sábado, 30 de octubre de 2021

MÁS SOBRE EL BALONCESTO DE LAS FIESTAS MAYORES OROTAVENSES DEL AÑO 1957.



EL VUELO DEL CUERO BAJO EL SOL DE SAN PEDRO: EL IDILIO BALONCESTÍSTICO DE 1957

Aquel mediodía del sábado 29 de junio de 1957, La Orotava no solo olía a las flores y al brezo de sus alfombras recientes; olía a la épica de las grandes tardes. Bajo el cielo limpio de la festividad de San Pedro y San Pablo, la mítica Terraza del desaparecido Teatro-Cine Atlante se transformó en un coliseo de madera, sol y suspiros. Se jugaba el segundo asalto del legendario torneo de las Fiestas Mayores, un duelo de titanes entre el indómito CB Independiente de la Villa y el transatlántico de la capital, el Real Club Náutico de Tenerife, al que aún le faltarían nueve años para coronar la máxima categoría nacional.

La atmósfera era un romance vivo. El graderío improvisado y los anexos de la terraza vibraban con un clamor ensordecedor. Allí, en los laterales, sentadas con sus mejores galas de fiesta, una constelación de jóvenes féminas villeras contenía el aliento en cada canasta, cruzando miradas cómplices con los caballeros que, de pie, desafiaban la gravedad para no perder detalle. El baloncesto era, en esa Orotava romántica, el pretexto perfecto para el galanteo y la pasión compartida.

Una vieja fotografía, rescatada del tiempo por el inolvidable Tomás Luis Expósito, a quien todos conocían con afecto como “El Cojo”, encapsula la poesía del instante. En la imagen se adivina la tensión del juego: a la derecha, de espaldas, el propio Tomás Luis devora el partido con los ojos; en el centro, el temple de Santiago Estévez busca una línea de pase, mientras a la izquierda un imponente e innominado jugador de la elástica nauta intenta cerrar los caminos del aro.

El Independiente venía crecido tras tumbar la tarde anterior, el viernes 28 de junio, al Hernán Imperio por un vibrante 54-43. Pero el Náutico era otra historia. El partido fue un toma y daca de alta escuela, un pulso de coraje que terminó muriendo en la orilla con un ajustadísimo 50-53 a favor de los santacruceros. En la cancha de la Villa brillaba con luz propia Isidro Fuentes, un coloso que rozaba los veinte julios y al que toda Canarias ya señalaba, con admiración reverencial, como el mejor pívot del archipiélago.

A ras de parqué, entre el sudor y la gloria, se fraguaban también las pequeñas e imperecederas comedias humanas. El propio Evaristo Fuentes Melián, apodado con justicia "Espectador", recordaba años más tarde su humilde pero tierno bautismo de fuego en aquellos dos partidos. Con apenas 62 kilos de peso y una silueta espigada de 1,89 de estatura, el joven Evaristo —"Tito" para los suyos— se vio de repente frente a la imponente estampa de Toñi Cejas, un titán nauta de 1,96 de altura y una volumetría hercúlea que superaba con creces los cien kilos.

Al ver la disparidad de fuerzas en un tiempo muerto, el inolvidable e inteligente entrenador Neno Casanova se acercó a su pupilo con mirada protectora y le susurró el mejor de los consejos poéticos y tácticos:
—“Tito, tú ponte en una esquina a tirar a media distancia…”
Era la elegante forma que tenía Neno de evitar que la fragilidad de su muchacho colisionara de frente contra el irresistible acorazado que custodiaba la pintura.

Al sonar la bocina final, la rivalidad se disolvió en la hermandad del deporte. Ganadores y vencidos marcharon juntos, entre risas, comentarios de las jugadas y el eco de los aplausos de las muchachas de la Villa, hacia el semisótano de La Palestra, en la entonces Avenida de José Antonio. Allí, entre copas alzadas, viandas compartidas y promesas de futuras revanchas, se brindó por el baloncesto, por la juventud y por esa Orotava eterna de 1957 que se resiste a marcharse de nuestra memoria.

Si dispones de más recuerdos de aquella época o de las Fiestas Mayores, compártelos conmigo. ¿Te gustaría que nos enfoquemos más en la trayectoria deportiva de alguno de estos jugadores, o prefieres recrear el ambiente social de las verbenas y celebraciones que envolvían al torneo? Así podré ajustar los próximos relatos exactamente a lo que buscas revivir.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


viernes, 29 de octubre de 2021

ÁGUILA DEL VALLE 1955


MEMORIA VIVA EN LA PLAZA DE FRANCHI ALFARO: EL ÁGUILA DEL VALLE (1955)

Hay imágenes que no solo guardan rostros, sino que custodian el latido de toda una época. Esta instantánea, rescatada del olvido gracias a la generosidad de Tomás Luis Expósito, a quien todos en la Villa conocemos y recordamos entrañablemente como “El Cojo”, nos traslada de golpe al año 1955, directo a las raíces más puras del baloncesto orotavense.

La panorámica nos sitúa en el flanco este de la emblemática Plaza de Franchi Alfaro. Allí, justo en su corazón, no había parqué reluciente ni pabellones cubiertos; lo que había era una legendaria pista de tierra natural, el auténtico santuario donde se forjó la pasión por la canasta en La Orotava. Entre el polvo del suelo y el entusiasmo de la grada improvisada, el Club Baloncesto Águila del Valle escribió sus páginas más hermosas. Eran tiempos de pura entrega, donde la identidad se defendía con orgullo luciendo un uniforme histórico de camisetas teñidas de un rojo intenso y pantalones azules.

Mirar hoy a este noble y bravo conjunto villero es reencontrarse con los pioneros. De izquierda a derecha, y desde la fila superior a la inferior, el destino inmortalizó para siempre a:

Manolito Martín

Arsenio León (ejerciendo como el siempre fiel y riguroso delegado)

Manolito Yanes

Manolito Cabrera

Juan José Arencibia

Cándido León

Paco Polo

Tomás Luis “El Cojo”

Hombres que, con un balón de cuero entre las manos y el escudo del Águila del Valle en el pecho, sembraron la semilla del deporte que hoy sigue vivo en nuestra Villa. Una fotografía que es, en esencia, pura nostalgia vestida de rojo y azul.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


jueves, 28 de octubre de 2021

INDEPENDIENTE - REAL CLUB NÁUTICO DE TENERIFE EN LAS FIESTAS MAYORES VILLERAS AÑO 1957


CRÓNICA DE UNA TARDE DE CANASTAS Y FIESTA: EL DÍA QUE LA OROTAVA DESAFIÓ A UN GIGANTE

El mediodía del sábado 29 de junio de 1957, festividad de San Pedro y San Pablo, la Villa de La Orotava no solo olía a flores y a tradición villera; olía también a la emoción del baloncesto puro, al aire libre y a ras de suelo. La Terraza del desaparecido Teatro-Cine Atlante se transformó en una olla a presión festiva para acoger el plato fuerte de las Fiestas Mayores: el duelo histórico entre el CB Independiente de la Villa y el todopoderoso Real Club Náutico de Tenerife.

La estampa, inmortalizada para la posteridad gracias a la cámara de Tomás Luis Expósito —el inolvidable “El Cojo”—, refleja el alma de una época. No cabía un alfiler. Aficionados acomodados en sillas laterales y una multitud entusiasta de pie en los anexos devoraban con la mirada cada jugada. En el rectángulo de juego se batían el cobre titanes locales y visitantes. Por la izquierda del Independiente, la elegancia de Diego Juan, Chago Estévez y Mangencio González; en el centro, la brega de Javier Árbelo; y plantando cara por la derecha, el santacrucero Noni junto a un imponente Tony Cejas por el bando nauta.

Faltaban aún nueve años para que el club de Anaga lograra su histórico ascenso a la máxima categoría nacional, pero el Náutico ya era un hueso duro de roer. Venía el Independiente de sweet de ganar el día anterior, viernes 28 de junio, al Hernán Imperio por un claro 54-43. Sin embargo, el sábado la historia exigía épica. El marcador final reflejó la tremenda igualdad y el drama deportivo: Independiente 50 - Real Club Náutico 53. Apenas tres puntos de diferencia que privaron a la Villa de la gesta, pero que consagraron el espectáculo.

DAVID CONTRA GOLIAT EN LA PINTURA: LA ANÉCDOTA DE EVARISTO

Más allá de las frías estadísticas, los recuerdos de Evaristo Fuentes Melián rescatan la verdadera esencia humana de aquella jornada. En el parqué —o el cemento de la terraza— brillaba con luz propia un chiquillo que estaba a punto de cumplir los veinte años en julio: Isidro Fuentes, considerado de forma unánime por la afición como el mejor pívot de todas las Islas Canarias.

El propio Evaristo tuvo la fortuna de saltar a la cancha en ambos encuentros y protagonizar un choque de proporciones bíblicas. En las filas del Náutico emergía la figura de Toñi Cejas: una mole atlética de 1,96 metros de estatura y más de cien kilos de puro músculo. Al otro lado estaba Evaristo, un espigado joven de 1,89 metros que apenas alcanzaba los 62 kilos en la báscula.

El inolvidable mánager y entrenador local, Neno Casanova, viendo el desequilibrio de fuerzas y temiendo por la integridad física de su pupilo, llamó a Evaristo en un tiempo muerto. Con tono paternal, le soltó una orden táctica que valía por una vida:

—«Tito, tú ponte en una esquina a tirar a media distancia...»

Un sabio consejo de Neno para evitar, por pura supervivencia, que su jugador chocara de frente contra la imponente e insalvable «volumetría» de Toñi Cejas.

EL TERCER TIEMPO: LA PALESTRA

Como manda la buena ley del deporte de la canasta de antaño, la rivalidad murió con el pitido final. La derrota del Independiente se endulzó de la mejor manera posible: con un brindis-comilona de hermandad en el semisótano de La Palestra, en la Avenida de José Antonio (hoy Avenida de Canarias). Allí, entre platos compartidos, risas, anécdotas del partido y el calor de las Fiestas Mayores, vencedores y vencidos celebraron lo que verdaderamente importaba: que el baloncesto villero estaba más vivo que nunca.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


miércoles, 27 de octubre de 2021

APERTURA DEL CINEMA

El amigo del Puerto de la Cruz; SALVADOR GARCÍA LLANOS. Remitió entonces (27/10/2021) estas notas que tituló; “APERTURA DEL CINEMA”: “…Carmen Hernández Rodríguez, Tita, descendiente del matrimonio entre Jesús y Antonia, titulares de Imprenta Rodríguez, aún en funcionamiento en el Puerto de la Cruz, colgaba en Facebook hace unos días, el texto/anuncio de la inauguración del cinema Olympia, ubicado en la entonces denominada plaza de la República, actual plaza del Charco. Ocurrió un fin de semana: sábado 22 y domingo 23 de junio de 1935.

Debió ser todo un acontecimiento, en el que no faltaban reclamos: “Vitavox Electric, el mejor equipo cinematográfico-sonoro de las Islas Canarias”. En pantalla, una superproducción de la Paramount, ‘Capricho imperial’, doblada al española y protagonizada por Marlene Dietrich.

Y aún podía leerse en aquella estampa: “Catalina de Rusia, la estrella de las emperatrices encarnada por la la emperatriz de las estrellas”. Por si fueran pocos los atractivos: “El más fastuoso alarde de lujo, arte, belleza y emoción que jamás saliera de los estudios de Hollywood”.

Este gran espectáculo cinematográfico comenzaría con el complemento sonoro a cargo de Imperio Argentina y Carlos Gardel titulado “La casa es seria”. Para que nada faltase, se insertaban los precios: Preferencia, 1.50 pesetas; y General, 0,65.

1935 estaba siendo un año agitado. Algunos hechos de la época:

El azote de la crisis económica se reflejaba en el aumento del paro. Se celebraba la primera Vuelta Ciclista a España. Se producen violentos enfrentamientos por la venta del periódico fascista Patria. Había ingresado en la Real Academia Española de la Lengua, el escritor Pío Baroja. Pocos días antes de la inauguración del cinema, el Tribunal de Garantías Constitucionales declara autores de un delito de rebelión militar a los consejeros de la Generalitat. Fueron condenados a treinta años de cárcel. Ya en pleno verano, distintas modificaciones legislativas complicaban la reforma agraria. Alejandro Lerroux, que había formado gobierno allá por el mes de mayo, tiene que dimitir en otoño, tras destaparse el escándalo del estraperlo. Curiosamente, la palabra más escrita y más circulante, no figuraba en el diccionario. El entonces Príncipe de Asturias, Juan de Borbón, contrajo matrimonio en Roma con María de las Mercedes Borbón y Orleáns. La alianza de izquierdas, en fin, desembocaría en un frente común electoral, el Frente Popular.

Volviendo al cinema Olympia, hay que decir que tras su apertura y a lo largo de su existencia, sirvió para distintos usos, además de ir a ver los cuadros anunciadores, convertido en todo un rito para miles de portuenses que se acercaban hasta la fachada. Fue prisión provisional, recinto para confrontaciones pugilísticas y riñas de gallos. Acogió bailes populares (los célebres baños turcos, en carnavales y Fiestas de Julio) y otras actividades. Durante muchos años, por la desaparición del Teatro Topham, fue el único lugar de proyecciones cinematográficas. Curiosamente, las circunstancias quisieron que, por encargo de su propietario, Pedro González, pronunciáramos unas palabras, junto a Pedro Antonio Fuentes, en la noche de la última sesión, cuando fue clausurado. Para los cinéfilos fue una despedida triste, desde luego…”

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

 

martes, 26 de octubre de 2021

DOÑA MARÍA LUZ


Doña María Luz Altamirano Navarro fue una de esas almas que parecieron habitar el tiempo con una delicada mezcla de fortaleza y nostalgia. Nacida bajo la luz mediterránea de Málaga y despedida por los alisios de Santa Cruz de Tenerife el 26 de octubre de 2021, su vida fue un viaje circular entre el arraigo, la ausencia y el hondo misterio de los afectos.

La existencia la puso a prueba desde el principio, marcando su senda con el temprano frío de la orfandad en la niñez. Cuando su padre, don Adeodato Altamirano Labory —respetado gerente de Tabacalera—, reconstruyó el hogar con nuevas nupcias, ella asumió el silencioso peso y el honor de ser la mayor de una numerosa constelación de unos ocho hermanos. La historia familiar pudo haber tomado otros rumbos; don Adeodato, discípulo y amigo cercano de Carlos Rey, ministro de Franco, declinó la invitación de trasladarse al Madrid del poder para permanecer fiel a sus raíces malagueñas. Hay decisiones calladas que cambian el destino de generaciones enteras.

Sin embargo, el mapa de los Altamirano tenía reservado otro puerto. Sus raíces se hundían también en las tierras norteñas de La Orotava. Fue allí donde su tío, don Ildefonso —un villero de nobleza imborrable—, la acogió con el alma abierta. En los paisajes señoriales y la bruma poética de la Villa, la joven Mari Luz no solo encontró un refugio, sino el preludio de su propio destino: el encuentro y posterior matrimonio con el célebre comerciante don Miguel Herreros González de Chaves.

El tiempo transcurrió, pero el corazón jamás olvida su primer sol. Durante muchísimos veranos, Mari Luz regresaba fielmente a su Málaga natal, llevando consigo a su prole, como quien necesita mostrarle a sus hijos el lugar exacto donde germinó el alma de su madre.

En lo cotidiano y en lo grande, ella fue el pilar invisible pero inquebrantable de don Miguel. En los albores de la década de los sesenta, cuando el mundo empezaba a abrirse, Mari Luz se convirtió en la valedora esencial del porvenir familiar. Su visión y su generosidad quedaron selladas cuando aprobó, sin un solo titubeo, los audaces viajes de su esposo a la lejana China, una travesía que supuso el espaldarazo definitivo para el florecimiento de la firma textil. Comprendía, con una sabiduría casi mística, que amar también es dejar partir para ver crecer.

Mujer de su casa en el sentido más noble y sagrado de la palabra, hizo de su presencia un faro. Al igual que en la inmortal melodía de Charles Aznavour que canta a la entrega absoluta de "la mamá", ella edificó un hogar donde el amor era el centro de gravedad. Por eso, cuando llegó el momento de la partida, la muerte la encontró como se encuentra a los justos: arropada por el calor de todos los suyos. En la memoria íntima de los que se quedan, allí donde los nombres formales se transforman en puro afecto, ella será recordada eternamente como Muñu.

Doña María Luz, que su descanso sea ahora el merecido reposo en un paraíso eterno, ese espacio libre de tiempo colmado de paz, esperanza y misericordia. En ese misterioso reencuentro de las almas que tanto compartieron en la tierra, le aguarda ya su querido don Miguel, aquel gran empresario orotavense que un día caminó a su lado.

Un abrazo eterno. Hasta siempre.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


ANTOÑITA



LA MELODÍA DEL RETORNO: FILOSOFÍA Y ELEGÍA PARA ANTOÑITA

La existencia humana es, en su esencia más pura, una partitura inacabada. Los seres que amamos no desaparecen; simplemente mudan de escenario, dejando sus notas suspendidas en el aire para que la memoria las transforme en música eterna. En el corazón de la Villa de La Orotava, bajo el cielo que vio nacer en 1939 a Antonia Linares Pérez, la entrañable Antoñita, el tiempo parece haberse detenido el pasado 26 de octubre de 2021. Su partida no fue un silencio definitivo, sino la transición hacia un acorde más alto y perfecto.

Antoñita traía la música en el alma, como si la geografía de la calle Verde —aquella vía Nicandro González Borges que la acunó en su infancia— fuera en realidad un pentagrama. Desde sus primeros pasos intelectuales en la escuelita de la calle El Calvario, bajo la mirada atenta de doña Lucía Mesa, hasta las aulas del Colegio de la Milagrosa junto a las Hermanas de la Caridad, su espíritu buscó siempre la belleza. Esa búsqueda halló su lenguaje definitivo en las teclas del Conservatorio de Música de Tenerife, donde sus manos aprendieron a traducir los latidos del corazón a través del piano, el instrumento que la acompañaría como un fiel confesor a lo largo de su viaje terrenal.

LOS HILOS DEL DESTINO: AMOR, SANGRE Y GRATITUD

La vida, en su constante e indescifrable fluir, nos define a través de los vínculos que tejemos. Antoñita fue el fruto de un hogar cimentado en la nobleza cotidiana: hija de Miguel Linares Álvarez, aquel taxista de pulso firme en la parada de "El Llano", y de Maruca Pérez, quien desde el anonimato del hogar sostenía el universo familiar con hilos de ternura. En ese nido creció junto a su hermano Miguel, un alma brillante que abrazó la medicina en la Complutense madrileña y cuyo destino, truncado prematuramente en el ejercicio de su vocación, dejó una profunda huella de dolor y orgullo. A ella le debo el imperecedero regalo de haberme confiado la biografía científica de aquel joven doctor; un acto de generosidad que demuestra cómo el amor fraternal desafía la distancia de la muerte.

El amor afectivo también llamó a su puerta en distintas estaciones, compartiendo la vida en dos matrimonios junto a Jaime González y Domingo Codesido Ascanio. A través de los laberintos del corazón, Antoñita se erigió como una excelente madre y abuela, encarnando las virtudes de la auténtica dama: un ser humano dotado de una solidaridad inquebrantable, una empatía comunicativa que tendía puentes y una elegancia espiritual que iluminaba a quienes compartían su andar.

LA ETERNIDAD COMO UN CONCIERTO DE PAZ

Dicen los filósofos que la juventud es el único territorio del que nunca se nos puede desterrar. En el recuerdo colectivo de la Villa, Antoñita permanece intacta en los alrededores de la Plaza de Franchi Alfaro, formando aquella inolvidable pandilla de féminas junto a mi hermana Carmilla Álvarez Abréu. Allí, entre risas compartidas a la sombra de los árboles y confidencias de juventud, se fraguó una complicidad que el tiempo no pudo marchitar. Esas tardes doradas son el testimonio de que la felicidad no es una meta, sino el camino compartido con las almas afines.

Hoy, la partitura terrenal de Antoñita ha cerrado su último movimiento, pero la música no cesa. Es imposible no imaginarla ahora en un paraíso eterno, un espacio colmado de paz, esperanza y misericordia absoluta. En esa dimensión sin tiempo ni dolor, el reencuentro se vuelve el abrazo definitivo: allí la aguardan don Miguel y doña Maruca, y allí vuelve a sonreír el inolvidable Miguelito, su querido "Milín".

Sigue, querida Antoñita, acariciando las teclas blancas y negras en ese auditorio infinito. Sigue estudiando la buena y excelente música, porque el piano, tu instrumento melódico, es ahora el puente que une tu descanso eterno con nuestra eterna añoranza. Un abrazo hacia el infinito. Hasta siempre.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


ENRIQUE CASTRO


LA CANASTA DEL TIEMPO: ENRIQUE CASTRO Y LA NOCHE EN QUE EL BRONCE SUPO A GLORIA

El tiempo, ese árbitro silencioso, a veces nos devuelve el pasado en forma de luz atrapada en papel. Gracias a la memoria viva de Tomás Luis Expósito, a quien todos en la Villa conocemos con entrañable afecto como “El Cojo”, rescatamos una fotografía que es mucho más que un registro deportivo; es un tratado filosófico sobre la juventud, el honor y la pertenencia. Nos trasladamos a la noche mágica del 24 de mayo de 1956, bajo el cielo estrellado de La Orotava.

El escenario no podía ser otro que el patio central del Colegio de San Isidro, un espacio sagrado donde el eco de las risas y los balones rebotando contra el suelo formaban la banda sonora de toda una generación. Allí se disputaba la final del Trofeo de María Auxiliadora, un duelo fraticida y pasional entre dos colosos locales: el CB Calvario y el CB Águila del Valle. La victoria esquivó esa noche al Calvario, coronando al Águila del Valle, pero el deporte, en su infinita sabiduría, nos enseña que en el verdadero juego nadie pierde si se compite con el alma.

La panorámica detiene el instante exacto de la entrega de trofeos. Vemos a Enrique Castro, capitán del Calvario, un hombre cuya imponente altura física solo era igualada por su estatura moral. Enrique recibe el trofeo de subcampeón de manos de Don Manuel Fariña Hernández, presidente de la comisión de fiestas. El deporte es comunión, y por eso la foto se rodea de afectos: a la izquierda, la mirada atenta de Pepe Hernández; en el centro, el faro espiritual del colegio, el sacerdote salesiano y catequista don José Rodríguez; y a la derecha, la complicidad del orotavense Diego Juan Álvarez de la Peña junto a Pedro “El Chatarra”, compañero de mil batallas en la cancha.

La vida de Enrique Castro fue un viaje circular de lealtades. Su geografía vital estaba marcada a fuego por la calle Calvario: allí vivió, en el Colegio de San Isidro estudió, y en Las Afortunadas de don Felipe González trabajó, antes de que el destino lo llevara de vuelta a su Santa Cruz natal para dedicarse al sector de la electro radio. Enrique era un atleta total, de esos que entienden que el cuerpo es el vehículo del espíritu: su altura lo convirtió en un titán del baloncesto en el CB El Calvario, pero también en un baluarte del fútbol local, vistiendo con orgullo las camisetas del Calvario, el juvenil y sénior de la UD Orotava, el Racing Orotava y el CF Imperial.

Al final, cuando los focos del patio se apagan y los trofeos se llenan de polvo, lo que permanece no son los puntos anotados, sino la huella humana. Enrique Castro no solo fue un deportista de raza; fue, por encima de todo, un buen muchacho, un guardián de la concordia y un arquitecto de la buena amistad. Un hombre que entendió que la vida, al igual que el baloncesto, no consiste en ganar siempre, sino en jugar limpio y dejar el corazón en la cancha para los amigos que se quedan a mirarte.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL