En el solar donde hoy se alza el Palacio
Consistorial de la Villa de La Orotava latía, hasta el siglo XIX, el Convento
de San José, uno de los cenobios femeninos más monumentales de la provincia de
Canarias. Perteneciente a las monjas Clarisas, este imponente conjunto
arquitectónico fue víctima de las turbulencias políticas, el proceso
desamortizador y el afán urbanístico de una época que decidió demolerlo para
levantar, sobre sus cenizas y con sus propias piedras, el actual edificio del
Ayuntamiento.
LA PRESIÓN DE LA PRENSA Y LA PUGNA POR EL
ESPACIO (1841)
Tras
el incendio que redujo a ruinas las antiguas casas consistoriales —la célebre
Casa Brier—, la acuciante necesidad de espacio público desencadenó una fuerte
ofensiva contra la comunidad de Clarisas. La prensa local de la época reflejó
la profunda fractura entre el fervor secularizador y la defensa de las
religiosas.
1. EL FRENTE PROGRESISTA Y LA IRONÍA DE LAS DENUNCIAS
En
un comunicado publicado el 9 de julio de 1841 (ejemplar n.º 8), un ciudadano
anónimo invocaba el «amor al pueblo y el cumplimiento de las leyes superiores»
para instar al Gobierno a clausurar el monasterio. Argumentaba que el exiguo
número de monjas no justificaba mantener ocupado un inmueble tan vasto, imperiosamente
necesario para albergar el Ayuntamiento, la escuela de primeras letras y el
cuartel de la Milicia Nacional.
El
escrito ironizaba sobre el estancamiento de las órdenes de desalojo, insinuando
con picardía si el retraso no se debería a que "los famosos bizcochos de estas monjas habrán
extraviado los comunicados de las autoridades", y exigía mayor celo
institucional para que las leyes no terminaran vueltas "sal y agua, ni dulces ni tostadas, ni misas ni
doñas Luisas".
2. LA RÉPLICA HUMANITARIA Y PATRIMONIAL
Frente
al acoso liberal, otra voz se alzó en las páginas del periódico Teide para denunciar la crueldad
que entrañaba expulsar a unas ancianas religiosas que apenas "disfrutaban de la triste
ventaja de exhalar, bajo su techo, sus gemidos y lamentar la miseria en que el
Gobierno las ha sumido", negándoles incluso la modesta pensión
prometida a cambio del despojo de sus bienes.
Este
autor ponía de relieve la magnitud del monumento —comparable en envergadura a
los grandes conventos de San Francisco en Santa Cruz o San Agustín en La
Laguna— y refutaba la necesidad del desalojo. Exponía que las monjas no
representaban una carga para el Erario Público, ya que se les descontaba un
real de vellón por persona en concepto de alquiler.
Además,
proponía una alternativa sensata y piadosa: emplear el Convento de San Nicolás
(extinguido tras el incendio de 1815 y su posterior reconstrucción, actual
edificio de Correos), que por entonces albergaba al Comisionado del Crédito
Público. Concluía con un firme alegato:
"Queden estas religiosas en su mansión
y guarde el progresista sus empeños para causas que no lleven tan claramente
impreso el sello de la injusticia y de la inhumanidad."
EL TRISTE DESENLACE Y EL ABANDONO (1868)
A
pesar de la resistencia de las religiosas y de la empatía de parte de la
ciudadanía orotavense, la presión política e institucional terminó por consumar
la expulsión. Trágicamente, la noche del 12 de octubre de 1868, las últimas
monjas clarisas abandonaron para siempre el Convento de San José.
Poco
tiempo después, la piconera y la piedra volcánica de sus muros fueron
desmanteladas para erigir sobre el mismo solar el actual Palacio Municipal.
Desapareció así uno de los grandes hitos del patrimonio claustro-sacro de La
Orotava, dejando tras de sí el eco de sus protestas y las huellas fotográficas
de su portada como mudo testigo de la historia.
LA PORTADA SUPERVIVIENTE: DE LA PORTADA
RENACENTISTA A LA ERMITA DEL CEMENTERIO
Su
valiosa portada —con labra de filiación renacentista/plateresca y elementos
barrocos añadidos— fue salvada de la demolición y reubicada en el Cementerio
Municipal de la Villa. Aunque en un principio se proyectó como portada de
acceso al propio recinto cementerial, finalmente se acordó que presidiera la
fachada de la capilla del camposanto. Desgraciadamente, dicho templo sufrió un
devastador incendio en la década de 1980, por lo que este valioso vestigio de
la arquitectura orotavense requiere hoy en día una restauración integral de
carácter urgente.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL


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