viernes, 27 de octubre de 2017

JUAN ÁLVAREZ DÍAZ (1908-1965), RECAMBIO AUTOMÓVIL Y GASOLINERA (MI PADRE)

                                                                      


Cuando ahondo en lo más profundo de mi memoria en busca de su primera imagen —esa que me perseguiría de forma omnipresente a lo largo de largos años—, encuentro en el rincón más lejano una escena precursora: una empresa modesta, hospitalaria y pequeña. Recuerdo estar sentado junto al amplio salón industrial, donde el olor a petróleo refinado se mezclaba con el agua para el lavado de automóviles, viendo a mi padre y a otras personas de rostros hoy difuminados por el aturdimiento del tiempo.

Mi padre, Juan Álvarez Díaz, fue estudiante del colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Allí estudió Cultura General para defenderse en el futuro con destreza, especializándose en una asignatura hoy olvidada: Contador “Teneduría de Libros”, una materia que los institutos técnicos y las escuelas universitarias han reemplazado por la moderna informática de gestión. Esos conocimientos serían el soporte que le ayudaría a levantar una pequeña explotación de servicios para automóviles que acabó por consolidarse en La Orotava. Al abandonar el colegio de San Isidro, se incorporó a trabajar en el servicio de Telégrafos llevando misivas en pantalón corto. Eran tiempos difíciles para las familias de clase media, concretamente para el hijo de un chófer: su padre, Don José, era el "chófer de Ascanio" y ostentaba el número siete de los carnés de conducir expedidos en la provincia de Santa Cruz de Tenerife.



Más tarde, mi padre ingresó en la banca Morales. Tras la desaparición de esta entidad, fue contratado por Don Fernando Hernández López, industrial de la zona, para ocupar el cargo de oficial encargado de su negocio de repuestos y accesorios de automóviles en la calle del Calvario. Muchos hombres y mujeres van cargados de historias y leyendas que ellos mismos construyen con el paso de los años; mi padre dedicó media vida a la gestión de esa estación de servicio.



En 1931 contrajo matrimonio con mi madre, M. del Carmen Abreu González, modista de caballeros. En su humilde taller de confección, ubicado en una desaparecida y bucólica casita a mitad del añejo callejón de Los Cuartos (actualmente calle del Doctor Emilio Luque), educó a sus hijos y enseñó a coser a varias muchachas.



En el año 1935, Don Fernando Hernández López decidió traspasar su negocio a una comunidad mercantil formada por mi progenitor y Don Miguel Linares Álvarez (que era taxista) para la venta de accesorios de automóviles y gasolina. Los comienzos no fueron fáciles. Con el estallido de la Guerra Civil, mi padre fue movilizado en la retaguardia del Regimiento de Infantería de Tenerife nº 38, donde ejerció como auxiliar escribiente de oficina. Para poder atender a su naciente sociedad comercial en La Orotava, tenía que solicitar constantes permisos a sus jefes militares. Gracias a la ayuda de sus hermanos Pepe, Pancho, María Rosa y Carmen, pudo mantener a flote la pequeña empresa.



Finalizada la guerra, decidió separarse de su socio, Don Miguel Linares Álvarez, mediante un mutuo acuerdo de transacción mercantil. Por este pacto, se le adjudicaron a mi progenitor todos los activos, créditos y derechos del establecimiento. Decidió continuar con el negocio por su cuenta como dueño absoluto, iniciando una etapa prometedora con dos empleados: Juan Santos Mesa y Jesús Gutiérrez —conocido en el mundo del fútbol como "Borbolla", exjugador del Celta de Vigo—, además de un auxiliar, José Hernández, a quien llamaban "Pepe el de las palomas" o "Pepe el de la calle Verde".

Mientras vivía con mis padres y mis hermanas en la calle del Calvario, mi memoria insistía en buscar aquella primera imagen. Debía de estar ahí, en nuestra casa, conviviendo con ellos durante una década maravillosa, viendo la clásica escalera canaria por la que subíamos a la habitación para hacer los deberes escolares. Debería estar ahí, pero no aparece. En cambio, sí se muestran en mi recuerdo —con rostros ya borrosos— los vecinos de la época y mi propio asombro infantil al ver la vida pasar por esa legendaria calle. Esto es todo lo que alcanza el rastreo de mi memoria.

Indudablemente, la calle del Calvario albergaba pintorescos establecimientos comerciales que compartían el día a día con mi padre al principio de la década de los cuarenta. Bajando por la acera derecha se encontraban: el Café Parada, la escuela de Doña Lucía Mesa, la venta de Don Saturnino Rodríguez, la pensión y restaurante de Fariña, la barbería de Don Pepe "el portugués", la perfumería de Doña Armenia Gutiérrez, la carpintería de Don Juan Hernández Bethencourt, la alfarería de Don Aniceto Pérez, la barbería de Perico, la tapicería de Pepe Quevedo, el almacén de ultramarinos de Los Molinas, el taller mecánico de Villavicencio, la tienda de comestibles de Don Balbino Pérez, la Pensión El Malagueño y la Taberna de la Vieja de Santa Úrsula. Por la acera izquierda se ubicaban: la carpintería de García y Cruz, la barbería y tienda de comestibles de Don Antonio Álvarez "el cañón", la oficina de recaudación de Hacienda, la FAST, el bazar del alemán Germán Haller, la oficina de Correos, la tipografía de Don Lorenzo Castro, el Hotel El Suizo, la herrería de Toribio Quintero, la mercería del libanés Don Najib Bou-Absi (conocido como Don Felipe), la herrería de Don Francisco Delgado, la bodega de Don Manuel García (con vinos de Chiclana importados de Cádiz) y la tienda de comestibles de Don Cipriano Hernández Escobar.

En 1944, el gobierno de la posguerra promulgó la restrictiva Tarjeta de Aprovisionamiento para controlar el combustible y los lubricantes de los vehículos. Don José Ponte y Méndez, el recordado sacerdote de La Perdoma, necesitaba gasolina para desplazarse a su parroquia y cumplir con sus tareas pastorales. Cuando las autoridades se enteraron a través de la delación de un supuesto amigo, le impusieron una sanción que consistió en el cierre del surtidor durante tres meses. A pesar de estas dificultades, el 14 de mayo de 1945 visitó España el director de la Texas Company, William Brenstes, quien había contribuido en gran medida al envío de gasolina a la España nacional en 1936.

Alrededor de la empresa de mi padre se organizó una pequeña tertulia a la que bautizaron con el nombre de "El Tin". Los domingos celebraban comidas típicas en fincas como las de Maestre Juan de La Florida, El Pozo del Rincón, o en la casa de Don Casiano en las Cañadas del Teide. "El Tin" estaba formado por los taxistas de la parada del Llano —conocida como "la parada de los ricos" por dar servicio a la gente acomodada del pueblo—: Agrícola González (famoso por sus chistes), Miguel Toste, Cristóbal González, Ángel Salamos, Miguel Linares y Justo Hernández. También asistían el técnico Villavicencio —proyeccionista en el cine Atlante y, para los jóvenes de hoy, padre de Julito el mecánico—; el incansable tapicero Pepe Hernández Quevedo, un gran maestro y excelente persona; Lorenzo Hernández Castro “impresor” y el camionero Chanillo "El Cubano", amigo entrañable y confidente de mi padre. A ellos se sumaban Don Fernando Méndez de Ponte, Don Sebastián Fernández, Don Casiano García Bartlet y don Sebastián Fernández Perdigón.

Para animar las reuniones, contaban con el admirado guitarrista villero Eustaquio Regalado Cairós, conocido como "El Cojo Regalado", quien con su clásica estampa y la guitarra a cuestas protagonizaba divertidas anécdotas. Otro acompañante asiduo era Don Eduardo Gutiérrez, chófer del volquete en el que se transportaban los garrafones de vino tinto del país y las provisiones para los almuerzos. Asimismo, contaban con los servicios del reputado cocinero Rafael Hernández, conocido como "El Moneda", cuya destreza en los fogones era fundamental para el disfrute de toda la peña.

En agosto de 1949, mi padre solicitó al Excmo. Ayuntamiento de la Villa de La Orotava la autorización para trasladar el depósito y el surtidor de gasolina de la calle del Calvario a la esquina oriental de la plaza de Franchi Alfaro. Poco antes, en 1947, sufrió una parálisis por trombosis cuando solo tenía 42 años de edad. Tardó bastante tiempo en recuperarse para volver a ponerse al frente de sus negocios, por lo que dejó al cargo a José Hernández y a su hija Lola, que entonces contaba con solo 12 años. Tres años más tarde contrató a dos nuevos operarios: Gilberto Rodríguez y Carlos Sacramento. Posteriormente, solicitó a la Alcaldía la autorización para llevar a cabo el proyecto de construcción de una casa de dos plantas en la misma calle del Calvario, con el fin de instalar un nuevo modelo de industria.

A comienzos de los años cincuenta, el espíritu emprendedor del protagonista se manifestó con la fundación de la sociedad civil particular "Álvarez y Delgado", dedicada a la venta de materiales de carpintería junto a D. Francisco Delgado González. Aunque esta primera compañía tuvo una trayectoria breve y se liquidó de mutuo acuerdo en septiembre de 1954, sentó las bases para su siguiente y más ambicioso proyecto.

En diciembre de ese mismo año, anticipándose a las necesidades de un parque móvil en crecimiento, solicitó autorización a la Alcaldía para edificar un pabellón frente a la parte sur de la plaza Franchy Alfaro. Este espacio fue diseñado bajo un concepto innovador para la época: la planta principal albergaba una oficina y una exposición de productos lubricantes, mientras que el sótano se equipó con una bomba de aire para cámaras y cubiertas. Este hito marcó el inicio de un nuevo modelo de industria enfocado en el lavado, engrase y limpieza integral de toda clase de vehículos, adaptándose progresivamente a las nuevas reglamentaciones sanitarias, de seguridad y a los avances tecnológicos del sector.

En el ámbito personal, destacaba su profunda afición por la lectura. Era un visitante asiduo de la biblioteca de la centenaria sociedad del Liceo Taoro, institución de la que además fue socio protector.

En agosto de 1965, gravemente aquejado por su crónica enfermedad que lo dejó completamente ciego, se vio obligado a cesar en la dirección de sus negocios de distribución de carburantes y lubricantes (gasolina, aceite y petróleo). De mutuo acuerdo con su familia, traspasó la gestión de la explotación a su hija Josefina, quien asumió el liderazgo del negocio manteniendo en sus puestos a los tres empleados de confianza: Sixto Díaz Afonso, Francisco Díaz Afonso y Honorio Rodríguez. Apenas dos meses después, el 27 de octubre de 1965, falleció dejando un sólido legado familiar e industrial.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL







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