sábado, 26 de septiembre de 2026

EL ECO DE NUESTRAS RAÍCES: EL RETORNO AL ABRAZO FRATERNO DE LA FAMILIA ÁLVAREZ DÍAZ

La historia de nuestro linaje no se escribe solo con fechas, sino con los latidos compartidos que desafían al tiempo. Todo comenzó en aquel lejano 2005. Con el alma encogida y los ojos empañados tras despedir a nuestro querido tío político Antonio Ordóñez León, el entrañable “Tío Ton”, mi primo hermano Pepe Álvarez encendió una chispa de luz en medio de la penumbra de la ausencia. Me propuso algo hermoso en su sencillez: convocar a la gran saga de la familia Álvarez - Díaz. El deseo nació puro: reconocernos en la mirada del otro, fundirnos en abrazos postergados y descubrir los nuevos brotes que, con frescura, iban ensanchando las ramas de nuestro árbol común.

Le respondí con el corazón abierto de par en par. Le dije que para que un árbol crezca fuerte hacia el cielo, primero debe nutrirse de sus cimientos, de sus raíces más profundas. Sabía que debíamos reunir primero a quienes sostenían la primera línea familiar en ese instante. Si plantábamos con mimo aquella semilla, la vida misma se encargaría de regalarnos frutos benditos. Y el tiempo, ese sabio silencioso, nos dio la razón. Hoy, aquella promesa de sobremesa es un altar de fraternidad donde se sientan cinco generaciones unidas, cobijadas por la belleza inigualable de nuestro amado Valle de La Orotava.

En aquel año fundacional, Pepe y yo nos entregamos a la tarea con la ilusión de unos niños. Al poco tiempo, nuestro querido primo José Luis se sumó a este viaje con idéntico entusiasmo. En este caminar, y exceptuando tres encuentros entrañables que el destino dejó en manos y corazón de María del Carmen García, su hija Escarlata y María del Carmen Ordóñez, fuimos tejiendo una red inquebrantable. Año tras año, estas citas anuales dejaron de ser simples almuerzos para convertirse en auténticos templos de amor, humanidad, memoria y compasión, donde los primos hermanos acudíamos con la devoción de quien asiste a un ritual sagrado.

Nuestros pasos han dejado una estela de afecto en la Villa de La Orotava y sus rincones hermanos. Desde aquel tierno inicio hasta que el mundo se detuvo y la pandemia nos privó del abrigo de los cuerpos, nuestros recuerdos se grabaron a fuego en los muros que nos vieron reír. El Liceo Taoro nos amparó en tres ocasiones; el Sabor Canario y El Algarrobo nos abrieron sus puertas dos veces cada uno. Guardamos también en el cofre del alma las vivencias compartidas en Dios los Cría, Lercaro, Los Gemelos en el Puerto de la Cruz, y la entrañable Casa Pedro el Cruzantero en la Cuesta de la Villa, Santa Úrsula. Cada rincón es hoy un mapa de nuestra felicidad.

En este sendero de amor, la vida también nos ha exigido el tributo de la ausencia. Algunos de nuestros pilares más firmes nos dijeron adiós para convertirse en faros que hoy nos cuidan desde la eternidad. Los recordamos con una melancolía dulce y una gratitud perenne. Pensamos en Tía Carmen, Rosalba Barbuzano, Anita Barbuzano, Lola Álvarez; en los guardianes de la generación de 1941: Paquito, Pepito, Dominguito y Pila. De la generación de 1947, honramos a nuestra querida Vicentita Álvarez “Centa”. Y de la de 1948, a mi inolvidable compañero de ruta y organización, José Luis Álvarez. Junto a ellos, abrazamos en el recuerdo a sus amados compañeros de vida, quienes tanto sumaron y enriquecieron nuestra mesa: Jesús Tarjujo, Cándido León, Gilberto Naranjo y Pili Abréu. Su esencia no se ha ido; habita en cada risa que estalla y en cada copa que brindamos al cielo.

Hoy, la providencia nos regala la guía de María Nieves Álvarez Espejo, quien se erige con nobleza como la gran matriarca de nuestra gran familia. Ella, con la sabiduría serena que solo otorgan los años y la experiencia, ha sido el alma cansada en el cuerpo pero inquebrantable en el espíritu que insistió, con amorosa terquedad, en que el hilo de nuestra unión no podía romperse, en que debíamos volver a encontrarnos.

Debo abrirles mi corazón y confesarles que, tras la dolorosa partida de mis queridos primos Pepe y José Luis, mis fuerzas flaquearon. El ánimo se me volvió esquivo y no encontraba el camino ni el sentido para volver a ponerme al frente de nuestra comida anual. El vacío pesaba demasiado. Pero la familia tiene una magia mística: sana y resucita las ganas. Hoy quiero agradecer desde lo más hondo de mi ser a la prima Elena, a su esposo y a su hija, a Álvaro y a mi sobrina María José Naranjo “Koki”. Con un corazón que no les cabe en el pecho y un despliegue de ternura a través de las redes y los chats, obraron el milagro. Consiguieron convocar a cincuenta adultos y diez niños. Fue una apoteosis de amor, un renacer colectivo que nos devolvió la vida en un reencuentro impresionante.

La jornada fue un río desbordante de felicidad pura. El aire se llenó de anécdotas, de memorias rescatadas del olvido y de un orgullo profundo por la sangre que nos corre por las venas. Sin embargo, el instante más místico y sagrado del día ocurrió cuando nuestra querida María Nieves recorrió las mesas. Verla caminar despacio entre nosotros, con los ojos brillantes por la emoción contenida, envuelta en un aplauso cerrado, unánime y cargado de un respeto casi sagrado por parte de todos sus primos, fue un milagro que nos quebró la voz y nos inundó las mejillas de lágrimas de pura gratitud.

Con el alma ensanchada y desbordando dicha, al final de la velada decidimos, por una absoluta y hermosa unanimidad, seguir sembrando el futuro. Nuestra próxima estación de amor en 2027 nos llevará a la Isla Bonita de La Palma, directos a la finca de nuestro querido pariente Tito Méndez. Nos aguarda una tierra con memoria, la misma geografía noble donde él y su hijo tuvieron el inmenso honor de encarnar al enano número uno en las fiestas lustrales de la Bajada de la Virgen de las Nieves.

Les entrego a cada uno de ustedes un abrazo infinito, tejido con hilos de gratitud y besos que viajan desde el fondo del alma. Que los meses venideros nos mantengan custodiados en el mismo afecto de siempre. Nos vemos muy pronto para seguir honrando la vida, la memoria y el milagro de ser familia en La Palma. Con todo mi amor.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL



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