domingo, 20 de diciembre de 2020

PORTADA PLATERESCA DEL EX CONVENTO DE SAN JOSÉ



En estos tiempos de incertidumbre donde el mundo intenta sobreponerse a las sombras de la pandemia, la memoria histórica emerge como un refugio de nostalgia y belleza. Nos lo recuerda con deslumbrante erudición el historiador villaorotavense Jesús Rodríguez Bravo —licenciado en Historia del Arte y docente— en su valiosa obra La Hijuela del Botánico de La Orotava: historia y naturaleza, publicada por Ediciones LeCanarien. A través de sus páginas, el autor no solo desentraña la metamorfosis de este rincón botánico sobre los escombros del pasado, sino que nos regala un testimonio visual imperecedero: una histórica fotografía perteneciente a la Lady Annie Brassey Photograph Collection de la Huntington Library.

La imagen rescata del olvido la majestuosa portada plateresca, adornada con solemnes escalinatas, del ya desaparecido Convento de San José de las clarisas. Aquella monumental embocadura, que originalmente daba a la antigua calle Home (actual Tomás Pérez), sobrevivió al derribo del cenobio en 1868 gracias a su posterior traslado a la capilla del Campo Santo Villero; un destino trágico, pues el fuego devoró la capilla en la década de los ochenta del siglo XX, convirtiendo a esa fotografía en el único vestigio de un patrimonio sepultado por el tiempo.

EL TRÁGICO OCASO DEL CENOBIO CLARISO

La historia del convento quedó marcada por la voracidad del desarrollo urbano del siglo XIX. Decididas a erigir el nuevo palacio municipal en su solar, las autoridades locales aceleraron el fin de la clausura. El triste epílogo lo evocaba el recordado bibliófilo José Rodríguez Maza (Librería El Viajante) al rescatar del olvido dos ácidas crónicas periodísticas de la época que reflejaban la tensión social previa al abandono definitivo del recinto, ocurrido en la amarga noche del 12 de octubre de 1868.

La primera de ellas, fechada el 9 de julio de 1841, revelaba el impaciente afán de ciertos sectores por desalojar a las pocas monjas que aún habitaban el colosal edificio. Tras el incendio de la antigua sede consistorial —la hoy conocida como Casa Brier—, las voces más beligerantes urgían a incautar el convento para instalar allí el Ayuntamiento, las escuelas públicas y el cuartel de la Milicia Nacional. El articulista de la época ironizaba con mordacidad sobre la inacción oficial, insinuando con picardía si el retraso en las órdenes de desalojo no se debería al irresistible sabor de «los bizcochos de estas monjas», los cuales habrían extraviado convenientemente los expedientes en los despachos gubernamentales.

La segunda crónica, publicada en el periódico El Teide, exponía la vertiente más desgarradora del conflicto. Con un tono profundamente crítico hacia los sectores progresistas de la Villa, la nota denunciaba el cruento empeño por expulsar a un reducido grupo de reverendas y ancianas religiosas. Aquellas mujeres, recluidas en la penumbra de su santuario, pasaban sus últimos días exhalando lamentos por la miseria a la que las había condenado el Gobierno, que ni siquiera les abonaba las reducidas pensiones prometidas tras la desamortización de sus bienes.

Así, entre la ironía de las prensas, las disputas políticas y la resignación de sus últimas custodianas, la portada plateresca del Convento de San José vio apagarse los ecos de la fe para dar paso a la piqueta de la modernidad, dejando tras de sí el rastro melancólico de una Orotava que fue y que hoy renace en la memoria de sus libros.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


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