En estos tiempos de
incertidumbre donde el mundo intenta sobreponerse a las sombras de la pandemia,
la memoria histórica emerge como un refugio de nostalgia y belleza. Nos lo
recuerda con deslumbrante erudición el historiador villaorotavense Jesús
Rodríguez Bravo —licenciado en Historia del Arte y docente— en su valiosa obra La
Hijuela del Botánico de La Orotava: historia y naturaleza, publicada por
Ediciones LeCanarien. A través de sus páginas, el autor no solo desentraña la
metamorfosis de este rincón botánico sobre los escombros del pasado, sino que
nos regala un testimonio visual imperecedero: una histórica fotografía
perteneciente a la Lady Annie Brassey Photograph Collection de la Huntington
Library.
La imagen rescata del
olvido la majestuosa portada plateresca, adornada con solemnes escalinatas, del
ya desaparecido Convento de San José de las clarisas. Aquella monumental
embocadura, que originalmente daba a la antigua calle Home (actual Tomás
Pérez), sobrevivió al derribo del cenobio en 1868 gracias a su posterior
traslado a la capilla del Campo Santo Villero; un destino trágico, pues el
fuego devoró la capilla en la década de los ochenta del siglo XX, convirtiendo
a esa fotografía en el único vestigio de un patrimonio sepultado por el tiempo.
EL TRÁGICO OCASO DEL CENOBIO CLARISO
La historia del
convento quedó marcada por la voracidad del desarrollo urbano del siglo XIX.
Decididas a erigir el nuevo palacio municipal en su solar, las autoridades
locales aceleraron el fin de la clausura. El triste epílogo lo evocaba el
recordado bibliófilo José Rodríguez Maza (Librería El Viajante) al rescatar del
olvido dos ácidas crónicas periodísticas de la época que reflejaban la tensión
social previa al abandono definitivo del recinto, ocurrido en la amarga noche
del 12 de octubre de 1868.
La primera de ellas,
fechada el 9 de julio de 1841, revelaba el impaciente afán de ciertos sectores
por desalojar a las pocas monjas que aún habitaban el colosal edificio. Tras el
incendio de la antigua sede consistorial —la hoy conocida como Casa Brier—, las
voces más beligerantes urgían a incautar el convento para instalar allí el
Ayuntamiento, las escuelas públicas y el cuartel de la Milicia Nacional. El
articulista de la época ironizaba con mordacidad sobre la inacción oficial,
insinuando con picardía si el retraso en las órdenes de desalojo no se debería
al irresistible sabor de «los bizcochos de estas monjas», los cuales habrían
extraviado convenientemente los expedientes en los despachos gubernamentales.
La segunda crónica,
publicada en el periódico El Teide, exponía la vertiente más
desgarradora del conflicto. Con un tono profundamente crítico hacia los
sectores progresistas de la Villa, la nota denunciaba el cruento empeño por
expulsar a un reducido grupo de reverendas y ancianas religiosas. Aquellas
mujeres, recluidas en la penumbra de su santuario, pasaban sus últimos días
exhalando lamentos por la miseria a la que las había condenado el Gobierno, que
ni siquiera les abonaba las reducidas pensiones prometidas tras la
desamortización de sus bienes.
Así, entre la ironía
de las prensas, las disputas políticas y la resignación de sus últimas
custodianas, la portada plateresca del Convento de San José vio apagarse los ecos
de la fe para dar paso a la piqueta de la modernidad, dejando tras de sí el
rastro melancólico de una Orotava que fue y que hoy renace en la memoria de sus
libros.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL


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