EL ECO DEL ORDEN DIVINO: ALBORES DE LA PARTIDA DOBLE
EN LA ESPAÑA DEL SIGLO DE ORO.
La
contabilidad no nació como una mera técnica mundana, sino como el reflejo
humano del orden con el que el Creador dispuso el universo. En el año 1590, casi un siglo después de que el
franciscano Luca Pacioli revelara la geometría sagrada del debe y el haber, el
alma castellana encontró su propia voz aritmética. Fue en Madrid donde vio la
luz el Libro de Caxa y Manual de Cuentas, la primera partitura de
teneduría escrita por un español: Bartolomé
Salvador de Solórzano.
Aquel
mercader de Medina de Rioseco, curtido bajo el sol de Sevilla como factor del
magnate Juan Antonio Vicentelo Corso de Lecca, comprendió que el comercio
requería una justicia simétrica. Sevilla, la gran Babel del Nuevo Mundo,
custodió este saber: su Ayuntamiento fue pionero en abrazar la partida doble, y
en su seno se resguardan hoy tres de los siete ejemplares de la Summa de
Pacioli que posee la nación, como reliquias de una verdad universal. No es
casual que en este escenario de opulencia terrenal y fervor divino, el Cabildo
catedralicio sevillano y el de Toledo se alzaran como las diócesis más
poderosas de la cristiandad; sus inmensas rentas temporales exigían un rigor
contable que honrara la administración de los bienes de Dios.
El
flujo del tiempo y el conocimiento continuó su curso providencial. En 1604, la mirada visionaria de Domingo de Górgolas fundó en Bilbao el
Colegio de San Andrés, encendiendo la antorcha de las artes comerciales en el
norte de Europa. Siglos más tarde, el mar gaditano se convirtió en el nuevo
faro del saber mercantil: en 1763,
la Imprenta Real de Marina de Cádiz dio a la estampa el Promptuario
Arithmético, y el 5 de enero de
1771, las autoridades municipales de la misma ciudad iniciaron las
gestiones para fundar las cátedras de Comercio. Una transición perfecta de la
teología del orden a la ilustración de la razón.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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