El
tiempo parece detenerse en los sesenta del siglo pasado a través de una
extraordinaria fotografía rescatada por el investigador y amigo orotavense Javier Lima Estévez, compartida en el
entrañable rincón digital ¡¡Ay mi Orotava!!!. La escena se sitúa en el
corazón de la histórica calle de la
Carrera, popularmente bautizada por el paisanaje como «La Carretera del Piche». Allí, frente
al viejo camión de la basura municipal y en pleno bullicio de las Fiestas
Mayores de la Villa, posan para la posteridad dos figuras inolvidables del
funcionariado local: Domingo
Portocarrero y Rafael Hernández.
Domingo
fue, durante décadas, el guardián silencioso del arte efímero de las fiestas.
De sus manos dependía el cuidado, almacenamiento y distribución del delicado
material que los alfombristas transformaban en el magno tapiz de la plaza del
Ayuntamiento. Más tarde, la vida lo llevó a estrenar el cargo de conserje
principal en el flamante Instituto de
la Torrita, donde habitó junto a su familia hasta que le llegó la hora
del merecido retiro, sin abandonar jamás el mimo y la preparación previa de los
pigmentos naturales de la gran alfombra.
A
su lado, Rafael sostenía el
volante de la Villa. Era el chófer mayor del camión de la recogida de residuos,
un oficio que compaginaba con la hermosa tarea de transportar los montes de
brezo, retamas y flores que más tarde perfumarían las calles orotavenses.
Aquellos que tuvimos la suerte de cruzarnos en su camino recordamos su profunda
calidad humana, su carácter afable y su estampa inconfundible. En mi memoria
sigue vivo el recuerdo de Rafael acudiendo al taller de lavados y engrases de
mi padre, Juan Álvarez Díaz, en
la calle El Calvario; siempre
con su inseparable sombrero calzado hacia atrás y mostrando en sus largas manos
las singulares manchas naturales que la piel dibuja con los años.
Dos
hombres buenos, comunicativos y entregados que, desde la sencillez de sus
oficios, ayudaron a tejer la historia más auténtica y humana de La Orotava.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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