Fotografía compartida con la página digital del Excelentísimo
Ayuntamiento de la Villa de La Orotava.
EVA FARIÑA LÓPEZ, Jefa de Prensa y Comunicación del Excelentísimo
Ayuntamiento de la Villa de La Orotava, remitió entonces (04/06/2026), EL PREGÓN DE LAS FIESTAS PATRONALES DE LA INFRAOCTAVA DEL CORPUS
CHRISTI, SAN ISIDRO LABRADOR Y SANTA MARÍA DE LA CABEZA. LA OROTAVA 2026, leído en el Salón
de Pleno del Excelentísimo Ayuntamiento de la Villa el jueves 04 de Junio del
2026, por el amigo de la Villa de La Orotava;
JAVIER LIMA ESTÉVEZ Graduado en Historia por la Universidad de La Laguna,
que tituló: UN PASEO POR LOS SENTIDOS DE LA
TRADICIÓN: “…UN PASEO POR LOS SENTIDOS DE LA TRADICIÓN
Pregón de
las Fiestas del Corpus Christi y San Isidro Labrador
Jueves 4
de junio de 2026. 20:00 horas
Javier
Lima Estévez
¡Señor alcalde, miembros de la Corporación Municipal,
autoridades, representantes civiles y religiosos, reina de las fiestas,
queridos familiares, amigos, villeros y villeras!
Comparezco ante ustedes en esta emotiva noche del primer jueves
de junio con la conciencia humilde de quien sabe que un pregón nunca alcanza a
explicar lo inexplicable.
Porque hay pueblos que no caben únicamente en las palabras. Y La
Orotava es uno de ellos.
Durante estos días, La Orotava se escucha en las campanas, se
respira en el brezo, se contempla en el color imposible de sus alfombras, se
reconoce en las manos calladas de su gente y se guarda para siempre en la
memoria de quienes alguna vez han tenido la suerte de vivir estas Fiestas.
Miro con vértigo y con responsabilidad a quienes, desde décadas
atrás -mucho antes de que yo naciera-, ocuparon este mismo lugar para pregonar
aquello que tanto amamos. Y lo hago sabiendo que esta tarea no pertenece al
lucimiento personal, sino al compromiso de poner voz -aunque sea por unos minutos-
a la emoción colectiva de todo un pueblo.
Gracias, señor alcalde, por la confianza depositada en mi
persona.
Y
permítanme, antes de continuar, mirar hacia arriba. Porque hoy mis palabras
tienen también dos destinatarios silenciosos. Dos villeros que ya no están
físicamente entre nosotros, pero que siguen presentes en cada rincón de mi
memoria: mis abuelos, Domingo Lima y Carmita Bello. Ellos me enseñaron que las
Fiestas de La Orotava no comienzan el día del Corpus ni terminan cuando pasa la
Romería. Empiezan mucho antes. Empiezan en la casa. En la familia. En la manera
de hablar del pueblo. En la emoción con la que se esperaba la llegada de junio.
En el respeto profundo con el que se vivían estas tradiciones.
Quiero
recordar también a mi tía Lupe Lima Bello, que nos deja físicamente en estos
días tan señalados para la Villa. Fue enfermera durante décadas, y cuidó como
nadie a su familia: a sus padres, a sus hijos, a sus hermanos y a su nieto. Su
vida fue entrega. Hoy ya está en el cielo. Por eso esta noche, allí donde
estén, los tres forman parte de este pregón. Porque este pregón también es
suyo.
Hablar de estas Fiestas Patronales es, sin duda, hablar de una
forma de entender el tiempo. Un tiempo distinto. Un tiempo que no se mide
únicamente en calendarios. Aquí el tiempo se mide en flores deshojadas. En
noches sin dormir. En manos manchadas de tierra volcánica. En calles que
despiertan convertidas en altar. Y también en recuerdos.
Porque todos los que hemos guardado por vínculos personales o
familiares relaciones con esta Villa conservamos dentro una pequeña memoria
emocionada de las Fiestas Patronales. La memoria del niño que esperaba
impaciente la llegada de junio. La emoción de subir al centro agarrado de la
mano de los padres o de los abuelos. El asombro de contemplar las alfombras por
primera vez creyendo, de verdad, que aquello era imposible.
Las ventanas abiertas. Los balcones adornados. Las casas llenas
de visitas. Las familias preparando la ropa de mago; algunas con novedades,
muchas otras conservando y transmitiendo de generación en generación prendas y
detalles que unen pasado y presente. Las conversaciones terminaban hablando
inevitablemente del Corpus o de la Romería, porque toda la Villa parecía vivir
pendiente de la llegada de junio. También los comercios formando parte de
aquella espera colectiva. Los escaparates anunciaban entonces la proximidad de
las Fiestas, como siguen anunciándola ahora muchos negocios familiares que
forman parte del paisaje cotidiano de la Villa. Ahí están Calzados Afonso,
preparado siempre por Ana Afonso con el mismo cariño heredado de su padre, o la
Ferretería Orotava, cuyos escaparates acompañan desde hace décadas el pulso
festivo de La Orotava gracias a Esteban. Y llegaba entonces aquella noche
mágica en la que dormir parecía imposible. Porque algo estaba ocurriendo en las
calles. Había movimiento. Había voces. Había luces encendidas de madrugada. Y
uno comprendía, incluso siendo niño, que La Orotava estaba entrando en algo
extraordinario.
Y mientras uno intenta encontrar palabras para describirlo,
vuelve inevitablemente a la memoria aquella mirada emocionada del abogado y
periodista Francisco González Díaz cuando, a comienzos del siglo XX, contempló
por primera vez las alfombras de la Villa. “No se cansa uno de recrearse”,
escribió, “ante las combinaciones de colores, las sombras, el claroscuro, los
contornos, la composición y perspectiva del cuadro”. Y todavía hoy, más de un
siglo después, seguimos sintiendo exactamente lo mismo.
Porque uno contempla las calles de La Orotava durante el Corpus
y comprende que hay cosas que pertenecen ya al patrimonio emocional de un
pueblo.
Y entonces surge la pregunta: ¿Qué puede decirse hoy que no haya
sido dicho ya? ¿Qué palabra puede añadirse a una tradición admirada en todo el
mundo? ¿Qué voz puede intentar explicar aquello que emociona incluso antes de
comprenderse?
Tal vez la
respuesta esté en volver al origen. En mirar hacia atrás. No con nostalgia
vacía. Sino con gratitud. Porque esta historia no se sostiene sola. Tiene
nombres. Tiene rostros. Tiene sacrificios. Tiene memoria. Y tiene manos.
Siempre las manos.
Sebastián Padrón Acosta lo expresó sin titubeos: “manos dignas,
bendecidas, privilegiadas”. Ernesto Salcedo, desde El Día, elevó aún más la imagen: “manos que son palomas, manos
que anuncian el milagro mientras -¿otras, o las mismas?- desgranan pétalos con
precisión ritual. La plaza, mero decorado, se transforma. Por el arte de esas
manos, se vuelve templo”. Y Dulce María Loynaz, tan admirada por el Villero de Honor
Isidoro Sánchez García, nos dejó la clave: “Tamaño y dibujo lo dan las manos”.
Ellas son el origen y el destino de la belleza. Todo comienza
ahí. En unas manos que nunca buscaron firmar una obra para la fama. Sino
ofrecerla para el pueblo. En unas manos que despiertan antes que el alba. Que
siguen trabajando cuando la noche ya pesa sobre el cuerpo. Que no preguntan
cuántas horas faltan. Porque saben que durante esos días el tiempo deja de
pertenecerles a ellos para pertenecerle a La Orotava.
Con esas manos comenzó la primera alfombra. Allá por el siglo
XIX. Cuando, con la humildad de los grandes gestos, se trazó sobre el empedrado
villero un dibujo hecho con flores. Sin saber quizá que estaba iniciando una de
las tradiciones artísticas y religiosas más extraordinarias del mundo.
Y somos deudores -deudores en el sentido más noble de la
palabra- de la familia Monteverde. Porque ellos entendieron la alfombra como lo
que verdaderamente es: una ofrenda. No un espectáculo. No una exhibición. Sino
un acto de fe.
Juan del Castillo y León, conocedor como pocos de nuestras
Fiestas y Pregonero en una jornada como la de hoy -pero en 1980- lo expresó con
esa mezcla de ternura y lucidez que lo caracterizaba. Decía que daban “ganas de
gritar esta noche ¡Leonor, Pilar y María Teresa! y traerlas a este teatro,
subirlas a este mismo escenario y mezclarlas, en un tejemaneje de generaciones,
en un juego intemporal con estas otras flores del jardín orotavense”. Cuánto se
le extraña cuando llegan estas emotivas jornadas villeras: su presencia, su
palabra, y el balcón de su hermosa casa, siempre dispuesto para acoger a
locales y foráneos.
Sigamos.
Porque aquella primera alfombra, nacida entre pétalos de rosas,
geranios y flores humildes, abrió un camino. Un camino que, gracias a esas
manos y a esa fe, ha llegado vivo hasta nuestros días.
Y qué hermoso resulta pensar que todo comenzó desde la
sencillez. Desde el silencio. Desde la devoción sincera de un pueblo. Con el
tiempo, fueron apareciendo nombres imprescindibles. Don Felipe Machado,
recordado como el gran impulsor de las alfombras, llevó esta tradición a una
nueva dimensión. Su entrega -iniciada ya en edad avanzada- no fue un gesto
puntual, sino una dedicación constante, sostenida hasta el final de su vida.
Aún hoy, imágenes y recortes de periódico nos devuelven la
memoria de aquella alfombra realizada hace más de un siglo con motivo de la
visita de los miembros del Congreso Geológico Internacional. Una obra que dejó
asombrados a quienes todavía no comprendían que el arte podía brotar del propio
suelo.
Luego llegó esa evolución silenciosa que el recordado profesor
universitario Antonio Sebastián Hernández Gutiérrez, Chano, investigó y
difundió con tanta pasión como rigor. Lo hizo en libros, artículos y
conferencias, iluminando cada detalle. A su labor se sumaron los aportes del
periodista e historiador orotavense Pedro Hernández Murillo, Premio Alfonso
Trujillo en 2002 por un bello y minucioso estudio dedicado al alfombrismo,
además de pregonero de estas Fiestas en 2019. Y continuó ese camino, con enorme
mérito y reconocimiento, José Manuel Rodríguez Maza, ampliando el conocimiento
de una tradición que no deja de crecer. Todos ellos nos hablan de lo mismo: no
hubo ruptura. Hubo continuidad. Una forma de seguir siendo fieles a la raíz
mientras el arte, paso a paso, iba creciendo.
Y así, poco a poco, fueron sumándose nombres que hoy forman
parte inseparable de la memoria de la Villa: Manuel Fernández Padrón, Norberto
Perera Hernández, José María Perdigón, Ambrosio Díaz Afonso y Tomás Machado
Méndez y Fernández de Lugo. Todos ellos sosteniendo, con su trabajo, aquello
que hoy contemplamos admirados.
Décadas después surgiría otra figura imprescindible: Pedro
Hernández Méndez, cuyo legado marcó profundamente la evolución de este arte
efímero. Y junto a él, José González Alonso y Ezequiel de León Domínguez -de
cuyo nacimiento celebramos este año el centenario-.
Posteriormente, desde 1992 hasta nuestros días, la labor de
Domingo Jorge González Expósito ha permitido que esta tradición continúe
creciendo sin perder jamás su esencia. Y en este 2026 nos presenta la creación
de un “Paraíso Canario”, ofrenda a la Virgen del Carmen en una doble
celebración: el 775 aniversario del Santo Escapulario y los 75 años de la
Consagración de la Villa, Valle y Arciprestazgo de La Orotava a su Advocación.
A ello se suman referencias a la labor de la Cruz Roja y la visita a nuestro
archipiélago del Papa León XIV. Todo ello junto a un gran equipo de hombres y
mujeres que trabajan jornada tras jornada para que todo esté listo. Y, como
siempre, con el apoyo de los alfombristas de flores, responsables de la
colocación del brezo. 15 colores naturales del Teide, ceniza negra de La Palma
y nuevos tonos siguen enriqueciendo esta tradición centenaria.
Pero hablar de las alfombras de La Orotava sería imposible sin
detenernos también en una institución fundamental para la salvaguarda de este
patrimonio colectivo: La Asociación de Alfombristas de la Villa de La Orotava.
Constituida el 14 de noviembre de 1991, la Asociación ha dedicado más de tres
décadas de intenso trabajo a proteger, promover y transmitir una tradición
profundamente arraigada en el alma de este pueblo. Gracias a su labor, las
alfombras no solo han seguido emocionando al presente, sino que han podido
proyectarse hacia el futuro. Porque proteger una tradición no significa
encerrarla en el pasado. Significa mantenerla viva. Significa enseñar.
Significa compartir. Significa garantizar que las futuras generaciones puedan
seguir sintiendo el mismo orgullo que sentimos hoy.
Y precisamente siguiendo esa trayectoria de reconocimiento y
gratitud, este año la Asociación ha concedido el Pétalo de Oro a dos personas
profundamente vinculadas al alma de las alfombras: Antonio Martín y Hans
Kamella. Dos nombres que representan dedicación, amor por la tradición y
compromiso constante con la grandeza artística y humana de estas Fiestas.
Ellos, vinculados durante décadas a la alfombra que con tanto acierto dirigiera
el recordado villero Antonio Pérez Bethencourt. ¡Cuánto extrañamos a Antonio y
su implicación en estas Fiestas! ¡Y sus ratitos de conversación en la casa de José
Bethencourt, Tío Pepe, en plena calle Rodapalla, a pocos metros de donde hoy
estamos! ¡Qué gran villero era!
Y a ellos, y a todos los alfombristas de ayer y de hoy, gracias.
Gracias por tantas jornadas. Gracias por tanto esfuerzo
silencioso. Gracias por convertir las calles de La Orotava en un milagro
efímero que cada año vuelve a emocionarnos como si fuera la primera vez. Porque
si algo tienen en común todos ellos -los de antes y los de ahora- es
precisamente eso: Las manos. Las manos que cortan el brezo. Las manos que
buscan la tierra volcánica. Las manos que deshojan flores una a una. Las manos
que dibujan sin borrar. Las manos que corrigen sin destruir. Pero también las
manos envueltas de arena que siguen trabajando, aunque el cuerpo ya pida
descanso. Las manos que se ayudan unas a otras en silencio. Las manos que
colocan una flor mientras al lado alguien cuenta una anécdota o vivencia. Las
manos que siguen trabajando mientras el frío de la madrugada baja desde la
montaña y comienza a cubrir lentamente las calles.
Porque hay
algo profundamente emocionante en el día del Corpus. La Villa des-pierta muy
temprano, todavía envuelta en penumbra. Los vecinos trabajan juntos en
silencio. El olor del café se mezcla con el del brezo recién extendido. Los
niños intentan mantenerse despiertos. Los mayores corrigen con paciencia cada
detalle. Y, casi sin darse cuenta, la claridad comienza a abrirse paso. El día
amanece suave-mente sobre las treinta y seis alfombras que cada año transforman
las calles de la Villa, junto a los altares efímeros que completan el
recorrido. Y algo cambia en la mirada de quien contempla. Porque ya no se ven
únicamente flores. Ni tierras. Ni dibujos. Se ve tiempo. Se ve sacrificio. Se
ve identidad. Se ve memoria compartida.
La Villa
guarda silencio. Un silencio profundo. Un silencio emocionado. Un silencio que
impresiona incluso a quienes llegan desde fuera. Porque durante unos instantes
las calles dejan de ser calles. Se convierten en templo. Y el pueblo entero
parece caminar al mismo ritmo.
Hay miradas emocionadas. Hay personas que rezan en silencio. Hay
lágrimas discretas en muchos balcones. Hay mayores que observan el paso del Santísimo
con la emoción intacta después de toda una vida.
Y lo efímero comienza lentamente a desaparecer. Pero no se
pierde. Porque en La Orotava nada verdaderamente bello desaparece del todo. Se
queda en la memoria de quienes lo contemplaron. En las manos de quienes lo
hicieron posible. En la emoción de quienes lo heredarán mañana.
Y mientras el Corpus avanza entre el silencio emocionado del
pueblo, resuenan también las voces de nuestras corales y de la Agrupación
Musical Orotava, interpretando “El Tan-tum Ergo” y el himno eucarístico
“Cantemos al Amor de los Amores”. Entonces, la Villa parece detenerse. La
bendición solemne con su Divina Majestad desde el balcón central del
Ayuntamiento. La procesión de retorno hasta la Parroquia. La Reserva del
Santísimo Sacramento, acompañada por cantos de alabanza que se elevan como un
susurro antiguo. Y, abriendo paso, los ciriales enramados, cuya luz y color se
han convertido en uno de los signos más reconocibles de nuestras Fiestas.
Porque estas Fiestas no solo se contemplan. Se escuchan. Se
sienten. Se respiran. Y es precisamente ahí donde La Orotava se reconoce a sí
misma: en su propia voz… y también en su silencio.
El oído es, quizá, el primer sentido que anuncia que la Villa
vuelve a entrar en su tiempo más profundo. Las campanas abren el periodo
extraordinario de la celebración. Los tambores marcan el paso solemne de las
procesiones. Las chácaras, los laúdes y los timples llenan las calles de coplas
que se mezclan con el sonido de las parrandas que acompañan a las carretas. Los
acordes de guitarras y el repique alegre de las castañuelas se entrelazan con
el murmullo del pueblo que avanza entre risas, saludos y vivencias compartidas.
Las voces de la gente convierten cada canto en una forma de pertenencia. Todo resuena
como un lenguaje común, un eco que atraviesa generaciones y que, año tras año,
vuelve a re-cordarnos quiénes somos.
Y después llega el olfato. Ese lenguaje invisible que también
forma parte de la fiesta. El olor del brezo. El musgo húmedo. La barba de
millo. Las flores recién cortadas. El almidón de las telas preparadas con
esmero. El adobo tradicional que comienza a anunciar la Romería. Son aromas que
permanecen para siempre en la memoria. Porque basta volver a sentir el olor de
una alfombra recién terminada para regresar inmediatamente a la infancia. A las
noches sin dormir. A las familias trabajando juntas. A la emoción de esperar la
procesión.
Porque en La Orotava el arte no solo se contempla. También se
respira. Y entonces aparece la vista. Las calles convertidas en tapices. Los
balcones de madera tallada adornados para la ocasión. Las fachadas antiguas.
Las flores. Los mantones. Las cintas de colores. El Valle de La Orotava
extendiéndose majestuoso bajo la mirada del Teide. Todo parece formar parte de
una misma obra. Naturaleza. Patrimonio. Tradición. Fe. Pueblo. Todo unido.
Y junto al Corpus llega también San Isidro Labrador. Porque
estas Fiestas son también homenaje al mundo campesino. A quienes trabajaron la
tierra. A quienes hicieron del esfuerzo cotidiano una forma de dignidad.
“Guitarras y balayos en la Romería. En las guitarras -a través de las cuales se
filtra y remansa en la isla el viejo lirismo de España- vive, canta y llora el
alma polifacética de nuestra tierra. El balayo es como un cuenco donde duerme
el pasado sus sueños evocativos” señalaría el programa festivo de 1963.
El historiador Manuel Rodríguez Mesa nos recuerda que, durante
mucho tiempo, las Fiestas y la Romería campesina no fueron otra cosa que el
sencillo y cálido homenaje de los labriegos a su santo patrón. Y quizá ahí siga
estando todavía la verdad más profunda de esta celebración: en la gratitud, en
reconocer de dónde venimos, en la memoria viva de un pueblo que nunca ha
olvidado sus raíces.
Muy pronto
volveremos a vivir la Romería, esa expresión luminosa de identidad que
atraviesa generaciones. Y este año, la memoria adquiere un significado
especial: se concede el título de Villero de Honor, a título póstumo, a César
Hernández Martínez, fundador de la Romería de San Isidro en 1936. No es solo un
homenaje. Es justicia. Porque su aportación no fue circunstancial: fue
fundacional. Sin él, la Romería no sería lo que hoy representa para este
pueblo. La historia, tal y como se apunta en breves apuntes en la web de tal
institución, nos lleva a 1935, cuando el propio César -entonces presidente del
Liceo de Taoro- observó la procesión de San Isidro junto a su amigo Ambrosio
Díaz. Aquel desfile sencillo, con niños y niñas vestidos de magos, despertó en
él una intuición clara: la fiesta podía crecer sin perder su alma religiosa,
podía convertirse en una celebración del pueblo entero. La Junta Directiva del
Liceo acogió la idea con entusiasmo y, en junio de 1936, acordó organizar una
Romería coincidiendo con la procesión, acompañada de un Baile de Magos y un
Concurso de Cantos y Bailes Típicos. Así nació, el 21 de junio de 1936, la
Primera Romería de San Isidro Labrador, promovida por el Liceo de Taoro. Fue un
éxito inmediato. A partir de entonces, las carretas de San Isidro comenzaron a
ganar fama en toda la isla por su belleza y originalidad. No en vano, la Villa
ha sido siempre tierra de artesanos.
La Romería creció año tras año hasta convertirse en la gran
fiesta canaria que hoy conocemos, ejemplo para todo el Archipiélago y cantada
como “la fiesta más bonita que hay en Canarias”. Por eso, cuando hablamos de la
Romería, hablamos también del Liceo de Taoro. No solo la vio nacer: la impulsó,
la organizó, la acompañó y la sostuvo. Y sigue haciéndolo. Su presidenta,
Carmen Leyes, lo recordaba en su pregón de estas Fiestas en 2024: “el Liceo no
es un espectador, sino parte esencial de la historia viva de estas Fiestas”. Y
junto al nombre de César Hernández Martínez, la memoria nos lleva también a
tantos romeros que hicieron crecer esta tradición. Entre ellos, Casiano García
Feo, reconocido como Romero Mayor Honorario por el Liceo en 1959. Todos ellos
forman parte de una cadena humana que ha mantenido, con devoción y esfuerzo, lo
que hoy contemplamos con orgullo.
Porque las Fiestas se construyen precisamente así. Desde muchas
vidas entregadas a una misma emoción colectiva. Y si el Corpus tiene el
lenguaje del silencio y de la contemplación, la Romería tiene el lenguaje
alegre del encuentro.
Porque la Romería también tiene su propia música. La música de
las yuntas avanzando lentamente sobre el empedrado. La música de las parrandas
que se abren paso entre risas y saludos. La música del pueblo compartiendo,
como si cada paso fuera un compás y cada gesto una nota.
Ya lo recordaba María Rosa Alonso al describir aquellos aires y
danzas populares que “proyectaban su armonía sobre los viejos caserones”. Y a
esas palabras deseo sumar las que, a finales de los años sesenta, escribiera
Jesús Hernández Acosta en el programa de las Fiestas, evocando una “Villa de
ayer que quiere seguir siendo. Se reitera cada año y no pierde su aire viejo,
que huele a rosa y a agua enamorada. Canta la isla en su contorno, y se hace
camino y voz unánime”. Porque eso es, en el fondo, la música de estas Fiestas:
un camino que canta, una voz que se hace pueblo, una armonía que vuelve cada
año para recordarnos quiénes somos.
Y dentro de esa memoria colectiva ocupa un lugar muy especial el
Baile de Magos. No solo como acto festivo, sino como una verdadera afirmación
de identidad popular. Porque hubo un tiempo en que muchos jóvenes villeros
comprendieron que la tradición debía abrirse al pueblo entero, que las calles
debían volver a ser espacio común para celebrar lo que somos. Aquella
reivindicación popular de 1976, impulsada por la juventud orotavense y por
recordados colectivos como la Asociación Juvenil Tauro, terminó marcando para
siempre la manera de vivir las fiestas en Canarias. No defendían únicamente un
baile. Defendían el derecho de un pueblo a encontrarse. A reconocerse. A
vestirse con orgullo con el traje tradicional. A celebrar la convivencia
compartida.
Y gracias a aquella generación, hoy el Baile de Magos forma
parte inseparable del alma de estas Fiestas, tal y como detalla magistralmente
el Gestor Técnico Municipal de Patrimonio Histórico villero, Pablo Torres, en
el programa de actos del presente año, invitando con sus palabras a disfrutar
de “una noche de encuentro, de conciliación y de cambio, sin olvidar que hace
apenas cincuenta años algo así no era posible y que, tan solo un lustro atrás
circunstancias globales nos privaron de hacerlo durante dos ediciones
consecutivas”.
¡Y qué importante son las carretas! Representan auténticas obras
artesanales que durante décadas fueron elevadas a la categoría de arte gracias
al trabajo de hombres como Ambrosio Díaz Manzano o Victoriano Martín Raya.
Porque las carretas nunca fueron un simple acompañamiento. Fueron siempre
expresión de identidad campesina. Memoria viva del trabajo agrícola. Escenas de
la vida cotidiana. Oficios antiguos. Ingenio popular. Y todavía hoy familias
enteras dedican meses de trabajo silencioso para mantener viva esta tradición.
E indispensable en esa labor es la Asociación Cultural Carreteros San Isidro
Labrador y Santa María Cabeza. Cuidando cada detalle. El equilibrio de las
yuntas. La decoración. La elegancia del conjunto. La fidelidad a la
tradición…porque aquí nada se improvisa. Porque conservar una carreta no es
únicamente conservar una costumbre. Es proteger la memoria colectiva de La Orotava.
Y junto a
todo ello aparece también otra emoción profundamente villera. La emoción del
regreso. Porque cuando llegan estas fechas, muchos hijos de esta Villa vuelven
a casa. Regresan desde otros municipios. Desde otras islas. Desde otros países.
Vuelven buscando algo que quizá no saben explicar del todo. Vuelven buscando la
infancia. La familia. La emoción de sentirse nuevamente parte del pueblo.
Y algunos
regresan sabiendo que ya no encontrarán a determinadas personas esperándolos en
el balcón o en la puerta de casa. Pero aun así vuelven. Porque hay raíces que
nunca dejan de llamar. Porque hay lugares que siguen habitándonos, aunque pasen
los años.
Y La Orotava tiene esa fuerza. La fuerza de la memoria. La
fuerza del afecto. La fuerza de hacer sentir a quien regresa que sigue
perteneciendo a esta tierra.
Y junto a la vista aparece también el tacto. El tacto de las
flores, de la madera tallada, de los tejidos tradicionales y de las riendas que
guían las yuntas. Todo aquello que pasa por las manos de quienes siguen
cuidando estas Fiestas como un legado recibido y compartido.
Y finalmente aparece el gusto. El sabor compartido de la
Romería. El vino de la tierra. La comida preparada para recibir a familiares y
amigos. Los productos que se comparten al paso de las carretas.
Porque en La Orotava la fiesta también se celebra alrededor de
una mesa. Como encuentro. Como hospitalidad. Como convivencia. Y quizá ahí
resida la verdadera grandeza de estas Fiestas. En haber conseguido unir
generación tras generación lo religioso y lo popular. El Corpus y la Romería.
La solemnidad y la alegría. La memoria y el presente.
Hasta convertir todo ello en algo mucho más profundo que una
celebración. En una forma de entender la vida. En una forma de entender La
Orotava. Porque las Fiestas pasan. Las flores desaparecen. Las arenas vuelven
al silencio. Las calles recuperan su rutina. Pero el pueblo permanece.
Permanece la emoción. Permanece el orgullo. Permanece la memoria. Y permanecen,
sobre todo, las personas. Los que estuvieron antes. Los que están hoy. Y los
que vendrán mañana.
Por eso debemos cuidar estas Fiestas no solo como patrimonio
artístico. Sino como patrimonio humano.
Porque cada alfombra. Cada carreta. Cada canción. Cada balcón
adornado. Cada traje tradicional. Cada momento de trabajo. Cada gesto
compartido… Nos recuerda quiénes somos. Y en tiempos donde tantas cosas parecen
pasajeras, La Orotava continúa enseñándonos algo profundamente valioso: Que
todavía existen tradiciones capaces de reunir a un pueblo entero alrededor de
la belleza. De la fe. Del respeto. De la convivencia. Y de la memoria
compartida.
Queridos
villeros y villeras: Cuando dentro de unos días el brezo vuelva a cubrir las
calles…Cuando las flores comiencen nuevamente a transformarse en arte…Cuando el
Santísimo avance sobre las alfombras…Cuando San Isidro y Santa María de la
Cabeza vuelvan a recorrer su pueblo…Cuando las parrandas llenen de música
nuestros días y noches…Cuando las carretas vuelvan lentamente a descender entre
el gentío…
Cuando un
niño vuelva a mirar asombrado las Fiestas por primera vez…Miremos alrededor. Y
sintamos orgullo. Orgullo de pertenecer a una Villa que ha sabido convertir la
tradición en identidad. La fe en belleza. Y el trabajo colectivo en patrimonio
universal.
Porque
cada junio volvemos a comprobar una verdad sencilla y hermosa: que las flores
pueden marchitarse, que las arenas volverán a recogerse y que las calles recuperarán
su rutina.
Pero
mientras exista un pueblo dispuesto a recordar, a trabajar unido y a emocionarse
ante su propia historia, todo lo que hoy hemos compartido en este pregón
seguirá vivo.
Porque La
Orotava no solo celebra unas Fiestas. La Orotava se celebra a sí misma.
¡Viva
siempre La Orotava! ¡Vivan las Fiestas Patronales!
Muchas
gracias….”
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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