EL VUELO DEL CUERO
BAJO EL SOL DE SAN PEDRO: EL IDILIO BALONCESTÍSTICO DE 1957
Aquel mediodía del sábado 29 de junio de 1957, La Orotava
no solo olía a las flores y al brezo de sus alfombras recientes; olía a la
épica de las grandes tardes. Bajo el cielo limpio de la festividad de San Pedro
y San Pablo, la mítica Terraza del desaparecido Teatro-Cine Atlante se
transformó en un coliseo de madera, sol y suspiros. Se jugaba el segundo asalto
del legendario torneo de las Fiestas Mayores, un duelo de titanes entre el
indómito CB Independiente de la Villa y el transatlántico de la capital, el
Real Club Náutico de Tenerife, al que aún le faltarían nueve años para coronar
la máxima categoría nacional.
La atmósfera era un romance vivo. El graderío improvisado
y los anexos de la terraza vibraban con un clamor ensordecedor. Allí, en los
laterales, sentadas con sus mejores galas de fiesta, una constelación de
jóvenes féminas villeras contenía el aliento en cada canasta, cruzando miradas
cómplices con los caballeros que, de pie, desafiaban la gravedad para no perder
detalle. El baloncesto era, en esa Orotava romántica, el pretexto perfecto para
el galanteo y la pasión compartida.
Una vieja fotografía, rescatada del tiempo por el
inolvidable Tomás Luis Expósito, a quien todos conocían con afecto como “El
Cojo”, encapsula la poesía del instante. En la imagen se adivina la tensión del
juego: a la derecha, de espaldas, el propio Tomás Luis devora el partido con
los ojos; en el centro, el temple de Santiago Estévez busca una línea de pase,
mientras a la izquierda un imponente e innominado jugador de la elástica nauta
intenta cerrar los caminos del aro.
El Independiente venía crecido tras tumbar la tarde
anterior, el viernes 28 de junio, al Hernán Imperio por un vibrante 54-43. Pero
el Náutico era otra historia. El partido fue un toma y daca de alta escuela, un
pulso de coraje que terminó muriendo en la orilla con un ajustadísimo 50-53 a
favor de los santacruceros. En la cancha de la Villa brillaba con luz propia
Isidro Fuentes, un coloso que rozaba los veinte julios y al que toda Canarias
ya señalaba, con admiración reverencial, como el mejor pívot del archipiélago.
A ras de parqué, entre el sudor y la gloria, se fraguaban
también las pequeñas e imperecederas comedias humanas. El propio Evaristo
Fuentes Melián, apodado con justicia "Espectador", recordaba años más
tarde su humilde pero tierno bautismo de fuego en aquellos dos partidos. Con
apenas 62 kilos de peso y una silueta espigada de 1,89 de estatura, el joven
Evaristo —"Tito" para los suyos— se vio de repente frente a la
imponente estampa de Toñi Cejas, un titán nauta de 1,96 de altura y una
volumetría hercúlea que superaba con creces los cien kilos.
Al ver la disparidad de fuerzas en un tiempo muerto, el
inolvidable e inteligente entrenador Neno Casanova se acercó a su pupilo con
mirada protectora y le susurró el mejor de los consejos poéticos y tácticos:
—“Tito, tú ponte en una esquina a tirar
a media distancia…”
Era la elegante forma que tenía Neno de evitar que la fragilidad de su muchacho
colisionara de frente contra el irresistible acorazado que custodiaba la
pintura.
Al sonar la bocina final, la rivalidad se disolvió en la
hermandad del deporte. Ganadores y vencidos marcharon juntos, entre risas,
comentarios de las jugadas y el eco de los aplausos de las muchachas de la
Villa, hacia el semisótano de La Palestra, en la entonces Avenida de José
Antonio. Allí, entre copas alzadas, viandas compartidas y promesas de futuras
revanchas, se brindó por el baloncesto, por la juventud y por esa Orotava
eterna de 1957 que se resiste a marcharse de nuestra memoria.
Si dispones de más recuerdos de aquella
época o de las Fiestas Mayores, compártelos conmigo. ¿Te gustaría que nos
enfoquemos más en la trayectoria
deportiva de alguno de estos jugadores, o
prefieres recrear el ambiente
social de las verbenas y celebraciones que
envolvían al torneo? Así podré ajustar los próximos relatos exactamente a lo
que buscas revivir.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL









