El enigma villero ya tiene su nombre inscrito en las
estrellas,
y su recuerdo no nos trae hoy amargura, sino la luminosa alegría de quien supo
vivir a su manera. Luis Hernández Heredia, nuestro entrañable «El Pichini», ha
emprendido ese viaje definitivo que no es más que la continuación natural de
sus eternos paseos por la Villa de Arriba.
La
muerte no es un apagón para un alma tan singular; es el merecido descanso del
caminante que ahora cuida el Casco Histórico desde un plano más alto, con la
misma mística y libertad que siempre lo caracterizaron.
UN ADIÓS QUE CELEBRA LA VIDA
La
noticia nos llega a través del afecto de Domingo Hernández y Hernández y las
valiosas notas que en su día rescató el compañero docente Jesús García Delgado.
Nos recuerdan que Luis —hermano de Carmelo y Carlos, e hijo de doña Gregoria—
perteneció a una estirpe de gente estupenda, criados entre los ecos de la calle
Buenaventura Machado (la entrañable calle del Duque), el campo de La Garrota y
la Plaza de San Juan.
Aunque
algunos los conocieran también bajo el viejo apodo familiar de "Los
Panzudos", Luis esculpió su propia leyenda en el paisaje urbano de La
Orotava. Detrás de aquel aire anacoreta —de barbas rulfianas, bastón firme y
cabellera alborotada— se escondía un hombre honorable, un carnicero-matarife
del antiguo matadero municipal que transformó su silencioso misterio en una de
las poesías cotidianas más hermosas de nuestro pueblo.
LA FILOSOFÍA DE LA LIGEREZA Y EL SALUDO ETERNO
La
partida de un personaje popular nos enseña que la vida es un soplo que merece
ser vivido con autenticidad. «El Pichini» no necesitaba encajar en moldes; su
estrafalaria indumentaria y sus caprichos para aceptar el cariño de los
orotavenses eran el reflejo de un espíritu indomable. Saludaba desde una
elegante trastienda espiritual, repartiendo una cortesía pura y sin dobleces
que calaba hondo en el corazón de los villeros.
Por
eso, este adiós se tiñe de una sonrisa. Cerramos los ojos y lo imaginamos en el
paraíso de la eternidad:
Sentado en su muro eterno, tal como hacía en el flanco sur
de la Plaza de Franchi Alfaro.
Disfrutando de esa Coca-Cola fresca que siempre le brindaban los
amigos.
Regalando su saludo de rigor a las almas que ahora cruzan por
su nuevo camino de fe y misericordia.
Gracias,
Luis, por haber adornado nuestras calles con tu presencia irrepetible. No hay
tristeza en tu partida, sino gratitud por el enigma sonoro de tu nombre y la
libertad de tus pasos. ¡Buen viaje, Pichini, un abrazo eterno hasta el cielo de
la Villa!
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL







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