domingo, 9 de octubre de 2022

EN UNA BODA OROTAVENSE EN EL TIEMPO


EL ECO DE UN «SÍ, QUIERO» ENTRE PATIOS Y ZAGUANES

Hay fotografías que no solo guardan imágenes, sino que custodian el tiempo. Hace unos días, revolviendo los cajones del alma que son mis archivos particulares, me reencontré con un trozo de memoria compartida: una instantánea que en su momento me envió el querido Vicente Aparicio, ese buen amigo de la Villa que sabe cuánto valoran mis ojos los retazos del pasado.

Al mirarla, es imposible no viajar al corazón de una boda orotavense de las de antes. En aquellos años, la alegría no buscaba el eco de los grandes salones ajenos; se acurrucaba en el calor del hogar. Las bodas se celebraban con el aroma a limpio de las casas históricas de nuestro pueblo, casi siempre bajo el techo de la novia. Eran los salones domésticos, los de los azulejos queridos y las maderas nobles, los que se engalanaban para recibir los abrazos, los brindis con vino de la tierra y los secretos susurrados al oído.

Si entornas los ojos frente a la panorámica, casi puedes escuchar el crujir del suelo y el roce de los trajes. Allí, eterno en el papel, destaca la figura pausada y caballerosa de don Vicente Vivas, escoltado por la belleza y la distinción de dos damas que llevan en el apellido el orgullo de la Villa: Carmen Perera y Carmen Hernández Perera, ramas inconfundibles de esa entrañable zaga de los «Perera».

Es una estampa suspendida en el tiempo. Un recordatorio de que, a veces, la eternidad cabe en el salón de una casa orotavense y en la mirada cómplice de quienes se quisieron ayer para que nosotros lo recordemos hoy.

 BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


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