La muerte no es un punto final, sino el eco lejano de una
campana que dobla en el misterio. Todavía resonaba en los muros de la Villa el
eco del repique con el que Nuestra Señora de la Concepción despidió al amigo
Tomás “El Cojo”, cuando la brisa atlántica me trajo otra noticia inevitable: la
marcha hacia el infinito de Domingo Abréu Rodríguez. Hay vidas que son un
viaje de resistencia, y la de Domingo fue, durante décadas, una lección
silenciosa de dignidad frente a la fragilidad de la carne. Un ictus temprano
intentó frenar sus pasos, condenando su cuerpo a una parálisis parcial, pero
jamás logró detener su espíritu. Su figura, recortada contra el viento, se
convirtió en parte del paisaje eterno del casco histórico orotavense,
desafiando a la gravedad y al tiempo, apoyado siempre en su fiel bastón.
El tiempo, ese gran escultor de recuerdos, nos devuelve
la imagen de sus años dorados, cuando la juventud era un campo de fútbol y el
futuro una promesa abierta. Domingo corrió los estadios futboleros vistiendo el
orgullo del Infantil y Juvenil Iberia, de la UD Orotava y del CF Imperial. En
los altares del deporte rey dejó grabada una hazaña humilde pero imperecedera:
aquel gol de puntera en el Estadio Rodríguez López frente al Juvenil Real
Unión. Un disparo certero, casi fortuito pero bendecido por el destino, que
selló el empate a uno y coronó al equipo como campeón juvenil de Tenerife en la
temporada 1960-61. Aquella puntera no solo empujó un balón; empujó a toda una
generación hacia la gloria de la memoria compartida.
La mente de Domingo fue siempre un territorio fértil. Su
juventud transitó por las aulas del bachillerato y el Preu en el Colegio Santo
Tomás de La Orotava y en el San Agustín de Los Realejos —adonde viajaba en
aquel nostálgico micro amarillo que conducía el amigo Pepe—, completando su
formación como perito mercantil en la Academia Mercantil Atlántida. Fue en los
días luminosos de la Agrupación Juvenil Teide donde el azar y el amor tejieron
su mejor jugada: allí conoció a Mary Gloria, la compañera que caminaría a su
lado durante el resto de la existencia. Juntos compartieron la vida y el oficio
bancario —él en el Banco Exterior de España, ella en el Bilbao—, construyendo
un hogar donde la bondad era un habitante más, una luz tan inmensa que apenas
cabía en sus corazones.
Encontrarse con Domingo por las calles de la Villa era
detener el reloj para abrazar la nostalgia. En nuestras charlas siempre
habitaban los ecos de la UD Orotava y las directrices del técnico “Mantinica”,
los días de estudiantes y el aroma de los años idos. Domingo poseía el don de
la palabra justa, una inteligencia clara y una calidez humana que desarmaba
cualquier distancia social. Era, en esencia, un hombre dialogante, un puente
tendido hacia los demás.
Hoy, despojado ya de la materia y del dolor, Domingo ha
iniciado su último viaje. Querido amigo, búscate un lugar hermoso en ese
paraíso eterno que ahora habitas. Camina libre, corre sin prisa y, sobre todo,
hazlo ya sin ese bastón que la crueldad de la
enfermedad te impuso en el tramo final de tu sendero terrenal. Recupera la
ligereza de tus años jóvenes y busca a los compañeros del Juvenil Iberia que se
adelantaron en el camino. Imagino que allí arriba el tiempo se detiene, y que
en alguna verde pradera eterna estarás disfrutando y riendo con ellos, tal y
como hacías hasta hace poco en la finca de Antonio Hernández Sánchez.
La muerte no gana cuando el recuerdo es tan vivo. Hasta
siempre, Domingo. Te mandamos un abrazo inmenso que cruce el firmamento.
BRUNO
JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL

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