VESTIGIOS
DEL UMBRAL: LA PRIMITIVA ENTRADA A LA VILLA
A
principios del siglo XX, la mirada de los emblemáticos estudios «Baeza» del
Puerto de la Cruz detuvo el tiempo en el enclave que abraza La Piedad, la Cruz
de los Álamos y Los Peralitos. Allí, donde la topografía se rinde ante la
majestuosidad del valle, la fotografía inmortaliza el latido primigenio de La
Orotava: el umbral histórico que abría las puertas de la Villa hacia Los
Realejos y el mar del Puerto de la Cruz.
Fue
en este sobrio escenario donde hallaba su remanso el añejo Camino Real, aquella
arteria serpentante que, tras atravesar las frondas de Pino Alto, hilvanaba los
destinos de La Laguna y Santa Cruz de Tenerife con el corazón orotavense. Sobre
el paisaje, como venas suspendidas en el tiempo, destacan las acueductos y
acanaladuras de madera que concurrían desde las alturas de Aguamansa; cauces
líricos que no solo transportaban el agua vital de las cumbres, sino también la
energía impetuosa destinada a hacer girar las rotundas piedras de los
centenarios molinos de gofio, alma y sustento de esta nobilísima Villa.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ
ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL
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