Francisco Javier García Amador vio la luz
en la Villa de Los Realejos y en ella misma apuró sus últimos alientos este 23
de agosto de 2026.
Corría
el albor de los años setenta. Yo militaba aún como jugador en el Club AA. AA.
Salesianos de La Orotava (hoy CB San Isidro), pero la exigencia de mis estudios
de Profesorado Mercantil en la histórica Escuela de Comercio de Santa Cruz me
obligó a colgar la camiseta. Incapaz de alejarme del parqué, obtuve los títulos
de entrenador provincial y regional para volcarme en la formación de las bases.
Dirigía yo al Juvenil Águila del Valle
cuando emergió un hito en el baloncesto del norte tinerfeño: la fundación del
CB San Agustín de Los Realejos, al amparo del célebre colegio de la localidad.
Recuerdo con nitidez la inauguración de su cancha, erigida en los bancales que
reposan bajo la plaza del Santuario de Nuestra Señora del Carmen. Allí estaba
yo con mis muchachos, mientras mi compañero y amigo orotavense Vicente Vivas
tomaba las riendas de aquel nuevo proyecto. En ese plantel principiante
comenzaba a despuntar un trío prometedor: Paco González Hernández, Juan Carlos
Domínguez y un joven llamado Quico.
Fue en ese ambiente donde conocí a
Francisco Javier. Tiempo después, la plantilla orotavense del AA. AA. Salesiano
Mayaba fichó a las tres promesas realejeras. Quico quizás no poseía la depurada
plástica de Paco o Juan Carlos, pero lo compensaba con un coraje implacable: un
escolta incisivo, con excelente tiro exterior y una capacidad magistral para
fajarse dentro de la pintura.
Aquel bloque vivió tiempos convulsos. En la
temporada 1974-1975, bajo la directiva de Carlos Rodríguez, el club decidió
retirar la categoría sénior. Los jugadores, en libertad de acción, recalaron temporalmente
en el CB Puerto de la Cruz. La travesía duró poco: para el curso 1976-1977, la
baja federativa del conjunto portuense devolvió la plaza a la entidad
orotavense, rebautizada ya como CB San Isidro. Quico, Paco y Juan Carlos
regresaron a la que era su casa para liderar una época dorada de éxitos hasta
sus respectivas retiradas.
Más
allá del parqué, la biografía de Quico guarda una impronta imborrable. Tras
cursar el Bachillerato y el COU en el Colegio San Agustín, se graduó en la
Escuela de Magisterio de La Laguna para ejercer con vocación la docencia. Su
compromiso cívico lo llevó también a las actas concejiles en el Ayuntamiento de
Los Realejos, donde asumió la cartera de Cultura y firmó un legado memorable
junto a la centenaria Sociedad Filarmónica. En el plano deportivo, su talento
no pasó desapercibido para la élite: el legendario Pepe Cabrera lo reclutó
—junto a Juan Violán— para el CB Canarias. Tras un año en La Laguna, volvió al
San Isidro para integrar aquel mítico quinteto que encadenó una temporada
invicta, promediando más de cien puntos por partido y disputando las fases de
ascenso en la Península.
Fue
precisamente su primer mentor, Vicente Vivas, quien me comunicó la penosa
noticia de su partida, mientras que el buen amigo Agustín Arias, desde Basketmanía Tenerife,
desempolvaba las fotografías que hoy ilustran su recuerdo.
Querido
Quico: la vida nos cruzó bajo la sombra de un tablero. Fuiste una persona
extraordinaria, tan grande en lo humano como en el juego, comunicador nato y
compañero leal. Tus amigos de la canasta te seguimos recordando con el mismo
afecto de siempre. Que te acoja ahora un lugar de serena paz y felicidad.
Hasta
siempre, amigo Quico.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL








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