La
noticia de tu partida llegó como un golpe frío en el viento de la tarde, traída
por los labios de mi hijo Juan Félix, quien pasa unos días de descanso aquí, en
el corazón de su Villa de la Orotava. Me habló del dolor de su íntima amiga
Isa, Isabel García, esa creadora que hoy llora la ausencia del gran artífice de
sus días. Nos conmovió saber que la parca te encontró, Plácido García Pacheco,
de la forma más trágica e inesperada: un accidente mortal en el noble laberinto
de la construcción, el lugar donde habías entregado tu sudor y tus sueños.
Los
ojos de mi hijo reflejaban una tristeza despojada de artificios, una pena
absoluta. Ver apagarse una vida a los 74 años hiere el alma, más aún cuando el
destino trunca un camino en plena labor, cuando te encontrabas al pie del
cañón, cuidando de tus empresas con la misma energía de tu juventud. Cuesta
asimilar el misterio de la tragedia cuando golpea a un hombre de bien, a una
mente intelectual y despierta, a alguien tan profundamente querido y respetado
por cuantos tuvieron la fortuna de cruzar su senda.
Para
todos siempre fuiste Pachón, un villero de pura cepa, nacido en las entrañas de
la Florida. Fuiste un gigante de nuestra noble lucha canaria, un bregador
espectacular que defendió con orgullo y gallardía las ropas de brega del Club
de Lucha La Florida y del Tijarafe de Santa Úrsula. La historia de nuestro
pueblo guarda con letras de oro aquel año de 1970, cuando el Club de Baloncesto
San Isidro te proclamó el Mejor Deportista de la Villa de La Orotava, dejando
en el segundo peldaño de la gloria a aquel recordado guardameta del Unión
Deportiva Orotava, Manolo “El Loco”.
Dedicaste
tu existencia entera al arte de construir el mundo. Empezaste desde el escalón
más humilde, como operario, con las manos manchadas de cal y de esfuerzo, para
luego transformarte, con los años, en el gran empresario, promotor y urbanista
que fuiste. Tenías un talento innato y una personalidad magnética. Eran legión
quienes te buscaban, quienes te pedían consejo o favor, porque sabían que tu
pecho albergaba un corazón capaz de romper las barreras de la bondad material;
una generosidad casi inaudita en este planeta, y un milagro viviente en el rudo
universo de los negocios y las inmobiliarias.
Tu
despedida fue el reflejo exacto de la huella que dejaste en la tierra. La
capilla ardiente en San Francisco, el antiguo Hospital de la Santísima
Trinidad, y el posterior funeral en el templo parroquial y matriz de Nuestra
Señora de la Concepción, se desbordaron de un río incontable de almas. Rostros
de todas las profesiones, amigos de toda la vida y vecinos devotos se unieron
en un solo duelo. El cortejo caminó unido hacia el camposanto villero, ese
recinto del silencio que trazara el genio del romanticismo, Fernando Estévez.
Bajo un manto de paraguas, el cielo de La Orotava se sumó al desconsuelo: la
lluvia fina que caía desde la alta gloria parecía fundirse con el llanto de la
tierra, despidiendo al hombre de corazón inconmensurable, al emprendedor magnífico,
al amigo de lealtad asombrosa.
Tu
fiel compañera, esa dama orotavense que es Adelaida Pacheco Cabrera; tus amados
hijos Jesús, Iván, Isabel y Juan Manuel; y tus nietos Mario, Claudia,
Guillermo, María, Julia y Alberto, formaron una suerte de convento celestial,
una escolta de amor puro para guiarte hasta tu última morada. Las coronas de
flores, incontables y majestuosas, se alzaban hacia el firmamento, siendo
bendecidas y regadas por la misma lluvia que custodiaba la comitiva.
Plácido,
amigo querido, que este descanso eterno sea el lienzo donde sigas practicando
tus pasiones. Que en la arena celestial continúes con tu noble deporte, que tus
manos de luz sigan edificando en ese palacio eterno, y que gobiernes tu nueva
morada con la fe y la misericordia que te caracterizaron en la tierra.
Un
abrazo eterno, Pachón. Hasta siempre.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ
ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

