martes, 20 de octubre de 2026

EL VIAJE SIN BASTÓN DE DOMINGO ABRÉU


La muerte no es un punto final, sino el eco lejano de una campana que dobla en el misterio. Todavía resonaba en los muros de la Villa el eco del repique con el que Nuestra Señora de la Concepción despidió al amigo Tomás “El Cojo”, cuando la brisa atlántica me trajo otra noticia inevitable: la marcha hacia el infinito de Domingo Abréu Rodríguez. Hay vidas que son un viaje de resistencia, y la de Domingo fue, durante décadas, una lección silenciosa de dignidad frente a la fragilidad de la carne. Un ictus temprano intentó frenar sus pasos, condenando su cuerpo a una parálisis parcial, pero jamás logró detener su espíritu. Su figura, recortada contra el viento, se convirtió en parte del paisaje eterno del casco histórico orotavense, desafiando a la gravedad y al tiempo, apoyado siempre en su fiel bastón.

El tiempo, ese gran escultor de recuerdos, nos devuelve la imagen de sus años dorados, cuando la juventud era un campo de fútbol y el futuro una promesa abierta. Domingo corrió los estadios futboleros vistiendo el orgullo del Infantil y Juvenil Iberia, de la UD Orotava y del CF Imperial. En los altares del deporte rey dejó grabada una hazaña humilde pero imperecedera: aquel gol de puntera en el Estadio Rodríguez López frente al Juvenil Real Unión. Un disparo certero, casi fortuito pero bendecido por el destino, que selló el empate a uno y coronó al equipo como campeón juvenil de Tenerife en la temporada 1960-61. Aquella puntera no solo empujó un balón; empujó a toda una generación hacia la gloria de la memoria compartida.

La mente de Domingo fue siempre un territorio fértil. Su juventud transitó por las aulas del bachillerato y el Preu en el Colegio Santo Tomás de La Orotava y en el San Agustín de Los Realejos —adonde viajaba en aquel nostálgico micro amarillo que conducía el amigo Pepe—, completando su formación como perito mercantil en la Academia Mercantil Atlántida. Fue en los días luminosos de la Agrupación Juvenil Teide donde el azar y el amor tejieron su mejor jugada: allí conoció a Mary Gloria, la compañera que caminaría a su lado durante el resto de la existencia. Juntos compartieron la vida y el oficio bancario —él en el Banco Exterior de España, ella en el Bilbao—, construyendo un hogar donde la bondad era un habitante más, una luz tan inmensa que apenas cabía en sus corazones.

Encontrarse con Domingo por las calles de la Villa era detener el reloj para abrazar la nostalgia. En nuestras charlas siempre habitaban los ecos de la UD Orotava y las directrices del técnico “Mantinica”, los días de estudiantes y el aroma de los años idos. Domingo poseía el don de la palabra justa, una inteligencia clara y una calidez humana que desarmaba cualquier distancia social. Era, en esencia, un hombre dialogante, un puente tendido hacia los demás.

Hoy, despojado ya de la materia y del dolor, Domingo ha iniciado su último viaje. Querido amigo, búscate un lugar hermoso en ese paraíso eterno que ahora habitas. Camina libre, corre sin prisa y, sobre todo, hazlo ya sin ese bastón que la crueldad de la enfermedad te impuso en el tramo final de tu sendero terrenal. Recupera la ligereza de tus años jóvenes y busca a los compañeros del Juvenil Iberia que se adelantaron en el camino. Imagino que allí arriba el tiempo se detiene, y que en alguna verde pradera eterna estarás disfrutando y riendo con ellos, tal y como hacías hasta hace poco en la finca de Antonio Hernández Sánchez.

La muerte no gana cuando el recuerdo es tan vivo. Hasta siempre, Domingo. Te mandamos un abrazo inmenso que cruce el firmamento.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


 

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