Francisco
Sánchez Martínez, pregonero de las fiestas mayores de la Villa de La Orotava en
2002, entró en mi vida cuando yo tenía apenas 11 años. Recuerdo perfectamente
la tarde en que llegó a la casa de mis padres, ubicada en el entonces número 34
de la calle El Calvario; un lugar donde nací y que hoy, lamentablemente, es
solo un topónimo y un recuerdo, ocupado por la farmacia de un edificio
antiestético. Aquella tarde se hospedó en nuestra inolvidable mansión gracias a
la amistad que mantenía con mi hermana, Carmen Álvarez Abreu. Desde ese
momento, la figura del científico universal quedó grabada en mi mente para
siempre.
Nacido
en Toledo el 16 de mayo de 1936, Francisco Sánchez cursó sus estudios primarios
entre el colegio Medalla Milagrosa de su ciudad natal y la escuela pública de
Cifuentes, en Guadalajara. Continuó el bachillerato en el Instituto de
Enseñanza Media de Guadalajara y en el colegio Paideuterion de Cáceres. Más
tarde, se licenció en Ciencias Físicas por la Universidad Complutense de Madrid
y, posteriormente, obtuvo la cátedra de Astrofísica en la Universidad de La
Laguna.
En
1961 llegó por primera vez a Tenerife. Desde entonces, su vida se volcó por
completo en impulsar la investigación científica y el desarrollo tecnológico.
Como pionero y promotor de la astrofísica en España, fundó y dirigió el
Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), elevándolo a una posición de sólido
prestigio internacional. Tras descubrir la extraordinaria calidad astronómica
del cielo de las islas, lo puso en valor utilizándolo como palanca para
desarrollar la astrofísica y sus tecnologías conexas en todo el país. Asimismo,
impulsó el desarrollo tecnológico local mediante la construcción de
instrumentación científica (tanto terrestre como espacial), usándola como herramienta
de transferencia tecnológica hacia la industria. Finalmente, hizo posible que
España construyera el mayor y más avanzado telescopio de su época: el Gran
Telescopio Canarias, dotado de un espejo segmentado de más de diez metros de
diámetro. Su legado es el de un visionario que transformó la ciencia española.
Hijo adoptivo de La Villa de la Orotava, fue el encargado de leer el pregón
de las FIESTAS MAYORES de la Villa del año 2002: “… En primer lugar,
quisiera decir públicamente que me siento muy honrado por haberme sido confiado
el pregón de las fiestas patronales de esta Muy Noble y Leal Villa de La
Orotava, del año 2002, cuando se cumplen los quinientos años de su fundación.
Agradezco en lo que vale tal honor al Ilustrísimo Señor Alcalde y a la
Excelentísima corporación municipal. Mis relaciones con esta ciudad son
antiguas, permanentes y profundas. He residido en ella durante años, y hasta
tengo una hija nacida aquí. En momentos como estos afloran en mi corazón
vivencias entrañables con gentes de La Orotava (Maruca, Isabel, Pablo, Juan,
Pili, maestro Alejandro, etc, etc,), con quienes convivimos, recién llegados
al Observatorio Meteorológico de Izaña. Dos veces por semana, recuerdo,
Santiago subía con mulas la compra desde la Villa de Arriba, siguiendo la lista
que le escribíamos en una libreta con tapas de hule negro. ¡Y esto sucedía en
la década de los sesenta, no en siglo XIX !
También este salón de plenos está cargado para mí de
recuerdos. Aquí he estado incontables veces con mi familia, como tantos vecinos
de la Villa y tantísimo visitantes, para ver desde estos balcones los maravillosos
tapices de tierras del Teide que confeccionan cada año los orotavenses con
motivo del Corpus Christi. Recuerdo también que fue aquí donde se firmó, en
1983, la adhesión de la República de Alemania a los Acuerdos multinacionales
de Cooperación Astrofísica, a través de los cuales España abrió los
observatorios del Instituto de Astrofísica de Canarias -el del Teide en esta
isla Y, el del Roque de los Muchachos en la isla de la Palma - a la comunidad
científica internacional. Los cuales han facilitado el que hoy tengamos en
nuestras cumbres el grupo de telescopios e instrumentos astronómicos más
completos de Europa.
Además, en este salón, en junio de 1985 donde recibí
el título, tan importante para mí, de Hijo Adoptivo de esta villa.
Comprenderán, por todo lo que acabo de decirles que al
volver a este lugar me afloren emociones múltiples. Incrementadas por
responsabilidad de tener que pregonar las célebres y muy entrañables fiestas
del Corpus y de San Isidro de la Villa de la Orotava. Fiestas brillantes,
divertidas, coloristas y artísticas, que representan mucho para los habitantes
del valle y de toda la isla de Tenerife.
Por cierto, que fueron estas fiestas patronales las
primeras fiestas populares canarias en las que participé. (Estábamos recién
llegados a esta isla, en 1961, y una familia de la Villa, con esa hospitalidad
que les caracteriza, nos invitó a la Romería y hasta nos prestó los trajes de
mago). ¡Hoy, estos y muchos otros recuerdos ponen calor en mi corazón!
A lo largo de los años, los diversos pregoneros de
estas fiestas han ido cantando las glorias y excelencias de La Orotava y de sus
hijos más preclaros. Esta tarde quisiera poder añadir alguna flor nueva a tan
espléndido ramillete. Bien me gustaría ser un orador adecuado para decir flores
con primor, pero soy sólo un astrofísico de verbo directo; así que hablaré, con
mi estilo llano, de las fructíferas relaciones de la astronomía con La
Orotava. Y mis piropos irán dirigidos al cielo de las cumbres de esta Villa.
Para situarnos, vamos a empezar recordando juntos como
desde que el homo es sapiens, y probablemente antes, anda pendiente del cielo.
Según fue tomando consciencia de su entorno, fue
dándose cuenta de hasta qué extremo lo que veía por encima de su cabeza
condicionaba su vida: el Sol y las estrellas regían todos sus ciclos vitales,
señalando las noches y los días, además de los cambios de estaciones. Por si
esto fuese poco, de vez en cuando el cielo le ofrecía espectáculos pavorosos y
bellísimos, con sus truenos y relámpagos, el paso de cometas, las lluvias de
estrellas, los eclipses, las auroras polares, etc., etc. Podemos imaginar a los
primitivos, con su mentalidad sintética y su dependencia permanente del cielo,
mirando hacia arriba con perplejidad y terror, pero también con emoción y
esperanza. ¡Cómo no poner en él la morada de muchos de sus dioses y de sus
demonios! Esto hace que nos encontremos siempre, aun en las civilizaciones más
primitivas, con mitos cosmogónicos astrales y una astronomía más o menos
rudimentaria.
Por otra parte, nuestro evolucionado cerebro demanda
una cosmovisión para que podamos vivir, pues necesitamos, sin que sepamos
explicar bien el porqué, estar situados en relación con todo lo que nos rodea
y todo lo que imaginamos. Estas cosmovisiones, que empezaron siendo puramente
míticas, están basadas cada vez más en el conocimiento científico. Y hoy no es
posible hacer filosofía o teología sin tener muy en cuenta los últimos
descubrimientos astronómicos.
Necesitamos saber dónde estamos y quiénes somos. Esta
necesidad de comprender nuestro mundo, el universo al que pertenecemos, nos
empuja permanentemente a observar, a descubrir, a conocer. Estamos programados
para ser curiosos. Siendo el conocimiento la herramienta principal del éxito de
la especie humana en este planeta (amén de ser fuente permanente de gozo
personal para quienes nos dedicamos a estas cosas).
Cuando miramos con perspectiva, vemos que la intencionalidad que subyace en la
astronomía ha ido variando a lo largo de la historia de la humanidad. Primero
fue mítica y ritual, había que tratar de protegerse de los dioses y demonios
comprando sus favores. Y, puesto que el cielo determinaba todo lo que sucedía a
vivientes y no vivientes, pronto la astronomía se hizo agorera (astrología). En
general, la simbiosis entre ciencia y superstición duró hasta bien entrado el
Renacimiento.
El hombre, siempre práctico, ha ido buscándole
utilidades a la ciencia de los astros y la ha usado, desde hace mucho tiempo,
para cuestiones relacionadas con la agricultura y con la navegación, como bien
se sabe.
Después de Newton, la astronomía se hizo mecanicista,
y los descubrimientos astronómicos de los siglos XVIII y XIX afinaron la mecánica
y la física, que hicieron posible la revolución industrial…”
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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