domingo, 29 de agosto de 2021

MIGUEL Y AGUSTÍN EN EL TIEMPO


Hay vidas que no se escriben en los libros de historia, sino en el viento de los barrios y en la memoria de los caminos. Aquel 26 de diciembre de 2013, cuando las calles aún respiraban el aroma del invierno, el alma generosa de Miguel Ángel Sánchez Perera —nuestro querido Michel, faro de recuerdos en la Villa de La Orotava— nos confió dos fotografías. No eran solo imágenes; eran dos suspiros del pasado, dos lienzos donde el tiempo se detuvo para rescatar la belleza de la fragilidad humana.

La primera fotografía nos devuelve la mirada de Santa Úrsula, rescatada del latido profundo de La Corujera. Allí habita el mito de Miguel, el eterno «Sheriff». Con una pistola de fantasía al cinto, Miguel no caminaba por el asfalto, sino por las praderas de un Viejo Oeste que solo existía en su hermosa pureza. Su vida era un teatro de complicidades: bastaba que un vecino simulara un disparo para que él, con el pecho encendido por la ficción, respondiera al fuego imaginario y se arrojara al suelo, entregando su cuerpo a la tierra con el dramatismo sagrado de los héroes de celuloide.



La segunda estampa nos arrastra hacia las brumas de la Villa de La Orotava, al cobijo del barrio de Barroso. En sus orillas vagaba Agustín, «el de Barroso», un náufrago del asfalto que transformó su desamparo en poesía visual. Llevaba siempre una venda en la frente, como si intentara proteger sus pensamientos del frío del mundo, y las manos perpetuamente colmadas de flores frescas. Su ramo era su cetro. Desde su trinchera de inocencia, Agustín invertía el juego del Sheriff: apuntaba con sus dedos a los coches que cruzaban el paisaje y les disparaba ráfagas de silenciosa fantasía, bendiciendo el prisa del mundo con su delirio floral.

Pero el destino de este poeta descalzo no quedó a la intemperie. La providencia tomó la forma de una sotana y un corazón inmenso: el padre Antonio María Hernández y Hernández extendió sus manos compasivas hacia él. Lo rescató del olvido de las cunetas y le ofreció un refugio definitivo en los Hogares de Santa Rita, en el Puerto de la Cruz. Allí, donde el Atlántico arrulla los dolores, el alma de Agustín encontró por fin un puerto en calma y el calor de un hogar.

Miguel y Agustín. Dos hombres que, armados con la pólvora de la imaginación, dispararon destellos de magia a la monotonía de los días. Hoy, gracias a la mirada eterna de Michel, sus almas siguen vivas, cabalgando para siempre en el horizonte de nuestra memoria colectiva.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


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