Doña
Josefina Salazar y Méndez de Lugo, a quien el afecto popular bautizó para
siempre como Doña Fina, completó el círculo perfecto de su existencia en la Villa
de La Orotava. En esta misma tierra que la vio nacer y florecer, entregó su
último aliento al misterio del tiempo el 23 de octubre de 2021. Su partida no
fue una ausencia, sino la disolución de una gota de luz en el océano de la
eternidad.
Nacida
en el seno de una estirpe arraigada en el alma de La Villa, su linaje no se
medía por los títulos de la alta sociedad, sino por la nobleza del espíritu.
Hija de don Fernando Salazar y Betancourt y de doña Magdalena Méndez de Lugo
—cuyas almas se unieron en sagrado vínculo un lejano 23 de agosto de 1911—,
Doña Fina compartió el pan de la infancia y los sueños con sus hermanos: Juan
Antonio, María Lourdes, María de los Dolores, María del Rosario, Magdalena,
Pilar y María Rosa.
En
sus venas latía la herencia de la genialidad y el servicio. Su padre, don
Fernando, custodiaba el parentesco más cercano con el ilustre don Agustín de Betancourt
y Molina, aquella mente universal e inmortal de las ciencias y la arquitectura;
un legado de honor refrendado cuando el rey Alfonso XIII lo nombró Caballero de la Real Orden de Isabel la
Católica en 1919. Sin embargo, el mayor galardón de Doña Fina no fue de
metal ni de pergamino, sino el manto invisible de su profunda vocación
cristiana, su caridad inquebrantable y su don de ser, sencillamente, amiga de
todos.
EL TRÁNSITO LUMINOSO DE DOÑA FINA
Doña
Josefina Salazar y Méndez de Lugo, a quien el afecto popular bautizó para
siempre como Doña Fina, completó el círculo perfecto de su existencia en la Villa
de La Orotava. En esta misma tierra que la vio nacer y florecer, entregó su
último aliento al misterio del tiempo el 23 de octubre de 2021. Su partida no
fue una ausencia, sino la disolución de una gota de luz en el océano de la
eternidad.
Nacida
en el seno de una estirpe arraigada en el alma de La Villa, su linaje no se
medía por los títulos de la alta sociedad, sino por la nobleza del espíritu.
Hija de don Fernando Salazar y Betancourt y de doña Magdalena Méndez de Lugo
—cuyas almas se unieron en sagrado vínculo un lejano 23 de agosto de 1911—,
Doña Fina compartió el pan de la infancia y los sueños con sus hermanos: Juan
Antonio, María Lourdes, María de los Dolores, María del Rosario, Magdalena,
Pilar y María Rosa.
En
sus venas latía la herencia de la genialidad y el servicio. Su padre, don
Fernando, custodiaba el parentesco más cercano con el ilustre don Agustín de
Betancourt y Molina, aquella mente universal e inmortal de las ciencias y la
arquitectura; un legado de honor refrendado cuando el rey Alfonso XIII lo
nombró Caballero de la Real Orden de
Isabel la Católica en 1919. Sin embargo, el mayor galardón de Doña Fina
no fue de metal ni de pergamino, sino el manto invisible de su profunda
vocación cristiana, su caridad inquebrantable y su don de ser, sencillamente,
amiga de todos.
EL ALTAR DEL AMOR Y LOS DIEZ BROTES DE LA VIDA
Bajo
los techos sagrados y la imponente cúpula del Templo Parroquial y Matriz de Nuestra Señora de la Concepción,
Doña Fina unió su destino al del licenciado en derecho don Juan Zárate y Cólogan. Aquel matrimonio no fue un simple
contrato terrenal, sino un pacto sagrado ante el Altísimo.
Como
un árbol frondoso que desafía al viento, de su amor brotaron diez ramas vivas,
diez promesas al futuro: Lourdes, Fina,
Juan, Agustín, Pablo, Pico, Cande, Mila, Elvira y María, quienes a su
vez multiplicaron el milagro de la vida en una hermosa constelación de nietos.
En el hogar, Doña Fina ejerció el sacerdocio de la maternidad; fue la brújula
callada, la ternura que cobija y la palabra que edifica.
DIMENSIÓN FILOSÓFICA Y ESPIRITUAL: EL REENCUENTRO EN
EL ELÍSEO
Desde
una mirada profunda, la vida de Doña Fina nos recuerda el concepto clásico de
la virtud: la búsqueda de la belleza a través de la bondad. Su existencia fue
una lección de humildad comunicativa, un puente tendido hacia el necesitado,
demostrando que la verdadera grandeza humana se halla en el desapego y el
servicio coral a los demás.
Hoy,
liberada de las ataduras de la materia y del dolor, imaginamos su alma en el paraíso eterno, ese espacio celeste
colmado de la paz que sobrepasa todo entendimiento, de esperanza realizada y de
misericordia infinita.
Allí,
en la luz que nunca se apaga, las almas afines vuelven a magnetizarse. Doña
Fina ha cruzado el umbral para reencontrarse
con su inolvidable esposo, don Juan, reanudando ese diálogo eterno que
quedó en pausa en la tierra. Siga usted, doña Fina, esparciendo sus dotes de
fraternidad y solidaridad en las praderas del Absoluto, tal como nos enseñó a
vivir aquí abajo.
Un
abrazo del alma que desafía a la muerte. Hasta siempre.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL