sábado, 26 de septiembre de 2020

EL PERICÓN Y LOS CARPINTEROS.


EL PERICÓN Y LOS SEÑORES DE LA MADERA

Hay oficios que se llevan en la sangre y se comparten en la mesa. Esta entrañable fotografía —remitida en septiembre de 2020 por Jesús Tomás García Rodríguez y compartida por su amigo Sotero Pérez Rodríguez— es el fiel reflejo de una hermosa costumbre: el ritual de los carpinteros y ebanistas de la Villa de La Orotava, quienes, antes o después de doblegar la madera con su arte, buscaban el descanso merecido al abrigo de una buena conversación, un vaso de vino de la tierra y una partida de pericón.

La memoria nos arrastra inevitablemente al carismático barrio de Farrobo, en la Villa de Arriba, cuna de este gremio de artesanos infatigables. Es imposible no recordar con nostalgia las tardes compartidas con ellos, saboreando el vino y la vida. Entre aquel grupo de hombres curtidos por el serrín, existía una curiosa excepción: Heriberto Hernández. Aunque era hijo del recordado e ilustre Maestro Ananías —un gigante de la ebanistería—, Heriberto no heredó los formones, sino el arte del comercio en el sector de las ferreterías. Sin embargo, el espíritu del taller corría por sus venas.

A todos ellos, además del rugido de la garlopa, los unían tres pasiones inquebrantables: la emoción del fútbol, las noches de baile y galanteo en el mítico Caballo Blanco del Puerto de la Cruz, y, por encima de todo, el pericón. ¿Quién no recuerda aquellos tenderetes y almuerzos de los carpinteros orotavenses que morían invariablemente en el envite, el envido o el pericón? Cada uno lo llamaba a su manera, pero el espíritu era el mismo.

La instantánea, propiedad de Sotero Pérez, nos traslada a mediados de los años ochenta del siglo pasado. El escenario no podía tener más solera: el patio trasero del histórico Molino de Chano. Allí, envueltos en la luz de la tarde, se distingue a varios de los carpinteros más ilustres de la Villa echando una mano de cartas. En la mesa de juego se adivinan los rostros de Adolfo Padrón, Pancho Escobar, Lorenzo Baute, Arnoldo Rodríguez —abuelo materno de Sotero—, el propio Heriberto Hernández, Juan, Raúl, José Antonio González e Isidro García.

Hoy la mirada se detiene en los naipes y en la complicidad de sus sonrisas. Del noble oficio de la madera en la Villa habría que escribir un libro entero; una industria que en el pasado alcanzó cotas grandiosas y que, a pesar de los tiempos grises que hoy padece, guarda en su herencia la semilla viva de un futuro lleno de posibilidades.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


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