sábado, 31 de octubre de 2020

HUERTA DEL MORAL (V)


LATIDOS DE UN BARRIO PARIDO EN LA ESPERANZA: LA HISTORIA VIVA DE LOS CUARTOS (HUERTA DEL MORAL - V)

Corrían tiempos extraños y sombríos, de esos en los que el mundo parecía contener la respiración bajo la sombra implacable de una pandemia invisible. Y fue precisamente ahí, en la trinchera de la supervivencia, cuando la memoria decidió abrigarnos el alma. Gracias la generosa mirada de mi alumno Emiliano Ramos Amaro, llegó a nuestras manos un tesoro en forma de imágenes: el latido primigenio de la inauguración y entrega de llaves del Barrio Los Cuartos, alzado sobre el regazo entrañable de la antigua Huerta del Moral.

Aquel suelo fértil, abrazado antaño por los caminos de la Carretera General de Los Pinos, el Recodo, la falda del Colegio de La Milagrosa y la Cañada —y más tarde delimitado por el Estadio Municipal—, se convirtió en el hogar de los sueños sencillos de nuestra gente.

LAS LLAVES DE LA DIGNIDAD: 1945

¡Qué emoción inmensa debió inundar aquellos corazones en 1945! Las fotografías nos devuelven la estampa viva de un hito histórico: el alcalde de la Villa, don Cándido Acosta Hernández, entregando las llaves de las ansiadas viviendas sociales a los beneficiarios. A su lado, flanqueando aquel momento de profunda justicia social y esfuerzo colectivo, le acompaña el general jefe del acuartelamiento de infantería de San Agustín, don Augusto Machado Méndez y Fernández de Lugo, junto a la colaboración del Mando Económico liderado por el capitán general de Canarias, don Francisco García Escames e Iniesta.

Aquellas casitas humildes de una sola planta, coquetas con sus tejados a dos aguas y sus chimeneas humeantes, eran mucho más que ladrillos: eran el refugio de la esperanza tras años difíciles. Y aunque los caprichos del clima quisieron poner a prueba al vecindario —como aquel furioso temporal de viento de 1957 que arrancó los techos y obligó a reemplazarlos por mampostería—, el barrio supo tejerse una coraza de resistencia y UNIÓN.

LA FE Y EL CALOR DE LA COMUNIDAD

¿Cómo no emocionarse al recordar los cimientos espirituales de este rincón orotavense? En 1984, impulsado por el amor entrañable de la familia González Yumar —que asumió con generosidad casi la totalidad de los gastos junto al depósito del agua a presión—, se levantó la Capilla en honor a la Virgen Milagrosa. Aquel inolvidable 17 de noviembre de 1984, bajo la bendición del obispo Nivariense don Damián Iguacen Borau y el calor del párroco don Jacinto Barrio Acosta, el barrio consagró su espíritu de hermandad.

UN GRITO DE JUSTICIA Y MEMORIA

Hoy, recorrer Los Cuartos es caminar sobre las huellas de mi propia infancia. Es sentir latir el pulso de los amigos de siempre, de las familias que hicieron grande este lugar. Es ver, como en un fresco sagrado, los rostros inolvidables de María la de la Venta, del inolvidable maestro herrero don Francisco Mesa, y de tantos otros que pusieron alma y sudor en cada rincón.

Por eso duele en el fondo del alma comprobar cómo el tiempo a veces borra lo que la historia escribió con tanto sacrificio. Es un acto de justicia poética y moral recordar y honrar a quienes construyeron nuestro presente: don Antonio Hernández de Las Tapias, don Cándido Acosta Hernández, la familia González Yumar...

Que estas líneas y estas fotografías sean un abrazo eterno contra el olvido. Porque un barrio que recuerda sus raíces es un pueblo que nunca muere, y Los Cuartos, paridos en la humildade de 1945, seguirán viviendo por siempre en el latido más noble de La Orotava.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


viernes, 30 de octubre de 2020

SANTIAGO MARTIN MORALES, MÚSICO

En estos tiempos de pandemia, sobreviviendo a ese bicho atómico mortífero.

El amigo desde la infancia de la Calle El Calvario de la Villa de La Orotava; CARMELO SANTOS VILLAR, remitió entonces (31/10/2020) esta imagen referente al músico orotavense SANTIAGO MARTIN MORALES.

Fotografía tomada en los estudios inolvidables de FOTO PORTERO en la calle el Calvario de la Villa de La Orotava.

Santiago Martín Morales, fue un músico polivalente en el metal, con tuba, bombardino y trombón.

Pertenece a la cantera de don José Berenguer Sánchez, debutando con él en la banda de música Municipal de la Villa de La Orotava.

Desaparecida la banda de música municipal  de la Villa de La Orotava, en septiembre del año 1954. Santiago Martin Morales forma parte de la nueva banda de música de la Agrupación musical Orotava, marzo del año 1955. A la que pertenece por cuatro veces de más a lo largo de su vida musical.

Jubilado anticipadamente como carpintero ebanista, se matricula en el Conservatorio de Música de Tenerife, para perfeccionarse en el bombardino, lo que le supuso mejorar sus conocimientos, incluso aprendió a transportar.

Nació en la Villa de La Orotava, estudió en las graduadas del Ayuntamiento, dibujo en la academia Perdigón, Música en la Municipal de la Villa y Conservatorio de Santa Cruz.

Trabajó de ebanista en las carpinterías de Isabelino Martin (destacado alfombrista) e Isaac Valencia Pérez. Por último en Transporte Tenerife, como mantenedor.

Santiago Martin Morales era muy buena persona, un músico ejemplar y de corazón y un buen amigo.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

 

jueves, 29 de octubre de 2020

CALLE “LA IGLESIA” (V)


En los días inciertos de octubre de 2020, en plena pandemia, mi amigo de la infancia de la calle El Calvario, Carmelo Santos Villar, me hizo llegar una imagen que hoy es refugio de nuestra memoria: una estampa de la calle "La Iglesia" en la primera mitad del siglo XX. Al fondo se yergue majestuosa la Iglesia de la Concepción, con una curiosidad que atrapa la mirada villera: su torre gemela izquierda aparece desnuda, aún sin campanas ni reloj.

La acera izquierda de la fotografía custodia la identidad del barrio: la señorial Casa Salazar, la antigua Caja de Ahorros y Monte de Piedad, la casa de los Reyes y la casa de los Pérez, en cuya planta baja despachaban su peletería y sombrería bajo la mirada de un grupo de niños inmortalizados en su juego.

Como bien recuerda mi compañero de docencia, Rafael Gómez León, esta emblemática vía —una de las más antiguas de La Orotava— ha mudado de nombre con la historia. Nació de la lógica popular como la “calle que va a dar enfrente de la Iglesia Matriz”. Durante la Primera República (1873-1874) se rebautizó en honor al político sevillano Nicolás María Rivero, para luego recuperar su esencia como “La Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción”. Finalmente, tomó su rótulo actual en homenaje a don Inocencio García Feo, querido párroco del templo hasta 1920.

Contemplar esta foto es ganarle un pulso al olvido. Aunque pasen las crisis y cambien los nombres de las esquinas, las piedras de La Villa siguen guardando el eco de los niños que fuimos y el orgullo de lo que somos.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


miércoles, 28 de octubre de 2020

HOTEL HESPÉRIDES Y CALLE DE LA CARRERA EN EL TIEMPO

RETORNO AL HESPÉRIDES: EL ECO DEL TIEMPO EN LA CALLE DE LA CARRERA

En los días oscuros de la reciente peste contemporánea, cuando la humanidad entera se batía en un duelo silencioso contra un bicho atómico y mortífero, brotó un destello de luz desde la memoria compartida. Fue entonces, en el crepúsculo de octubre de 2020, cuando la lealtad y el recuerdo se fundieron en el gesto de Carmelo Santos Villar—amigo entrañable de las infancias compartidas en la Calle El Calvario de la Villa de La Orotava—. Desde su orilla del tiempo, Carmelo nos envió un puente de plata hacia el pasado: una ventana en blanco y negro que retrataba el Hotel Hespérides y la Calle de la Carrera suspendidos en la eternidad.

La fotografía, capturada en el suspiro final del siglo XIX, congela el último tramo de la calle La Carrera en su sagrado cruce con la del Colegio. Observar esa estampa es asistir al nacimiento de un milagro: estas esquinas, arterias vitales de la historia orotavense, se revelan ya aquí como los escenarios primitivos donde la fe y el arte efímero tejían sus primeras alfombras, alfombrando el suelo para que los hombres caminaran sobre la belleza misma.

La mirada se detiene, inevitablemente, en la sobria monumentalidad del caserón. Aquellas paredes custodian el alma de los jesuitas, quienes plantaron sus raíces en la Villa allá por el año 1600. La piedra comenzó a tomar forma en 1696, aspirando a convertirse en el Colegio de la Orden. Nació como un trazo sencillo, pero el destino y la geografía imponen sus propios dogmas: el afán de levantar la iglesia sobre el curso cantarín y oculto de la canal del molino de arriba provocó un pulso entre la arquitectura del cielo y la fuerza del agua. Hubo que torcer los planos, cediendo a la geografía del lugar. Nos recuerda la pluma sabia y lúcida del erudito José Viera y Clavijo que las fundaciones sagradas nunca están exentas de tormentas humanas. Tras la muerte en islas del padre Luis de Anchieta—sobrino remoto del gran apóstol del Brasil, sepultado en el recogimiento de San Ildefonso—, la mayoría de los monjes partieron rumbo a la península. Solo el padre Araujo y el hermano Cuéllar permanecieron como guardianes de un sueño, resistiendo durante un lustro de pleitos, cabildos, contradicciones y recelos en La Laguna, demostrando que toda gran obra requiere siempre el tributo de la persistencia.

Pero la historia es un río de mudanzas. En 1767, la expulsión decretada vació las estancias jesuíticas y el caserón pasó a engrosar los silenciosos bienes del Obispado. Más tarde, los avatares de la política transformaron el espacio en Casa Consistorial hasta que, en el fatídico año de 1841, el fuego—ese devorador insaciable de memorias—cayó sobre él. El incendio redujo el esplendor a un esqueleto herido de piedra y barro. Entre las llamas se volatilizó el cofre sagrado de la Villa: gran parte de sus archivos históricos se convirtieron en ceniza, salvándose apenas los vestigios del siglo XIX, como si el destino insistiera en que solo el presente más cercano merecía ser rescatado del olvido.

Resurgiendo de sus cenizas como el ave fénix, la propiedad fue adquirida en 1858 por el terrateniente güímarero Gonzalo Díaz Flores. Diez años después, el edificio abrió sus puertas al descanso del viajero. Primero como fonda al uso español y, hacia los finales de los setenta, mudando su piel para convertirse en la fonda inglesa bautizada como Hotel Hespérides, el mítico jardín donde los europeos buscaban la eterna primavera. Aquellas habitaciones se transformaron en un faro cultural del Atlántico, un cruce de caminos para almas extraordinarias. Por sus pasillos arrastró sus pasos cansados sir Francis Richard Burton, el indomable aventurero, filólogo y orientalista inglés que tradujo el erotismo y la magia de Las mil y una noches. Aquel titán de erudición prodigiosa y medallas de oro, capaz de mimetizarse con cualquier cultura de la Tierra, encontró en La Orotava un puerto para su incansable nomadismo. Y allí también, inspirada por la luz de los patios insulares, se alojó Marianne North. La genial pintora británica, cuyos óleos sobre flores alcanzaron tal grado de perfección geométrica y botánica que desdibujaron la frontera entre el arte puro y la ciencia exacta, inmortalizó el alma vegetal del mundo antes de apagarse en su lejana Gloucestershire.

El hotel cerró para siempre sus párpados en 1901, marcando el fin de una era dorada. Dos años después, en 1903, la dignidad del caserón fue rescatada por Don José Brier. El pueblo, en su sabiduría innata, que prefiere bautizar las cosas por el pulso de la cercanía y el afecto antes que por las crónicas oficiales, selló la identidad del edificio para siempre. Desde entonces y hasta nuestros días, cuando los caminantes cruzan ante su fachada, no ven un hotel extinto ni un colegio de monjes ausentes; ven, simplemente, la Casa de Brier, el cofre de piedra donde late, indestructible, el corazón del tiempo.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


martes, 27 de octubre de 2020

ALFOMBRAS DE LA OROTAVA EN LONDRES


TIERRAS DEL TEIDE BAJO EL CIELO DE LONDRES: EL ARTE EFÍMERO QUE CAUTIVÓ A LA REALEZA

En los días oscuros y suspendidos de la reciente pandemia, cuando la humanidad entera intentaba sobrevivir a los embates de ese enemigo invisible y atómico, la memoria se convirtió en nuestro mejor refugio. Fue entonces, en el otoño de 2020, cuando un hilo de nostalgia cruzó la histórica Calle El Calvario de la Villa de La Orotava; Carmelo Santos Villar, entrañable amigo de la infancia, rescató del olvido una joya fotográfica fechada originalmente en 1966. Una imagen que custodia el instante preciso en que el arte universal de las Alfombras de La Orotava conquistó el corazón de Londres.

Aquel año, la capital británica se rindió ante la suntuosidad de un tapiz monumental. No estaba hecho de hilos ni de sedas, sino de las tierras cromáticas extraídas de las entrañas del Teide, modeladas por las manos maestras de los alfombristas villeros. La exposición causó una admiración generalizada, convirtiéndose en un puente cultural tendido entre el Atlántico y el Viejo Continente.

La fotografía inmortaliza un encuentro de profunda carga simbólica y diplomática. En el recinto de la exposición, Su Majestad Británica, la Reina Madre, detiene su elegante caminar. Es la célebre Lady Elizabeth, la soberana que a los 14 años vio estallar la Gran Guerra y que, durante la Segunda Guerra Mundial, se negó a huir a los Estados Unidos para permanecer al pie del cañón junto a su pueblo, transformándose en el icono inquebrantable de la monarquía en la era moderna.

Frente a este símbolo de la resistencia europea se alza la tradición tinerfeña: Doña Lola Murillo, luciendo con porte y orgullo el traje típico de la Villa de La Orotava, obsequia a la Reina Madre con un ramo de flores frescas de nuestra isla. Doña Lola, esposa de Don Pedro Hernández Méndez —quien fuera el ilustre director del tapiz monumental de la Plaza del Ayuntamiento—, encarnó en ese gesto la hospitalidad y el alma de Canarias.

Detrás de este hito internacional latía el esfuerzo de los alfombristas orotavenses, artesanos de la tierra que trabajaron en la capital británica ataviados con el traje tradicional, convirtiendo el propio proceso creativo en una obra de arte viva. Hombres como Juan Pedro Escobar, Domingo Portocarrero, Manolo Pérez y José González Afonso “Pepe”, quienes no solo moldearon la arena del volcán, sino que sembraron para siempre el nombre y el prestigio artístico de La Orotava en las páginas de la historia internacional.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

lunes, 26 de octubre de 2020

JOSÉ MESA CABRERA. UN MÚSICO

José Mesa Cabrera fue, ante todo, un constructor de paisajes sonoros y un artesano del alma humana a través del metal y el viento. Su vida no puede entenderse como una simple sucesión de fechas, sino como una partitura vital donde la música operó como el hilo invisible que teje la memoria, la identidad y la resistencia de un pueblo. En la filosofía platónica, la música es la medicina del alma; en la existencia de José, fue el motor que transformó el devenir del tiempo en un eco eterno.

I. EL NACIMIENTO DE LA ARMONÍA EN TIEMPOS DE PENUMBRA

José Mesa Cabrera vio la luz en la Cruz Santa (Los Realejos), un rincón del norte de Tenerife que marcaría su destino y al que regresaría siempre, como el eterno retorno del que hablaba Nietzsche. Su iniciación musical no fue un mero aprendizaje técnico; fue un acto de comunión y resiliencia bajo el cobijo de don José Arbelo, párroco y arquitecto de una banda que desafió el silencio de la posguerra.

En la Semana Santa de 1939, con las heridas de la "guerra incivil" aún sangrantes, aquella banda debutó. En un lienzo social quebrado por el dolor, el joven José descubrió que la música poseía una función catártica: allí donde el lenguaje humano había fracasado y sembrado división, el arte se erguía para restaurar la dignidad y coser los desgarros del espíritu colectivo.

Siendo apenas un niño en 1943, su talento lo llevó hasta Madrid con la Agrupación Musical Cruz Santa. Aquel viaje iniciático, gestionado bajo los complejos engranajes de la Falange de la época, supuso el choque temprano entre la pureza del niño músico y las dinámicas del poder, una dualidad donde el arte siempre acaba encontrando su propia grieta de libertad.

II. EL ÉXODO CREATIVO: EL VÍNCULO CON LA OROTAVA

A finales de la década de los cuarenta, el destino llamó a su puerta con los nombres de Domingo Delgado González “Febles” y Jesús Padrón Cejas. Estos insignes músicos villeros acudieron a la Cruz Santa con una misión casi sagrada: reclutar a José y a su compañero Teodoro Sanabria para integrarlos en la Banda de Música Municipal de La Orotava, bajo la batuta del gaditano José Berenguer Sánchez.

Se fraguó así una alianza indisoluble entre municipios y corazones. En la Villa, José perfeccionó el trombón y el bombardino junto al maestro Juan Iglesia —cuya figura vigila con celo maestro la retaguardia en el registro fotográfico de la memoria—. La filosofía existencialista nos recuerda que el ser humano se define por sus elecciones y sus relevos; José no solo sustituyó a su maestro en el bombardino, sino que custodió su legado.

El Ayuntamiento villero le ofreció el sustento terrenal, primero entre los senderos verdes de la jardinería y luego en la precisión técnica de los contadores eléctricos. Mientras sus manos trabajaban la tierra y medían la energía del pueblo, sus labios soplaban el bronce, convirtiéndose en el Bombardino Principal de la municipal villera. Con ello, inscribía su nombre en la dinastía de los mitos locales: Jesús Illada Quintero, Pedro “El Medianero” y el propio Juan Iglesia.

III. METAMORFOSIS Y PLURALIDAD MUSICAL

La disolución de la Banda Municipal en septiembre de 1954 supuso una muerte simbólica, un silencio abrupto en la Villa. Sin embargo, la música, al igual que la energía, no se destruye, solo se transforma. En marzo de 1955, renació de sus cenizas bajo la dirección del músico militar Ernesto Correa Negrín en la nueva Agrupación Musical Orotava. José estuvo allí, firme, con su bombardino como escudo contra el olvido.

La inquietud artística de José no conocía fronteras estéticas. Entendía que la música es un ente vivo que debe habitar tanto la solemnidad de los templos como la alegría profana de las plazas. Fue el alma protectora y fundadora de la Orquesta de música ligera "Brisas del Teide" y de la orquesta cruzantera "Copacabana". Su batuta y su ritmo gobernaron el baile en el Liceo Taoro, encendieron el entusiasmo popular con la Fanfarria Peña El Casco y sumaron voluntades en la Banda "Amigos del Valle" de la Villa Arriba. José encarnaba la figura del dinamizador vital: un hombre que entregaba su tiempo para que los demás celebraran la vida.

IV. EL ETERNO RETORNO Y LA TRASCENDENCIA DEL BRONCE

A finales de los años ochenta, cerrando el círculo perfecto de su existencia, José regresó a sus orígenes. Reconstruyó la Banda de Música de La Cruz Santa, dedicándole sus últimos hálitos de vida y su madurez creadora hasta el día de su partida. Fue su testamento vital: regalar a las nuevas generaciones la misma herramienta de libertad y belleza que a él lo salvó en la infancia.

En octubre de 2020, en medio de una crisis sanitaria global que amenazaba con confinarnos en la desesperanza, una fotografía compartida por su amigo de la infancia de la Calle El Calvario, Carmelo Santos Villar, actuó como un faro de luz. Recordar a José en tiempos de vulnerabilidad fue un recordatorio filosófico de lo que verdaderamente sobrevive a las tragedias: el arte, la bondad y los lazos comunitarios.

José Mesa Cabrera fue un hombre de una intrepidez desbordante, un corazón inmenso y una bondad profunda. El Ayuntamiento de la Villa de Los Realejos hizo justicia a su memoria histórica y metafísica: hoy, su nombre rotula una calle en su Barrio Cruzantero y su mirada, fundida para siempre en un busto de bronce, contempla la plaza que lo vio nacer. El bronce ya no vibra con las notas del bombardino, pero permanece imperturbable al paso del tiempo, recordando a los vivos que por estos valles caminó un hombre que transformó el aire en pura belleza.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

 


domingo, 25 de octubre de 2020

BALONCESTO FEMENINO EN EL CAMPO TENIS

En los días inciertos de octubre de 2020, mientras plantábamos cara a los envites de aquella pandemia mortífera, la memoria colectiva se convirtió en nuestro mejor contraataque. Fue entonces cuando mi gran amigo de la infancia de la calle El Calvario, Carmelo Santos Villar, me hizo llegar una fotografía que custodia el auténtico génesis del deporte de la canasta en nuestra Villa de La Orotava.

La imagen nos traslada a los últimos estertores de la década de los cuarenta, una época dorada donde el balón naranja comenzó a botar con fuerza en el mítico e inolvidable Campo Tenis de la Torrita. Allí, desafiando los moldes de su tiempo con valentía y elegancia, se forjó el primer equipo femenino de baloncesto de la historia villera.

Aquel histórico CB UD. Orotava Femenino saltaba a la pista vistiendo con orgullo un uniforme negro coronado por blusas blancas. En la banda, la pizarra de la estrategia cobraba vida gracias a dos figuras providenciales: don Diego Negrín, el hombre que tuvo la visión de traer el baloncesto a la Villa, y Juan Acosta Rivero, maestro de los fundamentos del juego.

Esta sección de baloncesto de ambos sexos nació al calor y bajo el amparo de la UD. Orotava de fútbol, entonces presidida por el recordado Pedro Hernández Méndez. Se seguía así la estela y el modelo organizativo de los grandes clubes futbolísticos de la capital tinerfeña de la época, como el Tenerife, el Price, el Iberia o el Real Unión.

La panorámica de la fotografía capta un instante congelado, un lance de alta tensión competitiva: un encuentro de nuestras guerreras orotavenses frente a una escuadra rival cuya identidad se ha difuminado con las páginas del tiempo. Sobre la superficie del Campo Tenis dejaban el alma jóvenes damas villeras que hicieron historia: Adelina Fernández, María del Carmen Delgado, M. Perera, Acosta y tantas otras compañeras de equipo.

Pero el visor nos regala una maravillosa y conmovedora curiosidad. La jugadora que aparece concentrada en la línea de tiros libres, ejecutando el lanzamiento personal con total maestría, es nuestra querida convecina María del Carmen Delgado Estévez. Hija del célebre maestro musicólogo don Domingo Delgado González “Febles” y esposa del recordado y también amigo orotavense Juan Delgado González, María del Carmen parece suspender en el aire no solo el balón, sino el alma de toda la afición.

Hoy, cuando ambos nos contemplan ya desde el paraíso eterno, esta fotografía se levanta como un marcador imborrable. Nos recuerda que las canchas de La Orotava no están hechas solo de asfalto y aros, sino del coraje de las pioneras que abrieron el camino, de las zapatillas que gastaron el suelo y del rugido de un pueblo que jamás dejará morir su historia deportiva.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL



sábado, 24 de octubre de 2020

HUERTA DEL MORAL (IV)


LA MEMORIA DE LOS TEJADOS: CRÓNICA FILOSÓFICA DE LA HUERTA DEL MORAL

Hay tiempos en los que el mundo parece encogerse, confinado tras los visillos de una incertidumbre global, midiendo el aliento frente a una amenaza microscópica e invisible. En medio de esa quietud pandémica que sacudió los cimientos de nuestra fragilidad, los hilos de la memoria insisten en tejer el tiempo. Fue entonces cuando la voz amiga del alumno y caminante de las aulas del IES La Orotava Manuel González Pérez, Emiliano Ramos Amaro, junto a su archivo rescatado devolvió a la luz el testimonio fotográfico de un nacimiento: la génesis del barrio de Los Cuartos, plantado con reverencia sobre el regazo de la antigua Huerta del Moral.

Contemplar aquellas imágenes sepias de 1945 —el saludo alzado de los vecinos bajo un cielo de posguerra, los rostros expectantes de niños, jóvenes y mayores que iban a poblar aquellos hogares recién paridos— es un ejercicio de alta filosofía terrenal. ¿Qué es una casa, sino un dique contra la intemperie del tiempo?

DEL ADOBE AL VIENTO: LA ARQUITECTURA DE LA RESISTENCIA

Aquella parcela de tierra fértil —delimitada antaño por la Carretera General de Los Pinos, el Recodo, la silueta baja del Colegio de La Milagrosa y la Cañada, y más tarde ceñida por el Estadio Municipal— vio nacer las llamadas "casas baratas". Eran viviendas humildes de una sola planta, pertrechadas con sus tejados a dos aguas y una chimenea que prometía el calor del hogar frente a la dureza de los días.

Pero la historia, como la naturaleza, no es estática; es un devenir constante de pruebas y mudanzas. En 1957, un temporal de viento furioso barrió los tejados originales, recordándonos la vulnerabilidad de lo humano ante los elementos. Lejos de rendirse, el barrio se reinventó con techos de mampostería. Las piedras y las planchas sustituyeron al barro, simbolizando la resiliencia de un pueblo que transforma cada herida climática en una nueva piel.

EL REFUGIO DEL ALMA: LA CAPILLA Y EL SENTIDO DE COMUNIDAD

Un barrio no es solo un conglomerado de ladrillos y cemento; es, ante todo, un mapa de afectos compartidos. En 1984, gracias al pulso generoso de la familia González Yumar, que asumió el peso económico junto al depósito del agua a presión, se alzó la Capilla en honor a la Virgen Milagrosa.

El 17 de noviembre de aquel año, bajo la mirada pastoral de don Jacinto Barrio Acosta y bendecida por el obispo Nivariense don Damián Iguacen Borau, las paredes sagradas sellaron la identidad espiritual de Los Cuartos. La fe convertida en arquitectura comunitaria: el agua que da vida física y la fe que da sosiego al espíritu confluyendo en un mismo rincón de la geografía orotavense.

EL OLVIDO Y LA GRATITUD: UNA REFLEXIÓN FINAL

Hoy, al recorrer las calles de este barrio histórico, el cronista experimenta una mezcla de devoción íntima y melancolía crítica. Es el territorio de la infancia, el solar donde habitan los rostros entrañables de los amigos de siempre, de las familias que forjaron el compás cotidiano: María la de la Venta, el maestro herrero don Francisco Mesa...

Sin embargo, la memoria colectiva a veces padece de amnesia institucional. Duele comprobar cómo la historia escrita con sudor, adobe y esperanza a veces se diluye en la desmemoria oficial, olvidando a figuras capitales como don Antonio Hernández de Las Tapias, al alcalde don Cándido Acosta Hernández o a la propia familia González Yumar.

¿Cómo es posible —nos preguntamos con perplejidad filosófica— que una sociedad olvide las raíces que la sostienen? Despreciar lo históricamente hecho y escrito es amputar el propio presente. Las fotografías de 1945 no son meros documentos de archivo; son espejos donde deberíamos mirarnos para entender que somos el eco de aquellos hombres de manos alzadas y de aquellos niños que estrenaron suelo. En Los Cuartos, cada piedra guarda una biografía, y mientras quede alguien capaz de recordarlo, la Huerta del Moral seguirá floreciendo en la memoria de La Orotava.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


viernes, 23 de octubre de 2020

APRENDÍ DE CAMARERO

El amigo y compañero interno de la promoción bachiller superior curso 1967 – 1968, en el colegio de San Isidro de la Villa de la Orotava; ANÍBAL GORRÍN remitió entonces (29/07/2017) esta fotografía, en donde vemos a un aprendí de Camarero; JUAN JOSÉ CABRERA TORRES, que trabajó en nuestros tiempos colegiales en el comedor del citado colegio orotavense y posteriormente en el merendero de Reinaldo Lima Santos de la calle Calvario.

La panorámica está tomada en la plaza de Franchi Alfaro, en el mismo lugar donde estuvo entonces la incuestionable pista de cemento del Baloncesto villero.

Le acompaña de espalda el que fue consejero profesor de latín y francés del Colegio de San Isidro, presbítero salesiano; don Manuel Prol Araujo.

Acabo de recibir la triste noticias en estos tiempos de pandemia, sobreviviendo a ese bicho atómico mortífero, a través de su hijo; Rubén Cabrera González, que su padre falleció el lunes 19 de Octubre del año 2020 a los 71 años de edad.

Nació en la Villa de La Orotava en el año 1949, hijo de Juan Galano y de Higinia. Su infancia transcurrió en el camino polo.

Con pantalones cortos trabajó de niño en la carpintería de Matías. Posteriormente como he indicado de camarero en el Colegio de San Isidro, y operario del merendero de Reinaldo Lima en la calle Calvario de la Villa de La Orotava, finalmente muchos años en Santa Cruz de Tenerife, donde trabajó de mantenimiento y jardinero en la comunidad de propietarios del edificio Numancia.

Contrajo matrimonio con la dama orotavense Rosario González Hernández. De cuya unión tuvieron seis hijos: María del Carmen, Sandra, Juan Jesús, Santiago, María Auxiliadora y Rubén. Treces nietos y un bisnieto.

Se nos marcha definitivamente un hombre bueno, esposo, padre y abuelo ejemplar.

Amigo Juan José espero que en el paraíso eterno, te reencuentre con la madre María Auxiliadora, y descanses en paz, con esperanza y misericordia.

Un abrazo hasta siempre.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

 

ERMITA DEL CALVARIO Y PLAZA DE LA PAZ


EL LATIDO DE LA PIEDRA Y LA MEMORIA: UNA EVOCACIÓN DESDE EL CALVARIO

En aquellos días inciertos y grises de la pandemia, cuando la humanidad entera contenía el aliento para sobrevivir al embate de aquel bicho atómico y mortífero, el refugio más seguro se hallaba en el territorio de la memoria compartida. Fue precisamente entonces, bajo el peso de ese confinamiento que pretendía distanciarnos, cuando la verdadera esencia de la vecindad tendió sus puentes más firmes. El 23 de octubre de 2020, Carmelo Santos Villar, amigo entrañable de la infancia en los adoquines de la calle El Calvario de la Villa de La Orotava, rescató del olvido y me remitió una fotografía que era, en sí misma, un pedazo de nuestra alma colectiva: la estampa eterna de la Ermita del Calvario y la Plaza de la Paz.

Hay lugares que nacen con vocación de encrucijada, espacios donde el paisaje físico se funde con el paisaje humano. La histórica y primitiva ermita del Calvario, erigida con la devoción sencilla del siglo XVII, conoció el trágico destino del progreso en el año 1914. Fue derribada para que el asfalto de la nueva carretera del Pinito —aquella que venía desde la Cuesta de la Villa desafiando las cumbres hacia Las Cañadas y Vilaflor— no encontrara interrupción en su marcha. Sin embargo, el arraigo de un pueblo no se destruye fácilmente; se transforma.

Como un faro espiritual en la atalaya de la Villa, se alzó una nueva estructura de estilo modernista neogótico, nacida del trazo sensible y monumental de don Mariano Estanga. A sus pies, en la parte baja y desafiando la orografía a base de barrenos, se esculpió un semicírculo de piedra y hormigón. En su centro geográfico y simbólico, se erigió una cruz de resonancias masónicas, sellando el espacio con un aura de misticismo y permanencia.

Aquel rincón no tardaría en bautizarse con el más noble de los anhelos humanos. Como magistralmente rescata el profesor Sebastián Hernández Gutiérrez, la Plaza de la Paz se convirtió, desde los albores del siglo XX, en el nudo donde latían las arterias de la Villa: el encuentro vivo de la calle Calvario, La Sidrona, el paseo de Quiquirá y la ruta del Pinito. El empeño por levantarla, capitaneado por don Juan Ruiz Benítez de Lugo, fue una odisea que rozó lo heroico, tropezando con la constante escasez de fondos municipales y el dilema técnico de sustituir el viejo templo.

Hoy, esa capilla neogótica y la media docena de viviendas señoriales que delimitan su perímetro configuran un conjunto arquitectónico de un eclecticismo bellísimo y coherente, un milagro estético casi inaudito en el archipiélago canario.

Pero el verdadero corazón de este lugar se cinceló el 19 de diciembre de 1918. Apenas terminada la Gran Guerra que había desangrado al viejo continente, la Corporación municipal, inspirada por una moción del alcalde don Juan Cullen y Machado, bautizó oficialmente este suelo como "Plaza de la Paz". No fue un acto administrativo cualquiera; fue un manifiesto de amor a la concordia, un grito rotundo hecho piedra «para condenar eternamente el hecho mil veces salvaje de la guerra, de este azote que envilece a la Humanidad».

Por eso, recibir esa imagen en pleno año 2020, en medio de nuestra propia batalla contra el virus, no fue una simple casualidad. Fue un recordatorio luminoso de que la Villa de La Orotava sabe renacer, que nuestra historia está hecha de resistencia y belleza, y que el abrazo de la amistad auténtica, forjado en la infancia de la calle El Calvario, es el hilo invisible que nos mantiene a salvo del olvido.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


jueves, 22 de octubre de 2020

FIESTAS EN LA CANDELARIA EL LOMO, FEBRERO DEL 1956


En el umbral sombrío de los tiempos recientes, cuando la humanidad se vio obligada a replegarse ante la amenaza invisible de un mal atómico y mortífero, el alma buscó refugio en los senderos de la memoria. Fue en ese invierno del espíritu, un veintitrés de octubre de dos mil veinte, cuando la mano fraterna de Carmelo Santos Villar —compañero en los laberintos de la infancia allá en la calle El Calvario— tendió un puente hacia el pasado en forma de fotografía. Una reliquia de luz y sombra que nos devolvía, de golpe, la pureza de las Fiestas en la Candelaria El Lomo, celebradas en el ya lejano febrero de mil novecientos cincuenta y seis.

La imagen, capturada en la histórica plaza del lugar, se presenta ante nosotros como un microcosmos de la existencia humana. Bajo el cielo de la Villa de La Orotava converge el misterio del tiempo: la algarabía inocente de los niños que apenas despiertan al mundo, la gravedad serena de los mayores que custodian la memoria, y la investidura de las autoridades municipales. Todos ellos reunidos bajo la mirada de la primitiva ermita, aquel modesto templo que poco después habría de ceder su espacio físico a la imperiosa corriente del progreso. Sería la visión del párroco de San Juan Bautista, el canónigo honorario don Domingo Hernández González, la que transformaría aquel suelo sagrado para levantar la actual arquitectura de líneas modernas. Pero en este fragmento de eternidad, el pasado aún respira intacto.

Hay en la composición una poética de lo cotidiano que trasciende lo meramente histórico. En el alero de la casita principal, unas macetas de geranios desafían la gravedad con humilde belleza, un recordatorio vegetal de que la vida busca florecer incluso en las superficies más áridas. Abajo, el lienzo de la fe se manifiesta en los velos que cubren las cabezas de las mujeres; texturas de respeto y devoción que, más allá de la norma eclesiástica, simbolizan el velo del misterio ante lo sagrado, una frontera sutil entre lo terrenal y lo divino en aquel solemne dos de febrero.

Corría el año mil novecientos cincuenta y seis, y la Villa caminaba bajo el amparo civil de su alcalde, el flamante licenciado don José Estévez Méndez, quien portaba el rigor de las Ciencias Químicas aprendidas en las aulas de la Universidad de La Laguna. Aquel día, el aire del barrio no solo se llenó de oraciones, sino también de una armonía nueva. La recién nacida Banda de Música de la Agrupación Musical Orotava bautizaba el viento bajo la batuta del recordado maestro don Ernesto Correa Negrín. Sus notas, suspendidas en un concierto extraordinario, envolvieron la procesión litúrgica como un manto sonoro que unía los corazones en una misma melodía de esperanza.

Fijos en la quietud de los bancos de madera, partícipes del milagro de la santa misa, los hombres de aquella época parecen dialogar con la posteridad. Dispuestos de izquierda a derecha, se revela la silueta humana de la historia: don Tomás Méndez, don Amadeo Hernández Lorenzo, el propio alcalde don José Estévez Méndez, don Antonio Rodríguez, don Eulogio Borges Coello, don Manuel Vivas, don Juan Estévez, don Pedro Delgado y, cerrando la comitiva con la marcialidad de su cargo, don Pedro Mesa, capitán de infantería del acuartelamiento de la Villa.

Allí permanecen, congelados en un instante devocional, recordándonos desde su silencio sepia que los pueblos no solo se construyen con piedra y leyes, sino con la fe compartida, la memoria de sus barrios y el eco perenne de sus tradiciones.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


VOLAR

El amigo de la Villa de La Orotava; EVARISTO FUENTES MELIÁN “ESPECTADOR”  remitió entonces (22/10/2020) en estos tiempos de pandemia, sobreviviendo a ese bicho indivisible mortífero,  estas notas que tituló: “VOLAR”; “…BRUNO: en la foto del betunero, el segundo sentado por la izquierda era hijo de Ricardito, el funcionario ALGUACIL.

Ricardito, de corta estatura, se pasaba las tardes tomando sus copillas en conocidas tascas o guachinches del casco orotavense, del casco urbano.

Creo recordar que por los años cuarenta siglo XX, el hijo de Ricardito, cuando estrenaron  la última de Tarzán o del Capitán Marvel, que también volaba, este hijo de Ricardito se lanzó desde la ventana del segundo piso de su vivienda, sobre un árbol frutal que había en su jardín...¡Casi se mata!. El pensaba que también volaría...

Un recuerdo imborrable…”

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

 

miércoles, 21 de octubre de 2020

INAUGURACIÓN DE LAS OBRAS DE LA AVENIDA DE JOSÉ ANTONIO


Bajo el latido frágil de unos tiempos marcados por la zozobra y la sombra de lo invisible, cuando la vida pendía de un hilo y el mundo parecía detenerse, los recuerdos acuden como un refugio sagrado. Fue en octubre de 2020, en plena tormenta de aquella pandemia, cuando el amigo de la infancia de la calle El Calvario —allí en la entrañable Villa de La Orotava—, Carmelo Santos Villar, rescató del cofre del tiempo una fotografía para devolvernos la memoria de nuestros pasos.

La imagen congela un instante frente a la mansión de “Villa Remedio”, hoy consagrada como el Parque Cultural “Casa de Doña Chana”, en los albores de los años cincuenta del siglo XX. Es la estampa viva de una época en la que el porvenir se labraba con esfuerzo. Aquel proyecto de la entonces Avenida de José Antonio —hoy fragmentada y rebautizada por el transcurso de los días como Avenida Canarias, Doctor Emilio Luque Moreno y Mercedes Pinto— se ideó como un puente entre sueños: tres fases que tejieron el mapa urbano y sentimental de nuestra gente.

El primer tramo, nacido desde la calle El Calvario hasta la carretera El Pinito, vio florecer la vida comercial y comunitaria: el Hostal Restaurante La Academia, el Restaurante Bar Tapia, la farmacia de don Pompeyo, Tejidos Avenidas, el fervor de los comercios cotidianos como Gas Butano, Peletería Correa, Bazar Martín Travieso, Bazar Pedro Pérez Betancourt, la Autoescuela Norte y la entrañable venta Hernández. Más tarde, la historia continuó su marcha: el segundo tramo floreció en los setenta, y el tercero culminó ya en el siglo XXI, enlazando la tierra con el bienestar del Centro de Salud en Las Dehesas comunales, honrando el eco libre de la escritora chicharrera Mercedes Pinto.

Allí, posando ante la eternidad de la cámara, las autoridades municipales esculpieron con su presencia el perfil de una época. De izquierda a derecha, desfilan los rostros de Cándido Acosta Hernández, Justo Díaz, Tomás Méndez, el alcalde Juan Guardia Doñate, y el párroco arcipreste Manuel Díaz Llanos, guía espiritual de la Matriz de Nuestra Señora de la Concepción. Les acompañan en esa geografía humana; Domingo funcionario de Notaría, Martín Rodríguez, el cronista oficial Benjamín Afonso Padrón, Amadeo Hernández Lorenzo y Pedro Delgado de La Luz.

Porque el tiempo devora los días, pero el alma de los pueblos permanece intacta en el asfalto que pisamos, en los nombres que nos precedieron y en la memoria compartida de aquellos que, como sombras luminosas, nos enseñaron a caminar hacia adelante.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL