domingo, 25 de septiembre de 2022

LA PRIMERA ESCUELA DE COMERCIO Y LOS ESTUDIOS MERCANTILES EN EL TIEMPO


EL NACIMIENTO DE LA RAZÓN MERCANTIL: DEL EMPIRISMO A LA CIENCIA DEL VALOR

I. EL DESPERTAR DE LOS FLUJOS: DE LA INTUICIÓN AL MÉTODO (DIMENSIÓN HISTÓRICA Y CIENTÍFICA)

En el crepúsculo del siglo XVIII, el dinamismo de los mercados globales comenzó a exigir un rigor que superaba la mera intuición del mercader. El año 1775 marcó un hito en la península con la fundación de la Academia de Comercio en Barcelona, una iniciativa catalizada por la Junta Particular de Comercio. Esta institución no nació como un ejercicio abstracto, sino como una respuesta orgánica a la necesidad de sistematizar los flujos de capital. Poco después, en 1780, Luís de Luque y Leira publicaba en Cádiz su Aritmética de Escritorios de Comercio, un tratado que convertía el mostrador en un laboratorio matemático, dotando a la praxis comercial de sus primeros algoritmos de control financiero.

Sin embargo, el eje institucional definitivo se consolidó en Madrid el 25 de febrero de 1828. Bajo los auspicios del Real Consulado y gracias a la gestión estratégica de Luís López Ballesteros, ministro de Hacienda de Fernando VII, se decretó la creación de la primera Escuela de Comercio en la Corte. Inaugurada formalmente el 30 de mayo para coincidir con la onomástica del monarca, la escuela estructuró su plan de estudios original sobre dos cátedras fundamentales: idiomas modernos y la Teoría general de los cálculos aplicados a las operaciones mercantiles.

Este programa, formalizado en el Reglamento del 10 de octubre de ese año bajo la rúbrica de Aritmética mercantil y teneduría de libros, introdujo un análisis sistémico que abarcaba la partida doble, el principio del cambio, el arbitraje, los seguros y la homogeneización de pesos, medidas y monedas internacionales. Las aulas abrían al caer la noche, un horario diseñado para que la fuerza laboral —en su mayoría dependientes de comercio— pudiera someter su experiencia diaria al filtro del rigor académico.

II. LA TRANSMUTACIÓN DEL SIGNO: LA PARTIDA DOBLE COMO ORDENACIÓN DEL CAOS (DIMENSIÓN FILOSÓFICA)

Desde una perspectiva filosófica, la transición de la práctica comercial hacia una disciplina académica representa la conquista de la previsibilidad sobre la contingencia del azar. El comercio, que históricamente había sido visto como un intercambio fenoménico de mercancías y voluntades, encontró en la teneduría de libros su propia ontología.

La introducción de la partida doble no es simplemente una técnica contable; es un sistema de correspondencia binaria que postula que todo flujo material tiene una causa y un efecto correlativos (un haber para cada debe). Este principio refleja una visión racionalista del mundo, un intento de cartografiar el universo económico bajo una ley de conservación del valor. Al unificar los criterios de pesos, monedas y medidas de diferentes naciones, la Escuela de Comercio operó como un motor ecuménico, traduciendo la diversidad caótica de los mercados locales a un lenguaje matemático universal, capaz de ser comprendido más allá de las fronteras geográficas y culturales.

III. EL PARADIGMA EPISTEMOLÓGICO DE 1887: LA CONSAGRACIÓN DE LA CIENCIA COMERCIAL

El punto de inflexión definitivo en esta evolución se produjo con el Real Decreto del 11 de agosto de 1887, publicado en la Gaceta de Madrid. Este documento legal no solo reorganizó las Escuelas de Comercio, sino que dictó una ruptura epistemológica fundamental al declarar:

"...Desechando la tendencia exclusivamente empírica en la educación comercial, parece más acertado en una época de progreso como la nuestra [...] fundar la enseñanza comercial sobre una base científica tan completa como sea posible".

Este decreto representa el triunfo del positivismo decimonónico aplicado a la economía. Al abandonar el empirismo puro —el mero "saber hacer" basado en la repetición y la costumbre—, el Estado español reconoció que el comercio no era un oficio mecánico, sino una ciencia social de la optimización. La instrucción comercial se elevó así al rango de disciplina científica, asumiendo que los fenómenos del mercado (el crédito, el cambio, el riesgo y el valor) responden a leyes que pueden ser analizadas, teorizadas y enseñadas. La economía de la nación dejaba de depender de la destreza intuitiva del comerciante para someterse, finalmente, a las leyes de la razón y del método científico.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABREU

PROFESOR MERCANTIL


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