Hay
imágenes que no solo guardan rostros, sino que retienen el latido entero de una
época. Una de esas fotografías, rescatada del olvido por María del Carmen
Rendón —entrañable guardiana de los recuerdos de la Villa de La Orotava—, ha
vuelto a encender la luz sobre la juventud del histórico barrio de Los Cuartos.
Para el paseante de hoy, este rincón orotavense se dibuja sin esfuerzo junto al
anexo norte del estadio municipal; sin embargo, las raíces del lugar se hunden
en la mítica «Huerta del Moral», bautizada así por aquel árbol emblemático que
gobernaba con su sombra la curva de la carretera del Pinito. El nombre actual,
según nos desvelan las crónicas del siglo XVIII rescatadas por el catedrático
Manuel Hernández González, proviene del viejo camino rural de Los Cuartos, una
arteria que vio nacer la identidad de esta comunidad.
La
hermosa panorámica que despierta esta memoria fue capturada en el idilio verde
de los jardines de la mansión de los Ascanio-Monteverde, lo que hoy conocemos
como el Liceo de Taoro. Era la época de las fiestas mayores de la Villa, días
señalados en los que el ritual dictaba vestirse con las mejores galas. Allí, en
mitad de aquel vergel, los amigos del barrio se congregaban, cómplices y risueños,
dispuestos a inmortalizar la primavera de sus vidas ante el imponente e
hipnótico lente de los fotógrafos de entonces.
Aquellos
muchachos, sin embargo, modelaron su carácter bajo el cielo gris de la
posguerra, un tiempo donde la penuria dictaba el ritmo de los días. Muchos de
ellos, calzando aún los pantalones cortos de la niñez, tuvieron que entrar a la
madurez de golpe en los severos talleres de la Villa. Para ellos, los libros se
abrían solo cuando caía la noche, robándole horas al sueño en la escuela
nocturna para poder arrancar el sustento diario. El bachillerato era un
horizonte difícil, y los estudios superiores, un sueño casi inalcanzable. Pero
en aquella renuncia forzada latía una virtud: el temprano aprendizaje de
aquellos oficios rústicos se convirtió, sin saberlo, en la semilla fértil de la
formación profesional de nuestros días.
A
pesar de las grietas de la escasez, la vida se abría paso con una alegría
limpia y una fraternidad inquebrantable. La camaradería y el juego lo inundaban
todo. En el campito que ellos mismos levantaron a fuerza de tesón en el corazón
del barrio, se disputaban partidos memorables con balones de papel; algunos
calzaban humildes alpargatas y otros desafiaban la tierra a pie desnudo. Eso
sí, cuando el calendario marcaba una ocasión excepcional, subían al estadio
municipal para saborear el auténtico lujo de correr sobre un terreno
reglamentario.
Al
contemplar hoy la vieja estampa, el tiempo parece detenerse. Adivino entre la
fisonomía del grupo los rostros familiares de Regalado el Ferretero, Rendón I,
Fernando el Veloz, Ignacio, Rafael, Bello, A. Luis y Chuchito. A los demás, a
aquellos cuyos rasgos reconozco pero cuyos nombres se han disuelto en las
brumas de mi memoria, les pido perdón. El olvido es a veces inevitable, pero
mientras esta fotografía respire, su recuerdo permanecerá intacto y tibio en el
alma de La Orotava.
BRUNO JUAN
ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL



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