miércoles, 17 de junio de 2026

FRANCISCO SÁNCHEZ MARTÍNEZ, PREGONERO DE LAS FIESTAS MAYORES DE LA VILLA DE LA OROTAVA 2002


Francisco Sánchez Martínez, pregonero de las fiestas mayores de la Villa de La Orotava en 2002, entró en mi vida cuando yo tenía apenas 11 años. Recuerdo perfectamente la tarde en que llegó a la casa de mis padres, ubicada en el entonces número 34 de la calle El Calvario; un lugar donde nací y que hoy, lamentablemente, es solo un topónimo y un recuerdo, ocupado por la farmacia de un edificio antiestético. Aquella tarde se hospedó en nuestra inolvidable mansión gracias a la amistad que mantenía con mi hermana, Carmen Álvarez Abreu. Desde ese momento, la figura del científico universal quedó grabada en mi mente para siempre.

Nacido en Toledo el 16 de mayo de 1936, Francisco Sánchez cursó sus estudios primarios entre el colegio Medalla Milagrosa de su ciudad natal y la escuela pública de Cifuentes, en Guadalajara. Continuó el bachillerato en el Instituto de Enseñanza Media de Guadalajara y en el colegio Paideuterion de Cáceres. Más tarde, se licenció en Ciencias Físicas por la Universidad Complutense de Madrid y, posteriormente, obtuvo la cátedra de Astrofísica en la Universidad de La Laguna.

En 1961 llegó por primera vez a Tenerife. Desde entonces, su vida se volcó por completo en impulsar la investigación científica y el desarrollo tecnológico. Como pionero y promotor de la astrofísica en España, fundó y dirigió el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), elevándolo a una posición de sólido prestigio internacional. Tras descubrir la extraordinaria calidad astronómica del cielo de las islas, lo puso en valor utilizándolo como palanca para desarrollar la astrofísica y sus tecnologías conexas en todo el país. Asimismo, impulsó el desarrollo tecnológico local mediante la construcción de instrumentación científica (tanto terrestre como espacial), usándola como herramienta de transferencia tecnológica hacia la industria. Finalmente, hizo posible que España construyera el mayor y más avanzado telescopio de su época: el Gran Telescopio Canarias, dotado de un espejo segmentado de más de diez metros de diámetro. Su legado es el de un visionario que transformó la ciencia española.

Hijo adoptivo de La Villa de la Orotava, fue el encargado de leer el pregón de las FIESTAS MAYORES de la Villa del año 2002: “… En primer lugar, quisiera decir públicamente que me siento muy honrado por haberme sido confiado el pregón de las fiestas patrona­les de esta Muy Noble y Leal Villa de La Orotava, del año 2002, cuan­do se cumplen los quinientos años de su fundación. Agradezco en lo que vale tal honor al Ilustrísimo Señor Alcalde y a la Excelentísima corporación municipal. Mis relaciones con esta ciudad son antiguas, permanentes y pro­fundas. He residido en ella durante años, y hasta tengo una hija nacida aquí. En momentos como estos afloran en mi corazón vivencias entra­ñables con gentes de La Orotava (Maruca, Isabel, Pablo, Juan, Pili, maes­tro Alejandro, etc, etc,), con quienes convivimos, recién llegados al Observatorio Meteorológico de Izaña. Dos veces por semana, recuerdo, Santiago subía con mulas la compra desde la Villa de Arriba, siguiendo la lista que le escribíamos en una libreta con tapas de hule negro. ¡Y esto sucedía en la década de los sesenta, no en siglo XIX !

También este salón de plenos está cargado para mí de recuerdos. Aquí he estado incontables veces con mi familia, como tantos vecinos de la Villa y tantísimo visitantes, para ver desde estos balcones los maravi­llosos tapices de tierras del Teide que confeccionan cada año los orota­venses con motivo del Corpus Christi. Recuerdo también que fue aquí donde se firmó, en 1983, la adhe­sión de la República de Alemania a los Acuerdos multinacionales de Cooperación Astrofísica, a través de los cuales España abrió los observatorios del Instituto de Astrofísica de Canarias -el del Teide en esta isla Y, el del Roque de los Muchachos en la isla de la Palma - a la comunidad científica internacional. Los cuales han facilitado el que hoy tengamos en nuestras cumbres el grupo de telescopios e instrumentos astronómicos más completos de Europa.

Además, en este salón, en junio de 1985 donde recibí el título, tan importante para mí, de Hijo Adoptivo de esta villa.

Comprenderán, por todo lo que acabo de decirles que al volver a este lugar me afloren emociones múltiples. Incrementadas por responsabilidad de tener que pregonar las célebres y muy entrañables fiestas del Corpus y de San Isidro de la Villa de la Orotava. Fiestas brillantes, divertidas, coloristas y artísticas, que representan mucho para los habitantes del valle y de toda la isla de Tenerife.

Por cierto, que fueron estas fiestas patronales las primeras fiestas populares canarias en las que participé. (Estábamos recién llegados a esta isla, en 1961, y una familia de la Villa, con esa hospitalidad que les carac­teriza, nos invitó a la Romería y hasta nos prestó los trajes de mago). ¡Hoy, estos y muchos otros recuerdos ponen calor en mi corazón!

A lo largo de los años, los diversos pregoneros de estas fiestas han ido cantando las glorias y excelencias de La Orotava y de sus hijos más preclaros. Esta tarde quisiera poder añadir alguna flor nueva a tan espléndido ramillete. Bien me gustaría ser un orador adecuado para decir flores con primor, pero soy sólo un astrofísico de verbo directo; así que hablaré, con mi estilo llano, de las fructíferas relaciones de la astro­nomía con La Orotava. Y mis piropos irán dirigidos al cielo de las cum­bres de esta Villa.

Para situarnos, vamos a empezar recordando juntos como desde que el homo es sapiens, y probablemente antes, anda pendiente del cielo.

Según fue tomando consciencia de su entorno, fue dándose cuenta de hasta qué extremo lo que veía por encima de su cabeza condicionaba su vida: el Sol y las estrellas regían todos sus ciclos vitales, señalando las noches y los días, además de los cambios de estaciones. Por si esto fuese poco, de vez en cuando el cielo le ofrecía espectáculos pavorosos y bellísimos, con sus truenos y relámpagos, el paso de cometas, las lluvias de estrellas, los eclipses, las auroras polares, etc., etc. Podemos imaginar a los primitivos, con su mentalidad sintética y su dependencia permanen­te del cielo, mirando hacia arriba con perplejidad y terror, pero también con emoción y esperanza. ¡Cómo no poner en él la morada de muchos de sus dioses y de sus demonios! Esto hace que nos encontremos siempre, aun en las civilizaciones más primitivas, con mitos cosmogónicos astra­les y una astronomía más o menos rudimentaria.

Por otra parte, nuestro evolucionado cerebro demanda una cosmo­visión para que podamos vivir, pues necesitamos, sin que sepamos expli­car bien el porqué, estar situados en relación con todo lo que nos rodea y todo lo que imaginamos. Estas cosmovisiones, que empezaron siendo puramente míticas, están basadas cada vez más en el conocimiento cien­tífico. Y hoy no es posible hacer filosofía o teología sin tener muy en cuenta los últimos descubrimientos astronómicos.

Necesitamos saber dónde estamos y quiénes somos. Esta necesidad de comprender nuestro mundo, el universo al que pertenecemos, nos empuja permanentemente a observar, a descubrir, a conocer. Estamos programados para ser curiosos. Siendo el conocimiento la herramienta principal del éxito de la especie humana en este planeta (amén de ser fuente permanente de gozo personal para quienes nos dedicamos a estas cosas).
Cuando miramos con perspectiva, vemos que la intencionalidad que subyace en la astronomía ha ido variando a lo largo de la historia de la humanidad. Primero fue mítica y ritual, había que tratar de prote­gerse de los dioses y demonios comprando sus favores. Y, puesto que el cielo determinaba todo lo que sucedía a vivientes y no vivientes, pronto la astronomía se hizo agorera (astrología). En general, la simbiosis entre ciencia y superstición duró hasta bien entrado el Renacimiento.

El hombre, siempre práctico, ha ido buscándole utilidades a la ciencia de los astros y la ha usado, desde hace mucho tiempo, para cues­tiones relacionadas con la agricultura y con la navegación, como bien se sabe.

Después de Newton, la astronomía se hizo mecanicista, y los des­cubrimientos astronómicos de los siglos XVIII y XIX afinaron la mecá­nica y la física, que hicieron posible la revolución industrial…”

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ  ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

 

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