El pasado domingo 8 de marzo, a las 19:30
horas, tuvo lugar en la Parroquia de Nuestra Señora de la Concepción de La Villa
de la Orotava la lectura del pregón anunciador de la Semana Santa de la Villa
2026.
El encargado de pronunciarlo fue Don JUAN
ANTONIO PÉREZ GÓMEZ, actual presidente de la Junta de Hermandades y Cofradías
de San Cristóbal de La Laguna, quien, a través de sus palabras, evocó recuerdos
de su niñez y compartió sus vivencias en los cultos y celebraciones propias de
estas fechas tan señaladas.
El acto contó con la presencia de
autoridades civiles, militares y religiosas, y estuvo amenizado por la
actuación de la Coral Polifonía de La Orotava, que contribuyó a realzar la
solemnidad de la celebración. PREGON SEMANA SANTA 2026: “…VILLA
DE LA OROTAVA. Parroquia Matriz Nuestra
Señora de la Concepción. Domingo 8 marzo 2026.
Juan Antonio Pérez Gómez.
Si algún recuerdo de mi niñez ha quedado grabado en mi
alma de forma imborrable, ese es el recuerdo de la hermosa, emocionante y
mágica noche de Reyes, noche de ilusión y de sueños como broche final a unos
días que se iniciaban en el mes de diciembre, cuando la flor de pascua engalana
nuestros caminos anunciando la inminente llegada de la Navidad. Pero este año
los Reyes llegaron la noche del 16 de diciembre, cuando recibí una llamada de D. Narciso Pérez para
proponerme como Pregonero de la Semana Santa del 2026 de la Villa de la Orotava
a propuesta de la Comisión Mixta, en
reconocimiento a mi pasión por la Semana Santa Villera y mi estrecha
colaboración con diferentes cofradías de esta Villa.
Me sentí entre sorprendido, agradecido, honrado y
porque no decirlo orgulloso de poder estar hoy aquí y con la presencia de todos ustedes que son los que en definitiva
realzan este pregón.
Estuve en un principio tentado de decir que no,
convencido de no ser capaz de reflejar con palabras mis sentimientos hacia la Semana
Santa Villera. Pero luego me dije que cuando en lo que se hace se pone corazón,
¡no se debe tener miedo...!,y cariño, os aseguro, he puesto tanto! Para quien no me conozca, podría definirme como una
persona a la que cuesta mucho decir que no a algo que se me pida de corazón, y
me consta que así me fue pedido este pregón, con el corazón; el corazón de una
gente, que mantienen viva esta llama cristiana y cofrade.
Ser pregonero de la
Semana Santa, es una gran responsabilidad y un aviso para la propia modestia,
pero al mismo tiempo permite satisfacer un sueño: exponer, sacar de nuestro
interior un cúmulo de sensaciones, vivencias y nostalgias que uno, muchas veces,
siente la necesidad de compartir. Sé que no me acompañan los valores académicos
suficientes para hacer un pregón de bella narrativa y brillante
oratoria, ojalá poseyera yo la facilidad y riqueza de palabra suficiente
para expresar todos los recuerdos, añoranzas, alabanzas y deseos que en
relación con nuestras tradiciones de Semana Santa se me vienen ahora mismo a la
memoria. De todas maneras, trataré de no
defraudar a nadie, aunque sólo sea a base de empeño y buena voluntad por
vuestra parte y por la mía, pero no menos cierto es que, en Semana Santa, cada
Paso, cada esquina, cada sombra de esta bendita ciudad, es un impacto sensorial
que exalta y conmueva profundamente mi corazón.
Cómo no voy a acordarme del día en que llegue por
primera vez a la Semana Santa Villera, tenía treinta y siete años menos y el corazón
a medio escribir. No creas, que esas cosas se olvidan. Era una noche de Jueves
Santo, como único equipaje traje negro, guantes, medalla, una vara, y un
corazón lleno de ilusiones y sueños, acompañado de una vergüenza apocada y un
viento que me la esparcía por toda el alma. Empezaba entonces nuestra historia
pequeña, la que sabemos tú y yo. "Pasa, hay sitio" y pasé. Me acomodé
en uno de tus rincones en los que la vida transcurre lenta, a velocidad de
óleo. Y así fuimos creciendo, tú en tus
cosas y yo... también en las tuyas. Fue entonces cuando supe que había nacido a
ti. Que ya nada tendría sentido sin ti.
Que solo con el favor de una mirada yo podría hacer que
valiera la pena la razón de la alegría, y ya tengo desde entonces el corazón
vestido de celebración. Y hoy ante ti
estoy, al igual que aquél otro día en el que el soplo de tu gracia golpeó mi
rostro adormecido. He vuelto para decírtelo pausadamente, meditando cada
palabra lo mucho que te agradezco y te quiero: Soy un hombre feliz porque amo
lo que hago, porque espero que tu entraña se entreabra e ir sembrando, en voz
baja, tramo a tramo, tanto amor recriado en mi palabra, tú la luz, eres la Muy Noble
y Leal Villa de la Orotava.
Como se vive en la Villa, como se ama en la Villa, como
se muere también, como comencé a escribir el pregón cuando era simple anhelo,
como nos enseñó el Señor, siempre mirando al cielo.
De repente, aquí estoy. Aquí está el pregonero asomado
a las tapias de la ciudad, como un chiquillo escapado correteando por entre
olivos, con la atmósfera del campo en los bolsillos. Apoyo las manos en este
ambón y te veo, Villa de la Orotava, con los ojos del asombro y del
aturdimiento, vestida de tarde de domingo de pregón. No sé lo que esperas hoy
de mí, pero sí sé lo que yo llevo en mi corazón para darte. Yo he venido a conversar
con el Dios de los adentros, el que se esconde en los secretos impenetrables de
esa cámara de seguridad inviolable que es la conciencia de cada uno. Traigo al
Cristo que me acompaña en las inmensas honduras del vacío, al Cristo que cree
en mí, el que transita sentenciado por tus calles tras su paso, el que no se me
muere en las tardes tormentosas del viernes, el que tanta conversación me ha
dado en las horas perdidas de Humildad, de Paciencia en la lenta espera de las
cosas. Todo Amor acude desde la nada. De lo contrario, no es Amor. No existe la
volumetría que mide la Fe, ni la unidad patrón mediante la cual sepamos cuánto
Dios lleva cada uno alojado en los costados. Un hombre es un universo
incomparable, al que juzgará Quien debe juzgarlo cuando llegue la hora. Por
ello, este amor sensato que tanto me desordena viene hoy volcado en palabras
escritas con la sangre de la tierra, aparatosamente sinceras, para desnudar la
auténtica confesión de mis días y mis noches, para celebrar la Eucaristía del
que quiere escapar, como los niños débiles, a la verdad de sus inocencias.
Lo que esta noche les voy a contar ya lo sabéis y ya lo
habéis vivido. Nada de lo que escuchéis esta noche habrá de ser nuevo para
ustedes. ¿Qué puedo contaros que no hayáis oído? ¿Cómo puedo pretender
emocionaros, si ya tenéis el territorio anímico acostumbrado al asombro? Los
milagros en los que creemos, fijaos bien, no dejan de ser el mismo muchas veces
repetido. Siempre la misma, nuestra Semana Mayor no deja de pasmarnos y
conmovernos, tal vez porque nos introduzca en esa vertiginosa rueda del tiempo,
y porque tal vez, creyendo saberlo todo, nos damos cuenta de que no sabemos casi
nada. Ustedes, en cualquier caso, sabéis aquello que sois capaces de sentir,
como yo, y tengo el convencimiento de que, a lo largo de estos minutos, sabréis
algo más acerca de lo que significan estos próximos días para este pregonero
que os habla.
Para nosotros, Dios
existe y es el que da sentido a nuestra vida de cristianos y vemos su rostro en
el hermano que está a nuestro lado, en nuestra familia, en nuestros hijos, en
nuestro compañero de trabajo, en aquel que nos necesita.
Nosotros, Hermanos,
vamos a acallar las voces de los que dicen que posiblemente Dios no existe. Nosotros
creemos que si existe, que es Salud y Salvación, que llena nuestro corazón de felicidad.
Damos testimonio de Él con nuestras palabras y nuestra vida por las calles de
la Orotava.
Los Hermanos,
Cofrades y Esclavos representamos a un colectivo, con unos valores religiosos y
morales dentro de una sociedad cada vez más acomodada en lo fácil y en lo
intrascendente.
La Semana Santa son
días en los que la ciudad acepta perder el primer plano sin rechistar. La Villa
acostumbrada a ser piropeada por sus rincones, su sombra y su compás, se
convierte inevitablemente en actor secundario. Se transforma en escenario, en
marco, en sustento y en cauce único para todo un río de sensaciones.
Cuando avanzan las
jornadas penitenciales y el ritmo de la Pasión va creciendo, el villero se
implica más porque en ella se siente identificado; piensa que alguna vez estuvo
representado o fue protagonista del proceso más absurdo y sin sentido de la
Historia: Cristo Dios, juzgado por tribunales humanos.
Sagradas imágenes
que el hermano venera, proyectando en ellas el rostro de las que han sido la
razón de nuestra existencia, y por verlas de nuevo un instante y escuchar su
voz, estaríamos dispuestos a dar la vida si preciso fuere.
Los hermanos,
cofrades y esclavos somos los altavoces de su Palabra en un mundo que silencia
su nombre, y que lo evita, por eso que nadie te quite tu Cruz.
Fijaos, en la vida
como en la Semana Santa, creo que tenemos dos opciones: sentarse y verlas venir
o caminar y buscar. Durante algunos años, opté por la primera y me quedé vacío
y casi solo.
Por ello, les
propongo que caminéis conmigo; seguro que, es más cansado, pero infinitamente
más hermoso porque…, vamos a buscar nada más y nada menos que la belleza del
instante, de la esquina, del silencio, de las sombras, del aroma de lo fugaz.
Es un camino que
para unos comienza en El “Farrobo”, para otros en la Plaza del Ayuntamiento, en
la Iglesia de S. Francisco, en el Hospital de la Santísima Trinidad, en el
Calvario o en el Puente… ¡qué más da! Pero eso sí, lo vamos a hacer despacito,
sin preocuparnos del tiempo, deteniéndonos una y mil veces en el ayer y en el
hoy, para así poder sentir las emociones de todo un pueblo, que durante unos
días las trasmite orgullosamente por sus calles.
El destino lo ha
querido así. Es el momento de compartir con ustedes esas vivencias acumuladas
durante años. Voy a poner en vuestros oídos lo que ha salido de mi corazón, o
lo que es lo mismo, voy a entregaros mi alma cofrade.
Y mi alma cofrade lo
primero que quiere deciros es que compartáis conmigo este momento, porque allá
donde vayamos trasmitimos amor, entrega y sentimiento hacia la Semana Santa.
Estar aquí ante
ustedes es un honor. “Si cuando se trata de hablar de Dios, Él es el Evangelio,
cuando se trata de la Semana Santa, el auténtico protagonista está en la
calle”. En este caso en las inigualables calles de la Villa de la Orotava.
Con vuestro permiso,
permitidme que mi pregón se base en mis
propias vivencias. Mis vivencias cofrades no son ni mejores ni peores que las
de ustedes, solo son diferentes, aunque, eso sí, vividas bajo un mismo
sentimiento que hoy nos une.
Una humanidad que
transita, que se mueve de un lado a otro de la ciudad, en busca de un momento,
de un rincón, de una sensación o un recuerdo…exposición de belleza desenfrenada
en las múltiples manifestaciones artísticas que el hombre ha sido capaz de
concebir: …escultura, bordados, música, pintura, orfebrería, … arte sacro para
nuestra devoción.
Un complejo
entramado que pone a prueba a la Villa para reencontrarse a sí misma con lo
mejor de su historia, con una pujante realidad, y con un futuro esperanzador.
Y todo ello, basado
en una tradición que se transforma, impulsada por las hermandades, en una
búsqueda casi obsesiva de la autenticidad.
Quien llegue a la
Orotava en Semana Santa, se encontrará con todo esto en una manifestación que
sobrecoge, abruma, deleita y extasía.
Por eso es muy
importante acercarse a ella sin prejuicios, alejando el corazón y la mente de
tópicos preconcebidos.
Dejándose envolver
por las sensaciones de un fenómeno que, sólo con una mirada y un espíritu
limpios, puede ser abarcado en todas sus facetas: …sacrificio, devoción,
admiración, fervor, penitencia, belleza, júbilo, espontaneidad y rigurosa liturgia…
Todo esto se da cita
en Semana Santa vertido en un crisol, popular fundamentalmente, con un conjunto
de conceptos que conforman la fe de cientos de hombres y mujeres.
Y no olvidemos que
veremos una Semana Santa por cada persona que la contempla, formando un
universo de submundos.
Porque intentar
comprender la Semana Santa prescindiendo de la esencia de nuestra manifestación
de fe, es como querer percibir el alma de un gran cuadro analizando tan solo la
composición, el color o la geometría de sus pinceladas.
Abrid el corazón,
salid. Vivid que sólo es una semana, porque
el tiempo que hoy crees que tienes, no volverá mañana.
Para entenderla, hay
que detener la mirada en los cuerpos doloridos de los Cristos, y en los llantos
inconsolables de las Dolorosas, para poder vislumbrar lo que se encierra detrás
de cada cruz abrazada, tras el trabajo de cada hermano, o detrás de cada redoma
que se levanta firme ante las imágenes…
Y sobre todo, es
importante dejarse llevar y envolver por el ambiente. Es un verdadero museo
material y espiritual que se ofrece en las calles, actualizado cada año, para
todo aquel que esté comprometido a vivir con intensidad la pasión, muerte y resurrección
de nuestro Señor. Podéis preguntarle a ese Hermano, Cofrade y Esclavo de a pie,
que estará encantado de abrirle al visitante las puertas de los secretos que
esconde cada esquina, el significado del pliegue en el rostro de una imagen, de
cómo se llama aquella marcha procesional y a quién está dedicada, o los
vericuetos de los cientos de historias que guarda cada hermandad.
Estaréis de acuerdo
con este pregonero en que cada paso de Cristo en la Cruz que camina por la
Villa es mucho más que un altar de madera con una dramática estampa de Jesús.
Y las del Cristo de
la Salud, del Perdón, del Despojo, el Señor del Burrito, Predicador, del
Huerto, el de la Cañita, el Señor Preso, el de la Humildad y Paciencia, el de
la Misericordia, el Columna, el Nazareno, el del Calvario y el Santo Entierro,
sangrantes y laceradas por la tortura de la Pasión a la que fueron sometidos,
nos sirven para reflexionar y adentrarnos en nuestros propios problemas,
serenamente, con Amor, porque de Amor y de Fe se trata de que vivamos
intensamente estos días de Semana Santa.
Y al lado del Cristo
doliente, la Virgen. Bajo diversas denominaciones, pero siempre la misma, con
un aldabonazo en el corazón de la gente en busca de sensibilidad y solidaridad:
La Virgen de los
Dolores, la de la Soledad, la de Gracia, la de Gloria y la de la Piedad: todas
una misma Virgen y un idéntico penar; la misma Virgen, nuestra Madre que llora por
toda la Humanidad.
Que necesario, que
bueno, es esto, ahora que nada emociona, ahora que las lágrimas ya no se
estilan y los sentimientos se ahogan y la ternura se confunde con flaqueza y
debilidad. Tener sentimientos ahora que no se valora el sentimiento sino el
rendimiento. Humanizarnos, para humanizar. Humanizar las relaciones laborales,
profesionales, familiares, los servicios, la convivencia, humanizar la vida,
humanizar la muerte. Solo te van a pedir lo que lleves en el alma, que de
envidias y de rencores nacen todos los errores, vamos a llevarnos bien, y
aprender de los errores, que para ser villeros solo hay que ser buen cristiano
y aquí los hay a montones.
Y en San Juan eres
tú, Santísimo Cristo de la Salud, talla de amor sincero, de llanto eterno, por
el fervor de las manos que te hicieron, para ser caricia de brisa en tu
sufrimiento, como tu nombre en labios de los enfermos, para dar vida a tu suave
movimiento, como la herida que todos llevamos dentro, de madera pura y noble,
como el amor que te tengo.
Dame de beber,
padre, que estoy sediento, dame de comer, de tu verdad de tu ser, que estoy
hambriento, cobíjame entre tus brazos, porque este enfermo.
A la Gloria,
villeros, a la Gloria con un sol entre las manos y a lomos de un borriquillo
por el Domingo de Ramos viene Dios hecho un chiquillo por el puente desde la
Capilla de María Auxiliadora.
Los Niños de la Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén o Señor del Burrito,
son los grandes protagonistas en estos días, conforman junto
a las grandes celebraciones, una de las estampas más hermosas de la Semana
Santa. Absortos y con los ojos abiertos de par en par van descubriendo poco a
poco la belleza de la tradición que celebra su ciudad. Pequeñitos, caben en
cualquier rincón y ocupan los balcones sentados, con las piernas por fuera,
encogidos a los pies de sus padres, en sus brazos o a hombros, el sitio ideal,
aquel desde el que mejor se ve la cara del Cristo o de la Virgen, siempre desde
la inocencia. Preguntan hasta la saciedad. No van solos, los acompañan sus
Padres. A esa edad nunca se va solo, eres demasiado pequeño para entender la
esencia escondida de muchas cosas.
Lejos de perjuicios, dan el valor de sencillez a todo lo que pasa ante sus
ojos. El futuro de la tradición está en sus manos.
Es el de Ramos, el Domingo más
celebrado por los niños y en mayor o menor grado, todos conservamos recuerdos
entrañables de él. Se espera con ansia este domingo, umbral de la Gran Semana
para todos los cristianos y especialmente para los que sentimos que algo se
mueve en nuestro interior: una inquietud y un afán pensando que ha llegado el
momento de la verdad, de la gran Verdad de nuestra fe. Cristo va a padecer por
nosotros; va a ser ultrajado, humillado, azotado...Va a morir. Pero resucitará,
y en su Resurrección nosotros seremos salvados. Con el comienzo de la Semana Santa, se renueva una
ilusión. Y también aparecen otras nuevas. ¿Cuántos niños saldrán el domingo de
Ramos por vez primera? ¿Cuántas veces se repetirá la misma estampa ingenua? La
misma alegría de sus padres, la misma sorpresa del niño, que solo aprenderá a
valorar la verdad de este día cuando pase el tiempo, cuando los años le hayan
llevado por otros vericuetos de la vida. Tienen las palmas de las manos frías, húmedas. Y la
boca, seca. Están muy nerviosos. Ya en la puerta de la calle, las madres los
bendicen signándoles la frente, y comienzan a andar. Van flotando, entran en
otro mundo, tan real como mágico. Al niño le acompaña desde la salida del
templo su madre, esperando que no ocurra nada. Después, hasta que el cuerpo
aguante, y suele aguantar más que el de los padres. Pronto, el niño pedirá a la
madre que no le acompañe. Es la primera vez que se sienten miembros de la
Semana Santa Villera. Las madres son ante todo madres. Y las madres quieren siempre lo mejor para
sus hijos. Por pedir que no quede. Es la tendencia natural de cualquier madre,
lo mejor para sus hijos.
El Domingo de Ramos se
celebraba la Misa de las Palmas a la que acudía todo el pueblo endomingado y
estrenando ropa “El Domingo de Ramos, el que no estrena…”, ya lo dice el
refrán. Para ese día, la fisonomía de las calles iba cambiando lentamente:
Había que limpiar a conciencia, sacar todos los rincones, dar bajeras…La cal
iba desalojando poco a poco las tinajas de los patios y, a golpe de escobillón,
se iba adhiriendo a muros y paredes dejando las fachadas siempre limpias, con
el albor y la luz que caracterizan a nuestra tierra. Sé que los zócalos actuales quitan mucho
trabajo, pero, ¡ay!, echo de menos aquellas paredes blancas con las rayitas de
color separando acerado y pared y que precisaban del pulso propio de un buen
delineante. Y no acaba aquí el trajín; en cada casa se preparaban los dulces
tradicionales para el momento: torrijas (rebanadas), arroz con leche,
buñuelos…Había que preparar también el menú del jueves y viernes Santo, días en
los que no se cocinaba: Para el jueves, arvejas compuestas con huevos duros.
Para el viernes en ninguna casa faltaba el potaje de vigilia y el bacalao
encebollado.
Hace pocos días,
envuelto por el aire franciscano frente al Santísimo Cristo del Huerto de la
Iglesia de San Francisco, oí hablar de paz. Y sumé mi voz al eco de San
Francisco de Asís cuando pedía paz para los hombres, para los pájaros, para
todas las cosas. Paz. Pido también paz para la hermana luna, para el hermano
sol, para la Tierra. Pero también pido paz para el Mundo que está en guerra,
paz para los hijos de la Villa, paz para los vivos y los muertos, paz para los
amenazados, paz para todos nosotros. Paz, paz, paz y solo paz. ¡Dejadnos vivir
en paz!
Pero son hijos
también de tu Pasión, de esa palabra tuya que habla de amor. Pero ¿qué mayor
amor hay hoy que la justicia? ¿Dónde está, ¿Señor, la justicia que esperan los
que mueren por llegar al norte, los ahogados de cansancio, los que no tienen ni
padre, ni madre, ni patria, ni casa, ni silla para sentarse, los que no tienen
familia, los que no tienen ni tumba? Si levantamos la piel al mar, veremos a
muchos de ellos allá abajo. Cuando la soledad se queda a vivir de madrugada en
los semáforos, bajo los puentes, cuando se hace el silencio en los rostros
atemorizados, cuando los fantasmas siguen la senda que les lleva a donde no hay
ciudad, cuando los puños robustos de la pena apalean a los indefensos, es
cuando más necesario eres.
Lo que, en la tarde
del jueves Santo en la Procesión del Mandato, vivimos y celebramos, no es algo
pasado, ni simple recuerdo de lo que aconteciera hace tiempo. Es memoria,
actualización, vida y presencia.
Nos rompe el corazón
oír este doloroso grito de Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿porque que me has
abandonado?” Muchas personas se identifican con sentirse abandonadas, solas y asustadas. Clavado
en la cruz, pasas, Señor, ante mí, y tu paso, al verte así, con una oración te
adoramos y te bendecimos. Pero al rezarte te nombro como siempre te nombré: sin
tener claro si es fe lo que me empuja a rezarte, o saber que tengo parte en esa
Cruz. No lo sé. En esta oración de
Jesús se encierran la extrema confianza y el abandono en las manos de Dios,
incluso cuando parece ausente, cuando parece que permanece en silencio,
siguiendo un designio que para nosotros es incomprensible. Y esto sucede
también en nuestra relación con el Señor: ante las situaciones más difíciles y
dolorosas, cuando parece que Dios no escucha, no debemos temer confiarle a Él,
el peso que llevamos en nuestro corazón, no debemos tener miedo de gritarle
nuestro sufrimiento; debemos estar convencidos de que Dios está cerca, aunque
en apariencia calle” …Y ante Él, la piadosa exigencia de quien lo necesita…
“¿Por qué me has abandonado”? preguntaste en tu agonía. Hice tantas veces mía
esa pregunta a tu lado… Cuando me sentí acabado, a tu nombre recurrí. Mi agonía
puse en Ti en desesperado grito… ¡Que yo
también necesito que alguien conteste por mí! Stmo. Cristo de La Misericordia
¡Ante ti! Con el alma rota, con un nudo en la garganta, con un mar de sin
razones. ¡Ante ti! Con la tarea inacabada, incompleto mis perdones y el dolor
hecho palabra que habla de sinsabores. Cuando tiemblan los cimientos de la vida
y se oscurece todo el horizonte. ¿llegó el final de la partida? Y acabo dónde
acaba siempre el villero, ¡Ahí! sentado en los bancos donde anidan las
promesas, pues no hay madera que sepa más de peticiones, ni de rezos, ni
plegarias, ni oraciones, de rodillas que se clavan indefensas implorando tu
clemencia y bendiciones, sobre el mármol frío la conciencia que se empeña en
recordarte los errores. ¿Quién soy yo para llegar a tu presencia? ¿Quién, para
pedirte a ti favores? Yo que siempre navegue en la indiferencia, en aguas de poco
calado, sin querer ver la evidencia del dolor que sufren mis hermanos, la
injusticia, mi avaricia y tu pobreza van cogidas de la mano. ¿Cómo te pido perdón,
si no perdono primero? Si no soy capaz de mirar atrás y ver el daño que he
hecho, si no le tiendo la mano, al que un día llame hermano, imponiendo mi
razón y mi derecho, ¿derecho a qué? Por ese camino, solo a morir solo, en el
lecho del pecado y del olvido. ¿Cómo te ruego salud? si yo no ayudo al enfermo,
solo miro mi flaqueza, mi falta de fortaleza, primero yo y yo primero, sabiendo
que la riqueza comienza por la pobreza y el más pobre y el más sincero será el primero en
entrar en el Reino de los Cielos. ¿Cómo
te pido clemencia y te lleno de lamentos si no protejo al necesitado ni
comparto lo que tengo? Y Tú, sin embargo, Señor, aunque te siga ofendiendo
siempre me estás esperando en tu Parroquia Matriz de Nuestra Señora de la
Concepción. Y ahora te digo, ¿cómo devuelvo ese amor? ¿Cuál es mi deuda, Señor
por seguir estando vivo? ¿Qué camino he de elegir? Dime por donde
tiro. ¿Cómo ayudo a otras personas, que ahora pasan por lo mismo? ¿Cómo le
puedo decir que tu poder es infinito? Que se agarren fuerte a tu ser, que es el
único camino que Tú estás siempre ahí para ayudar a tus hijos que se llenen de
tu misericordia que te recen con fervor que aún no está todo perdido que luchen
contra el dolor que en ti encontrarán alivio. Pero que tú, no curas, cura el
amor, cura la fe, la fuerza que da quererte, No seré yo, Señor, quien vaya a
hacerte culpable de tanta muerte. Que nadie marque mi camino entre los hombres,
que nadie diga cuando tengo que rezarte o cuando debo yo de hacer mis
peticiones. Me enseñaste a poner la otra mejilla y en mi perdón es donde
encuentran fortaleza, se equivocan si al pensar que aquí en la Villa dudaremos
en salir a tu defensa. No propongo enfrentamientos ni guerrillas y no impongo
mis creencias por la fuerza, solo hablo de rezar un Padrenuestro que se escuche
en los confines de la Tierra y en ese día que me encuentre ante tus ojos de
rodillas en tu presencia, Señor que perdona nuestras deudas si me pides que
perdone yo perdono, aunque duela perdonar al que te ofenda.
¿Todo está hecho ¿o todo está por hacer?
¿Todo ha terminado ¿o todo está por empezar? dejaste el mundo en nuestras manos
porque pensaste que seriamos capaces de seguir tu verdad, dejaste caer sobre la
humanidad una frase tan sencilla -amaos los unos a los otros como yo os he
amado- y no que nos armemos los unos contra los otros. ¡Casi nada! Ahí la llevas, villero, si
quieres llamarte cristiano, coge esa frase nada más y ponla siempre en tus
labios, Cristo de la Misericordia hágase tu voluntad.
Voy a hablar a una
Orotava de la que he aprendido más de sus silencios que de sus clamores. Sabe
más por lo que calla y representa el Columna sin mover los labios, que por el clamor
de la multitud. Y si vienes y le rezas, la pasión con humildad comprenderás su
grandeza, de los pies a la cabeza, la perfección sin igual y repetirás conmigo,
solo le falta hablar.
En un balcón
privilegiado del Valle de la Orotava, me encontré una noche hace más de 36 años
con mi vida predispuesta por él para el Señor, y en su ventana de la ciudad
eterna le descubrí en el anochecer de su vida como un Cristo expirante con cara
entrecortada, que sin voz hablaba.
Venid conmigo a la
puerta de San Juan a recorrer con la memoria por qué yo y por qué este sitio.
Quien haya vivido la
magia de esa bendita noche, sabe bien de lo que estoy hablando.
No hay nadie que
quede impasible a todo aquello que se respira en el aire. Es una noche lenta e
inolvidable: “la noche del jueves Santo”.
Pero esa noche es
diferente, extraña, única, cuando los propios sentimientos se desbordan al
salir de San Juan.
¡Cuántas lágrimas
derramadas!, ¿verdad? ¡Cuánto trabajo durante todo un año para que llegue ese
día cuando en la noche del Jueves Santo se abran por fin las puertas para que
salga la procesión del Columna! Tras ella, saldrá un cortejo de corazones
cristianos que darán paso a Nuestro Santísimo Cristo a la Columna, cada persona
que la contemple guardará en el alma ese momento especial que jamás olvidará.
Pero, ¿sabéis qué es lo que hace importante y necesarias ¿nuestras Hermandades,
Cofradías y Esclavitud? • el día a día con los hermanos, • las obras de caridad
cristiana, • el trato con los vecinos más necesitados, • el número mayor o
menor de fieles que vienen a rezar a nuestras queridas imágenes,
• la cercanía para
con la Villa de la Orotava Y me dirijo también, cómo no, a los que todos los
años vemos en las mismas calles, en las mismas esquinas, a la misma hora y viendo
la procesión del Columna; a los que tienen que seguir disfrutando de la mano
del padre o la madre, a pesar de que el calendario de la vida pudiera presumir
otra cosa.
Hoy alzo mi voz por
aquellos a quienes la vida quiso poner más trabas de las que ya de por sí tiene
para todos, pero el Cielo les mantuvo la gracia de ser esclavos en la Orotava.
Cristo de la
Columna, aquí estamos y aquí estaremos siempre cerca de ti a, tu lado.
Es Jueves Santo y La
Orotava vive los momentos culminantes de su pasión. Dios está en la ciudad, en
los sagrarios del día del Amor Fraterno y en el espíritu de su Semana Santa. Y
nos encontramos con el Columna, el Cristo más humano y sereno que sale de San
Juan cuando la ciudad viva sus horas más apasionantes.
Por fin, llegó la
hora: a las puertas se asoma el Señor en persona. La soberana realeza de su
divinidad queda oculta bajo la piel sangrante del hombre azotado, coronado de
espinas, amoratado por la tortura, con las manos atadas. ¡Cuánto sufrimiento
sale por la misma puerta; ¡qué compendio de pasión! Él pasea su mirada sobre
los presentes, que quedamos mudos Durante un momento eterno. Y entonces se oyó
fuerte, profunda esa tremenda frase que conmovió los cimientos de la historia: “¡He
aquí al Hombre!” ¡Ahora sí, el Columna sale de “Su casa” y ya pasea por la
Villa! Ante tanta emoción mi cuerpo no quiso ni respirar. Dicen algunos de Ti,
Cristo de la Columna, que con el peso en tus espaldas, buscas desde la calle
León, alguien que te deje hablar, que tus conceptos no valen, que este mundo moderno
necesita algo más que promesas sobre un Reino de hermanos y de felicidad vivida
después de tu Buena Muerte cuando sales de San Juan. Una música suave y lejana
llegaba a mis oídos, la hilera de redomas encendidas asomaba ya por la esquina
de La Carrera y, ante tanta belleza, cerré los ojos. Un segundo, un minuto, una
eternidad; no lo sé, pero cuando los abrí noté tu cálida mirada sobre mí. Por
fin te tenía cerca: El Columna y yo frente a frente, y no podía salir de mi
asombro ante lo que era un sentimiento que desbordaba mis cinco sentidos, por
la serenidad de un rostro como el suyo.
Con un seco toque de
mano los cargadores lo bajaron. Le recé, lloré y me acordé de las palabras de
S. Juan: “En Él estaba la Vida y la Vida era Luz de los hombres”.
El cortejo siguió su
marcha, me giré, miré tus espaldas marcadas por el látigo y te dije en voz
alta: Stmo. Cristo de la Columna, Tú me has marcado para siempre”. Es mucho El
Columna.
La Villa se
encuentra a Dios por la calle. Dios es como de la familia. Si la familia está
en crisis, aquí se afirman sus supremos principios. Somos de la cofradía de
nuestra familia. Salimos a recorrer las calles de siempre, por las que no ha
pasado el tiempo, a encontrarnos con un viejo amigo, el Cristo de la familia,
la Virgen que emocionaba a nuestra madre y que tenemos en una estampa en la
cartera, bajo un plástico rayado o bajo el cristal de la mesilla de noche o en
la guantera del coche, con la Fe y la Devoción, a través del brillo de la
mirada más limpia y transparente de toda la Orotava, la de su Virgen del Gloria
que es una buena vecina.
Y en este sentido
familiar de la Semana Santa volvemos a ser niños, y volvemos a ser muchachos
que ya salimos solos, sin los padres, estrenando la vida y el amor.
En Semana Santa no
se razona, se vive y se siente edad infantil, época de emociones no de
razonamientos.
Los que ya se
fueron... y los que no pueden venir. ¿Qué mayor penitencia que no poder ir a
ver al Columna? Me lo dijo un Amigo enfermo, postrado en su cama, sin poder
salir de su casa: Esto sí que es penitencia, la penitencial ausencia.
Todo Esclavo, está condenado a acordarse de otros
tiempos. Y todos los años están condenados a convertirse en pasado. Es la penitencia
de la memoria, la mayor de todas, el dejar de vivir lo que se ha vivido. Por
eso, junto a las ilusiones, hay dolores.
¿Cuántos sentirán la tristeza de la primera vez que
han dejado de salir de Esclavos? ¿Cuántos se arrepentirán de no haber ido a su procesión,
un año más? Y si no acudieron por la edad, por la distancia, por la enfermedad,
o por el alejamiento de la esclavitud, ¿quién podría hurgar en los pensamientos
de cada uno para saber de sus íntimas añoranzas? Cuántos habrán sido los Esclavos que al pasar por las
calles de la Villa, en la fila con la redoma o cargando el Trono, se les haya encogido
el corazón sintiendo aún más, si cabe, la falta de ese familiar o amigo que,
año tras año, nos ayudaba a prepararnos, a colocarnos la medalla… Es en ese
momento cuando lanzas una mirada hacia el lugar donde habitualmente participaba
en los cultos, en la procesión, en las juntas y notas su ausencia, ausencia que
te hace encoger hasta el punto de querer abandonar la marcha y regresar a casa,
pero que a la vez te hace seguir hacia delante pensando que eso es lo que
realmente hubiera deseado.
Cumplir con tu deber
de Esclavo, alentando, fomentando y esforzándonos por actualizar el espíritu
religioso, y contribuir así, con tu pequeña aportación, a seguir escribiendo
una historia que, eso sí, permanece indeleble con el paso de los años.
Es el momento de recordar a aquellos que nos
precedieron en el símbolo de la fe y ahora duermen el sueño de la paz por
aquellos que se fueron para siempre, pero que al marcharse se convirtieron en
nuestro eterno modelo y en nuestro imborrable recuerdo.
Fijaos en este
detalle: La Virgen de Gloria es la única Dolorosa del Jueves Santo que no
llora…curiosa circunstancia. Miles de veces me he preguntado por qué y miles de
veces no he encontrada respuesta. Pero hace unos años, estando junto a Ti en la
plaza del Ayuntamiento, creo que lo he entendido: no lloras porque sabes que Tu
Hijo, aunque caído, está cuidado y mimado por sus cargadores y por su
esclavitud; No llores, Virgen de Gloria, porque bien sabes que, ante los
ancianos y enfermos, que tienes ante Ti, no puedes derramar ni una lágrima ya
que solo esperan el cariño, la entrega y la bondad que sabes darle, que ellos
te lo agradecen desde lo más profundo de su alma, porque como diría alguno
desde ese blanco balcón del Hospital de la Santísima Trinidad:
No soy arado sin uso.
No soy puerta que se
cierra.
No soy un cuerpo
vencido.
Soy ternura y soy
cariño…
Soy solamente un
anciano que en una ocasión…fue niño.
Y ante esta
plegaria, Tú, Virgen Gloria, no puedes llorar. Haces lo que mejor sabes hacer:
utilizar la primera parte de tu nombre: AMAR.
Creo que la vida no
se mide por el número de veces que respiramos, sino por los momentos que nos
hacen contener la respiración. Desde que nací… ¡que pocos momentos me han llegado
al alma para contenerla! Han pasado muchos años desde entonces y ahí sigue,
viva, pujante comprometida con todo lo que suene a solidaridad, ayuda y entrega
a los necesitados.
Sin embargo, en la
calle de San Francisco, a la altura del Convento de
Nuestra Señora de Candelaria de las
Hermanas de la Cruz, Congregación que El Beato José Torres Padilla, fue
cofundador junto a Santa Ángela de la Cruz en 1875 en Sevilla, dedicando su
vida a la formación de la orden y la caridad, oigo que sale un mensaje que me
hiela el alma por su valentía: “Stmo. Cristo a la Columna, Señor de la mirada
bondadosa, tú que sufriste el oprobio de la más vil condena, no permitas que ninguno
de nosotros, por cobardía o comodidad nos lavemos nunca las manos ante la
injusticia social, que no demos como Pilatos la espalda a tu Verdad, porque…Pilatos
siempre habrá pero que no seamos sayones o fariseos sino amigos de los necesitados
o, lo que es lo mismo, hijos de ti, Cristo de la Columna, porque tu rostro
divino y cercano nos trasmite la auténtica bondad”.
Lloró el Hijo del
hombre. Dios mismo sintió fatiga Y lloraron las malagueñas entre balcones y
esquinas. Y lloraron tus esclavos al ver tanta injusticia. Y el aire lloró en
silencio en esta noche tan íntima. Y al verte sufrir, Señor, lloraba de amor:
¡Todo el valle de la Orotava! Pero como hemos compartido muchos años y nos
conocemos bien, quiero decirte, me gusta verte. Porque no puedo soportar la
emoción que me remueve el alma cuando te veo cada noche del Jueves Santo.
Me conmueven los
silencios de la Semana Santa: cuando se canta una malagueña, se reza o
simplemente coges de la mano o abrazas con más fuerza a los seres queridos que
están contigo en la calle. Observad que se produce entonces un silencio que
suena en lo más profundo de los corazones.
“No se escribe
cuando se puede, sino cuando tu corazón quiere” Una noche cualquiera, el
desasosiego me embarga y me desvelo.
Tu imagen llena mis
sentidos y entonces me digo: “Este es el momento de decirte algunas “cosillas”,
Virgen de Gloria” Por lo pronto ¡qué diferencia! Mi soledad es humana; la tuya,
divina: no me están saliendo las cosas bien, siento que me falta el apoyo de
conocidos y amigos y…, me revelo… Pero a Ti, Madre mía te falta nada menos que
tu Hijo, el Hijo de Dios.
Este pensamiento me
alivia, me tranquiliza, porque ¿cómo se pueden comparar ambas soledades? Hago
una pausa, respiro hondo, el silencio de la noche retumba en mis oídos y
entonces me digo: “¡Qué gran error!” El egoísmo personal no me ha dejado ver
que: -Soledad es la del niño abandonado.
-Soledad es la de
los miles de personas que mueren en “soledad”, porque no tienen quienes les
acompañen.
Y, sobre todo,
soledad es la tuya, la de la Madre del Salvador que ha visto morir a su Hijo.
De nuevo el
contraste: el mismo pueblo, la misma fe pero que tiene la grandeza de
manifestarla de dos formas diferentes; tan válidas, tan profundas y tan
sentidas una como otra.
En La Orotava la
grandiosidad del Jueves Corpus no chirría con la sobriedad de la noche del
Jueves Santo. Difícil de entender…, para otros. Para nosotros…, no, porque
sabemos que en ese momento vas arrastrando junto a ti a todo un pueblo, ayudándote
a encontrar a Tú Hijo todavía muerto, pero sabiendo, que resucitaría y entonces
esa oscuridad que te envuelve se iba a convertir en Luz de Salvación.
Bendita seas, Virgen
de Gloria, porque en estos tiempos de problemas, has sabido trasmitirme que hay
muchos caminos que recorrer, muchas vidas que vivir, que donde menos te lo
esperas, se encuentra la esperanza
de un mundo mejor. La esperanza que vive en la calle, la que buscas cuando
abrazas un clavo donde agarrarte para llenarte de vida cuando la vida se parte.
Esperanza, la de todos los mortales, que en esta villa no hay nadie que pueda
vivir sin ella, que de ella pueda apartarse por más que los tiempos pasen, En
este sueño de vida ¿sabes lo más importante? agradecer lo vivido, disfrutar de
cada instante, compartir como un buen hijo los dones que la vida reparte,
aliviar al afligido, enseñar al ignorante, defender al desvalido, curarlo para
que sane, rescatarlo del olvido, decirle que no se aparte del amor al prójimo
por más que los tiempos pasen. Si hay algo en esta vida que nos protege y
abraza es la misericordia infinita de la esperanza.
Ya en la madrugada,
de regreso al entrar en tu templo me acerqué al Columna. Tenía frío, ese frío
que luego con los años he aprendido que nos envuelve el cuerpo, cuando algo
“especial” va a ocurrir. Te observé despacio, de izquierda a derecha, hasta que
tus ojos se clavaron en los míos. Segundos eternos y un silencio que llenaba mi
corazón. Y luego, como la lluvia suave que cae tras la tormenta, llenaste mi
corazón de “Humildad”. Por fin lo descubrí: Eso era lo que me daba miedo: tus
ojos caídos, tu mirada tranquila, tu rostro sereno. ¡Me negaba a aceptar lo que
habían hecho contigo! Entonces, besé tus pies, lloré, porque según dicen, y no
lo he entendido nunca: “Los hombres no lloran en público”. ¡Qué tendrá que ver
la hombría con el sentimiento”!
Hoy te miro siempre
que puedo a esos ojos llenos de vida en la calle, si, allí me gusta verte.
El Cristo de La
Columna se ha transformado con el tiempo en un
muro de las lamentaciones. Hasta Él llegan a cumplir sus promesas y a
pedir, dejando papeles con nombres, enfermos, intenciones, sueños incumplidos y
amores imposibles. Como si al Señor le hiciera falta el papel cuando nuestros
nombres los lleva escritos en la palma de su mano, y los esclavos lo queremos
lo que no está en los escritos.
Sólo Él consuela, lo
saben sus vecinos, sus devotos, sus esclavos. No se ha ido de este mundo para
desentenderse de nuestras penas, no se
ha escondido ni tapado sus ojos.
El Columna está en
los corazones de todo aquel que le reza, de todo aquel que le mira, de esas mujeres con
velas que lo siguen cada año para cumplir sus promesas.
Y Él está con los
que sufren, con los que tienen tristeza, con los que están agobiados, con los
que están en paro y también con los que enferman, y en todo el que le acompaña.
Que el Columna nunca pasa no pasa, siempre se queda, y hay en sus ojos dulzura,
y hay en su rostro pureza y hay un amor infinito de los pies a su cabeza, y hay
una expresión divina que borra el mal y lo aleja.
Pasan la vida y los
hombres. Pasan las horas, los días, los meses,los años, y Él seguirá en San
Juan, con espinas en las sienes, con la boca ya reseca, con sus manos doloridas
y con su espalda sangrienta llevando en su Columna nuestros pecados a cuestas.
Aunque el mundo esté
en su mano siempre el Cristo se queda, y siendo Dios, fue humillado a pesar de su
grandeza, pero Él con su pisada siempre avanza, aunque no pueda.
Pasarán siglos
enteros, y siempre aquí su presencia. Ven conmigo, Villero, que otra vez es
Jueves Santo; Dios me ha dicho que le siga cumpliendo una penitencia. Toma la
vela y el rosario, tal como lo vio tu madre, como le rezó tu abuela.
Que el Columna nunca
pasa, su palabra es verdadera que en su rostro hay un mensaje de ternura y
fortaleza. Para hacerse villero bajó Dios hasta esta Tierra, y por eso
permanece donde los pájaros vuelan donde hasta el aire es distinto y el Teide
se eleva.
Que el Cristo de la
Columna nunca pasa, nunca pasará, caminando por sus calles y aquí en la Villa
se queda.
Se los digo como
esclavo, se los digo como devoto o simplemente como hermano, que le pese a
quien le pese, si es que a alguien le pesa, aquí hay Cristo de la Columna para rato.
Al amanecer del Viernes Santo, El Señor pasa, salgamos a su encuentro, lo anuncian los
tambores y cornetas, lo sensibilizan los pasos de Nuestro Padre Jesús Nazareno,
Nuestra Señora de los Dolores, la Verónica, la Magdalena y San Juan Evangelista, y se encuentran en la Plaza Patricio
García, donde San Juan corre para avisar a la Virgen del encuentro con Jesús.
Lo encarnan los pobres y los
que sufren, salgamos a su encuentro, necesitamos a los otros, nos necesitamos
todos, el auxilio nos viene del Señor.
Con una cruz sobre
el hombro, pasas, Señor, ante mí, y tu paso, al verte así, con una oración te
acompaño. Pero al rezarte te nombro como siempre te nombré: …Hablarle de Él y
de los otros, de nosotros, al fin. De todos… Pasan cristos a diario por su
calle de amargura, y mi esfuerzo no procura evitarles su calvario. Nunca creo
necesario llevar su peso conmigo. Salgamos del
egoísmo, de nuestra presunción y del individualismo, no digo -por más que diga que creo-, que, si soy su
cirineo, ya lo estoy siendo contigo.
El Dios que tengo en
mí no es de madera, ni sale en procesión ni tiene nombre, es un Dios todo Dios
y todo Hombre que, de mí, sin pedirme, tanto espera. El Dios que tengo en mí de
cabecera, vive pendiente de que yo me asombre, de que le pida cuentas, que lo
nombre, le exija, le pregunte. Y que lo quiera. Es ese Dios que entre los
hombres labra, para sembrar a mano una palabra -Amor- que nazca cada día. El
mismo que me llama y no contesto, el que siempre me encuentra con lo puesto. El
que sigo buscando todavía. El Dios que
no busqué vino a buscarme y no supe quién era, a qué venía. Se fue. Pero
volvió. Yo lo sabía: a Dios no hay duda que me lo desarme. Creí que iba a
pedirme; vino a darme; le rechacé el regalo. Me insistía. Y me alargó la mano.
Todavía no sé por qué razón pude negarme. Me fui. Él se quedó. Lo eché de
menos. Me dijeron que andaba entre hombres buenos, generosos, fraternos. ¿Y tú?
Tú, que no convives con esa necesidad y precisas de otra manera suya de
acercarse. Porque… Jesús sabe que el hombre necesita lo visible y cercano, lo
tangible, y para que se acerque a lo posible, imágenes de Él le facilita. Aquel
Jesús de cruz y de calvario, el nazareno aquel, el que decía que por Amor la
pena merecía, quizá no sea tu imagen de diario. Pero Él se va a la mano de las
formas porque sabe que tú no te conformas si no lo ves, lo palpas, lo veneras…
Y permite a la mano que lo talle y al pueblo que lo lleve por la calle, ¡para
que tú lo nombres como quieras!
Y en esa amanecida
de Viernes Santo, figura emergente donde fijar nuestros ojos del cuerpo y del
alma, nos dará igual quién esculpió tu imagen, que impresionante estampa; lo
que importará Señor es tu permanencia en el espíritu de tantas criaturas que
sólo encuentran seguridad a tus plantas.
De dónde tanta
pasión, de dónde tanto delirio, de dónde tanto equilibrio, de dónde tanta
emoción. De dónde toda tu fuerza, de dónde todo tu amor, de dónde tanto dolor,
para aliviar la pobreza. De dónde tanto lamento en la tarde de Viernes Santo
Procesión del Santo Entierro de este pueblo villero que sabe del sufrimiento.
La Villa suena a la
Villa, todas las primaveras y más si toca con sones de la Banda de Cornetas y
Tambores de San Juan Bautista y la Agrupación Musical Orotava. Lo ve pasar y se
humilla, lo ve venir y se calla, la partitura termina y la música no acaba, se
pierde su luz en la esquina y nadie dice una palabra, sigue la sombra viva, el
reflejo en la ventana, eso es música en La Villa y no se mueve ni un alma. La
música del dolor, del amor, de la esperanza, da la nota de color y envuelve el
ambiente extraordinario a la plaza del ayuntamiento con el “Adiós a la Vida”, a
la reja del balcón que ve como el tiempo pasa y en el tiempo la pasión
siguiendo el mismo guion, por sonar, suena la Villa.
La Pascua de Resurrección
es la necesidad de vivir con alegría, esperanza y caridad, como testimonio
activo de que la vida tiene la última palabra sobre la muerte. Jesús resucitado
es la presencia discreta y amorosa que transforma lo cotidiano, sana el
sufrimiento y ofrece una esperanza inquebrantable ante la muerte. El Resucitado
camina con nosotros en fracasos, soledad y trabajo, infundiendo paz y renovando
la vida. Miremos a Cristo resucitado como
garantía de que la muerte no es el final, pues en
tu palabra confiamos, con la certeza que tú ya le has devuelto a la vida, ya le
has llevado a la luz.
Solo, si acaso, una
postrera reflexión, afrontamos una serie de retos personales y colectivos que
van a poner a prueba nuestra Fe, nuestra fuerza, y, especialmente, nuestra
imaginación. Lo mejor, por qué dudarlo, está por llegar, pero no debemos perder
de vista determinados aspectos que nos deben mantener alerta. Dar viejas dimensiones a lo que está por
venir es muy difícil, casi imposible, pero ese, y algún otro, es el reto:
redimensionar, devolver las cosas a sus proporciones lógicas. Y construir entre
todos una Iglesia comprometida, valiente, actual. Nosotros somos Iglesia. No
nos encerremos en las sacristías, ni en las salas capitulares; saquemos a Dios
a la calle y hagamos de este siglo XXI el escenario de tanta justicia
pendiente.
Queda la enmienda,
su propósito, su deseo. Al hermano le exige Dios la conciencia del mundo en el
que vive. Si el hermano no mira a su alrededor no tendrá ojos para los pecados
del mundo, para la injusticia, la insolidaridad y el desamor.
Que seamos los
cofrades hombres y mujeres comprometidos con las enseñanzas que nos dejó hace
más de dos milenios, un hombre que sólo vivió treinta y tres años: era hijo de
un humilde carpintero, nació en un pequeño pueblo y vivió en otro hasta que
cumplió los treinta. Ese hombre predicó entonces durante tres años, no tuvo
nunca ni una familia ni un hogar, ni vivió en una gran ciudad. Nunca viajó más
allá de doscientos kilómetros de su lugar de nacimiento. Jamás escribió un
libro, ni abrió una oficina, ni fundo una compañía. La opinión pública viró
contra él y sus amigos le dieron la espalda. El perdonó a sus enemigos y fue
crucificado entre dos ladrones. Al morir, sus ejecutores se sortearon la que
era su única propiedad, su túnica, poco antes de ser enterrado en una tumba.
Han pasado más de dos mil años, y ese sencillo hombre es hoy la figura central
para una gran parte de la humanidad. Todos los ejércitos que han marchado,
todas las armadas que han navegado, todos los reyes que han reinado, juntos, no
han tenido la misma influencia sobre la vida de los seres humanos que tuvo ese
hombre que protagonizó una vida solitaria.
Hoy mismo estallará
la Villa en vísperas y la ciudad hablará del pregón: en familia, entre amigos o
en las hermandades, cofradías y esclavitud. Sed magnánimos, villeros, que se ha
echado la noche encima y ahora soy nazareno de vuelta a casa. Es cuando pido al
tiempo que pare, que necesito soñar. Soñar que de veras he estado aquí, que de
veras te he tenido para mí durante algo más de una hora, a la Villa. Desde hoy,
y con la edad que tengo, ya no aspiro a labrarme un futuro, sino a labrar me un
pasado. Me aturdo entre el arrorró y la malagueña, entre las cruces y las
flores. Tengo la suerte de saber cómo suena el amor de la Villa desde este
lado. Cruza las esquinas la sombra del Ángel y todo lo envuelve ese aire de
milagro cumplido.
Por eso, Señor,
podré seguir estando a tus pies para agradecerte que me lo has dado todo, yo
nunca sabré decirte cosas hermosas, yo sólo sé quererte y seguirte, y con eso y
nada más que con eso, hoy me puse delante de toda la Villa para pregonar Tu
Semana Santa. Cuando se recibe un encargo como el que he tratado de cumplir con
todos ustedes, los recuerdos y las personas se agolpan inevitablemente en la
cabeza, se repasa toda una vida y uno piensa, en un hogar con unos padres que
no podía pasar un día sin visitarlos, que daban lecciones silenciosas y que con
su sólo ejemplo hicieron anidar en mí el hábito y el respeto al trabajo. Unos
hermanos y cuñados por el cariño que me demuestran. Una mujer con la que un día
se comprometió a compartirlo todo a los pies del Señor y que junto a la fidelidad
atesora la paciencia y la esperanza. Unas hijas que son lo mejor que me ha
pasado en la vida, que son mí mismo futuro y que me quieren y se les nota;
sabes cómo disfruto y me emociono con mi Nieta. A mis amigos, que siempre están
cuando los necesito. Me hiciste, Señor, cofrade, hermano y esclavo. Me has dado
el don de la fe, saber esperar la esperanza y hacer de la caridad una virtud
que no se enseña. Me conservas la salud y, sobre todo, Señor, has sido mi apoyo
y mi luz cuando llegan las tinieblas. Y, por si fuera poco, Tú y sólo Tú, me
has traído hasta este atril orgullo de los villeros. El pregón también llega a
su final. Y antes de que ello suceda y se apague el eco de mis palabras, el
pregonero no quiere o, más bien, no puede terminar sin antes agradecer Aquel
sin su cuya ayuda no hubiese sido capaz de culminar esta empresa. Cuanto de
bueno haya podido haber en este pregón es obra exclusivamente suya; lo menos
bueno, sólo a mi torpeza y mis limitaciones es imputable. Este agradecimiento
va dirigido, con el alma y el corazón rendidos, a Quien ha inspirado, con su
Espíritu, cada una de mis palabras. Va dirigido a Ti, Señor, a quien te lo debo
todo, desde el regalo de la fe hasta los dones de la esperanza y de la caridad
que has depositado en esta frágil vasija de barro que es el pregonero. No en
vano, por Ti y en Ti todos, absolutamente todos, vivimos, nos movemos y
existimos y por ello, nuestra vida, ha de ser una constante acción de gracias.
Y este pregón no podía ser menos. Permitidme, hermanos, esta licencia con mi
Cristo. Y aquí me tienes, dispuesto a darte las gracias. Gracias, padre de
Bondad, por el amor que derramas a diario y gracias por Tu mano, siempre
tendida, que nos ofreces para que podamos aferrarnos a ella, buscando, como un
niño, la seguridad en la firmeza de tu amor de padre. Déjame Señor que te
dediqué, humildemente, mi última oración con un sencillo verso de acción de
gracias, para decirle a toda La Villa que, Por ti, yo aprendí a quererte de
verdad. En tus llagas, yo busqué el consuelo. De tus manos yo alcancé la
gloria. Esta es la pequeña historia de la fe de aquel chiquillo que encontró en
la Villa Tu Amor y Misericordia.
Muchas gracias por
vuestra paciencia Buenas noches…”
BRUNO
JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL

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