El amigo del Puerto de la Cruz; SALVADOR
GARCÍA LLANOS, remitió entonces (28/10/2026) estas notas, que tituló “ALBERTO
MOLINA, CAPITÁN Y CABALLERO”: “…Habíamos
escrito en un despiece: “Molina siempre juega bien”. Y cuando, para su
revisión, pasamos la prueba al director, Alfonso García Ramos, respondió con
aquella imponente voz ronca que tronaba en la Redacción de ‘La Tarde’:
-Cambia la frase esa, porque alguna vez jugará mal o se equivocará y entonces
no sabrás hacia dónde despejar.
Pero es que Alberto Molina Navarro, de verdad, tenía un rendimiento muy
regular, de muy alto nivel, era una constante de entrega y acierto. Y entonces
escribimos aquella apreciación que, en efecto, puede parecer maximalista. Hasta
que el sabio director nos hizo ver que si el fútbol no es una ciencia exacta,
aquel adverbio y aquella idea debían ser revisados.
Nos acordamos del hecho -son de esos episodios que, ocurridos en la edad
juvenil, jamás se olvidan- en el curso del homenaje que hace algún tiempo le
fue tributado a Molina en el Puerto de la Cruz. Sus mentores pueden sentirse
satisfechos: difícilmente se logra aunar un sentimiento de respeto y afecto tan
notable como el que concentró el que fuera defensa central del Club Deportivo
Tenerife. Por eso reproducimos aquella grata impresión que conservamos en el
retrospecto.
Allí estaban sus compañeros, presidentes y dirigentes del club, un entrenador
como Manuel Delgado Meco, la plana mayor de los veteranos de la U.D. Las Palmas
y del club albiazul, políticos como el entonces presidente del Gobierno
canario, Paulino Rivero; y la alcaldesa portuense, Sandra Rodríguez, quien
vivía su primer acto público como tal, y otros colegas suyos que quisieron
acompañar a Molina que, naturalmente, estuvo arropado por su familia.
Fue el homenaje un canto a la memoria futbolística. Los recuerdos se
desgranaban solos en tanto que algunas imágenes de momentos históricos del
equipo suplementaron los testimonios. Alberto Molina pudo probar en carne
propia lo que se le quiere, lo que transmitió a la afición tinerfeña dentro y
fuera de la cancha. El central que siempre jugaba bien y lució los galones de
capitán con solvencia, tiene a gala, además, no haber sido expulsado jamás de
un campo de fútbol. En su brillante hoja de servicios, enriquecida desde que se
incorporó a la plantilla procedente de los filiales de la Unión Deportiva,
figura aquella célebre eliminatoria de Copa con el Real Madrid, feliz y
sorprendentemente resuelta para el Tenerife. Molina se las tuvo que ver con
Santillana y con Pirri, convertido, a la desesperada, en delantero centro.
Quedaba por escribir esa página del homenaje que vivió como un juvenil
debutante, profesando su militancia tinerfeñista y su canariedad contrastada en
cada convocatoria que ha de comentar. Lo hizo con la modestia de siempre, como
cuando iba al cruce o sacaba de puerta o se anticipaba al atacante o despejaba
de cabeza. Hasta terminó aceptando el envite del presidente para una próxima
partida de pericón. Nunca supimos si llegaron a jugarla.
¡Quién nos iba a decir que con el paso del tiempo coincidiríamos como
comentaristas en la tertulia deportiva de la Cope Tenerife conducida por
Guillermo García Saavedra! Ahí estuvimos cuatro o cinco temporadas compartiendo
impresiones y criterios. No jugó Molina, prudente y meticuloso, siempre
guardaba un apunte que desprendía de su experiencia y sabiduría futbolística. Discrepaba
con caballerosidad y recomendaba con nobleza, haciendo gala ante los micrófonos
de otro pundonor tan brillante como aquel que derrochaba en su etapa activa. En
aquellas sesiones de radio seguía jugando bien.
Molina se convirtió en leyenda albiazul, claro que sí. Primero, porque ha sido
el jugador que más partidos oficiales ha disputado con el Club Deportivo
Tenerife. Y luego, porque atesoró los valores que le hicieron acreedor a la
Insignia de Oro y Brillantes de la entidad, otorgada en 1976 por la directiva
que presidió otro grande, Julio Santaella Benítez, Colo; y a la Medalla de Oro
al Mérito Deportivo, impuesta ese mismo año por el que fuera presidente de la
Federación Tinerfeña de Fútbol, Vicente Álvarez Pedreira.
Durante trece años ininterrumpidos, efectivamente, pudo admirarse a aquel
defensa central recio, valiente, sobrio, seguro, eficaz y expeditivo que jamás
se arrugaba, que mereció la confianza de varios entrenadores y propició que
accediese a la capitanía de su formación. Que nunca fuera expulsado de una
cancha, lo dice todo.
No actuó en Primera División, acaso su gran carencia. Pero él dijo, en más de
una ocasión, que jugar en el Tenerife había sido “como estar en el cielo… no
había salido de las islas en mi vida”.
Aquella noche de octubre de 2014, junto a la frondosidad del Jardín Botánico,
el homenaje que fue un canto a la memoria futbolística exaltó también las
cualidades humanistas del deporte. Los aplausos reconocían la caballerosidad de
Molina, envuelto en un aura de modestia y humildad que le había acompañado
durante toda su carrera.
Aquella noche, no es por casualidad, volvió a jugar bien…”
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

















