido seguir y comprender la evolución de tal sector desde sus orígenes hasta la actualidad. No dudaría en realizar un breve balance en torno a tal sector y los esfuerzos por continuar siendo un enclave turístico de referencia. Melecio Hernández Pérez, Memorialista del Puerto de la Cruz e investigador y autor de obras y numerosos artículos durante más de cinco décadas en diversos medios de comunicación, establecería interesantes consideraciones en atención a la relación que durante muchos años ha forjado junto al autor del libro y sus esfuerzos materializados en pro de la cultura y de la investigación a través de numerosas contribuciones (libros, artículos, conferencias y pregones). El ingeniero e investigador, Carlos Cólogan Soriano, autor de obras que nos trasladan al conocimiento y evolución de nuestra historia, con especial análisis a la trayectoria de la familia Cólogan y su aportación al progreso de las Islas, sería el encargado de analizar y valorar, a grandes rasgos, las características del nuevo aporte histórico de Nicolás. No dejaría de reseñar la importancia del hotel Marquesa y su evolución tras desempeñar un papel clave en la historia económica del lugar desde su origen como casa comercial en el siglo XVIII. Toda una serie de detalles que enlazaría con la importancia de Laura Cólogan y Heredia para la puesta en funcionamiento del hotel; aspecto que aparece descrito en la obra. Por último, cerraría el acto Nicolás González Lemus. Sobras las palabras para tratar de describir a una persona cuya obra es el reflejo de un ser que busca en innumerables archivos y otro tipo de fuentes la materia necesaria para elaborar sus trabajos. En ese sentido, tal y como recordara el propio Nicolás, “uno elabora el libro, pero el mismo es el resultado de la aportación de diversas personas y fuentes documentales”. Agradecido y emocionado ante los numerosos asistentes, no dudaría en aportar algunos detalles de su nuevo trabajo, así como los motivos de su desarrollo y la relevancia de la obra para el conocimiento histórico. El acto, finalizaría con un agradable cóctel en el bello Salón Teide y la adquisición y firma de ejemplares en el hall del hotel.
En definitiva, un evento memorable para la historia del turismo y de la ciudad turística por excelencia. Enhorabuena a su autor por un nuevo éxito…” 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL