domingo, 27 de noviembre de 2016

REPASANDO AQUEL ARTÍCULO QUE DEDIQUÉ AL CENTENARIO DEL NATALICIO DE DULCE MARÍA LOYNAZ.



“Como yo soy criatura de islas, acontéceme que pienso mucho en ellas”
(Dulce María Loynaz).

El amigo del Puerto de la Cruz; AGUSTÍN ARMAS HERNÁNDEZ remitió entonces (2016) estas notas que tituló “REPASANDO AQUEL ARTÍCULO QUE DEDIQUÉ  AL CENTENARIO DEL NATALICIO DE DULCE MARÍA LOYNAZ”: “…PASADA la fecha en la que se cumplían los cien años del nacimiento de la más universal de las escritoras cubanas del siglo XX, Dulce María Loynaz, quiero expresar mi agrado por los estupendos actos que a lo largo del año 2002 se celebraron, en su honor, en la Isla de Tenerife. A muchos de ellos tuve acceso, sobre todo a los que se programaron en la Cuidad Turística de Puerto de la Cruz. En el Casino Taoro y sus jardines, en la Casa de la Aduana, en el instituto de Estudios Hispánicos, en los Jardines del Sitio Libre, en el Castillo de San Felipe, en la Sala de Caja Canarias, etc. Estos fueron los principales lugares donde se llevaron a efecto la mayoría de los actos conmemorativos de tan importante efeméride.
Nos aconseja San Agustín: “Si no tuenes amigos, búscalos”. ¡Qué difícil es hoy en día, con las prisas y ambiciones, conseguir y tener buenos y santos amigos! Amigos con los que poder hablar y en los cuales confiar. El hombre es un ser racional que necesita comunicarse y relacionarse con sus semejantes. De no ser así se embrutece y se deprime, llegando a padecer algunas dolencias psíquicas, o séase, afecciones del alma, como son la nostalgia, la soledad y la tristeza, causantes de tantas angustias.
Yo me pregunto: ¿tenía e hizo amigos la poetisa Dulce María Loynaz en las cuatro ocasiones en las que visitó Las Islas Canarias, sobretodo en Tenerife y, más concretamente, en el Puerto de la Cruz, donde  solía hospedarse? Es obvio que sí, los tenía y los tiene, muchos y muy buenos. Baste leer su libro “Un verano en Tenerife” para saber de sus amigos de aquel entonces. También los de ahora han seguido el proceso de homenaje que en su honor se han venido celebrando a lo largo de estos últimos años, todavía en vida. Y principalmente, los acontecidos en la fecha del centenario  de su natalicio.
En el mencionado libro quedaron impresos los nombres de algunos de aquellos amigos y familias con las que estuvo relacionada y pasó amenas y gratas veladas la poetisa. Germán Reimer y Emilia Suárez, Celestino González y María Candelaria Reimer, Francisco Bonnín y Luisa Miranda, Isidoro Luz y Magdalena Cúllen, Juan Machado, María Rosa Alonso, etc., fueron algunas de las muchas familias y amigos que acogieron y agasajaron a la culta poetisa cubana cuando venía de visita a Tenerife.
Dulce María era una mujer buena, de sensible corazón y muy caritativa, suficientes razones para qua los portuenses, la tuviéramos y la sigamos teniendo como amiga a pesar del tiempo transcurrido desde su última visita. No obstante, dos hechos principales se daban para que la quisiéramos y la respetáramos. Por un lado el afecto que le tenía el pueblo y, por el otro y sobre todo, la devoción, que junto a los lugareños, le profesaba a la Virgen de la Peña de Francia, excelsa patrona a la que había regalado un manto confeccionado en Cuba por monjas conventuales de su país. El dicho manto tiene bordados, con finos hilos y entre claveles españoles y flores cubanas, los escudos de Cuba y Puerto de la Cruz.
En cuatro ocasiones estuvo en Tenerife Dulce María Loynaz. Por primera Vez en 1947,  unos días después de haber contraído matrimonio en segundas nupcias con el periodista de origen canario Pablo Álvarez de Cañas. Con anterioridad había estado casada con su primo Enrique de Quesada y Loynaz, matrimonio celebrado el 16 de diciembre de 1937. Ese primer viaje de Dulce María Loynaz y Pablo de Cañas a las Islas Canarias, además de para pasar la luna de miel era para que Loynaz conociera la tierra, los familiares y los amigos del esposo. En 1951 viajó de nuevo desde Madrid a Tenerife, después de que en la capital de España presentara su novela “Jardín”. Aprovechando esa ocasión, en el Puerto de la Cruz, donde ya se apreciaba, se le concede el título de Hija Adoptiva. Dicho galardón le fue entregado en una fiesta homenaje efectuada en el gran Hotel Taoro.
En 1953, después de tener acogida en su casa de Cuba “El Vedado” a la poetisa chilena Gabriela Mistral, decidió, por tercera vez, volver a Tenerife a descansar e impartir conferencias. En 1958, cuando  terminó de presentar en la Península Ibérica su libro “Un verano en Tenerife”, obra literaria que tanto bien ha hecho cultural y turísticamente a Tenerife, dio su último adiós a estas Islas, sin ella desearlo ni saberlo.
Pero… ¿supo de nostalgias, soledades y tristezas la intelectual y delicada escritora Dulce María Loynaz cuando regresó del que sería (por circunstancias ajenas a su voluntad pero que se pueden entender) su última visita a Canarias, ya en casa de Cuba? Es obvio que sí. Amaba a estas Islas, sobre todo a Tenerife y, en concreto, al Puerto de la Cruz. Pueblecito que en aquel entonces (década de los 40)  era pintoresco y recoleto, de casitas blancas y tejados rojos, que olía a yodo y a algas marinas. ¿Quién no siente nostalgia por aquel nuestro pueblito y aquellos años idos?
Veamos a continuación parte de una estrofa de un bonito poema que la genial poetisa dedicó a un querido amigo y distinguido pintor acuarelista, Francisco Bonnín. En la queda clara la nostalgia que sentía Dulce María por estas Islas y por sus bonitas rosas. “Hoy, cuando estoy lejos, cuando pienso en las Islas, veo primero que nada sus rosas, se quedaron para siempre en mi memoria… Ellas, como la tierra que las sustentaban, conservaron siempre su prestigio de presencia milagrosa…”.  Nostalgias muchas otras habrá tenido. Ahora entendemos sus soledades que, entre las vicisitudes de la vida, entristecieron a la lúcida escritora originaria de las Perla de las Antillas. En 1961, su esposo Pablo viaja al extranjero, permaneciendo fuera de Cuba varios años, regresando en 1972. En 1963 fallece en La Habana su padre, el general del ejército libertador Enrique Loynaz del Castillo. Tres años más tarde, o séase en 1966, deja de existir su hermano el notable poeta Enrique Loynaz Muñoz. Dos años después del reencuentro, en 1974, fallece su cónyuge después de transcurridos 28 años de enlace matrimonial. Once años después, el 18 de agosto de 1977, deja este mundo su otro hermano varón, Carlos Manuel, poeta y compositor de  obra inédita. Y por último, y ya está bien de soledades y sufrimientos, el 22 de junio de 1986 expira la más joven de la saga hermanos Loynaz, su hermana. Flor, al igual, poetisa inédita.
Se podría escribir mucho sobre la persona y obra literaria de Dulce María Loynaz, como así lo han hecho distinguidos y doctos escritores, mas no es el objeto de este mi escrito. No obstante, me intriga la respuesta a la pregunta que le hicieron a la distinguida escritora, cuando se disponía a volar a Madrid para recoger el Premio Cervantes de Literatura en 1992. Se le preguntó: -¿Va usted Dulce María a pasar por Tenerife, la isla donde paso su luna de miel al contraer matrimonio con el que fuera su difunto esposo Pablo Álvarez, Isla que usted quiso tanto y la cual le inspiró “Un verano en Tenerife”? Contesta la gentil dama: - No iré por dos principales razones. -¿Cuáles?
-Primero, porque mi médico me lo desaconseja, mi salud no es buena. Viajar mucho tiempo en avión para mi cansado corazón no es aconsejable. Y, en segundo lugar, porque los canarios en general y los tinerfeños en particular, no acogieron como se merecía en su día mi libro “Un verano en Tenerife”, hecho por una mujer enamorada. ¡Sin duda enamorada de Pablo y de la Isla!
Cabe una reflexión por nuestra parte: ¿tuvo en cuenta la intelectual y, en aquel entonces, joven señora, las circunstancias adversas por las que estábamos pasando los canarios y los españoles, a pocos años de haber salido de nuestra guerra civil? Los medios de difusión no eran suficientes; sólo el periódico y, no todos, podían comprarlo. Empezaba la radio, estaba en ciernes y la televisión no existía. La cultura era, más bien pobre y rústica; acrecentándose entre las personas más desfavorecidas. Por lo tanto, propagar y hablar de libros y actos culturales casi era imposible, cuando sobrevivir era un milagro. ¿Entonces por qué se decepcionó tanto Dulce María? Razones habrá tenido para ello. Por mi parte, creo que su desilusión fue alarma infundada, creada quizás por aquellos primeros amigos íntimos que no supieron comunicarle con suficiente afecto la grandeza y belleza literaria de aquella obra considerada por ella como el mejor de los trabajos salido de su intelecto literario.
Si la más famosa escritora cubana del siglo XX pasó por tragos amargos, como la desaparición de sus seres queridos, a lo largo de su dilatada existencia, 95 años (1902-1997), al igual, supo de grandes alegrías y estupendos éxitos literarios. Señalemos algunos de esos éxitos que la catapultaron a la fama, obteniendo premios y homenajes fuera y dentro de España. Helos a continuación cronológicamente. En 1919 aparecen en el periódico habanero “La Nación” sus primeros poemas publicados: “Vesperal” e “Invierno”. En 1938 se publica en la Habana la primera edición de su libro “Versos”. En 1944 el Colegio de Abogados de Cuba le otorga la Orden González Lamaza, que se  concede a juristas distinguidos. En 1947, después de publicar en Madrid si libro “juegos de agua”, es condecorada en España con la cruz de Alfonso X el Sabio. El acto contó con la presencia de las más destacadas personalidades de la intelectualidad española. En 1948 la Asociación Internacional de Poesía con sede en Roma la nombre miembro de honor. En 1951 se publica en Madrid su novela “Jardín” y es nombrada Hija Adoptiva del Puerto de la Cruz. En ese mismo año, en Madrid, es nombrada miembro del jurado calificación de la Exposición Bienal Hispanoamericana de Arte. En 1953 publica en España “Poemas sin nombre” y “Carta de amor al rey Tuk-Ank- Amen”. Además, las escritoras españolas residentes en Madrid le rinden un homenaje con motivo del éxito alcanzado por “Poemas sin nombre” y la Real Academia Gallega celebra una sección en su honor. En 1958 viaja a España y publica en Madrid su libro “Un verano en Tenerife” y el largo poema “Últimos días de una casa”. En 1981 es condecorada con la distinción “Por la cultura Nacional”, que otorga el Ministerio de Cultura de Cuba. En 1984 la Real Academia de Lengua Española la nomina como candidata al Premio  Miguel de Cervantes. En 1986 preside en la Sala Rubén Martínez Villena de UNEAC, un acto de homenaje al desaparecido poeta español Federico García Lorca, quien fuera su amigo y que tantas veces se hospedara en su casa de Cuba. En 1987 es nominada candidata al Premio Miguel de Cervantes a propuesta de la Academia Cubana de la Lengua. En ese mismo año el Ballet Nacional de Cuba estrena el ballet Jardín, inspirado en su novela homónima. El 24 de abril de 1989 es proclamada Miembro emérito de la Unión de escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). En 1990 le es otorgada  la Orden de Jovellanos de Asociaciones Asturianas de Cuba. El 25 de enero de 1991 integra la presidencia del acto inaugural del ciclo de conferencias “Las vanguardias artísticas españolas de América”, auspiciadas por la Embajada de España en Cuba, la Universidad de la Habana y la Unión de Escritores y Artistas en Cuba. Además se le adjudica en España el Premio de Periodismo “Doña Isabel la Católica” por su ensayo “El ultimo rosario de la reina”, el cual publicó en el periódico ABC. Asimismo, la Universidad de la Habana le concede el título de Doctora Honoris Causa en Letras, Y, por sus éxitos literarios, el 5 de noviembre de 1992 es galardonada con la más alta condecoración de la lengua, el Premio Miguel de Cervantes, conferido por el reino español. Ese mismo año el Gobierno de Canarias reedita si libro de viajes “Un verano en Tenerife”. En 1993 Dulce María Loynaz recoge en la Universidad de Alcalá de Henares en Madrid el Premio Cervantes 1992, entregado por el Rey de España Juan Carlos I. en 1994, muchísimos premios y homenajes para Dulce María Loynaz y comienzo de reconciliación con los canarios. La galardonada y sensible poetisa recibe en su casa “El Vedado” la visita del presidente del Gobierno de Canarias Manuel Hermoso, quien le agradece su obra literaria sobre Canarias. Dos años más tarde, es decir, en 1996, el Ayuntamiento del Puerto de la Cruz nomina el mirador de Atalaya del Parque Taoro con el nombre de Dulce María Loynaz, idea expresada por el profesor José Javier Hernández. El 27 de abril de 1997 deja este mundo la universal escritora cubana del siglo XX Dulce María Loynaz.
Si la gran dama de letras cubanas no volvió más, en vida, a Tenerife desde 1958, hoy se puede decir que ha vuelto en otro plano o dimensión: ha regresado la hija pródiga y, como tal, su segunda patria Tenerife le colma de regalos en forma de actos culturales ofrecidos en su honor. Veamos por fin algunos acontecimientos que después de fallecida se desarrollaron en el centenario de su natalicio. No sin antes  decirles que entre los años 1998 y 2001 ocurrieron estas otras celebraciones, también en honor a la culta escritora habanera. En 1989 el Ayuntamiento del Puerto de la Cruz edita los libros “Juegos de agua” y “El Puerto de la Cruz y Dulce María Loynaz”, el Grupo Liberal del Parlamento Europeo en el año 2000 editó el libro de Virgilio López Lemus sobre la vida y obra de Dulce María Loynaz: “Una cubana universal”.
Hasta aquí y a groso modo lo acontecido antes de la celebración de centenario de su natalicio. Entremos ahora de lleno en los acontecimientos de estas fechas. Caja Canarias en el 2001 editó una antología cultural sobre la obra de Dulce María Loynaz con ocasión de su natalicio. Este mismo año el Grupo Liberal de Parlamento Europeo edita el libro “La bella durmiente de Cuba”, de la escritora Hortensia Viñez. El Ayuntamiento de la Orotava acuerda dominar una calla a favor de Dulce María. En marzo se iniciaron las Jornadas Cultural Primavera Eterna en el Jardín por el centenario de la escritora. Pero fue para mí y creo que también para todos los canarios el año 2002 cuando se cumplía la fecha del natalicio, un año lleno de estupendos y maravillosos eventos culturales que nos llenaron de satisfacción y de agrado por el buen y bien hacer de los organizadores y de cuantos organismos apoyaron esta serie de actos conmemorativos.
Seguidamente analizaremos, como recta final, aquellos estupendos e interesantes actos que se desarrollaron en el 2002, año en el que se cumplía el natalicio de la brillante escritora, amante de estos peñascos. La Coordinadora Canario-Cubana por su obra “Jardín” organizó diversos actos de homenaje en Bruselas, Berlín, Madrid, Estados Unidos, México y otros países Latinoamericanos, así como en Tenerife, la Palma y en diversas provincias de Cuba. El Gobierno de Canarias presentó en la Feria Internacional del Libro de la Habana, la segunda edición canaria del libro de viaje “Un verano en Tenerife”. El Grupo Liberal del Parlamento Europeo editó el libro de poemas “Cuando se quiebra el silencio” escrito por la portuense Elsie Ribal en homenaje al Dulce María Loynaz. El Ayuntamiento de La Orotava decide reeditar en Canarias “La voz del silencio” de Ana Cabrera. El Grupo Liberal del Parlamento Europeo publica el libro poemas “Sobre la palabra y sus silencios”, escrito por el profesor José Javier Hernández. Y, para culminar todos estos actos, nos visitó una delegación de personalidades y artistas cubanos que nos maravillaron. Citemos algunos de los intervinientes en los actos de homenajes a Dulce María Loynaz en el Puerto de la Cruz. El 27 de noviembre expuso en el Castillo de San Felipe su colección pictórica la artista Carmen Mir Adorna. Sus cuadros están inspirados en el libro de Dulce María “Jardín”. En este mismo recinto de San Felipe actuaron los pianistas, también cubanos, Othoniel Rodríguez y el maestro Huberal Herrera, quienes desplegaron un gran talento interpretativo en las obras de F. Chapín, Frank Lizth y especialmente el repertorio pianístico de Ernesto Lecuona, el más universal músico cubano de todos los tiempos, al cual se le dedicó un magistral concierto de homenaje para recordar su fallecimiento en Tenerife, hace 39 años. 52 en 2016,
Reproduzcamos aquí un fragmento de un largo escrito publicado en Cuba sobre los actos programados en Canarias en el centenario del natalicio de la inolvidable escritora. Lo envía a un amigo el escritor Marcelo Fajardo de Cárdenas. Veámoslo: “El punto culminante de estos festejos en Tenerife tuvo lugar en horas del mediodía del sábado 30 de noviembre en el Casino Taoro cuando se desveló el primer busto en bronce de quien legó paginas imborrables en los poemarios “Juegos de agua” y “Versos” y en la novela “Jardín”. El alcalde y personalidades del Ayuntamiento y de cultura canaria, familiares de Pablo Álvarez de Cañas, el esposo de Dulce María, y un nutrido público portuense, asistieron a esta ceremonia para contemplar este primer busto de la poetisa fundido en bronce en Canarias, obra del joven escultor cubano Carlos Enrique Prado, y que perpetuará a Dulce María en la tierra canaria sostenida por un basamento de piedra volcánica y con la mirada hacia las Américas. El busto fue cubierto con la bandera de cuba y lo desvelaron el alcalde del Puerto de la Cruz y el cónsul de Cuba en Canarias, Mario García. La emotiva ceremonia fue coronada con el vuelo de cien palomas que revolotearon en el hermoso Parque Taoro mientras la cantante cubana Milada Milhet estrenaba la canción “Mi canto al viento”, con textos del poema “Divagación” de la Loynaz y música de M. Fajardo
En ese emotivo acto se encontraba también presente el alma máter de estos inolvidables acontecimientos culturales que perpetuarán, para siempre, la presencia de Loynaz en el Puerto de la Cruz: el eurodiputado Isidoro Sánchez, presidente de la Coordinadora Canario-Cubana organizadora de estos importantísimos eventos. A él y a cuantas personas y organismos culturales lo hicieron posible, por todo ello muchas gracias”…”

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

martes, 1 de noviembre de 2016

APUNTES A LA HISTORIA DE LOS TRES CEMENTERIOS DEL REALEJO ALTO



Foto 1. Vista desde poniente de la Iglesia de Santiago Apóstol y el cementerio de la plaza .Archivo Municipal de Los Realejos. Foto 2. Interior del Cementerio de la plaza. Archivo Municipal de Los Realejos. Foto 3. Portada. Cementerio de San Agustín de Los Realejos. Foto: Isidro Felipe Acosta

El amigo de la Villa de Los Realejos, Investigador e historiador; JERÓNIMO DAVID ÁLVAREZ GARCÍA, remitió entonces este excelente trabajo sobre la historia de los cementerios (Camposantos) que han existido en el histórico municipio del Realejo Alto.  
Interesante trabajo que publicó en el matutino El Día “La Prensa”,  del 17 de diciembre de 2011, que tituló “APUNTES A LA HISTORIA DE LOS TRES CEMENTERIOS DEL REALEJO ALTO”: “…Finalizada la Conquista en 1496 por el Adelantado en el lugar del Realejo, se erige la primera fabrica religiosa de Tenerife, la iglesia de Santiago Apóstol. En torno a ella se desarrolló el Realejo Alto que, tras la fusión con el Realejo Bajo en 1955, dio lugar al municipio de Los Realejos. Hipótesis sobre el primer cementerio. La primitiva capilla fundacional fue demolida y finaliza su reedificación hacia 1570. El primer libro sacramental de la parroquia muestra los apuntes de los primeros enterramientos en el interior del templo hacia ese año,sepulturas que se extendieron hasta el siglo XIX. Es decir, que desde el fin de la Conquista hasta el referido año hubo de existir en torno a la primitiva capilla, un terreno para la sepultura de los castellanos y guanches bautizados, pues esta no tendría tamaño ni consistencia para excavaciones interiores. Ocuparía parte del solar de la actual iglesia y plaza de Viera y Clavijo. La primera ampliación de la iglesia permitió los enterramientos en su interior. Cementerio de la plaza. Carlos III prohibió las sepulturas en el interior de los templos por higiene y secularización, obligando a crear cementerios. Por falta de financiación, hasta abril de 1837 no se crea el segundo que se ubica en la plaza. Fue “construido con fondos del común de los vecinos”, siendo “María Josefa de León de edad de más de sesenta años, natural de Lanzarote y viuda (...)” la última persona enterrada en el interior de la iglesia. Ese mismo día “a fecha catorce de abril, se recibió un oficio del Presidente del Ayuntamiento de este pueblo, que transcribe el acuerdo que se había hecho para que desde este día cesen de dar sepultura eclesiástica en la iglesia a ningún cadáver, sea de la clase y dignidad que fuese, y que los enterramientos se hiciesen en el sitio señalado para el cementerio, al poniente de la Capilla del Sr. Difunto, y en obediencia (…) al acuerdo de la Municipalidad se procedió a  la bendición del sitio señalado como previene el ritual para dar principio a los enterramientos(...)”. Al día siguiente “se enterró en el Cementerio a Dionisia Guanche”. El solar se terminó de componer en 1842 por el encargado de la fábrica del cementerio, José Fregel, que pagó a Eugenio Carrión por los encalados. Junto a este camposanto municipal y confesional, existía un terreno llamado la chercha o cementerio protestante. El cementerio fue administrado por los párrocos de Santiago que recaudaban las tasas por quebrantamiento de sepulturas y custodiaban la llave. Esto llevó en 1872 a un litigio entre Parroquia y Ayuntamiento, cuando este inicia el trámite para la secularización de la necrópolis, pues “varios vecinos se han acercado instándole, [al Síndico] que proponga a esta Municipalidad reclame del Venerable Cura Párroco entregue el Cementerio por ser propiedad exclusiva del municipio”.
Desde 1842 los párrocos habían entregado al Consistorio las cantidades percibidas, por lo que las “cuentas rendidas al Ayuntamiento por los colectores D. Domingo Chaves y D. Antonio Rivero por quebrantamiento de sepulturas, demuestran de una manera indubitativa que el referido cementerio es puramente civil”, pero en 1872 se deseó recaudar la totalidad de tasas y “se acordó por la Presidencia [ siendo alcalde D. Eliseo González Espínola] se pasen oficios a los alcaldes de los pueblos donde actualmente vivan los que hayan sido colectores, a fin de que se les notifique rindan cuenta de lo ingresado en su poder por quebrantamiento de sepulturas, haciendo exhibo de la cantidad que resulte en poder de los mismos, (…) y lo hayan ingresado en las depositarias municipales como era deber, por ser este cementerio puramente civil y venir desde su instalación percibiendo los expresados derechos”.El párroco D. Jerónimo Mora responde “que tan pronto se le presenten los documentos por los cuales remite el derecho que se reclama, no tiene inconveniente en reconocerlo.” Convencido, envía la relación de colectores habidos de 1843 hasta la fecha al Ayuntamiento, y el total de defunciones del período que ascendía a 858 adultos y 694 párvulos. Extendidos los oficios, se contesta desde Arico que, al haber sido entregado el dinero al Dr. D. Domingo González de Chaves, se debe actuar contra los herederos de este párroco difunto. Aceptan la petición D. Domingo Mora y D. José Albelo. Los clérigos D. Juan González Conde y D. Francisco Fariñas, que ingresaron 80 y 20 pesetas, respectivamente, se niegan a devolverlas; “advirtiéndoseles que se procederá a realizarlo ejecutivamente lo que la alcaldía quiere evitar”.
Junto al aspecto crematístico, se “acuerda que por la Presidencia se oficie (…) al Cura Párroco para que la llave del Cementerio la ponga a su disposición”. D. Jerónimo Mora escribe: “siempre ha recaído la solución del Gobierno (…) que las llaves de los cementerios, aunque sean construidos por los Municipios, estén en poder de los párrocos sin perjuicio de cuando las referidas autoridades quieran pasar a ellos, por lo que se refiere a su policía y régimen de la Salud Pública; en este caso tienen que entregarlas. En la siguiente sesión, “el Sr. Presidente dio cuenta de haber el párroco del pueblo accedido a entregar el Cementerio por haberse convencido que pertenece al común de los vecinos”. Mas las disputas municipales no son obstáculo para que se prosiga la construcción de mausoleos, como atestiguan los permisos otorgados a sendas viudas.
El Consistorio toma su administración en 1872, y nombra a “D. Juan Yanes recaudador para cobrar los derechos de quebrantamiento de este cementerio”, siendo la relación de tarifas: “Entierros de primera clase 3,75 pesetas, de segunda 2,50 pesetas, de tercera 1 peseta y sepulcro en propiedad 80 pesetas”. En 1874 se organiza una suscripción vecinal para las obras, según consta en la “cuenta justificada que D. Isidro Oramas, recaudador de las prestaciones personales para la composición del cementerio rinde.[Ingresa] por quebrantamiento de sepulturas 356 pesetas. Seis fanegas de cal, nómina de mampostero, peones y sogas para  andamios por 353,90 pesetas. Los vecinos dieron la cal, las canastas los cesteros y las piedras de los muros eran del Ayuntamiento”.
Finalmente, el alcalde escribe al Gobierno Civil en estos términos: “Tengo el gusto de participar a V.E, que en cumplimiento de la R.. Orden de 28 de febrero de 1872, el haberse construido en esta población el cementerio destinado a inhumar los cadáveres de los que mueran fuera del gremio de la Iglesia Católica, y la satisfacción de haberse construido por suscripción del vecindario, por consiguiente sin que fueran gravados los fondos municipales”.
Los avances en las políticas de salubridad se desprenden del reglamento del Ayuntamiento del Realejo Bajo de 1894, que ordenaba que los cadáveres de personas mayores se lleven en ataúd cerrado, y sólo se permita ir descubiertos los de los niños menores de siete años, salvo que haya producido la muerte enfermedad contagiosa en cuyo caso serán cubiertos. No podrá sepultarse a ningún cadáver antes de transcurrir 24 horas desde su fallecimiento. Los cadáveres que no sean enterrados en sepulcros lo serán en sepultura común del cementerio, con longitud estipulada. La sepultura no podrá abrirse hasta pasados cinco años. Cementerio de San Agustín. En febrero de 1919, “el alcalde [D. Pablo García y García] recordó al Ayuntamiento la necesidad de construir un nuevo Cementerio Católico, toda vez que el que existe no reúne las condiciones de higiene y salubridad necesarias por su mala orientación y emplazamiento, y más que nada porque siendo de todo insuficiente, obliga a remover las sepulturas antes de transcurridos los cinco años de enterrados los cadáveres, lo que constituye una verdadera profanación y un atentado a la Salud Pública”. D. Isidro Chaves Albelo ofrece en venta una económica huerta, donde dicen los Llanos en el camino a la Cruz Santa, de ocho almudes. El médico local autoriza y el Secretario D. Vicente Siverio Bueno adelanta las cuatro mil pesetas que costó el terreno por no haber fondos, devolviéndoselas “cuando las cuentas lo permitan”. Ahora, no sólo cesan los aires laicistas, sino que se denomina al nuevo recinto como “Cementerio Católico del Realejo Alto”, y se solicita dinero al párroco de los fondos de fábrica de la iglesia para la ejecución de la obra. Éste, D. Nicolás Torres, pide se especifique la cantidad solicitada para cursar la petición al obispado. El cénit se produce cuando el Gobierno Civil exige al alcalde la denominación y delimitación de una parcela como cementerio civil, a lo que se responde: “(...) teniendo además en cuenta que no hay necesidad de separar terreno destinado a Cementerio Civil, puesto que el existente es suficiente para las necesidades del vecindario empleando, por tanto solamente el designado para Cementerio Católico como consta en el expediente”. Diseña el proyecto D. Nicolás A. Casanova que asciende a 14.992,86 pesetas. Según el plano del expediente, el lado este albergaría, de norte a sur, el depósito de cadáveres, la sala de autopsias, la capilla, una parcela para sepulturas y la chercha. Otro informe señala las malas condiciones del Cementerio Viejo y los mil metros que distancia del pueblo el nuevo. Allí se podrá enterrar durante diez años sin necesidad de abrir, pues la media del decenio anterior había sido de 82 difuntos año. Los vientos alejarían las miasmas que se produjeran de la población. Su superficie de 3.521 m2 dividida en calles tendría un osario con plancha de cemento armado para cerrarlo.
El Pleno toma los siguientes acuerdos:“Ninguna extensión (…) para panteones porque los que se soliciten pueden concederse en el cementerio que existe y en vista de la escasez de recursos con que cuenta el municipio, imposibilita al Ayuntamiento de hacer todas las obras que determina la legislación”. 
En noviembre y según uso, se pública en el Boletín Oficial de la Provincia. En las actas del pleno queda reflejada la negativa parroquial a contribuir a la financiación del nuevo recinto, según leemos:  “De la comunicación del Sr. Cura Párroco no se desprende que las obras del  cementerio puedan ser construidas ni en todo ni en parte de los fondos de fábrica de la iglesia”. A 30 de diciembre de 1919, se abre expediente para su construcción. En abril siguiente, se aprueba esta por el Cabildo Insular y la Junta Provincial de Sanidad. Desde 1924 se reflejan partidas en la Depositaría del Ayuntamiento y se efectúan obras en los muros con piedra rota traída de la finca de D. Antonio Pérez y del barranco del Mocán. Se encargan sus puertas y constan facturas de barrenos, canastas, cal y cernideras. En los años sucesivos hasta su bendición, se relacionan los gastos de verjas, que ascienden a 750 pesetas, materiales diversos y nóminas de maestros y peones. El Gobierno Civil comunica a fecha 14 de julio de 1926 que “puede autorizarse los enterramientos (…) y solamente como fosa común” y en 11 de marzo del año siguiente reza en documento oficial: “He tenido a bien autorizar la apertura del mencionado cementerio para la inhumación de cadáveres”. Nueve días después, se inaugura y bendice con gran solemnidad. En el acto están presentes autoridades y clero local; el canónigo D. Heraclio Sánchez pronuncia el sermón y la Sociedad Filarmónica del Realejo Bajo cobra 175 pesetas por la “tocata efectuada para amenizar los actos celebrados en ese pueblo, con motivo de la inauguración del nuevo cementerio”. Según consta,“a los diecinueve de marzo de mil novecientos veintisiete se dio sepultura en el Cementerio Católico del Realejo Alto, al cadáver de Carmen Álvarez González de siete meses de edad hija legítima de Matías y Esperanza. Y para que conste lo firmo. Lcdo. Juan Cerviá, Ecónomo”. A continuación se lee: “Nota: Carmen Álvarez González, contenida en la partida inmediata, fue la última enterrada en el Cementerio Viejo y Agustín García González, que está contenido en la partida inmediatamente siguiente, fue el primer enterrado en el nuevo cementerio, que fue bendecido por el suscrito a veinte de marzo de mil novecientos veintisiete, como puede verse en la correspondiente acta que se extendió y que obra en este Archivo Parroquial. Lcdo. Juan Cerviá”. He aquí la partida del primer sepultado:“A los veinticuatro de marzo de mil novecientos veintisiete fue sepultado en el nuevo cementerio católico, siendo el primer cadáver que fue sepultado en él, el cadáver de Agustín García González de cinco años de edad, hijo legítimo de D. Pablo García y García, Juez Municipal de este pueblo y de Doña Erminia González y para que conste lo firmo. Lcdo. Juan Cerviá”. Como se aprecia es el hijo del alcalde que construyó el nuevo camposanto, insólita coincidencia. Su tumba aún se encuentra en la entrada del cementerio, esquina izquierda, vallada y presidida por una vieja cruz. También, “a los veinticuatro de marzo de mil novecientos veintisiete se dio sepultura en el cementerio católico del Realejo Alto, al cadáver de  María González Afonso de veinticuatro años de edad, consorte de  Antonio Rodríguez, hija legítima de Juan González y de Petra Afonso. Y para que conste firmo. Lcdo. Diego Cedrés”.Ciertamente, y según consta, esta señora falleció unas dos horas antes que el niño, correspondiéndole ocupar el primer puesto de tan desdichado acontecimiento, pero no dudamos que, al tratarse del hijo del juez municipal, ex alcalde y promotor del camposanto, influyera en la decisión y se le cediera el puesto. Este privilegio se justifica en la sociedad clasista de esa época.
El pleno aprueba, a finales de marzo, dar al recinto el nombre de San Agustín por ser el del niño y dar a perpetuidad las dos primeras sepulturas. En 1928, prosiguen las obras en la sala de autopsias y capilla, pero en enero acaece un macabro suceso: El propietario de la finca colindante provoca el derrumbamiento del lado este por un movimiento de tierras, causando desperfectos en la capilla y  parte de los enterramientos, cayendo estos inevitablemente al barranco.
La toma de posesión del primer alcalde republicano en 1931, precipita los acontecimientos. La primera medida acepta la petición de D. Pedro López Regalado, fosero, en la que solicita “no se cobre la cal a los pobres, únicamente a los pudientes”. En prueba de los futuros cambios incluimos el acta de secularización de la necrópolis: (…) el Secretario que suscribe y en vista de lo preceptuado (…) procede adoptar los siguientes acuerdos; 1º Que tanto en el Cementerio viejo como en el nuevo, debe ponerse una inscripción que diga: Cementerio Municipal retirando la que actualmente está en el nuevo; 2º Que la denominada capilla del cementerio nuevo, se convierta en depósito de cadáveres poniéndole la puerta correspondiente; 3º Que las llaves de dicha necrópolis deben quedar exclusivamente en poder de los subalternos municipales; 4º Que para la admisión de los cadáveres en los cementerios, sólo se exija la papeleta del Juzgado  ordenando la inhumación; 5º Que debe hacerse desaparecer la llamada “chercha o cementerio protestante” ya que sólo puede haber una clase de cementerio, y que los restos y cerca que hay en dicho recinto se trasladen al cementerio municipal viejo; 6º Que una vez desaparecida la chercha, se haga un pequeño jardincito con arboleda de adorno. Puesto a discusión el asunto (…) se acordó aprobar las propuestas marcadas con los números uno al cuatro ambos inclusive, y que en cuanto a las señaladas con los números cinco y seis se modifiquen en el siguiente sentido: Que se coloque en el recinto que se alude (…) una inscripción que diga: Cementerio Municipal Clausurado, dejándolo tal como se halla”. La alcaldía reitera ”pagar de Imprevistos el importe de la cal necesaria para los cementerios”. Este acuerdo se repetiría en años sucesivos, al igual que las propuestas para la construcción de nichos que se formularían periódicamente desde 1935, aunque los primeros no se construirían hasta 1964. También se aceptan diversas solicitudes para delimitar las sepulturas con vallas y la falta de financiación insta “a la venta de solares en el Cementerio Viejo, para la construcción de sepulcros (…) con el fin de utilizarlo en su arreglo”.
Finalizada la Guerra, se autoriza la construcción de sepulcros en el cementerio viejo y en 1942 el párroco D. Carlos Delgado coloca un crucifijo en el nuevo, abonado por el Consistorio. 
En 1947, transcurrido el tiempo que obligaba la legislación, se solicitó la clausura del cementerio viejo ante el Gobierno Civil, pero “debió ser un trauma para la mayoría de la población del lugar ya que se tardó casi dos décadas en [des]ocupar esos terrenos públicos”. Los requisitos para la monda del solar fueron los siguientes: “La operación se hará con decencia, respeto debidos y asentimiento de la autoridad eclesiástica. Debiendo pasar diez años de la última inhumación y conceder un plazo prudencial a las familias para el traslado. Estas mantendrán los derechos de sepulturas a perpetuidad en el nuevo cementerio y verificada la limpia se podrá demoler el viejo cementerio”. Además los “cadáveres inhumados de más de tres años y menos de diez se pueden trasladar con permiso, según enfermedad que produjo la muerte, fecha de inhumación, naturaleza del féretro y condiciones del enterramiento. Se desenterrará en presencia de autoridades sanitarias y se verá si se puede trasladar, o es necesario el uso de desinfectantes. Se trasladará según informe de los médicos. Los restos para traslado se guardarán en caja de zinc para garantía de Salubridad”. La alcaldía actúa en consecuencia y “se dio lectura a un oficio del Gobernador Civil en virtud del cual  autoriza al Ayuntamiento al traslado de cuantos cadáveres hay en el cementerio antiguo al de San Agustín (…), habida cuenta de la necesidad de proceder a la clausura del cementerio viejo, por la construcción de la carretera de esta Villa a la Guancha, se acordó autorizar (…) la clausura del mismo (...)” y ”en junio se autoriza por el Gobierno Civil la monda total únicamente de la fosa común de dicho cementerio (…) una vez que la limpia se haya efectuado (…) podrá llevar a cabo la demolición”. Otra macabra anécdota acaece por estas fechas: La Corporación alquila el camión de un conocido vecino para el traslado de los restos al osario del nuevo cementerio. Los jóvenes peones contratados cargan en él los huesos. El camión sube la Calle del Medio, mientras los mozos encaramados en el volquete dan voces ofreciendo caballas al público, al tiempo que enseñan los restos a las despavoridas vecinas que salen de sus casas con los platos. Por ello fueron detenidos y expulsados de su trabajo. En noviembre, se notifica al Jefe de Sanidad el número de cadáveres que aún quedaba en el camposanto, un total de once cuerpos enterrados desde 1936. Por último, en 1952, se cursa la “petición de la autorización para la limpieza general y monda del Cementerio (…) trasladándose en forma adecuada y con carga a los fondos municipales la totalidad de los restos al nuevo cementerio”. Sanidad autoriza exhumar el último enterrado, a saber, D. Pedro Rguez de la Sierra García. Pero la autoridad competente envía telegrama ese año a jefatura de sanidad, para advertir que la alcaldía ha levantado restos cadavéricos sin tener en cuenta la legislación sanitaria mortuoria y efectuado la casi monda del cementerio. 
Actualmente, este recinto conserva la capilla, dependencias anexas, Cruz de los Caídos, trasladada hace unos años desde la plaza, y cuatro mausoleos, uno proyectado por el arquitecto D. Tomás Machado en 1953. Denominado oficialmente, “Cementerio de San Agustín” en él se sepulta a los realejeros, sin distinción, que viven dentro de los antiguos límites de la Parroquia de Santiago.
Con mi gratitud a las fuentes orales: Mi padre, Dña. Concepción, Dña. Irene, D. Alberto, D. Eloy, D. Manuel y D. José. A D. Álvaro Hernández Díaz, D. Germán Fco Rodríguez Cabrera y Dña. Carmen Rosario Hernández González. Al personal del Archivo Histórico Diocesano, Parroquia Matriz de Santiago Apóstol, Archivo Histórico Municipal, Juzgado y Cementerios de Los Realejos…”

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL