EL ECO DE UN «SÍ, QUIERO» ENTRE PATIOS Y
ZAGUANES
Hay
fotografías que no solo guardan imágenes, sino que custodian el tiempo. Hace
unos días, revolviendo los cajones del alma que son mis archivos particulares,
me reencontré con un trozo de memoria compartida: una instantánea que en su
momento me envió el querido Vicente Aparicio, ese buen amigo de la Villa que
sabe cuánto valoran mis ojos los retazos del pasado.
Al
mirarla, es imposible no viajar al corazón de una boda orotavense de las de antes.
En aquellos años, la alegría no buscaba el eco de los grandes salones ajenos;
se acurrucaba en el calor del hogar. Las bodas se celebraban con el aroma a
limpio de las casas históricas de nuestro pueblo, casi siempre bajo el techo de
la novia. Eran los salones domésticos, los de los azulejos queridos y las
maderas nobles, los que se engalanaban para recibir los abrazos, los brindis
con vino de la tierra y los secretos susurrados al oído.
Si
entornas los ojos frente a la panorámica, casi puedes escuchar el crujir del
suelo y el roce de los trajes. Allí, eterno en el papel, destaca la figura
pausada y caballerosa de don
Vicente Vivas, escoltado por la belleza y la distinción de dos
damas que llevan en el apellido el orgullo de la Villa: Carmen Perera y Carmen Hernández Perera,
ramas inconfundibles de esa entrañable zaga de los «Perera».
Es una
estampa suspendida en el tiempo. Un recordatorio de que, a veces, la eternidad
cabe en el salón de una casa orotavense y en la mirada cómplice de quienes se
quisieron ayer para que nosotros lo recordemos hoy.
PROFESOR MERCANTIL

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