miércoles, 5 de septiembre de 2018
AMIGO NÉSTOR
martes, 4 de septiembre de 2018
LA POLICÍA LOCAL DEL PUERTO DE LA CRUZ CARECE DE COCHES PATRULLA PARA CUMPLIR CON LA SEGURIDAD CIUDADANA
COSO TAURINO
domingo, 2 de septiembre de 2018
LA CALLE EL CALVARIO DE LA VILLA DE LA OROTAVA 1905
Hay imágenes que tienen el poder de detener el tiempo y erizar la piel. Reencontrarse con una
fotografía de la calle El Calvario —el rincón exacto de La Villa
de La Orotava que me vio nacer— es siempre un viaje hacia la
emoción más profunda. Esta estampa inédita, capturada por un fotógrafo anónimo
en el lejano 1905,
retrata la mediana izquierda en su parsimoniosa subida a principios del siglo
XX. Es un espejo que nos invita a la reflexión, un contraste directo entre la
armonía del pasado y el presente: de aquellas edificaciones neoclásicas,
sencillas y elegantes, hoy nos queda un paisaje urbano alterado por construcciones
modernas que a menudo olvidan la esencia del clásico estilo canario.
Esta panorámica es un testimonio vivo de esa mutación. En
primer término destaca la antigua mansión que, ya en los años cuarenta,
adquiriría el matrimonio formado por Pepe
Pérez y Aida Pérez. En la imagen aún se aprecian las señoriales
escalinatas que daban la bienvenida a su portada principal; una joya de fachada
neoclásica donde hoy, guardando el calor de los recuerdos, sigue habitando la
hija menor de la familia, Chicha
Pérez y Pérez.
Cuesta arriba, la fotografía hilvana las siluetas de las
casas que precedieron al comercio actual. Vemos la propiedad de los herederos
de don Felipe González, un rincón con memoria de viruta y serrín que primero
albergó una carpintería, mutó luego en el establecimiento de Las Afortunadas y terminó
convertida en los conocidos Almacenes
Miranda. Justo al lado se adivina la casa de la familia Gutiérrez,
espacio que con el tiempo acogería a los herederos de la recordada peletería La Campana.
Si la mirada sigue ascendiendo por esa acera izquierda,
el recuerdo tropieza con el espacio que ocuparon la residencia de los Fariña,
el Bazar de Hernández Fariña y el mítico Bar
Fariña. Y coronando la loma, allá en lo alto, se recorta la
silueta eterna del convento
e iglesia agustinos de Nuestra Señora de Gracia, un edificio
con mil vidas que fue Cuartel de Infantería y hoy late como Casa de la Cultura.
Resulta increíble, casi irreal, contemplar cómo un solo
encuadre condensa tanta vida, tanta transformación. Al final, detenerse a mirar
y a pensar en el destino de estas piedras nos demuestra que intentar atrapar el
fluir de la historia es, como en la más hermosa filosofía, perseguir una
quimera.
BRUNO
JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL



