jueves, 29 de septiembre de 2022

IMPERIAL CF


LOS HÉROES DE LOS POYOS: EL ÚLTIMO VUELO DEL IMPERIAL C.F.

El latido del fútbol de antaño late con fuerza en esta fotografía de 1962, capturada por la lente del perdomero Fidel Álvarez y rescatada del olvido por mi amigo de la infancia, Jaime Orta, quien me la hizo llegar en septiembre de 2022 como un tesoro de la memoria orotavense. La imagen evoca el romanticismo de una época dorada y el tramo final de un club que fue puro orgullo vecinal: el Imperial C.F.

Nacido entre finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta en las entrañas del célebre barrio de Los Poyos, el Imperial comenzó su andadura como un modesto equipo adherido. Sin embargo, el empuje de su gente lo llevó a federarse y vestir la vitola de club oficial, debutando con coraje en la segunda categoría regional del norte de Tenerife durante la temporada 1959-1960.

Aquel proyecto unió a una generación inolvidable de futbolistas de la Villa, hombres que defendían el escudo por el puro amor al juego: Francisco Ruiz, Chuchito Ruiz, Peña, Enrique Castro, Santiago Morón, Angelito Santana, Anselmo, Carlos González (el de la Campana), Juanito Rodríguez (el Cartero), Crispín y Manolo (Chaval), entre otros. Al frente de aquella hermosa locura estaba su presidente, Cecilio Árbelo, un hombre clave en el balompié local que, precisamente el año de esta foto, asumiría la presidencia de la U.D. Orotava, sellando el destino del Imperial como el filial oficial del club decano de la Villa.

Pero el Imperial C.F. era mucho más que once camisas sudando sobre el campo; era el alma social de su barrio. En Los Poyos sostenían una célebre sala de baile donde cada domingo se daban cita la música, el cortejo y la alegría. Aquel rincón se convirtió, por derecho propio, en una de las grandes salas de fiesta de La Orotava, donde el fútbol de los domingos se estiraba entre pasodobles y sonrisas hasta el anochecer.

Esta histórica instantánea fue tomada en el Estadio Municipal "Los Cuartos", cuando el césped era un sueño lejano y se jugaba sobre la mística superficie de una pista de tierra. Corría el año 1962, la última temporada del Imperial antes de su disolución, un vacío que poco después llenaría la fundación de la A.A. AA. Salesianos, hacia cuyas filas emigraron muchos de sus componentes.

De izquierda a derecha, y ordenados de arriba abajo, posan para la eternidad aquellos muchachos que hicieron grande al barrio: Fernando Rodríguez Villar, Melchor García, Felipe, Pepe Siverio, Domingo (el Millonario), Miguel Domínguez (El Perrinche), Luis (El Bolígrafo), Fernando (El Veloz), Pedro Negrín, Pancho, Antonio Rodríguez y Juanito Regalado. Un once de leyenda esculpido en la memoria de la Villa.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


EL HECHIZO DE LO ICODENSE

El amigo del Puerto de la Cruz; SALVADOR GARCÍA LLANOS. Remitió entonces (29/09/2022) estas notas que tituló; “EL HECHIZO DE LO ICODENSE”: “…“Icod de los Vinos es localidad fascinante y poliédrica que genera pasiones encontradas, tanto en oriundos como en aquellos que han arribado a sus calles desde otros puntos de la geografía. Una forma de concebir el mundo a partir de unas pocas calles, como una metonimia en la que una porción minúscula de suelo nos hace entender un universo mucho más amplio. Mantenemos con nuestro municipio una relación que evoluciona y se transforma, nos envuelve y nos deja a la intemperie, nos cobija y a la vez nos arroja a los márgenes. Habitar una ciudad es cargar con el paso del tiempo, porque proyectamos en ella lo que fuimos, lo que somos. Un espacio geométrico rodeado de laberintos. La lectura es un acto de descentramiento, curiosidad y generosidad”.

       Estas son palabras escritas por el promotor y director de ‘Cuadernos Patrimoniales’, José Fernando Díaz Medina, en la introducción de su tercera edición. Muy difícilmente podrá encontrarse una síntesis más atinada, entre la emotividad que genera toda una vida y la experiencia que genera su habitabilidad, encerradas en el tiempo, a caballo entre el pasado y el presente, para describir con precisión, incluso en los recovecos laberínticos, las enriquecedoras derivadas de la lectura, sea cual sea el enfoque que se le quiera dar, bien el cognitivo o ilustrativo bien el descubrimiento bien el placentero bien el de la precisión histórica.

       Díaz Medina es consciente de que esta obra requiere paciencia y dedicación. Por eso va al ritmo adecuado –o eso nos parece- mientras acumula el material que parecía perdido o condenado a una suerte fatídica. Documentos, textos, cartografía, fotos y, por supuesto, testimonios de fuentes orales que fueron escuchados en algún sitio, en alguna fiesta o en alguna convocatoria de mayor o menor formalidad, y que el paso del tiempo desfiguró o deformó hasta hacerse necesaria la reconstrucción y concreción orientadas a   la versión definitiva.

       El pluralismo de Icod, también en su pasado, es alimento de esa fascinación que se advierte en calles y esquinas, en plazas y rincones donde se conserva el tipismo y donde el ambiente popular se acrecienta entre relatos entusiastas, más o menos cuidadosos, y  conversaciones, más o menos animadas, que reflejan la idiosincrasia de una comunidad poblacional.

     Es lo que el cronista oficial de la ciudad contextualiza en sus ‘Cuadernos Patrimoniales’, “un punto de arranque –según precisa- para que el diálogo se centre también y por extenso en el análisis de las emociones, la soledad, la dialéctica del ser y del estar, la añoranza, la felicidad, el individuo y la sociedad, y en cómo todo ello puede convertirse en materia con valor de obra literaria”.

       Por eso, esta tercera entrega de la iniciativa editorial de Fernando Díaz Medina tiene ya los perfiles de publicación especializada que nos acerca a los intramuros de Icod, a los hitos históricos de la ciudad, a los aspectos sobresalientes de su etnografía, a su costumbrismo, a sus personajes afamados y a su proyección en la comarca y en la isla.

       En efecto, sus contenidos hacen bueno el aserto del editor cuando dice que “es imposible sustraerse del hechizo de lo icodense. Los pequeños o grandes destellos de luz y esperanza que vemos en la realidad nos animan a seguir trabajando, a profundizar nuestro compromiso y a invitarles a ser parte de este sueño hecho realidad”.

       Son unos pocos destellos los que dan vida a la tercera edición que esta noche nos complace presentar, expresando –ya de paso- nuestra gratitud a Díaz Medina por confiarnos un cometido que nos atrajo desde el principio, desde el número uno que tuvo la deferencia de obsequiarnos personalmente.

       Pocos pero brillantes, dicho sea con todo el afecto y la admiración hacia personas con las que hemos compartido afanes de escritura y de una forma de entender el periodismo donde hubiera lugar para las querencias, para el ejercicio actualizado de las memorias experienciales personales, para los sentimientos individuales que siempre quisieron trascender al exterior hasta que un día pudieron y para el rescate de hechos históricos que merecían ser reconocidos, más allá de la importancia que entrañaron en su momento.

       Por eso, hasta la portada sobresale. La foto de la trasera de la Casa de la inquisición, muchas veces visualizada y siempre admirada en aquel poster que identificó al grupo folklórico Chincanayros, santo y seña de la inquietud musical del municipio, simboliza el hechizo de la confluencia de elementos naturales: el imponente Drago, la vegetación, la platanera, la madera y su pálido reflejo sombreado sobre las aguas del estanque cercano donde la carretera hace curva.

       Creaciones únicas, como diría Fernando. La fascinación circula libremente por sus inmediaciones pero también por tantos rincones y tantas vías de “una urbe que adora a su otoño”, como diría el gran prosista orotavense Juan del Castillo León, “al que recibe,  alborozado, con las fiestas grandes del Cristo del Calvario, y despide el día de San Andrés: afuera, en la pendiente, los chiquillos se deslizan en las acrobáticas tablas; y dentro, en las penumbras de las bodegas, los mayores paladean el vino recién nacido”.

       De modo que si la fascinación aparece desde la portada, una vez doblada, la incursión solo sugiere búsqueda e interés para saber más, por ejemplo, de las bodas en La Vega que fueron tejiendo una identidad, un signo distintivo del lugar, como escribe José Fernando Díaz Martín en su trabajo titulado ‘Mi gran boda veguera’. “Cuando una historia me apasiona literariamente, el ánimo me exige viajar al escenario donde aconteció”: Y hasta allí se fue el cronista para contrastar el gusto por las bodas, que tienen, en muchos casos, “el pulso vibrante y acelerado de un tiempo”.

       El autor se recrea -y no nos detenemos en el relato para no anticipar el detalle de los contenidos- cuando confiesa que “se estudia lo concreto para ir tirando del hilo que permita deconstruir toda una serie de mitos que lastran la averiguación y la divulgación”. Un escenario sin igual, fotos de agrupamiento familiar, como mandan los convencionalismos y las tradiciones y hasta repertorios epistolares que servían para mantener la fe, soñar con tiempos mejores -el retorno o el reencuentro- y para mantener, desde la distancia, la comunicación con que alimentar los sentimientos.

       Una boda, un enlace, un acontecimiento, todo un acontecimiento. Paisajes, canciones, afectos, aromas… Ahí está, en las estaciones de la vida, con sus peculiaridades y sus circunstancias; ahí está su costumbrismo en las páginas impresas de la evocación, donde antes nadie, que sepamos, se atrevió a llegar.

       Todos nos hemos preguntado alguna vez por los orígenes de las palabras o por su significado, sobre todo aquellas poco utilizada o menos frecuentadas y que inspiran dudas cuando aparecen en algún texto. Una filóloga, excelente profesora, natural de esta localidad, ¡quién mejor!, se dedicó durante un tiempo a estudiarlo, hasta que el fruto de su dedicación alumbró el habla icodense. Al fin ha llegado el día en que María del Carmen Domínguez González, Camy, ha visto publicados unos sencillos apuntes en los que plasmó una serie de términos escuchados casi de forma exclusiva en su entorno familiar. Eran unos apuntes lexicográficos sobre algunos vocablos canarios que ahora, al paso de los años, Camy dedica a Victoria González Báez, una mujer servicial, cumplidora, “con un amplio repertorio de términos -dice la autora- para describir a los niños revoltosos”. Camy Domínguez lo era. Jurguilla, castañeta, baladrón, maromero… Entren y lean: es una delicia.

       El sacerdote de la parroquia matriz de Nuestra Señora de la Concepción de Valverde, en El Hierro, Gabriel Hernández Abreu, se confiesa. Sus evocaciones de juventud, impregnadas de nostalgia, los cultos al patrón San Marcos Evangelista, el viacrucis de la madrugada del Viernes Santo… Todo eso también forma parte del hechizo, de esos intangibles que caracterizan a Icod en cualquier época del año.

       Como la visión realista de un maestro, Salvador Pérez, que siempre ha ido por la vida enseñando y condensa, en ‘Cuadernos Patrimoniales’, casi dos décadas de su estancia en La Mancha. Quienes conocen a Salvador, saben que dos décadas dan para mucho, porque él y su esposa Aurora (y Carlos Salvador y Beatriz que desde el cielo les están observando atentamente), las vivieron de forma provechosa. Allí había un colegio, “al que se accedía desde la carretera general por un camino y un patio sin asfaltar”. Lo demás, peticiones, cabina telefónica, la construcción de la ermita y de la plaza y una romería memorables. Se lo pueden imaginar: cuando la creatividad y el tesón se juntan, Salvador logra lo que se propone. Incluso unir un barrio con tres nombres.

       Y vamos llegando al final, aún envueltos en la fascinación de algunos ejemplos de santiguados en Icod que rescata Pastor Díaz, una especie de homenaje a los curanderos que surgieron del pueblo llano -cuando el Sistema Nacional de Salud, del que tanto se habló anoche, era una quimera- en teoría para “contribuir a mejorar la salud de sus paisanos con los medios y creencias propias de su época”.

       El hechizo de las ondas -la magia dice el tópico- es el que envolvió a Narciso Ramos, periodismo en vena, que desde 2005 se lió la manta a la cabeza para fundar y poner en marcha un multimedia, el primero de la comarca noroeste y que ha ido expandiendo sus límites hasta convertirse en una referencia de la comunicación audiovisual y digital de todo el norte. Ramos encabeza el rigor informativo, el compromiso social, el respeto personal y el pensamiento crítico, así como la cercanía y la naturalidad. Estos son sus banderines de enganche.

       Con una ternura descomunal, la escritura de Fernando Díaz Medina nos descubre las cualidades de aquel personaje llamado Bernardo Flores, “a quien Dios guarde”, por acercarnos a la traducción del título del espacio a cuyo relato biográfico se dedican casi diez páginas, una plétora de afectos y de rasgos que desembocan en un ‘clinic’ que, en medio de las facilidades de hoy en día, hacen bien en reivindicar.

Una firma de lujo, Estanislao González y González, doctor en Bellas Artes e investigador en historia y etnografía, así como el rescate que hace Agustín Díaz Álvarez de las ordenanzas municipales de la Villa de Ycod (con y griega) de 1866, completan, con el relato retrospectivo de José Eduardo Amaro Luis Ravelo alusivo al Icod de la niñez, el contenido de esta tercera edición de ‘Cuadernos patrimoniales’. 

El primero se adentra en la trama de una sociedad profundamente condicionada “por el quehacer espiritual”, de sus habitantes. Habla de los privilegios y conflictos en la sociedad icodense en los siglos XVII, XVIII y XIX que ilustra con una secuencia fotográfica a color muy valiosa y llamativa. Un período histórico contado y documentado con rigor. 

Como también lo es el de las ordenanzas, desglosado por Agustín Díaz Álvarez, una aproximación al modelo de organización y convivencia de la ciudad que crecía y se desarrollaba, donde las fiestas de todo tipo -por nombrar un solo hecho que les despierte el apetito de la lectura- “deben ser autorizadas por la alcaldía, que vigilará la compostura en el evento y asigna a los vecinos la tarea de mantener y embellecer las calles por donde se celebre la fiesta”. 

Hasta aquí la presentación de la tercera entrega de ‘Cuadernos Patrimoniales’, un anticipo de sus contenidos que significan un ingente esfuerzo de redacción, búsqueda y coordinación de José Fernando Díaz Medina con el que no pueden ni las adversidades de la impresión. Por eso recomendamos su lectura. 

Icod se refleja en esta publicación con una pléyade de aristas envueltas entre pliegues de historia, personalidades, costumbres y hechizo que generan la fascinación a la que toda ciudad, sobre todo cuando la han hecho sus habitantes en un proceso constante y admirable, tiene derecho…”

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

 

martes, 27 de septiembre de 2022

CELESTINO GONZÁLEZ HERREROS, PRACTICANTE SANITARIO RANILLERO Y VILLERO

Nació en Puerto de la Cruz, en el año 1931 muy cerca del popular barrio de la Ranilla y falleció en la misma ciudad turística el 27 de septiembre del 2021.

Durante su jubilación laboral aseguraba que su relativa libertad le permitía integrarse a sus aficiones más comunes, que eran: escribir prosa y poesía; y pintar en las modalidades del óleo y la acuarela.

Con ello, y ante todo –añadió-  sus obligaciones hogareñas. Así pasó los días entretenido, aunque cada vez, con más apego a la vida y todo lo bueno que nos brinda. Tuvo un elevado concepto de la amistad y lo que ella representa para la convivencia en la sociedad que compartimos.

Perteneció a los antiguos Practicantes en Medicina y Cirugía Auxiliar, también lo fue su padre.

Fue Funcionario de la Seguridad Social y Sanidad, en Tenerife, hasta su jubilación.

Emigró muy joven a Venezuela y allí, a la vez que trabajaba siguió estudiando. Trabajó los ocho últimos años de estancia allá, en Sanidad, en Dermatología Sanitaria, en los Servicios de Lepra del Estado Lara, en calidad de Sub-Inspector del mismo. Fue una experiencia apasionante. En dicho país no es permitido escalar puestos superiores a los extranjeros que no se hayan nacionalizado, trabajos que están reservados para los nacionales.

Colabora con el Periódico El Día desde el año 1989, cuyos artículos y poemas publicados, por sus respectivos temas sentimentales, en su mayoría, le han permitido saborear de sus lectores la aprobación de los mismos; y ha hecho ingente cantidad de amigos de ambos sexos y hasta le llaman y le escriben entusiasmados para hacérselo saber.

Ha publicado muchos artículos suyos en el Boletín Informativo del vecino Municipio de Los Realejos. También, desde Puerto de la Cruz, ha enviado a Venezuela algunos artículos y han sido publicados sin más. Tiene mucho que agradecerle a la Editorial Leoncio Rodríguez S.A. y a su ejemplar Editor – Director.

Su padre Don Enrique González Matos, fue Practicante en Medicina y Cirugía Auxiliar en Puerto de la Cruz. Un señor muy querido, respetado y conocidísimo de quien quiso imitar todas sus amplias virtudes su hijo y nunca lo logró plenamente pese haberlo, ser tan perfecto como él, ya que fue imposible imitarle por sus cualidades humanas ante todo y luego su capacidad teórica y práctica en su trabajo, habiéndosele otorgado por El Consejo Nacional de Auxiliares Sanitarios (Sección Practicantes) el Título de Honor, como testimonio de gratitud y reconocimiento por la valiosa cooperación prestada a esa Organización, en beneficio de los Practicantes Españoles. Dado en Madrid el 8 de marzo de 1971.

De ese señor me han hablado mucho en su ciudad natal, Puerto de la Cruz (Tenerife) y todos coinciden al decir lo bueno que era. Fue el Practicante de los pobres y Funcionarios Municipales adscritos en su zona sanitaria, también de los que más “tenían”. Lo que ganaba con ellos, los que estaban bien económicamente, no sólo lo repartía con su familia, sino con los más desfavorecidos. Cosa paradójica, dicen, muchos descendientes de aquellos indigentes, los desaparecidos y descendientes, han salido adelante, con la ayuda de Dios y su constancia en el trabajo, algunos tienen, hoy día,  tanto o más que algunos ricos de los de antes y de los de hoy. Las cosas de la vida.

Tenía don Enrique una cuenta reservada en la antigua tienda de don Paco Gómez Ibáñez, cliente asiduo suyo, y todo lo que reunía lo dejaba pendiente para comprar periódicamente, ropas, calzados, cacharros de cocina, etc. Y llevárselo a los pobres que iba atender por prescripción facultativa, más de las veces. Si veía que no tenían calderos, en la próxima visita aparecía con un caldero sin estrenar, recién comprado. Una vez, una señora le dijo: ¡Ay!, don Enrique, no le esperaba tan temprano, las ropas de la cama las quité esta mañana para lavarlas y me pilló sin ellas. ¡Qué vergüenza! Perdone UD. La próxima visita aparecía el bueno de don Enrique con un hermoso paquete con muda completa para que no pasara tantos apuros. Y así, muchos casos anecdóticos. Era puntual como nadie.

Su hijo Celestino, cuando va por las calles de su ciudad, si va caminando lo paran mucha gente y todos nombran a su viejo como si de alguien especial se tratara y dice su hijo: Era su forma de ser, lo mismo sentía por todo aquél que lo necesitara. Sentía un gran respeto por las gentes y nunca esquivaba a nadie.

A los sesenta años de edad, aproximadamente, se fue quedando ciego, luego el glaucoma acabó por completo con su vista. Más, aún estando ciego, iban a buscarlo a su casa, bien buscando sus servicios profesionales o para lo que fuera, allí estaba él. Escuchar su dulce voz tranquilizaba al más desesperado de sus clientes o amigos, como les llamaba. En sus horas negras solía componer preciosos poemas acompañado de una grabadora corriente y luego los mentalizaba, poemas que llegan al alma. No acabaríamos de hablar de don Enrique, que Dios lo tenga en La Gloria.

Celestino nos relata sus viajes a ultramar  y algo más.  Sin ocultar su emoción por aquello del tiempo transcurrido, algo más de cincuenta y ocho años, nuestro protagonista de hoy va desgranando cada una de sus vivencias, desde la párvula edad, evocando aquellos inolvidables años de inocentes travesuras y cándidas ternuras, las que tan lejos han quedado; luego su primera juventud interrumpida por el acontecer ilusionado de su primer viaje a Venezuela antes que culminara la época de su floreciente progreso y precipitada renovación social. Entonces Venezuela era la “tierra de promisión”, donde, no sin grandes esfuerzos, sacrificios y mucha constancia, el hombre se iba a ella por si sus sueños alguna vez se realizaban. Ventana abierta a las distintas culturas y posibilidad única  de progresar económicamente. En aquella época, la década de los cincuentas, hubo esperanzadores horizontes para multitud de hombres, no sólo los nuestros,  también para los de otros países. hombres, mujeres y adolescentes capaces de  aventurarse en esa incierta travesía en busca de una vida mejor, desde el punto de vista económico, y así acabar con la lamentable situación en que vivían muchos de ellos, después de la guerra civil española. De hecho, nuestros pueblos fueron transformándose con las ayudas llegadas de aquellos emigrantes para sacar a las familias adelante y con ello mejorar sus condiciones de vida y embellecer el entorno y las distintas infraestructuras existentes. Mas, todo hay que decirlo, también nuestros aventajados hombres y mujeres, aportaron a esos países de promisión todo un valioso caudal de elementos culturales que a la postre legalmente han sido reconocidos e imitados por sus gentes. <<...Lamentablemente, aquello ya no existe, en el caso concreto de Venezuela, fue como un grato sueño que bien podría repetirse y hasta mejorarse, con las experiencias sufridas en los últimos años.  Aquel país sólo depende de un rotundo si para volver a resurgir…>>

Oyéndole, ambos parados en mitad de una de las calles de Puerto de la Cruz, su ciudad natal, no sé por qué razón, hablándome, se animó considerablemente nuestra conversación y me gustó su forma de narrar tantos acontecimientos vividos en Venezuela y con el entusiasmo y nostalgia con que lo hacía. Cruzó por mi mente la idea, nada descabellada, de honrar con sus memorias y espontáneas narraciones, también, a todos aquellos que como él, dejándolo todo atrás y a los seres que más querían, familiares y amigos, se aventuraron sin saber qué suerte les esperaba, pero sí con la ilusión más grande jamás vivida. Y emigraron muchos de ellos a sus locos albedrío

Tal como hemos expresado en su biografía, Celestino González Herreros, nació en Puerto de la Cruz, en el año 1931 y falleció en la misma ciudad turística el 27 de septiembre del 2022. Donde a pesar de vivir cómodamente con sus padres, una fuerza extraña lo llevó mar adentro hasta Venezuela, donde, dice muy complacido, recibió las lecciones más hermosas de su vida, todas ellas para nunca olvidar. Al regresar y en mal estado de salud, después de cuatro años de ausencia, fue requerido y declarado prófugo del servicio militar por no haberse presentado a filas aquí en Tenerife. Fue penalizado durante los próximos cuatro años sin poder salir de España, tiempo que aprovechó para estudiar la carrera de practicante en medicina y cirugía auxiliar. Cumplido el plazo sancionador, regresa nuevamente a Venezuela y al hallarse allá, mientras trabajaba por el día, por las noches estudiaba en el liceo  Lisandro Alvarado (Barquisimeto, Estado Lara) para revalidar  el bachillerato y superar las materias nacionales. Posteriormente, ya casado con una dama villera y con dos hijos, un niño y una niña, trató de ir a la universidad a ver si conseguía estudiar la carrera de médico, pero era muy duro y sacrificado, teniendo que atender al trabajo y la familia, lo que no le permitió realizar ese deseo y tuvo que dejarlo. Entonces trabajaba en la unidad sanitaria del Estado Lara, en Barquisimeto, en dermatología sanitaria, servicio de lepra, y ello le obligaba  a estar fuera de su casa, hasta quince días consecutivos, periódicamente, en las distintas incursiones sanitarias encomendadas. Mencionó varias anécdotas suyas en ese especial trabajo, realmente conmovedoras y lo que más me impactó de este hombre es que mientras me hablaba sus ojos se iluminaban de placer y a la vez de nostalgia. Decía que fueron las horas más hermosas vividas al lado de esa pobre gente a los que se entregó en cuerpo y alma. Que no se sentía más importante que hoy que tengo la suerte de poder contarlo y revivir aquellos entrañables momentos.  Recordó, asimismo, un gravísimo accidente de tráfico que sufrió yendo en un jeep con su jefe, el dermatólogo médico titular del servicio antihanseniano, hijo también del Puerto de la Cruz, el Dr. Felipe Hernández y Hernández y del que salieron vivos.

Celestino escribió un libro cuyos temas hablan de esas y de cuantas más experiencias suyas desde que llegó a Venezuela. La primera vez que llegó, desembarcando por Puerto Cabello y se dio la circunstancia de que, como habían decretado un “toque de queda” que prohíbe a las gentes andar por las calles, fue apresado junto con los demás pasajeros y encarcelado durante tres días y sus respectivas noches. Imaginémosle, en plena adolescencia, con tantas ilusiones que partió desde aquí y ser recibido tan accidentalmente. El capitán del barco que les llevó los soltó en tierra y que se las arreglen como puedan. para colmo de males, la misma policía y algunos funcionarios más, le quitaron el dinero que llevaba para desenvolverse los primeros días… y dio de comer durante todo el trayecto de dicho viaje, a un polizonte… indocumentado, que cuando llegó allá le estaban esperando unos familiares y escapó bajando por la escalera del barco disfrazado de camarero. ¡Vaya suerte amigo!

Nada más llegar a Tenerife, se puso a trabajar interinamente  en la Casa de Socorro de la Villa de La Orotava  dependiendo de Sanidad y haciendo sustituciones extras y oficiales en los centros de zona y urgencias de la seguridad social del Valle, hasta su reglamentaria jubilación laboral. Además fue diplomado en psiquiatría auxiliar y de medicina del trabajo en calidad de practicante, lo que le valió para tener derecho, por escalafón, a elegir plaza en propiedad donde mejor le conviniera por derechos propios, según la numeración alcanzada, eligiendo La Villa de la Orotava. Simultáneamente trabajó en cinco hoteles importantes como practicante en los servicios médicos de empresa.

Amigo Celestino descansa en el paraíso eterno, como se te merece.

Un abrazo, hasta siempre.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

 

lunes, 26 de septiembre de 2022

MARA


ECOS DE CELULOIDE: MARA Y LA MEMORIA DE UNA ISLA

Aún guardo en el recuerdo aquellos pequeños folletos publicitaris que nos entregaban a la entrada de los cines de La Orotava, avisando con ilusión de los próximos estrenos en las salas villeras. Entre todos ellos, uno resalta con luz propia: el anuncio de Mara, una cinta rodada en Tenerife en el lejano año 1958 bajo la dirección de Miguel Herrero, cuyo metraje hoy reposa, silente y custodiado, en los fondos de la Filmoteca Canaria.

No fue, siendo francos, una obra cumbre del séptimo arte. Sin embargo, para los ojos de aquel niño de apenas siete años que yo era, la película quedó grabada a fuego por dos razones imborrables. La primera, la deslumbrante y casi irreal perfección de la actriz italiana Scilla Gabel, luciendo en pantalla vistosos conjuntos traídos de los primeros bazares hindúes que florecían en Santa Cruz. La segunda, el despliegue en color de los paisajes tinerfeños de finales de los cincuenta, una geografía virgen capturada justo en la antesala del cambio.

En el metraje destaca también un protagonista de cuatro ruedas: un descapotable Metropolitan con matrícula TF 11.195. Aquel modelo no me resultaba ajeno; de niño me cansé de contemplar vehículos similares entre el olor a gasolina y agua del taller de suministros y lavado de coches que regentaba mi padre, Juan Álvarez Díaz, en la calle El Calvario —precisamente en los bajos del edificio donde hoy se encuentra mi hogar habitual—.

En lo argumental, la película entrelazaba una trama clásica de amor y celos, respaldada por un reparto en el que figuraban Mercedes Vecino, Jaime Avellán, Javier Loyola, Jorge Rigaud, Elisa Montés, Lina Canalejas, Sun de Sander y hasta Lita Franquis acompañada por su conjunto de Danzas Típicas Canarias. Pero las verdaderas estrellas, las que terminaban por adueñarse de la pantalla, eran las postales vivas de la isla: los callaos desnudos de Las Teresitas, la elegancia de la recepción del Gran Hotel Mencey, las vistas infinitas desde el mirador de Vistabella y, de manera muy especial, las cumbres de Las Cañadas del Teide, escenario de un clímax de rivalidad amorosa tan dramático como marcadamente surrealista.

Todo ello sin olvidar las estampas del Puerto de la Cruz. En los Llanos de Martiánez, la cámara llegó justo a tiempo para registrar el suspiro final de una época: el momento preciso en que el verde denso de las plataneras y la brisa de los tarajales marinos comenzaban a ceder su espacio al gris del hormigón, inaugurando ese "falso progreso" al que más tarde bautizaríamos como el boom turístico.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


FUTBOL NORTEÑO


El amigo de la Villa de La Orotava; EVARISTO FUENTES MELIÁN “ESPECTADOR”, remitió entonces (26/09/2022) estas notas que tituló; “FUTBOL NORTEÑO”,

Publicado en el Periódico Diario <LA OPINIÓN DE TENERIFE>, EL DIA 28 DE SEPTIEMBRE DE 2016: “… Llega a mis manos una enciclopedia del deporte Fútbol. Hay una foto, del año 1949, del CD Norte, con El Peñón al fondo. El local del club estaba en la calle Santo Domingo nº 8, del Puerto de la Cruz. La directiva la presidía don Pedro González de Chaves y Rojas, conocido popularmente por Periquín  Chaves, con residencia particular en la Plaza del General Franco o plaza del Charco. Entre sus jugadores están Sedomir, Armas, Ledesma, Monagas, Tosco, Quintero… residentes en diversos pueblos norteños. La cancha de El Peñón tiene 105x60,  con capacidad para 2.500 espectadores. Estos son los datos que aparecen en esta enciclopedia.     

   Figuran equipos de toda España. Por ejemplo, el centenario Real Unión Club de Irún (Guipúzcoa), que  estuvo hace un par de semanas en Santa Cruz de La Palma, jugando un partido contra el CD Mensajero,  correspondiente al campeonato de Liga de  su grupo de la Segunda B.  Este histórico club de Irún fue creado en 1915 y quedó campeón de España en 1918, 1924 y 1927.  

    Epílogo: Desde La Orotava de mi nacimiento y desde mi <doble nacionalidad> del Puerto de la Cruz donde resido, reclamo, exijo en términos políticos, que equipos como la UD Orotava o el CD Puerto Cruz, militen alguna vez, ¡y de una <pugnetera> vez!,  en una categoría nacional, al menos en la Segunda B. Nunca lo han hecho. Lo hizo en los años setenta, un par de temporadas, la UD Realejos, representativo del  tercer municipio del Valle, se llegó a enfrentar en partido de Liga a la UD Las Palmas cuando ésta estaba en horas bajas… Pero la UD Realejos tuvo déficit y fracasó económicamente.  

    Existió el antes mencionado Club Deportivo Norte, el año 1949, pero  desapareció pocos años  después. El CD Norte pudo haber sido la raíz primigenia de un club norteño para consolidarse en categoría nacional. Pero, por lazos del destino, no fructificó en esa línea de superación a la que los norteños debemos aspirar…”

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


domingo, 25 de septiembre de 2022

LA PRIMERA ESCUELA DE COMERCIO Y LOS ESTUDIOS MERCANTILES EN EL TIEMPO


EL NACIMIENTO DE LA RAZÓN MERCANTIL: DEL EMPIRISMO A LA CIENCIA DEL VALOR

I. EL DESPERTAR DE LOS FLUJOS: DE LA INTUICIÓN AL MÉTODO (DIMENSIÓN HISTÓRICA Y CIENTÍFICA)

En el crepúsculo del siglo XVIII, el dinamismo de los mercados globales comenzó a exigir un rigor que superaba la mera intuición del mercader. El año 1775 marcó un hito en la península con la fundación de la Academia de Comercio en Barcelona, una iniciativa catalizada por la Junta Particular de Comercio. Esta institución no nació como un ejercicio abstracto, sino como una respuesta orgánica a la necesidad de sistematizar los flujos de capital. Poco después, en 1780, Luís de Luque y Leira publicaba en Cádiz su Aritmética de Escritorios de Comercio, un tratado que convertía el mostrador en un laboratorio matemático, dotando a la praxis comercial de sus primeros algoritmos de control financiero.

Sin embargo, el eje institucional definitivo se consolidó en Madrid el 25 de febrero de 1828. Bajo los auspicios del Real Consulado y gracias a la gestión estratégica de Luís López Ballesteros, ministro de Hacienda de Fernando VII, se decretó la creación de la primera Escuela de Comercio en la Corte. Inaugurada formalmente el 30 de mayo para coincidir con la onomástica del monarca, la escuela estructuró su plan de estudios original sobre dos cátedras fundamentales: idiomas modernos y la Teoría general de los cálculos aplicados a las operaciones mercantiles.

Este programa, formalizado en el Reglamento del 10 de octubre de ese año bajo la rúbrica de Aritmética mercantil y teneduría de libros, introdujo un análisis sistémico que abarcaba la partida doble, el principio del cambio, el arbitraje, los seguros y la homogeneización de pesos, medidas y monedas internacionales. Las aulas abrían al caer la noche, un horario diseñado para que la fuerza laboral —en su mayoría dependientes de comercio— pudiera someter su experiencia diaria al filtro del rigor académico.

II. LA TRANSMUTACIÓN DEL SIGNO: LA PARTIDA DOBLE COMO ORDENACIÓN DEL CAOS (DIMENSIÓN FILOSÓFICA)

Desde una perspectiva filosófica, la transición de la práctica comercial hacia una disciplina académica representa la conquista de la previsibilidad sobre la contingencia del azar. El comercio, que históricamente había sido visto como un intercambio fenoménico de mercancías y voluntades, encontró en la teneduría de libros su propia ontología.

La introducción de la partida doble no es simplemente una técnica contable; es un sistema de correspondencia binaria que postula que todo flujo material tiene una causa y un efecto correlativos (un haber para cada debe). Este principio refleja una visión racionalista del mundo, un intento de cartografiar el universo económico bajo una ley de conservación del valor. Al unificar los criterios de pesos, monedas y medidas de diferentes naciones, la Escuela de Comercio operó como un motor ecuménico, traduciendo la diversidad caótica de los mercados locales a un lenguaje matemático universal, capaz de ser comprendido más allá de las fronteras geográficas y culturales.

III. EL PARADIGMA EPISTEMOLÓGICO DE 1887: LA CONSAGRACIÓN DE LA CIENCIA COMERCIAL

El punto de inflexión definitivo en esta evolución se produjo con el Real Decreto del 11 de agosto de 1887, publicado en la Gaceta de Madrid. Este documento legal no solo reorganizó las Escuelas de Comercio, sino que dictó una ruptura epistemológica fundamental al declarar:

"...Desechando la tendencia exclusivamente empírica en la educación comercial, parece más acertado en una época de progreso como la nuestra [...] fundar la enseñanza comercial sobre una base científica tan completa como sea posible".

Este decreto representa el triunfo del positivismo decimonónico aplicado a la economía. Al abandonar el empirismo puro —el mero "saber hacer" basado en la repetición y la costumbre—, el Estado español reconoció que el comercio no era un oficio mecánico, sino una ciencia social de la optimización. La instrucción comercial se elevó así al rango de disciplina científica, asumiendo que los fenómenos del mercado (el crédito, el cambio, el riesgo y el valor) responden a leyes que pueden ser analizadas, teorizadas y enseñadas. La economía de la nación dejaba de depender de la destreza intuitiva del comerciante para someterse, finalmente, a las leyes de la razón y del método científico.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABREU

PROFESOR MERCANTIL


viernes, 23 de septiembre de 2022

EL PRIMER TRATADO DE CONTABILIDAD EN ESPAÑA.


EL ECO DEL ORDEN DIVINO: ALBORES DE LA PARTIDA DOBLE EN LA ESPAÑA DEL SIGLO DE ORO.

La contabilidad no nació como una mera técnica mundana, sino como el reflejo humano del orden con el que el Creador dispuso el universo. En el año 1590, casi un siglo después de que el franciscano Luca Pacioli revelara la geometría sagrada del debe y el haber, el alma castellana encontró su propia voz aritmética. Fue en Madrid donde vio la luz el Libro de Caxa y Manual de Cuentas, la primera partitura de teneduría escrita por un español: Bartolomé Salvador de Solórzano.

Aquel mercader de Medina de Rioseco, curtido bajo el sol de Sevilla como factor del magnate Juan Antonio Vicentelo Corso de Lecca, comprendió que el comercio requería una justicia simétrica. Sevilla, la gran Babel del Nuevo Mundo, custodió este saber: su Ayuntamiento fue pionero en abrazar la partida doble, y en su seno se resguardan hoy tres de los siete ejemplares de la Summa de Pacioli que posee la nación, como reliquias de una verdad universal. No es casual que en este escenario de opulencia terrenal y fervor divino, el Cabildo catedralicio sevillano y el de Toledo se alzaran como las diócesis más poderosas de la cristiandad; sus inmensas rentas temporales exigían un rigor contable que honrara la administración de los bienes de Dios.

El flujo del tiempo y el conocimiento continuó su curso providencial. En 1604, la mirada visionaria de Domingo de Górgolas fundó en Bilbao el Colegio de San Andrés, encendiendo la antorcha de las artes comerciales en el norte de Europa. Siglos más tarde, el mar gaditano se convirtió en el nuevo faro del saber mercantil: en 1763, la Imprenta Real de Marina de Cádiz dio a la estampa el Promptuario Arithmético, y el 5 de enero de 1771, las autoridades municipales de la misma ciudad iniciaron las gestiones para fundar las cátedras de Comercio. Una transición perfecta de la teología del orden a la ilustración de la razón.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL