Hay ausencias que duelen en el paisaje, cicatrices de
hormigón que nos recuerdan que el progreso, a veces, es un canje injusto con la
belleza.
Observar aquella panorámica capturada a finales de los años cincuenta del siglo
XX desde lo alto del Cine Orotava —el hoy Auditorio Teobaldo Power— es asomarse
a un mundo de armonía visual que ya no existe. Es contemplar el casco histórico
de la Villa de La Orotava antes de que el asfalto y la audacia de un puente
antiestético quebraran para siempre el diálogo natural de sus calles,
recordándonos la fragilidad del patrimonio frente al empuje de la modernidad.
Bajo
la mirada protectora y cercana de las tejas del templo agustino de San Agustín,
el lienzo urbano de la época albergaba almas de piedra y madera que el cronista
Antonio Luque Hernández rescató con mimo en su obra “La Orotava Corazón de
Tenerife”. En primer término, a la izquierda, reposaba la trasera de la
mansión que un día perteneció a la familia Osorio y Peraza, antes de que el
siglo XIX la entregara al linaje de los marqueses de Celada. En los bajos de
aquel hogar extinto, el latido del tiempo se medía con precisión artesanal:
allí tuvo su cuna la Joyería Suiza, el taller y platería fundado a fines de esa
misma centuria por Ferdinand Stauffer, cuyo legado heredaría luego Antonio
Vázquez Puerta. Aquellas paredes, que sabían de metales nobles y paciencia,
desaparecieron para dar paso a la estructura que hoy enlaza la calle El
Calvario con la Carrera, dejando el oficio huérfano de su espacio original
hasta que sus sucesores hallaron cobijo en el edificio moderno.
A
la derecha, en un segundo plano que hoy habita solo en la nostalgia, se
levantaba la majestuosa ebanistería de la Mansión de Celada, un templo de la
arquitectura señorial de mediados del siglo XVII. Diseñada por las manos sabias
del maestro de obra canario Juan Báez, la casona poseía la sobria elegancia de
los patios interiores y el recogimiento de un oratorio privado. El devenir de
los años transformó sus salones en un foro de encuentros humanos: tras la
muerte del XIV marqués de Celada, el polifacético presbítero, abogado y
capellán de honor de Alfonso XIII, Santiago Benítez de Lugo y Cólogan, sus
dependencias cobijaron el Casino Orotava hasta 1925. Más tarde, ya en la
segunda mitad del siglo XX, sus ecos señoriales dieron paso al bullicio de la
Acción Católica Masculina, antes de que en 1954 fuera adquirida por Isaac Valencia
Pérez, el prestigioso diseñador y fabricante que llenó de maderas nobles el
alma de la Villa.
La
demolición de este palacio para abrir paso al puente nos invita a una profunda
reflexión filosófica sobre el espacio que habitamos. ¿Qué es una ciudad sino un
libro abierto donde cada generación escribe sus líneas? Cuando destruimos un
palacio del siglo XVII para agilizar el tránsito de los hombres, no solo
derribamos muros; truncamos el hilo invisible que nos une con quienes moldearon
nuestra identidad. El palacio de Celada ya no está, sacrificado en el altar de
la prisa urbana, pero su recuerdo permanece como un recordatorio poético: la
verdadera grandeza de un pueblo no reside en la velocidad con la que cruza sus
puentes, sino en el respeto y la devoción con que custodia los palacios de su
memoria.
BRUNO
JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL

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