MIGUEL TOSTE ERA UN
TAXISTA DE LOS DE ANTES: DE PALABRA FIRME, MANOS CURTIDAS AL VOLANTE Y UN CARÁCTER
MÁS SEVERO QUE LAS CUESTAS DE LA VILLA.
Aquel septiembre, los motores de su imponente Vauxhall,
con matrícula TF-14379 y el indiscutible distintivo de Servicio Público, rugían
con un compás familiar para la familia de Juan Álvarez Díaz. No era un viaje
cualquiera; existía entre ambos hombres un pacto de caballeros y comerciantes:
las largas carreras que mi padre necesitaba para sus negocios se pagaban, sin
mediar billetes, con el suministro de gasolina para el vehículo. Un trueque
justo en una Orotava donde todos se conocían.
Pero esa tarde el destino era el Colegio de San Agustín,
en Los Realejos. En los asientos traseros viajaba un niño —yo mismo— con los
nervios templados para enfrentarse al examen de ingreso al bachillerato.
El coche devoró el camino y se plantó ante las puertas
del colegio. Allí se quedaron los dos hombres, bajo el cielo de septiembre,
esperando. El examen se prolongó durante cuatro eternas horas. Cuatro horas en
las que Miguel vio pasar el tiempo con el motor apagado, acaso midiendo cada
minuto con la impaciencia propia de su temperamento, mientras mi padre
aguardaba en un respetuoso e inquieto silencio.
Cuando por fin crucé el umbral de salida, traía conmigo
el orgullo de un sobresaliente bien ganado. Le entregué la papeleta a mi padre
con el corazón contento, esperando quizás una felicitación, un respiro de
alivio o una sonrisa compartida.
Sin embargo, la felicitación no llegó del asiento del
conductor. Miguel Toste, fiel a su inquebrantable y rígida naturaleza, me miró
fijamente. No hubo una sola palabra de elogio por la magnífica nota, ni un
saludo de felicitación.
—¡Menuda espera me has hecho pasar! —me espetó con
severidad, reprochándome los minutos robados al reloj.
Así era su carácter: rudo, seco, sin concesiones a la
debilidad. El Vauxhall arrancó de vuelta y el viaje de regreso a La Orotava
transcurrió en un absoluto y denso silencio, roto solo por el traqueteo del
motor. Un silencio que, paradójicamente, selló para siempre el recuerdo de
aquel examen y del taxista que, a su manera, formó parte de mi historia.
BRUNO
JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL

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