miércoles, 20 de octubre de 2021

ORATORIO FESTIVO

AQUEL GLORIOSO BARRO DE 1953: EL ORATORIO FESTIVO EN LOS CUARTOS.

Hay fotos que no se miran con los ojos, se miran con el corazón y con esa sonrisa gamberra que solo te brota cuando te acuerdas de las peripecias del colegio. Esta joya del archivo de la memoria nos la envió Tomás Luis Expósito, a quien todos los conocemos entrañablemente como “El Cojo”. Es el retrato vivo de un combinado futbolero de leyenda, una selección de auténticos "cracks" forjada en el patio sagrado del Oratorio Festivo del Colegio de San Isidro, en nuestra Villa de La Orotava.

La instantánea nos hace viajar en el tiempo hasta el año 1953. Imagínense el subidón de adrenalina colectiva: estábamos pisando el césped del flamante y recién inaugurado Estadio Municipal Los Cuartos. Dejábamos atrás las batallas de polvo, barro y rodillas raspadas del viejo estadio del Quiquirá, donde hasta entonces nos batíamos el cobre en los campeonatos de los clubes adheridos. Estrenar Los Cuartos era, para nosotros, como jugar la final de la Copa de Europa en el mismísimo Bernabéu.

Aquel año 53 no fue un año cualquiera en las aulas ni en el patio. Coincidió con la llegada de un personaje que dejó una huella imborrable en el alma de los jóvenes villeros: el recordado e inolvidable salesiano Don Antonio Montero Marroquí. Como prefecto del colegio, Don Antonio se echó a la espalda el Oratorio Festivo. ¡Y qué bendita labor hizo! Con su sotana al viento y una energía incombustible, se convirtió en el mayor defensor de la causa oratoriana, ganándose el respeto y el cariño de toda la juventud orotavense a base de balones, disciplina y un corazón de oro.

En la foto, posando alineados con la clásica planta de los equipos de antes —esos que jugaban por el bocadillo de mortadela y el orgullo del barrio—, de izquierda a derecha y de arriba abajo, se inmortalizan los rostros de la alineación eterna:

·       Anselmo (siempre fiel como paisano)

·       Manuel, Antonio y José Antonio

·       Juan y el gran Manolo Árbelo

·       Pedro

·       El propio Tomás “El Cojo” (haciendo patria como paisano en la banda)

·       Isaac, Quico, Manolo y Chicho

·       Fernando, Sixto y Bernardo (cerrando el grupo de paisanos)

Mírenlos bien. Ahí están los chicos del San Isidro, con las medias caídas, el pelo engominado por el sudor del partido y esa mirada de complicidad absoluta. Un equipo de hermanos que, bajo la mirada atenta de Don Antonio, corrieron la banda de la juventud dejando el alma en cada jugada y grabando sus nombres en el libro de oro de los recuerdos de La Orotava.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


ENRIQUE

ENRIQUE LUIS MARTÍN, nació en el histórico  barrio de Las Candias de la Villa de La Orotava en el año 1954, en el seno de una familia numerosa, en la que él es el menor de 7 hermanos. Y falleció en su Villa de La Orotava el 19 de Octubre de del 2021, a los 67 años de edad.

Su escolarización comenzó en el parvulario del Colegio de La Milagrosa y más tarde en Santo Tomás de Aquino, pasando luego a hacer el ingreso y todo el bachillerato al Colegio San Isidro de La Villa de La Orotava. Cursó el COU en el Colegio San Agustín de Los Realejos y acabó Ciencias Empresariales en La Universidad de La Laguna en 1975.

Pasó su juventud unido siempre al deporte, practicando de forma federada el fútbol en el Infantil Santo Tomás, la Lucha Canaria en el equipo de su barrio, las Candias y sobre todo el voleibol, donde durante muchos años jugó en varios equipos de segunda división nacional y fue entrenador durante muchas temporadas del Medina Orotava.

Contrajo matrimonio con la orotavense Susana González, de cuyo matrimonio tuvieron tres hijos.

Profesionalmente, desempeñó varios cargos en empresas turísticas y desde 1981 desarrolló su carrera profesional en el sector financiero,

Perteneció a asociaciones como la UD. Orotava (secciones de filiales), la AA. AA. Salesianos o la presidencia del A.P.A. del colegio de la Milagrosa entre otros.

Con la llegada de la democracia, ingresó en la antigua Alianza Popular (actual Partido Popular) en Noviembre de 1978, antes de celebrarse las primeras elecciones municipales, habiendo ocupado diversos cargos en el partido, como presidente del comité local desde 1980 a 1985.

Al final del mes de julio del 2016, se retira definitivamente de la política activa, dejando asimismo su puesto de concejal del Ayuntamiento de La Villa de la Orotava.

Enrique en su vida fue una persona de mucho corazón, de una comunicación enorme, siempre estaba al pie del cañón, ayudando a todos los que requerían ayudas humanas y solidarias.

En fin un muchacho que lo vamos a tener presente en nuestros corazones a por toda la vida.

Triste noticia me llega amigo y alumno Enrique, triste de verdad, espero que descanse como se te merece en esta vida eterna, de esperanza y misericordia.

Un abrazo hasta siempre.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

 

martes, 19 de octubre de 2021

EL BAR PARADA Y SU HISTORIA.


EL ALMA ESCULPIDA DEL BAR PARADA: DONDE EL TIEMPO HACE UN ALTO EN EL CAMINO

Hay rincones en el mundo donde las manecillas del reloj parecen detenerse para escuchar los susurros de la memoria. Corría el otoño de 2021 cuando el amigo Miguel Ángel González Rodríguez desenterró del olvido una evocadora fotografía del recordado Bar Parada. Aquella imagen, impregnada del color de la nostalgia, fue el hilo de Ariadna que nos condujo, gracias al mimo de los guardianes del Archivo Municipal en la calle de San Sebastián y a la rigurosa complicidad de Santiago Martínez y Martín, a un viaje romántico por las entrañas de este templo de la vida orotavense, cuya historia late con fuerza desde el ya lejano 1927.

El Bar Parada no nació para ser un simple mostrador de café; nació para ser un refugio de almas en tránsito, un poema de mampostería y cemento. En sus orígenes, fue concebido como una romántica marquesina de estilo colonial inglés, un andén de esperas idílicas donde los viajeros aguardaban las guaguas de hora, viendo pasar la vida entre el aroma del café y el rumor de la fuente pública de San Agustín. Los caminos cambiaron y las guaguas buscaron otros horizontes en la Villa, pero el café se negó a marchar; se quedó allí, fiel a su esquina, transformándose en el eterno Bar Parada, un faro que vio mudar su nombre desde el primigenio Café Buenos Aires al evocador Café Parada.

La primera piedra de este sueño la puso el orotavense don Balbino Pérez Estévez un 14 de noviembre de 1927. Como quien pide permiso al cielo para rozar lo sagrado, solicitó al Obispado de Tenerife apoyar su edificación contra los viejos muros de la parte baja de la Iglesia de San Agustín. Bajo la rúbrica del entonces obispo fray Albino González Menéndez-Reigada, la licencia fue concedida con una condición poética: que la construcción jamás rebasara el rasante de la puerta del templo, fundiéndose en un abrazo eterno pero respetuoso con la fe del pueblo.

Tras casi tres años de paciente espera, entre plenos municipales regidos por los alcaldes don Cándido Pérez Estrada y don Buenaventura Machado Hernández, y con un coste que desafiaba al tiempo de doce mil antiguas pesetas, el local de mosaicos relucientes y azotea abierta al cielo de La Orotava abrió sus puertas el 29 de septiembre de 1930.

Los archivos guardan también los ecos de pequeñas batallas humanas, celos políticos y romanticismo social. Como aquella entrañable anécdota de 1934, cuando el joven abogado don Rafael Hernández Correa intentó, con desesperado humanismo, edificar una humilde habitación anexa para salvar de la miseria al barbero don Antonio Díaz Trujillo. Aunque aquel trozo de Barbería no se materializó junto al café, el destino le otorgó su lugar en la calle León, dejando para la historia el recuerdo de un pupitre compartido en el Colegio de San Isidro por sus descendientes.

A mitad de siglo, en 1951, el bar mudó de manos hacia una trinidad de orotavenses: Isidro, Felipe y Federico. Bajo su regencia, el café vistió sus mejores galas románticas. Se alzó una hermosa celosía de madera de un vibrante color amarillo sobre la azotea, un tierno biombo que protegía las tertulias y las miradas de los enamorados de la terraza que se asomaba a la calle El Calvario, bajo la mirada cómplice del alcalde don Juan Guardia Doñate.

La vida, que siempre fluye como el viento del Teide, trajo vientos de emigración. Con la marcha de Isidro y Felipe hacia las promesas de Venezuela, la sociedad se disolvió en la bruma del tiempo. El testigo del mostrador pasó por las manos sorianas de don Aurelio y su familia, y más tarde por la calidez sureña de don Domingo Mora y los suyos. Fueron precisamente «los Mora» —Domingo, Sergio y Toño— quienes sostuvieron los últimos cafés del edificio primitivo justo antes de que el progreso llamara a la puerta.

El 1 de abril de 1957, bajo el mandato de don José Estévez Méndez, el Ayuntamiento firmó el destino del clásico inmueble para ensanchar la calle El Calvario. El viejo edificio de 1927, que había cobijado tantas miradas, adioses y bienvenidas, se despidió con dignidad para renacer, como el ave fénix de la hospitalidad villera, en un local anexo que abrazaría el anexo del templo agustino de San Agustín.

El Bar Parada sigue y seguirá allí, porque no está hecho solo de paredes y tazas de café, sino de los retazos de vida, de amor y de fe de toda la Villa de La Orotava.

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


CÓMO APRENDÍ A BAILAR Y QUIEN ME ENSEÑO

En el muro del FACEBOOK del amigo de la Villa de La Orotava JESÚS ROCÍO RAMOS, aparece un magnífico y extraordinario trabajo suyo que comparto con su permiso, adaptado por ÁNGELA PÉREZ ROCÍO, que se titula “CÓMO APRENDÍ A BAILAR Y QUIEN ME ENSEÑO”, referente a sus vivencias en su juventud. Que el amigo Jesús Rocío Ramos captó de notables fotografías que se encontró en el baúl de los recuerdos: “…En el popular barrio de Santa Catalina en La Orotava, en la entrada para el camino del sauce, en frente a la casa grande tenía una pequeña venta Doña María Árbelo, conocida por “María Castillo” o “la de Ramón” el de Matilde, la cual yo transitaba por ser amigo de su hijo Chuque, por haber salido de pequeños juntos con Juan Antonio Guardia, en la misma parranda, en la romería y más tarde, en la sala de su casa solían hacer bailes y en unos de esos bailes en los que yo estaba, se acercó Doña María y me dijo: “Jesús, ¿y tú porqué no bailas?”, y le conteste que no sabía y sonriente me dijo: “ven que te voy a enseñar”, cogiéndome de un brazo me dio una silla (no plegable) y diciéndome: “hazte la idea de que es una chica”. Me puse más colorado que un tomate, la vergüenza se apoderaba de mí. Recuerdo que me decía: “Agárrala fuerte. Ahora con el pie izquierdo, para un lado y después arrastra el derecho al compás de la música varias veces”. Así se baila la isa, que es igual que un vals. Me enseñó el pasodoble y el bolero, que eran lo que más se bailaban en aquel tiempo.

Después, se mudaron a la calle el Marqués y siguieron con la venta Chuque. Tenía una gran afición a la guitarra por eso aprendió pronto y daba gusto oírlo, sin embargo yo me aburrí y lo dejé, pero seguía yendo a la casa a oírlo y cantar con él. La madre me llevaba con ellos por el día de San Juan con toda la familia, caminando a la playa de Martiánez. Recuerdo que su marido Ramón, llevaba un burro con la comida. No sé si era de él o de quien, y lo ataba en un tarajal, que estaba cerca del charco de la coronela y regresamos de noche por el mismo equipo camino y por el día de San Pedro. Íbamos para el campo en las mismas condiciones, los poníamos debajo de un castañero hasta la noche y siempre Chuque nos animaba con su inseparable guitarra. Iba con nosotros María Jesús Morales que tenía mucha amistad con la señora María y nos enseñó este cantar:

VIVA LA SEÑORA MARíA

QUE NOS TRAJO A MERENDAR

A LA PLAYA DE MARTIÁNEZ

QUE BIEN BONITA QUE ESTÁ

Posteriormente, sufrieron un incendio, destruyendo la parte trasera de la casa que lamentablemente, yo lo presencié desde la azotea de mi casa porque en aquel tiempo, donde está fabricado hoy, era la hermosa “huerta del Castaño”, y desde mi casa se divisaban las traseras de todas aquellas casas, que daban para dicha huerta y por eso pude ver el triste incendio. Luego la volvieron a arreglar y siguieron con la venta. Su marido montó en la Magnolia, creo no equivocarme, la primera tostadora de millo y trigo de La Orotava. También tenían una furgoneta que les servía para traer leña, carbón, verduras y plátanos para la venta. Sus hijos son: Anita, Tata, Chuque, Antonio, Carmelo, y Monse. Aunque lamentablemente, Anita, Chuque, y recientemente Montse y ya no están con nosotros a todos les gustaba la música; Chuque la guitarra, Antonio caja de la banda y el timple, a Carmelo conocido por “el papaucho”, fué el fundador como batería de los Rayos Verdes y componente de otras orquestas y animador de bailes y Monse la batería. Cada vez que me veía Doña María nos reíamos al recordar cómo me enseñó a bailar. Ya con dieciocho años, mi primer baile fue en el teatro Atlante. Cuando entré, oí decir que el piso lo subían; sentí un poco de miedo, pero me quedé. Las butacas las arrimaban a los lados y allí se sentaban las chicas en espera de que los hombres las sacáramos a bailar. Muchas venían acompañadas de sus madres y yo muy cohibido, era mi primera vez y aunque parezca una broma, voy a contarles lo me pasó. Al invitar a bailar a la chica, salió la madre creyendo que era a ella y no me quedó otro remedio que bailar. Sabía bailar menos que yo. ¡Cuántos pisotones nos dimos!. La orquesta parecía que se extremaba, no había forma de que terminara aquella dichosa pieza. No cabe duda que me tocó pagar la novatada y como son las cosas, que bien yo iba a imaginarme que en aquel escenario yo iba a cantar con una orquesta para que otros bailaran…”

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

 

JUVENTUDES REPUBLICANAS OROTAVENSES


La política, cuando se mira a través del catalejo del tiempo, suele perder esa rigidez de mármol con la que la pintan los historiadores y recupera su verdadera esencia: una mezcla de utopía, taberna, idealismo y un punto incontrolable de picaresca.

Fue precisamente el 20 de octubre de 2021 —mientras el mundo moderno intentaba aclararse entre pantallas y mascarillas— cuando un fogonazo de memoria cruzó el Atlántico. Desde Venezuela, esa "octava isla" que tanto sabe de andanzas, nostalgias y acentos compartidos, José Polegre Árbelo (amigo del alma y cómplice de las fatigas estudiantiles en los pupitres de la Academia Mercantil Atlántida de La Orotava) envió una reliquia visual. Una fotografía de los albores de los años treinta que es, en sí misma, un tratado de sociología villera de la época: la estampa de las Juventudes Republicanas Orotavenses.

I. FILOSOFÍA DE LA BODEGA Y LA UTOPÍA LÍQUIDA

En el centro exacto de la imagen emerge una figura que es puro mito y sustancia del progreso local: el gran Domingo González. Domingo no lideraba sus huestes desde un frío despacho o un atril de mármol; lo hacía desde su trinchera particular en la Calle Zacarías de la Villa Arriba: su bodega.

Desde una perspectiva filosófica, esto tiene todo el sentido del mundo. Diógenes buscaba a un hombre honesto con una lámpara a plena luz del día; Domingo González buscaba la justicia social con un cuartillo de vino de la tierra. Aquella taberna no era un simple despacho de caldos; era un ágora griega con olor a roble y sancocho, el cuartel general donde las gentes de izquierdas conspiraban, arreglaban el mundo y ensayaban la lucha por el bien común. El vino, ya lo decían los clásicos, afloja la lengua pero también agudiza el ingenio libertario.

II. ANÉCDOTAS ENTRE EL PROGRESO Y EL "¡ARRIBA ESPAÑA!"

Ser de izquierdas en La Orotava y capear los temporales del franquismo posterior requería tener el corazón de hierro y la cintura de un torero. Corren por las esquinas empedradas de la Villa Arriba mil historias de cómo Domingo y sus correligionarios burlaban la mirada severa del régimen con la mayor de las elegancias.

Se cuenta, en el imaginario de la comarca, que las reuniones políticas prohibidas se camuflaban de inmediato como inocentes "catas ciegas" en cuanto se asomaba la Benemérita. Las proclamas marxistas o republicanas se transformaban mágicamente en acaloradas discusiones sobre si la cosecha de ese año venía con demasiada acidez o si al asado le faltaba mojo. La astucia popular demostró que el dogmatismo de la dictadura a menudo tropezaba con la socarronería de unos hombres que sabían que, para cambiar el sistema, primero había que sobrevivir a él.

III. EL SUEÑO TRANSATLÁNTICO DE MANUEL MACHADO

Al margen izquierdo de la instantánea, rompiendo el anonimato del tiempo, Pepe Polegre rescata con orgullo la figura de su suegro, Manuel Machado. Es el único al que la memoria familiar logra ponerle nombre y apellidos en ese mar de rostros jóvenes y esperanzados.

Manuel Machado encarna a la perfección la dualidad del ser canario: el arraigo absoluto a las raíces y el destino inevitable del horizonte marino. Aquel joven que posaba con el pecho henchido de republicanismo en La Orotava terminaría por empaquetar sus ideales, sus recuerdos de la bodega de Domingo y sus esperanzas en una maleta rumbo a Venezuela. La emigración tiene esa melancolía existencial: uno se marcha para buscar la vida, pero se pasa el resto de ella enviando retratos al pasado para demostrar que el joven que fuimos sigue vivo al otro lado del océano.

IV. CONCLUSIÓN: EL RETRATO QUE SOBREVIVIÓ AL OLVIDO

Ver hoy a las Juventudes Republicanas Orotavenses, con sus trajes de época y sus miradas limpias de futuro, nos devuelve una lección humorística y profunda: los regímenes pasan, las ideologías se transforman, los imperios caen, pero la complicidad de unos amigos compartiendo un rato en la Villa Arriba permanece congelada para siempre en la plata de una fotografía. No sabemos si lograron cambiar el mundo, pero que les quiten lo bailado en la calle Zacarías.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


lunes, 18 de octubre de 2021

PROFESORES MERCANTILES 1972


El compañero de profesión ANTONIO PÉREZ VIERA (Profesor Mercantil), remitió entonces (18/10/2021) estas fotografías del recuerdo, referente al preámbulo de las Bodas de Oro (1972 – 2022) de su promoción (1972) del profesorado mercantil de la ilustre escuela de comercio de Santa Cruz de Tenerife.

La verdad que me impresiona de volver a ver tras 49 años a los compañeros que formaron dicha promoción y sacarse de nuevo la foto de rigor en conmemoración a la tomada en el año1972, coincidiendo con la graduación del profesorado mercantil, en la célebre plaza de los patos santacrucera y chicharrera, lugar de encuentro habitual de los estudiantes de comercio y posterior de ciencias empresariales.

A título anecdótico vosotros pertenecimos a la época de la dirección del gran catedrático de Alemán Don Luís Wildpret Álvarez.

Evidentemente en el seminario de Alemán de aquellos años, en el que Don Luís era el bastoncillo supérstite, jamás se oían las mosca, se hablaba el Alemán desde las cuatros esquinas del edificio neoclásico que donó al pueblo santacrucero Imeldo Seris Granier marques de Villasegura e incluso el conserje de turno que entraba a comunicarle algún que otro mensaje, lo hacía !casi....!, en el mismo idioma, por sobrecogimiento y honestidad al gran personaje, claro que en esto, deseo reconstruir a la madre de nuestra Escuela “Doña Carmen”, Carmita para los privilegiados.... El silencio se rompía con los motores de los reactores que iban aterrizar en Los Rodeos. Estoy seguro que vosotros profesores mercantiles salidos de nuestra Escuela están considerados de una grande y legítima instrucción, gracia a este seminario de lingüística alemana, pues indudablemente hemos sido unos grandes caballeros de la contabilidad, de la financiación y del desarrollo empresarial en la profesión-

De izquierda a derecha ambas fotografías: Jacinto Nazco Casariego, Alfonso J. Fajardo Rodríguez, María Ángeles Lesme Suarez, Pablo García Camacho, María Manuela Oramas Perera, Germán Amador Bonnet, Inocente Botau Valencia, y Antonio Pérez Viera.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

 

BALONCESTO EN EL PATIO CENTRAL DEL COLEGIO


Hay lugares que no necesitan de las medidas oficiales del mundo para albergar la inmensidad de la vida. Esta fotografía, rescatada por el entrañable Tomás Luis Expósito, a quien todos conocemos y recordamos con afecto como “El Cojo”, es una ventana abierta al corazón mismo del baloncesto villero: el patio central del Colegio de San Isidro de La Villa de La Orotava. Durante tres décadas, este espacio no fue simplemente un patio escolar; fue un templo profano del deporte de la canasta, un escenario donde la juventud ensayaba sus héroes y el pueblo tejía su complicidad cotidiana.

Visto desde la lógica fría de la norma, aquel patio carecía de las dimensiones reglamentarias. El suelo estaba pavimentado con unas losetas traicioneras y resbaladizas —que aún hoy desafían al tiempo y a las pisadas del presente—, y las canastas, artesanales ingenios de madera, colgaban con cierta audacia de las barandillas del corredor de la primera planta. Sin embargo, la filosofía del juego nos enseña que el destino de un balón no lo determina la perfección de la cancha, sino la pasión de quienes lo disputan. En ese rectángulo imperfecto se libraron épicas batallas del cesto, alcanzando su cénit en los míticos y esperados campeonatos de María Auxiliadora.

La fotografía es un instante congelado que nos recuerda que el pasado no es lo que ya no existe, sino una dimensión del ser que insiste en ser contemplada. La panorámica nos devuelve a una tarde de los años sesenta del siglo XX, en pleno torneo de María Auxiliadora. Sobre la pista, dos fuerzas del Valle miden sus fuerzas: el CB. Ucanca del Puerto de la Cruz y el CB. Águila del Valle de nuestra Villa de La Orotava. El aire de la foto vibra con la tensión del juego.

En un primer plano electrizante, la cámara inmortaliza el misterio del movimiento: Manolito Yanes y el mítico Javier Árbelo se elevan y se cruzan en una jugada magistral, suspendidos en el aire en busca de un balón que es, en ese preciso segundo, el centro del universo. Impartiendo justicia en el centro de la acción, descubrimos al propio autor de la imagen, Tomás Luis Expósito “El cojo”, ejerciendo de árbitro y guardián de las reglas del juego.

A los lados de este epicentro humano, el paisaje se completa con los rostros que poblaron nuestra geografía íntima: por la izquierda asoma la figura de Luis Toste y Marrero “Gatey”; por la derecha, el vigor de Toribio León. Al fondo, en la penumbra del banquillo del Águila del Valle, se adivina la silueta expectante de Fajardo, mientras que de espaldas, contemplando el destino de la jugada, se recorta Javier Estévez Martín. Y rodeándolo todo, la verdadera alma del patio: el público, esa marea humana apostada en las barandillas altas y en las sorribas del colegio, un coro griego que vibraba con cada canasta y sufría con cada resbalón sobre las baldosas.

Esta estampa del Colegio de San Isidro nos regala una hermosa lección sobre la memoria: las ciudades y sus gentes no se construyen solo con grandes monumentos o estadios perfectos. Se levantan con las losetas que gastamos, con los tableros de madera que clavamos en el aire y con el eco de aquellos gritos de aliento que, si uno guarda silencio en el patio vacío, todavía parecen resonar entre las paredes del viejo colegio.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL