jueves, 29 de marzo de 2018

SANTISIMO CRISTO DE LA LAGUNA


EL SANTÍSIMO CRISTO DE LA LAGUNA: ARTE, FE Y MEMORIA DE UN PUEBLO

I. LA TALLA, LA RESTAURACIÓN Y LA ICONOGRAFÍA

Retornado a su pulso original tras una rigurosa restauración técnica, el Santísimo Cristo de La Laguna ha recobrado el esplendor con el que fue concebido hace más de cinco siglos. Esta imagen de Jesús de Nazaret crucificado constituye uno de los tesoros más excelsos del Patrimonio Histórico de Canarias. Su encarnadura oscura y su impronta sobria lo sitúan como el gran referente de la imaginería flamenca en el archipiélago y en la pieza cristológica más venerada y antigua de las islas, compartiendo el altar de la devoción popular tinerfeña con la Virgen de Candelaria.

Cobijado en el Real Santuario y Convento Franciscano de San Miguel de las Victorias, y custodiado por la Pontificia, Real y Venerable Esclavitud, el Cristo es una obra de marcado estilo gótico esculpida hacia los albores del siglo XVI (ca. 1500-1514). Representa a un Jesús sujeto al madero por tres clavos de tamaño natural. La cabeza, levemente ladeada hacia la derecha, no cae vencida por el desmayo sino que se sostiene en leve tensión; el rostro, azotado por el sufrimiento y oscurecido por la pátina del tiempo, convoca a la recogimiento, mientras que su anatomía exhibe un notable rigor en el estudio muscular para la época.

La pluma del historiador y presbítero José Rodríguez Moure capturó la esencia anatómica y lírica de la escultura en su Guía Histórica:

«...Esta imagen de Jesús es un Crucificado pendiente de la Cruz por tres clavos de tamaño natural. La cabeza un poco inclinada y vuelta hacia el lado derecho no la tiene desmayada sino algo erguida, velando el rostro por la sombra de un mechón de pelo de la cabellera nazarena que le cae por la izquierda y casi se apoya en el pecho; la hermosa faz, aunque dolorosa y renegrida, es atractiva; la musculatura y proporciones bastante correctas para la época que revela, teniendo la corona de espinas que adorna la cabeza y el paño que cubre los lomos formados de talla en el propio madero en que fue esculpida. Aunque la pintura, por la acción del tiempo, ya está entenebrecida, aun se puede observar que nunca predominaron en ellas los tonos sonrosados sino los morenos o trigueños por las sombras de los cardenales, heridas y congestiones...»

II. LOS ORÍGENES: DEL TALLER FLAMENCO A LA ISLA DE TENERIFE

Frente a las antiguas hipótesis que situaban el origen de la imagen en talleres sevillanos o nórdicos, las investigaciones del catedrático Francisco Galante Gómez filiaron la talla como una obra del ámbito flamenco-brabanzón, atribuida a la mano de Louis Der Vule.

Su periplo transoceanico responde a las prósperas rutas comerciales del arte europeo del Renacimiento: concebido en los antiguos Países Bajos meridionales, el Cristo viajó a Venecia —emporio económico de la época—, transitó por Barcelona y se asentó en Cádiz, donde permaneció de forma temporal en la Ermita de la Vera Cruz de Sanlúcar de Barrameda antes de su definitivo embarque hacia Tenerife.

No existe certeza absoluta sobre cómo arribó a la isla. La tradición histórica se debate entre su adquisición directa por parte del conquistador Alonso Fernández de Lugo para presidir el convento franciscano, o bien como una donación de Juan Alonso Pérez de Guzmán y Zúñiga, VI Duque de Medina Sidonia, como prueba de las alianzas entre la casa ducal y el Adelantado.

III. SÍMBOLO DE IDENTIDAD Y PROTECTOR EN LAS AFLIGIDECES

Para comprender la trascendencia de la imagen en la configuración social del Archipiélago, el historiador Manuel Hernández González describe al Cristo como un auténtico bastión teológico y sociológico durante el Antiguo Régimen:

«...El ejemplo más logrado y de más relieve de Jesús glorificado en el Calvario en Canarias es el Cristo de La Laguna. Una imagen gótica que impregna de patetismo y de fe devocional. Redime con su poder celestial las desgracias de los laguneros y amortigua los efectos de su permanente inmoralidad pecaminosa. Es el Cristo que en la agonía de la muerte auxilia a quienes se rebajan a humillarse ante sus pies, lavando con el agua bendita purificada en sus extremidades las impurezas de la vida y remedia las desgracias individuales y colectivas.

