LA CASA DEL MÉDICO:
DONDE EL TIEMPO SE SUSPENDE EN LA CUMBRE
Toda ruina es, en el fondo, un diálogo inconcluso entre
el anhelo humano y la eternidad del paisaje. Fue un lejano ocho de octubre de
dos mil diecinueve cuando Geli Machado Álvarez, guardiana de la memoria de la
Villa de La Orotava, rescató del olvido una fotografía: la silueta herida de La Casa del Médico,
recortada contra la inmensidad de las Cañadas del Teide.
Aquel vestigio, suspendido en la quietud mineral del
Teide, encierra la paradoja de lo que pudo ser y no fue. En la primera mitad
del siglo XX, la razón y la compasión soñaron con erigir allí un sanatorio; un
templo de sanación donde el aire puro de la altura aliviara el dolor de los
cuerpos. Sin embargo, el destino desafió a la arquitectura: el gran proyecto
habitó solo en el plano de las ideas platónicas, y de aquel sueño solo brotaron
las caballerizas, convertidas por el azar y la necesidad en el sanatorio mismo.
Hay una sutil belleza estética en estas geometrías inacabadas, que demuestran
cómo la voluntad del hombre claudica ante la soberbia de la naturaleza.
Pero los lugares no se consagran por la piedra, sino por
el espíritu de quienes los habitan. La memoria evoca con nostalgia aquellos
veranos donde los muros de la casa cobraban vida gracias a la familia de Geli
Machado Álvarez. Su padre, el ilustre doctor don Buenaventura Machado Melián,
transformó ese rincón hostil en un refugio estival, un oasis de calidez humana
en medio del desierto volcánico.
Hoy, al contemplar la imagen, comprendemos que el pasado
no es un tiempo muerto, sino un espacio habitado por el recuerdo. Aquella casa
ya no es solo piedra y ceniza; es el testimonio melancólico de los veranos
idos, un faro de nostalgia que nos recuerda que, en el fluir inexorable de la
vida, solo el amor y la memoria logran arrebatarle un instante a la eternidad.
BRUNO
JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL

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