EL PERICÓN Y LOS SEÑORES DE LA MADERA
Hay
oficios que se llevan en la sangre y se comparten en la mesa. Esta entrañable
fotografía —remitida en septiembre de 2020 por Jesús Tomás García Rodríguez y
compartida por su amigo Sotero Pérez Rodríguez— es el fiel reflejo de una
hermosa costumbre: el ritual de los carpinteros y ebanistas de la Villa de La
Orotava, quienes, antes o después de doblegar la madera con su arte, buscaban
el descanso merecido al abrigo de una buena conversación, un vaso de vino de la
tierra y una partida de pericón.
La
memoria nos arrastra inevitablemente al carismático barrio de Farrobo, en la Villa de Arriba, cuna
de este gremio de artesanos infatigables. Es imposible no recordar con
nostalgia las tardes compartidas con ellos, saboreando el vino y la vida. Entre
aquel grupo de hombres curtidos por el serrín, existía una curiosa excepción:
Heriberto Hernández. Aunque era hijo del recordado e ilustre Maestro Ananías
—un gigante de la ebanistería—, Heriberto no heredó los formones, sino el arte
del comercio en el sector de las ferreterías. Sin embargo, el espíritu del
taller corría por sus venas.
A
todos ellos, además del rugido de la garlopa, los unían tres pasiones
inquebrantables: la emoción del fútbol, las noches de baile y galanteo en el
mítico Caballo Blanco del Puerto de la
Cruz, y, por encima de todo, el pericón. ¿Quién no recuerda aquellos
tenderetes y almuerzos de los carpinteros orotavenses que morían
invariablemente en el envite, el envido o el pericón? Cada uno lo llamaba a su
manera, pero el espíritu era el mismo.
La
instantánea, propiedad de Sotero Pérez, nos traslada a mediados de los años
ochenta del siglo pasado. El escenario no podía tener más solera: el patio
trasero del histórico Molino de Chano.
Allí, envueltos en la luz de la tarde, se distingue a varios de los carpinteros
más ilustres de la Villa echando una mano de cartas. En la mesa de juego se
adivinan los rostros de Adolfo Padrón, Pancho Escobar, Lorenzo Baute, Arnoldo
Rodríguez —abuelo materno de Sotero—, el propio Heriberto Hernández, Juan,
Raúl, José Antonio González e Isidro García.
Hoy
la mirada se detiene en los naipes y en la complicidad de sus sonrisas. Del
noble oficio de la madera en la Villa habría que escribir un libro entero; una
industria que en el pasado alcanzó cotas grandiosas y que, a pesar de los
tiempos grises que hoy padece, guarda en su herencia la semilla viva de un futuro
lleno de posibilidades.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL
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