Un
amable vecino de la Villa de La Orotava, quien prefiere mantener el anonimato,
nos remitió en julio de 2023 la valiosa fotografía que acompaña estas líneas.
La imagen captura a una peña de amigos villeros compartiendo un aperitivo en el
emblemático Kiosco de la Plaza de la Constitución. Según la inscripción a lápiz
del reverso —típico recurso de los carpinteros de la época—, la instantánea se
tomó durante las Fiestas Mayores de 1947.
Los
nueve contertulios, con edades que rondaban los 25 años, nacieron a principios
de la década de 1920. Pertenecen a esa generación que sufrió la Guerra Civil en
plena adolescencia y que fue llamada a filas inmediatamente después del
conflicto.
La
escena refleja fielmente la época. Destaca el mobiliario del popular Kiosco: las
eternas sillas de tijera dispuestas de forma improvisada alrededor de ligeras
mesas redondas. Sobre la madera, pagada a escote, reposa una botella de Martini
y el omnipresente sifón. Con seguridad, este último procedía de El Drago,
la afamada fábrica villera de agua con gas fundada por la familia Padrón en la
calle La Carrera (con depósitos en la calle Cantillo). Una industria hoy
desaparecida que muchos recordarán por su romántica camioneta, conducida por
Mateo Cruz.
En
aquellos años, el Kiosco de la plaza estaba regentado por Pepe Pérez, conocido
cariñosamente como «El Fino». El apodo hacía honor a la increíble habilidad y
pulso que tenía para cortar las lonchas de queso y chorizo de los bocadillos;
eran tan delgadas que podían verse al trasluz. No hay que olvidar que la
posguerra y la Segunda Guerra Mundial impusieron las cartillas de
racionamiento, una época de penurias donde la necesidad agudizaba el ingenio.
Al
fondo de la imagen, entre la multitud que pasea por el lado sur de la plaza, se
adivina el caballito de madera de los fotógrafos de la feria, confirmando el
ambiente festivo de la Villa. Los jóvenes, en su mayoría de la Villa de Arriba,
lucen sus mejores galas: trajes impecables, corbata, pañuelo en el bolsillo,
flores en el ojal y el cabello acicalado con la recurrente brillantina.
Esta
fotografía invita a la reflexión: un grupo de villeros de los años cuarenta que
forjaban su amistad compartiendo confidencias, con expresiones alegres, un
punto de socarronería y una apariencia de profunda felicidad.
De izquierda a derecha: Jesús García (funcionario del Ayuntamiento), Adolfo
Padrón Hernández (ebanista), Vicente Oramas (canalero), Lorenzo Hernández
García «Castro» (recaudador de contribuciones), Chuchín Quintero (empleado del
Banco Hispano Americano), Liborio Valencia Pérez (tallista-ebanista), Sebastián
Hernández González «Chano» (molinero), Antonio Delgado (ebanista barnizador) y
Jesús Sosa (administrativo).
BRUNO JUAN
ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL

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