jueves, 2 de septiembre de 2021

VILLEROS EN MARTIÁNEZ AÑO 1952

El verano de 1952 quedó congelado para siempre en la arena de Martiánez, esa playa mítica del Puerto de la Cruz que, durante los estíos de antaño, se convertía en el feudo natural de las familias villeras. La nostalgia cruzó el Atlántico el 2 de agosto de 2021, cuando el querido José Polegre Árbelo, «Pepe» —amigo de la infancia y eterno compañero de pupitre en la Academia Mercantil Atlántida de La Orotava, hoy residente en Venezuela—, rescató del olvido esta entrañable fotografía familiar.

Por aquellos tiempos, la playa de Martiánez era el centro neurálgico y el refugio estival de los orotavenses. Grupos enteros de familias emprendían una auténtica peregrinación hacia la costa, desafiando a pie la impresionante fuga del acantilado o el serpenteante camino de Las Cabras, mientras otros abarrotaban las guaguas de la época llenos de ilusión marinera.

La orilla se transformaba en un pintoresco campamento. Muchas familias locales lucían orgullosas sus casetas, verdaderas obras de arte confeccionadas por los ebanistas de la Villa y techadas con lona de colchón, las cuales custodiaban con celo en los anexos de los célebres merenderos de Agustín y Felipe. Otras daban cobijo con humildes estructuras de caña vestidas con sábanas blancas. Bajo esa sombra transcurrían los días, entre risas y baños diarios en unas aguas que entonces eran de una transparencia cristalina.

En el retrato, un mapa de rostros conocidos y profundamente vinculados a La Orotava desafía el paso del tiempo. De izquierda a derecha, se distinguen las siluetas de Adela González —esposa del molinero Gregorio Domínguez—, la esposa del taxista Juan Gómez, y Florentina Árbelo, madre del propio Pepe. Justo delante de ellas posan la madre de Adela, Isabel González y la señora Teresa. La hilera familiar continúa con Isabel, su tía Encarnación y Virgilia, la esposa de Dionisio.

A ras de arena, agachados y cobijados por la brisa, el lienzo humano se completa con los más jóvenes: «Pepito Polegre», como le llamaban cariñosamente; un niño que la memoria identifica como Juan José Gómez Dávila; su primo Eloy —hijo de Encarnación y Ramón, quienes ya vislumbraban su destino en Venezuela—; María Mercedes Domínguez, hermana de Goyo; Florita; Carmen Teresa González; Maribel Orta, hija de Isabel; y su hermana, Ñaña Polegre Árbelo.

Aquella estampa marinera de 1952 capturó el último destello de una época, justo el mismo año en que la tía Encarnación hizo las maletas para poner rumbo a Venezuela, dejando esta fotografía como el testimonio eterno de una felicidad compartida junto al mar.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


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