Dentro de una religión vertical, se nos muestra como el símbolo de identidad que cohesiona a sus habitantes, que le ayuda en sus aflicciones, que les libra de las plagas de la langosta, de las sequías, de las epidemias y de todos los azotes e inclemencias del tiempo. En una sociedad en la que cualquier incidencia del tiempo tiene consecuencias dramáticas para su supervivencia, es el valedor que protege a la comunidad. Ésta acude a él en rogativa cuando la sequía pone en riesgo la cosecha, cuando la epidemia teje su manto calamitoso sobre sus calles. Es el umbral ante el que acudir cuando arrecian esas amenazas. La población, comenzando por el cabildo lagunero lo saca en procesión en solemne rogativa. Sólo en el siglo XVIII en 18 ocasiones hubo rogativas por falta de agua en las que se sacó a su Santísimo Cristo. Cuando su mediación como protector de los campos y gentes de La Laguna, no tiene los efectos deseados y cuando la tragedia se presagia en el horizonte es cuando se trae a la capital a la Virgen de Candelaria, máximo símbolo de identidad de la isla...»

Esta devoción hundía sus raíces en la mentalidad de la Conquista, articulando una fe militante donde el Señor de La Laguna, albergado en el convento consagrado a San Miguel de las Victorias, simbolizaba el triunfo sobre el mal y la adversidad.

IV. DEVOCIÓN POPULAR, PRODIGIOS Y MITOS

Paralelamente a la doctrina oficial, la religiosidad popular nutrió la imagen con una atmósfera de misterio y taumaturgia. Los fieles afirmaban advertir en la talla un parecido prodigioso con el Cristo vivo: se decía que le faltaba un diente a causa de la bofetada sufrida durante la Pasión, que entreabría los párpados al conceder la lluvia a los campos o que giraba el rostro para despedirse del pueblo al cruzar las puertas del templo tras la procesión.

El enigma de sus inscripciones alimentó la leyenda de una manufactura divina. Catalina de San Mateo, célebre beata de la época, afirmó por revelación mística que la talla era obra de San Lucas, que su madera procedía del árbol bendecido por Jesús en su huida a Egipto y que los ángeles la custodiaron en una cueva de Damasco antes de su traslado a Tenerife. Por su parte, Fray Diego Henríquez sostenía que la madera era de terebinto y que en su labra intervinieron San Lucas, Nicodemo y José de Arimatea, cuyos ojos, al haber contemplado al Salvador en vida, pudieron reproducir sus facciones exactas.

V. LA FESTIVIDAD Y EL DEVENIR SOCIAL

La festividad del Cristo de La Laguna se celebra el 14 de septiembre, en el marco de la Exaltación de la Santa Cruz. Aunque en el siglo XVII constituyó un precepto de obligatorio cumplimiento en toda la isla, en la centuria ilustrada quedó circunscrita a la ciudad de La Laguna como su fiesta patronal principal.

En 1659, la élite agraria local fundó la Venerable Esclavitud con el propósito de monopolizar el culto y canalizar su ostentación social. Durante el Barroco, las celebraciones alcanzaron cuotas de deslumbrante pompa financiada por el Esclavo Mayor. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XVIII, la influencia de las ideas ilustradas —que tachaban el boato de derroche superfluo— provocó el repliegue de la oligarquía y el paulatino declive de la magnificencia novohispana.

Pese al dominio de la élite, la fiesta se mantuvo viva como una vía de evasión y catarsis para el pueblo llano. Elementos de subversión festiva, como la librea y la costumbre de las tapadas —mujeres que velaban su rostro para participar de la feria nocturna de la plaza de San Francisco—, caracterizaron las vísperas de la fiesta. Aunque el Cabildo intentó erradicar el uso del embozo en 1792 bajo principios de orden ilustrado, la costumbre sobrevivió entre las clases populares hasta 1838.

En definitiva, la historia del Santísimo Cristo de La Laguna y de sus fiestas constituye el reflejo de la propia evolución tinerfeña: un recorrido vital que va desde la fragua de la identidad insular en el siglo XVI y la apoteosis estamental del XVII, hasta las transformaciones ilustradas y liberales de los siglos posteriores.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


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