lunes, 10 de septiembre de 2018
VENTORRILLOS
domingo, 9 de septiembre de 2018
CUBA Y AGUSTÍN ESTRADA MADÁN
sábado, 8 de septiembre de 2018
NUESTRA SEÑORA DE LOS REMEDIOS DE SAN JUAN BAUTISTA DE LA VILLA DE LA OROTAVA.
En el corazón imperecedero del casco histórico de la
Villa de La Orotava, donde el tiempo parece detenerse entre adoquines y
fachadas señoriales, emerge con fuerza propia la parroquia de San Juan. Se
asienta en el populoso y vibrante barrio de El Farrobo, una denominación de
viejas raíces lusas que en castellano antiguo evocaba la sombra del algarrobo.
Aunque el fluir de los siglos ha ido desdibujando aquel antiguo topónimo en
favor de nombres más cotidianos como la Villa de
Arriba o, sencillamente, San Juan, la memoria de la
tierra se resiste a olvidar. Sin embargo, para desentrañar la verdadera alma de
este templo, es preciso realizar un viaje retrospectivo hacia sus orígenes,
cuando no era más que una modesta ermita cobijada bajo la estricta jurisdicción
eclesiástica de la Concepción.
El amanecer del siglo XVII trajo consigo el
florecimiento demográfico de este sector de la Villa. Sus habitantes, humildes
labradores en su mayoría, comenzaron a sentir la imperiosa necesidad de poseer
un hogar espiritual propio; un refugio cercano donde celebrar sus gozos y
consolar sus penas sin la obligación de peregrinar hasta la lejana feligresía
de la Concepción para cumplir con sus deberes sagrados.
Fue así como en 1606 se sembró la primera
semilla, aunque entonces solo fuera de forma documental, un anhelo dibujado
sobre el papel. La realidad material comenzó a fraguarse dos años más tarde, en
1608, cuando don Francisco de
Valcárcel, alférez mayor y regidor perpetuo de Tenerife,
desprendiéndose de lo terrenal en busca de favores divinos, cedió generosamente
un solar de 21 por 12
metros. Como solía ocurrir con la nobleza de antaño, que
canjeaba bienes mundanos por promesas de eternidad, don Francisco impuso una
condición imborrable: el derecho a reservar en el futuro templo tres sepulturas
perpetuas para el descanso de su linaje.
El 15 de mayo
de 1608 comenzó el milagro de la construcción. Las piedras se
levantaron gracias a un esfuerzo colectivo encomiable: el flujo constante de
limosnas, las ayudas de diversa procedencia y, por encima de todo, el sudor y
las manos de los propios vecinos, quienes entregaron su mano de obra
—abundante, entregada y eficaz— como la mayor de las ofrendas. Durante diez años de
afanoso cincelado, el templo fue tomando forma, hasta que un
documento fechado en 1634 testificó finalmente
que la ermita estaba lista para cumplir su sagrada misión.
Aquel mismo año, coincidiendo con la luminosa festividad
de San Juan, el templo estalló en júbilo y devoción al
celebrar sus primeras ceremonias oficiales en honor al Santo Patrón, protector
indiscutible de los labradores de la comarca. A partir de ese instante, la vida
litúrgica arraigó con fuerza en el barrio. De aquella fisonomía primitiva hoy
apenas nos susurra el pasado su antiguo pórtico: una portada de
frontón partido, hoy impracticable y muda, que decora con nostalgia el exterior
de la capilla mayor, asomándose silenciosa hacia la plazoleta de El Farrobo.
La historia de este recinto custodia también el paso de
los frailes
agustinos, quienes encontraron en la ermita de San Juan un
albergue provisional mientras se erigía su convento definitivo en la Villa de
Abajo. El célebre cronista Viera y
Clavijo inmortalizó este pasaje al escribir que “hacia 1645 ya estaban establecidos en
el barrio de San Juan, utilizando su ermita como centro conventual…”
Esta estancia agustina enriqueció profundamente el panorama espiritual de la
comunidad, diversificando la devoción popular; bajo aquel techo, junto al
patrón San Juan, florecieron con fervor los cultos a Nuestra
Señora de los Remedios, San José y Santa Lucía.
Para el año 1673, el interior de la
iglesia ya se mostraba en todo su esplendor y madurez devocional. El retablo
del altar mayor, con sus tres hornacinas, dictaba el orden celestial del
barrio: en el centro, majestuosa, reinaba Nuestra
Señora de los Remedios; en el lado del Evangelio, la figura de San Juan custodiaba la
palabra; y en el lado de la Epístola, San José completaba la sagrada
escena. En un altar colateral, la veneración se rendía a Santa Lucía y a una delicada e
infantil efigie del Niño Jesús.
Toda esta efervescencia espiritual no tenía otro norte que
alcanzar la plena independencia eclesiástica, un anhelo que se consumaría en 1681 con la erección de la
parroquia de
San Juan Bautista del Farrobo. El camino, no
obstante, estuvo sembrado de encrucijadas burocráticas y diplomáticas. En
primer lugar, la súplica enviada al Obispo de
Canarias para la creación de la parroquia chocó contra la
imposibilidad material de no haber vacante ninguno de los cuatro beneficios
económicos de La Concepción. Más tarde, los propios párrocos de La Concepción
propusieron que, al liberarse finalmente una de las plazas, esta se compartiera
entre el Puerto de la Cruz y San Juan. Finalmente, el propio Obispo elevó una
propuesta al rey Carlos II, sugiriendo una
"ayuda restringida" para San Juan, que aliviara sus necesidades pero
manteniéndola, por el momento, bajo el cordón umbilical de la iglesia de la
Concepción. Pasos lentos pero firmes de una comunidad que estaba destinada a
brillar con luz propia.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL




