(Fotografía de la colección particular del
autor, tomada con su propia cámara, que plasma la imagen de San Agustín
venerada en el templo agustino de la Villa de La Orotava).
I. LA BÚSQUEDA Y EL DESTELLO DE LA GRACIA
El
28 de agosto de 2020, Agustín Armas Hernández, entrañable amigo del Puerto de
la Cruz y miembro de la Fraternidad Agustiniana, nos brindó estas reflexiones,
en homenaje al insigne Doctor de la Iglesia.
Recuerda
la tradición que Agustín de Hipona se acercó en un primer momento a las
Sagradas Escrituras con el orgullo del retórico consumado. Acostumbrado a la
elegancia estilística de Cicerón y a la filosofía clásica, la Biblia le pareció
una lectura tosca, casi un lenguaje para ignorantes. Incapaz aún de percibir el
Espíritu que latía tras la letra, el joven norteafricano permaneció ciego a su
verdad interior.
Sin
embargo, en el designio divino no hay extravío eterno. En Milán, la elocuencia
profunda y alegórica del monseñor San Ambrosio comenzó a desmantelar los
prejuicios intelectuales del joven maniqueo. A la par, las lágrimas incesantes
y la oración callada de su madre, Santa Mónica —ejemplo imperecedero de fe
perseverante—, fecundaban el terreno de su alma. La conversión no tardaría en
germinar. Al releer los textos sagrados con el corazón despojado, el filósofo
inquieto no pudo sino exclamar con estupor contemplativo: «¡Tarde te amé, belleza tan antigua
y tan nueva! ¡Aquí habita la verdad de la vida!».
II. DE LAS TINIEBLAS A LA LUZ: CRONOLOGÍA
DE UNA CONVERSIÓN
La
transformación espiritual de San Agustín, acaecida en el siglo IV, constituye
uno de los capítulos cumbres del pensamiento occidental y cristiano. Tras un
largo y angustioso proceso de discernimiento, el santo halló la paz definitiva
en el verano del año 386 d. C. (hace
ya más de dieciséis siglos). Un año más tarde, en la vigilia pascual del 24
de abril del 387 d. C., recibía el sacramento del bautismo de manos del propio
San Ambrosio.
A
partir de aquel instante, Agustín dejó una huella indeleble en la historia de
la humanidad. A través de obras inmortales como Las Confesiones o La Ciudad de Dios, se convirtió en faro espiritual
para generaciones de teólogos, pensadores y contemplativos que, a lo largo de
los siglos, han arriesgado cuanto tenían para proclamar la palabra del Divino
Hacedor por los confines de la tierra.
Ante
este testimonio de entrega, cabe preguntarnos: ¿qué ocurre con el discurrir
liviano de la existencia humana? ¿Qué acontece con aquellos que transitan por
este valle de lágrimas instalados en la monotonía de levantarse, trabajar,
comer y dormir, sin comprometerse jamás en la búsqueda de la trascendencia ni
en el amor activo? Como nos enseñó el propio Jesús de Nazaret: «En la casa de mi Padre hay muchas
moradas… voy a prepararos un lugar» (Jn 14, 2). En la justicia y paciencia
divinas, a cada alma le aguarda la morada que haya sabido labrar a lo largo de
su peregrinaje terrenal.
III. EL MISTERIO INEFABLE Y LA VOZ DEL
JARDÍN
Mas,
¿bastaron únicamente las lágrimas maternales de Mónica o la sublime oratoria de
Ambrosio para obrar la metamorfosis del santo? La teología agustiniana nos recuerda
que el esfuerzo humano es vano sin la iniciativa de la Gracia.
El
quiebre definitivo aconteció en un jardín de Milán. Sumido en una profunda
crisis interior, Agustín escuchó una voz angelical con cadencia de niño que le
decía: «Tolle, lege; tolle, lege»
(«Toma y lee; toma y lee»). Al abrir el volumen de las Epístolas de San Pablo
(Rm 13, 13-14), las sombras de la duda se disiparon de golpe y rompió a llorar
en un mar de contrición y gozo.
A
esta vivencia espiritual se une la célebre leyenda del encuentro en la playa.
Cuenta la tradición que, mientras el santo paseaba por la orilla intentando
descifrar racionalmente el misterio de la Santísima Trinidad, contempló a un
niño que excavaba un hoyo en la arena y vertía en él agua del mar con una
pequeña concha. —¿Qué intentas
hacer? —le preguntó Agustín, intrigado. El pequeño, fijando en él una
mirada penetrante como la luz, respondió: —Pretendo vaciar todo el océano en este hoyo. —¡Eso es imposible! —repuso el
sabio retórico. A lo que el niño, revelándose como un enviado celestial,
replicó: —Más imposible es aún
que tu mente humana pretenda abarcar el misterio infinito de la Trinidad en la
pequeñez de tu intelecto.
Agustín
buscó la luz con honestidad radical y la halló, recordándonos que, aunque
muchos hombres prefieran habitar en la comodidad de la penumbra, el alma humana
está hecha para la verdad.
IV. LA SÍNTESIS DEL AMOR: EL CORAZÓN
TRANSVERBERADO
Muchos
siglos antes de la conversión del Doctor de la Gracia, Dios confió a Moisés en
el Sinaí el Decálogo: mandamientos destinados a ordenar la convivencia y el
espíritu de los hombres en la tierra para conducirlos a la patria celestial.
Sin embargo, San Agustín comprendió que la ley alcanza su plenitud en la
caridad.
Por
ello, la iconografía cristiana representa singularmente a San Agustín con dos
atributos inseparables: un libro y un
corazón inflamado (a menudo atravesado por una flecha). El libro
simboliza la cumbre de su sabiduría teológica y filosófica; el corazón ardiente
encarna el centro de su espiritualidad: el amor indivisible a Dios y al
prójimo. Como dejó escrito en sus escritos pastorales, la fe no es un mero
ejercicio especulativo, sino una adhesión del corazón: A Dios no se le encuentra caminando con los pies, sino
amando con la voluntad.
Ya
sea contemplado desde la perspectiva de su compleja personalidad —aquella
hondura analítica y temperamento apasionado que algunos atribuyen a las
influencias astrológicas de su nacimiento el 13 de noviembre de 354— o desde la
perspectiva estricta de la fe, Agustín encarna el prototipo del buscador
incansable. Por su nombre de pila y por su pertenencia a la Fraternidad
Agustiniana, Agustín Armas rinde con estas notas y su fotografía un justo y
devoto homenaje al Santo de Hipona, recordándonos que la verdadera sabiduría
consiste en dejarse transformar por el Amor.
BRUNO
JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL

.jpg)



%20color%20calidad%20poner.jpg)
%20lapiz%20blanco%20y%20negro..jpg)