El baloncesto, en su mística más profunda, no se juega
con las piernas; se juega con el alma y se gobierna con las manos. El pasado 18 de octubre de 2026, la Villa de La
Orotava despidió a una de sus mayores leyendas callejeras, un titán que desafió
a la biología y convirtió la adversidad en poesía sobre el pavimento: Tomás
Luis Expósito, eternamente conocido en la memoria popular como Tomás “El Cojo”.
Nacido
en 1936, justo antes de que la
guerra incivil española fracturara el país, Tomás desafió desde niño las
secuelas de la poliomielitis. Aquella parálisis infantil le dejó un vestigio
profundo, un pie apezuñado que para cualquier otro habría sido una condena al
sedentarismo. Para él, fue el punto de apoyo de su palanca para mover el mundo.
En la mítica Terraza del Atlante,
Tomás no pedía permiso ni compasión; pedía el balón.
Poseía
unas manos descomunales y un control magnético del esférico que evocaba a los
mismísimos Harlem Globetrotters. En una época donde el reglamento permitía retener
el balón sin la prisa del reloj de posesión, Tomás era el amo y señor del tiempo.
Su juego se desarrollaba en la pintura, como un pívot indomable que jamás temió
a los más altos. Cuando la diferencia de estatura parecía insalvable, Tomás
recurría a la picaresca pura del deporte de barro y asfalto: con una trastada
legendaria, le pisaba el pie al rival justo antes del salto, clavándolo al
suelo mientras él se elevaba hacia el aro. Con las reglas de hoy, con esa
precisión quirúrgica que tenía, habría sido un letal francotirador de tres
puntos.
Líder
absoluto de la camiseta roja de “El
Águila del Valle”, su agresividad deportiva y su obsesión por ganar lo
convirtieron en un jugador temido y respetado a partes iguales. Fue, además,
pilar fundamental del deporte villero al convertirse en uno de los fundadores
del histórico CB San Isidro en el
verano de 1967 (nacido como el CB. AA. AA. Salesianos).
También
practicó el deporte rey, el futbol en el oratorio festivo del salesiano de
grato recuerdo don Antonio Montero Marroquí.
Si el destino y la historia hubieran colocado
las piezas en su lugar cronológico, Tomás habría sido, sin duda, la primera
superestrella y el mejor jugador de unos Juegos Paralímpicos.
Pero
reducir a Tomás a la cancha sería restarle colores a un lienzo infinito. Hijo
de Francisco el zapatero y músico, y de Eusebia la vendedora del merendero,
Tomás heredó ese espíritu de puertas abiertas de los hogares orotavenses. Su
vida juvenil era la de un ciudadano normal, pero sazonada con atrevimientos y
travesuras que hoy son pura historia local. Dicen los más viejos de la Villa que, enfundado en su uniforme de la Cruz
Roja, Tomás aprovechaba los trayectos al volante de la ambulancia para sembrar
un caos inofensivo pero desternillante por las empinadas calles orotavenses.
Conduciendo a velocidad de infarto, haciendo sonar la sirena a todo volumen y
gesticulando de forma exagerada tras el parabrisas, lograba que los transeúntes
se apartaran despavoridos hacia las aceras, rezando por la vida del supuesto
enfermo que iba detrás. Una vez pasado el susto y al descubrir su sonrisa
pícara al volante, el vecindario no podía más que reír ante otra de sus
genialidades. Aquellas "monstruosidades" inocentes nunca buscaron
dañar a nadie, sino arrancar una carcajada colectiva y regalar felicidad
absoluta en tiempos grises.
Fue
un hombre de siete oficios y catorce pasiones: monaguillo retozón con la sotana
a ristre en la Parroquia de la Concepción, donde se consagró como el mejor
repicador de campanas de la Villa; ebanista en el taller de la calle Colegio;
celador en la Casa de Socorro; soplador de bombardino en la Academia Municipal;
dibujante bajo la mirada de don José María Perdigón; corneta de la Cruz Roja y
bailarín internacional con los Coros y Danzas.
Hizo
de todo y lo hizo con el corazón por delante. Al final de su viaje, tras pitar
mil batallas como un entrañable «arbitrucho», nos queda la estampa eterna del
mito.
Imagino
ahora mismo el cielo con un estruendo de campanas perfectamente acompasadas, un
repique glorioso que anuncia que el ebanista, el músico y el atleta ha llegado
a las torres celestiales. Y entre las nubes, me parece verle sonreír, con esa
mirada pícara de quien sabe que ha ganado el partido de la vida, mientras hace
girar mágicamente el viejo balón de cuero sobre la punta de su dedo pulgar.
¡Hasta siempre, Tomás!.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL