viernes, 2 de octubre de 2026

PACHÓN


La noticia de tu partida llegó como un golpe frío en el viento de la tarde, traída por los labios de mi hijo Juan Félix, quien pasa unos días de descanso aquí, en el corazón de su Villa de la Orotava. Me habló del dolor de su íntima amiga Isa, Isabel García, esa creadora que hoy llora la ausencia del gran artífice de sus días. Nos conmovió saber que la parca te encontró, Plácido García Pacheco, de la forma más trágica e inesperada: un accidente mortal en el noble laberinto de la construcción, el lugar donde habías entregado tu sudor y tus sueños.

Los ojos de mi hijo reflejaban una tristeza despojada de artificios, una pena absoluta. Ver apagarse una vida a los 74 años hiere el alma, más aún cuando el destino trunca un camino en plena labor, cuando te encontrabas al pie del cañón, cuidando de tus empresas con la misma energía de tu juventud. Cuesta asimilar el misterio de la tragedia cuando golpea a un hombre de bien, a una mente intelectual y despierta, a alguien tan profundamente querido y respetado por cuantos tuvieron la fortuna de cruzar su senda.

Para todos siempre fuiste Pachón, un villero de pura cepa, nacido en las entrañas de la Florida. Fuiste un gigante de nuestra noble lucha canaria, un bregador espectacular que defendió con orgullo y gallardía las ropas de brega del Club de Lucha La Florida y del Tijarafe de Santa Úrsula. La historia de nuestro pueblo guarda con letras de oro aquel año de 1970, cuando el Club de Baloncesto San Isidro te proclamó el Mejor Deportista de la Villa de La Orotava, dejando en el segundo peldaño de la gloria a aquel recordado guardameta del Unión Deportiva Orotava, Manolo “El Loco”.

Dedicaste tu existencia entera al arte de construir el mundo. Empezaste desde el escalón más humilde, como operario, con las manos manchadas de cal y de esfuerzo, para luego transformarte, con los años, en el gran empresario, promotor y urbanista que fuiste. Tenías un talento innato y una personalidad magnética. Eran legión quienes te buscaban, quienes te pedían consejo o favor, porque sabían que tu pecho albergaba un corazón capaz de romper las barreras de la bondad material; una generosidad casi inaudita en este planeta, y un milagro viviente en el rudo universo de los negocios y las inmobiliarias.

Tu despedida fue el reflejo exacto de la huella que dejaste en la tierra. La capilla ardiente en San Francisco, el antiguo Hospital de la Santísima Trinidad, y el posterior funeral en el templo parroquial y matriz de Nuestra Señora de la Concepción, se desbordaron de un río incontable de almas. Rostros de todas las profesiones, amigos de toda la vida y vecinos devotos se unieron en un solo duelo. El cortejo caminó unido hacia el camposanto villero, ese recinto del silencio que trazara el genio del romanticismo, Fernando Estévez. Bajo un manto de paraguas, el cielo de La Orotava se sumó al desconsuelo: la lluvia fina que caía desde la alta gloria parecía fundirse con el llanto de la tierra, despidiendo al hombre de corazón inconmensurable, al emprendedor magnífico, al amigo de lealtad asombrosa.

Tu fiel compañera, esa dama orotavense que es Adelaida Pacheco Cabrera; tus amados hijos Jesús, Iván, Isabel y Juan Manuel; y tus nietos Mario, Claudia, Guillermo, María, Julia y Alberto, formaron una suerte de convento celestial, una escolta de amor puro para guiarte hasta tu última morada. Las coronas de flores, incontables y majestuosas, se alzaban hacia el firmamento, siendo bendecidas y regadas por la misma lluvia que custodiaba la comitiva.

Plácido, amigo querido, que este descanso eterno sea el lienzo donde sigas practicando tus pasiones. Que en la arena celestial continúes con tu noble deporte, que tus manos de luz sigan edificando en ese palacio eterno, y que gobiernes tu nueva morada con la fe y la misericordia que te caracterizaron en la tierra.

Un abrazo eterno, Pachón. Hasta siempre.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

 

MERECIDO HOMENAJE AL MAESTRO


Bajo la luz dorada de esta mañana de viernes, 2 de octubre de 2026, el tiempo se ha detenido ritualmente en los salones de la Sociedad Liceo Taoro. En el corazón latente de la noble y leal Villa de La Orotava, el Grupo la Pintadera ha convocado a la memoria a través de un acto de sutil y profunda trascendencia: la presentación de un matasello conmemorativo. Este pequeño cuño, lejos de ser un mero trámite postal, se erige hoy como una impronta de eternidad, un puente de tinta que rescata del olvido el centenario del nacimiento de un titán de nuestra identidad estética: don Ezequiel León Domínguez.

Ezequiel León Domínguez no solo esculpió la materia; dialogó con lo sagrado. Como escultor, imaginero y alfombrista cumbre del siglo XX, su arte fue un acto de devoción pura y una búsqueda incesante de la Belleza Absoluta. En la madera y el volumen, consagró su existencia a descifrar el misterio del dolor y la compasión universal, tallando con una unción casi mística el rostro doliente de Cristo y la mirada compasiva de su Santísima Madre, la Virgen María. Pero su sensibilidad canaria, enraizada en la tierra y el espíritu de las islas, también supo modelar la humildad y el desapego en la figura del Santo Hermano Pedro de Betancur; capturó la esencia de aquel pastor de Vilaflor que, con su rebaño a cuestas, descendía los ásperos caminos de Chasna para fundirse con el silencio de la cueva del Médano.

Sin embargo, si la madera le otorgó la permanencia, las flores le concedieron la gloria de lo efímero. Sobre el asfalto de La Orotava, donde el arte se vuelve ofrenda que expira con el viento, don Ezequiel obró el milagro. Allí plasmó su célebre versión del Cristo de Velázquez, una obra monumental en pétalos que desafió las leyes de la gravedad y el tiempo. Aquella alfombra, aclamada por los grandes rotativos de la época y catalogada unánimemente como la mejor de las mejores, demostró que lo verdaderamente sublime nace para ser contemplado una vez y recordado para siempre.

Este matasello presentado hoy por el Grupo la Pintadera no es solo un tributo; es un acto de justicia poética. Al estamparse sobre el papel, cada marca recordará al mundo que en esta Villa nació un hombre que supo coser de la gloria a la tierra con el hilo de su talento, transformando la fe en arte y el arte en el patrimonio eterno de un pueblo.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL