La historia de esta joya de la restauración comenzó a escribirse a principios de los años sesenta del siglo XX. Fue entonces cuando don Eduardo Hernández posó sus ojos visionarios sobre una nave en lamentable estado de abandono, ubicada justo en el cruce de dos caminos históricos: la carretera del Pinito —trazada en 1914 para acariciar Vilaflor a través de las majestuosas Cañadas— y aquella posterior que enlazaba la Cuesta de la Villa con la charca de los “Ascanio”. Aquel viejo inmueble, que antes de la guerra incivil española había servido como empaquetado de la Cooperativa Agrícola Norte de Tenerife FAST, estaba destinado a una gloriosa metamorfosis. Don Eduardo lo restauró con mimo y dedicación, transformando las ruinas en un vistoso, amplio y noble restaurante que bautizó, con hondo orgullo norteño, como “El Lagar Tamaide”.
El
diseño del lugar fue un romance entre la arquitectura y la tradición
vitivinícola. Aprovechando con ingenio las ventanas y puertas circulares de la
estructura original, se integraron en la fachada grandes toneles de vino que daban una bienvenida única al
visitante. En su interior, la atmósfera se volvió pura poesía canaria gracias
al pincel del artista y alfombrista orotavense José González Alonso, quien plasmó en sus paredes los paisajes más
emblemáticos y típicos de nuestra tierra.
La
cocina, el verdadero fuego del lugar, estuvo inicialmente bendecida por el
talento de Felipe González Abréu,
maestro de los fogones importado directamente del Colegio de San Isidro; tras
su trágica partida, el testigo del sabor fue recogido con maestría por su
aventajado aprendiz, cariñosamente conocido como Guillermo. Juntos elevaron la gastronomía local a la categoría de
mito, donde el excelente vino del país
y los insustituibles quesos de Benijo
se convirtieron en el deleite de los paladares más exigentes.
Pronto,
el eco de su fama convirtió al lagar en el escenario predilecto para promesas
de amor en bodas inolvidables, así como para selectos banquetes empresariales e
institucionales. El ambiente se impregnaba de romanticismo y bohemia cada
noche; primero, con las melodías del recién nacido conjunto musical villero “Los Rayos Verdes” y, más tarde, con
el compás añejo de “Los Extraños”.
Hoy,
El Lagar Tamaide ya pertenece a la historia dorada de nuestra gastronomía. Más
que un restaurante, fue un vibrante centro neurálgico y social, un puente de
reencuentros que vio florecer con elegancia el turismo que en aquellos años
comenzaba a despertar en el Puerto de la Cruz. Su aroma a leña, buen vino y
afecto eterno permanece intacto en la memoria colectiva de Tenerife.
BRUNO
JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL


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