viernes, 7 de enero de 2022

PENA PENITA PENA

Fotografía de mi colección particular referente a la máquina de coser de mi madre María del Carmen Abréu González, que fue una excelente modista de caballeros.

 

En el muro del FACEBOOK del amigo de la Villa de La Orotava JESÚS ROCÍO RAMOS, aparece un magnífico y extraordinario trabajo suyo que comparto con su permiso, adaptado por ÁNGELA PÉREZ ROCÍO, que se titula “PENA PENITA PENA”, referente a recuerdos de su infancia, y de su adolescencia: “…Volviendo a los recuerdos de mi niñez, en aquel tiempo yo usaba las lonas de goma, eran cerradas con tela blanca, la marca era Stilo y cuando se me rompía la tela, mi madre me mandaba, con las gomas y un pedazo de tela de dril a La Piedad a la casa de Siña María “la chocha” para volverlas hacer. Las dejaba tan bien que duraban más que las de fábrica. Por aquel tiempo era por necesidad (hoy se las ponen por lujo). Mi madre era muy habilidosa, le gustaba mucho coser; a los calcetines les metía un huevo de madera para surcirlo. Los dejaba que parecía una obra de arte (hoy los votan). Se ponía al pie de su máquina Singer, la cual conservó a remendar los pantalones con otros viejos. Se notaba el parche, pero le quedaban bien, al menos no enseñábamos el culo, que eran por donde más se rompían (¡coño! hoy vienen rotos de fábrica y si no los rompen para estar a la moda, como diría Chona: “yo me quedo boba”. También nos hacía los calzoncillos de muselina, eran tan grandes y tiesos que nos llegaban por debajo de las rodillas, por detrás en la cintura le hacía un cruzado y por delante con dos botones y la bragueta. Como escaseaba las telas, aprovechaba las sacas que venían con el azúcar de Cuba, las cuales estaban litografiadas y no se podían quitar las letras, ya que en aquel tiempo, no había llegado por aquí la lejía, y aunque parezca una broma, a uno de mis hermanos le tocó en el culo la parte donde ponía: 50 kilos neto. En verdad nos reíamos, con la tela que gastaba para hacer uno haría media docena de los que usamos hoy. Con el tiempo la lejía la fabricaban en La Orotava, Manuel en La Cancela, Meme en la calle de San Juan y Augusto en La Torrita, terminando este último con una gran fábrica en la Urbanización de La Fariña. Todos los chicos juntamos las botellas vacías por las casas para llenar la lejía, nos las pagaban a 0,20 céntimos de los de antes y más tarde Augusto con su hermano montaron una pequeña tostadora de café de malta que vendían por las ventas en grano y molida en la parte baja de la casa de Angelina la de Saturio Leal en La Torrita. Como son las cosas, lo que antes bebíamos porque no había otra cosa (que ruin era). Hoy se toma para no engordar. En el patio de mi casa, teníamos una planta de hierba luisa, muy frondosa, y la gente todos los días venía a pedir un gajito, decían que era para hacer una taza de agua. Creo que si venían tantas veces que terminaron con la planta y aunque les cueste creerlo muchas fatigas mato. Era la mejor para comer con gofio. Cuando yo estaba trabajando casa de mi tío Egon, desnatábamos la leche para hacer la mantequilla. En esa época me tocaba a mí vender la leche desnatada mucha gente iba porque la necesidad les obligaba, era barata y en aquel tiempo sólo la comían los pobres y hoy todos la toman para estar a la línea para no engordar y se da el caso que es al mismo precio que la leche entera.

Hace unos días pasé por un contenedor de la basura y vi dos colchones que los había dejado allí (muy mal hecho por parte de los que los dejaron porque sin coste y solo con una llamada se lo recogen en su domicilio). Me quedé mirándolos, estaban completamente nuevos ignorando cuál era el motivo de aquel abandono. Me marché pensando en cómo dormíamos en mi casa en aquellos tiempos, en un colchón que estaba lleno con Clin, y cuando te movías te pinchabas y te hacía brincar. A pesar de todo éramos unos privilegiados, porque otros dormían en colchones llenos de fajina. Yo les pondría de multa a los que dejaron los colchones, no económica sino como castigo pagarla durmiendo quince días en un colchón de Clin, y otros quince en el de fajina, estoy seguro que no volverían más nunca a dejarlos botados allí. ¿Están de acuerdo jaja?...”

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

 

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