domingo, 18 de octubre de 2026

LA CARRERA FINAL DEL XIX

La Carrera a finales del siglo XIX no solo era un escenario para el arte efímero de las flores, sino una auténtica pasarela de época donde el fervor religioso y la alta distinción social se fundían en un despliegue de texturas y elegancia. Alrededor del tapiz de pétalos que cubría el adoquín de esta calle señorial, la sociedad de La Villa de La Orotava se congregaba luciendo sus mejores galas, convirtiendo la procesión en un deslumbrante retrato costumbrista de la burguesía y el pueblo canario.

A lo largo de la vía, frente a los umbrales ilustres de mansiones como la del Marqués de la Florida o la casa natal del escultor Fernando Estévez, el murmullo de la multitud se mezclaba con el crujir de los tejidos más nobles. Las damas de la alta sociedad desafiaban el caluroso día con vestidos de siluetas imponentes y estructuradas, característicos de las últimas décadas del siglo. Lucían faldas de gran empaque con sutiles polisones, cuerpos ceñidos de cuello alto adornados con delicados encajes y las llamativas mangas "pata de jamón" que daban volumen y distinción a sus figuras. Cubrían sus cabezas con elegantes pamelas, sombreros profusamente decorados con plumas o flores, y resguardaban su piel del sol con delicadas sombrillas de encaje, mientras observaban el paso de la comitiva desde los balcones o a pie de calle.

A su lado, los caballeros vestían con una sobriedad rigurosa que acentuaba el carácter institucional del evento. Trajes oscuros de levita o chaqué se combinaban con camisas de cuello rígido, chalecos cruzados y corbatas pulcramente anudadas. La etiqueta de la época exigía el uso del sombrero, por lo que las copas altas, los bombines y los sombreros de fieltro punteaban la perspectiva ascendente de La Carrera, rompiéndose el protocolo solo con los mantos eclesiásticos de las autoridades y las vestimentas tradicionales de los campesinos que bajaban de las medianías.

Entre el aroma a brezo y pétalos rotos, el contraste entre el luto respetuoso de algunas mantillas negras y la paleta de colores claros de los vestidos festivos creaba un lienzo dinámico. Este desfile de sombreros, sombrillas y ropajes decimonónicos envolvía el arte de las alfombras en una atmósfera de rancio señorío, donde el orgullo de estrenar la mejor vestimenta del año formaba parte indisoluble del mismo rito efímero que, al caer la tarde, se desvanecía con los últimos rayos de sol.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


 

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